Hipersalenas


post5zoco: …”concertamos, ..salvajes, ..atan, ..tinieblas, ..inspiran, ..saben, ..juntamente, ..lengua, ..hiende”…
2009/04/05, 6:11 pm
Filed under: agua-en-vasos, Fusiones, Narrativa | Etiquetas: ,

Zoco Barroso –un relato popular de plaza-.

Translation of the crest, as a guideline: “..arrange .. wild .. tie .. darkness .. inspire .. knowledge .. together .. tongue .. cleave..”
Traduction de la crest, à titre indicatif: “..organiser .. sauvages .. lien .. l’obscurité .. inspirer .. savoir .. ensemble .. langue .. fendre..”
Traduçào da crista, como uma indicaçao: “..pegamos .. selvagem .. empate .. escuridào .. inspirar .. sei .. juntos .. língua .. cliva..”

…lo que hemos aprendido: que poca cosa es el heroísmo, y que mucho más difícil es la felicidad”.
Albert Camus, (4ª Carta), de “Cartas a un amigo alemán


0 -Concertamos el relato-

De improviso, me estaba contando de sus lecturas. Eramos dos desconocidos mirando títulos en las librerías de la Plaza de las Facultades. “La tierra que vuela es el problema ahí”, había comentado yo, abriendo una conversación sin querer, así me salió. Mi voz como un árbol entre dos orillas, decía andar el puente, porque los dos mirábamos a pocos pasos, un libro sobre arte rupestre patagónico. Al preguntarme con soltura si yo había estado en el lugar, le dije francamente que sólo sabía eso del viento permanente y polvoriento, por referencias de mi madre, que allá vivió, en Caleta Olivia, años antes de mi nacimiento. Le cayó bien, y los dos estábamos maravillados por las pinturas. Nos presentamos Milva y yo. Me habló de espiritualidad, de la lucha por la luz. Ella científica y pintora –una médico con su arte-, y yo siendo de escribir, de contar así las relaciones, como las siento y fabrico. Coincidimos, nos entregamos a conocernos y a reconocer sin historias nuestro tiempo, y a comentar las condiciones mandatorias de la biología jerárquica y ambiental en nuestros pasos. Las palomas se desplazaban caminando en montón. Recalamos en un hotel por Plaza Once. De esa primera tunda que nos dimos, juntos concertamos el relato que sigue. Es nuestra crónica de los alrededores por entonces, y del jardín que plantamos e hicimos crecer juntos. Son gelificaciones susurradas como un desagravio. ¿Cuales son, si los hay, los claroscuros atinados?


1 -Sucesos salvajes-

Por sobre las cabezas, el haz del proyector ponía la escena del mar sobre la pantalla. En la pequeña platea, gente de uniforme comenta y discute las acciones del documento fílmico. Es una sala de reuniones. Y en las escenas proyectadas, cerca de una costa, columnas de humo salen de vehículos ardiendo. La batalla demoníaca desarrolla su abrazo, también en tierra, bajo un sol despiadado; ahí los combatientes arrostran la miseria del fuego metálico. Decenas de cuerpos yacen muertos.
Por sobre las pequeñas y fugaces aglomeraciones en la salita, vemos en los sucesos salvajes de la pantalla, a la escena de las operaciones, que sigue descompensada hacia la destrucción. Esto se ve en la perspectiva de condena que figura fuerte en los rostros de los servidores de la artillería. Se ve la destrucción en la desolación sin consuelo, filmada en los rostros de algunos prisioneros. Las máquinas lacerantes seguían veloces horadando suelo y vidas.


2 -Les atan las manos-

   Los vemos pasar, los sentimos demasiado cerca. Aunque su desplazamiento en los vehículos es rápido; esos señores de bigotitos están demasiado quietos, demasiado directamente trenzados con nosotros sus cuerpos. En una tensión están, con la que irán a reventar ellos, o sino reventando a alguien. Los autos van rápido, pero los “señores” parecen parecen haber quedado en el pasado, pues para nosotros no se mueven. Esta quietud es sólo una figuración de cada uno, entre quienes andamos por Plaza Once. Pues están arrasando ahí los corpóreos señores, con los pobrecitos semidormidos en los bancos de la plaza. Silenciosos y diligentes demonios asistentes ayudan a los bigoteros; se encargan de canalizar a los pobres andantes, les atan las manos a la espalda. Entonces, …están dentro de nuestro tiempo, bajaron de los autos, son una realidad burda e indiscutible.


3 -A intervalos las tinieblas-

Se da un gran apagón. En Plaza Once y todo alrededor, las calles están a oscuras. El cemento y el asfalto segregan lodo. Parece esto provenir de la acción de unos muchachos, vestidos estrafalariamente, que logran hacer surgir la mugre, que así nombran: “el cieno de las profundidades”. Operan con maquinarias portátiles, con las que abren agujeros pequeños aquí y allá. Pandillas de taladradores, circulan veloces, aquí y allá, en sus ropajes multicolores.
La gente común andante, no puede circular. Son personas vigiladas, que dan pasos breves, caminan lentamente. Las manos se las han ido atando juntas a la espalda. Nuestros andantes van percibiendo, que además de la oscuridad del apagón, son sus propios ojos los que van dejando de ver, intermitentemente. Como si en esta intersección geométrica de sensibilidad, el tiempo y el espacio comenzaran a frenarse. Un proyector con película, que casi apagase su funcionamiento dentro de los cuerpos. Como si en una dimensión insólita, las maquinarias estuviesen electrógenamente combinadas al combustible fósil, a la horadación de las vidas y el suelo, al cieno de las profundidades; maquinarias combinadas con los proyectiles más pequeños y veloces. Uniéndose la mugre irredenta en los ojos de la gente, ojos en desvalidamiento pero notoriamente abiertos, como los de Mickey Schaxon.
A intervalos las tinieblas se rasgan con las pequeñas luces, que provienen de los grupos de muchachos, los que abren las heridas, por donde entra el barro a las calles. Aquí y allá esparcidos los parpadeos abstrusos de los equipos, parpadeos de luz que empiezan a encenderse y apagarse sin la voluntad de alguien. Autonomía heroica de las lucecillas finales.
En los camiones, junto al cenotafio de Rivadavia, van subiendo, las manos atadas a la espalda. El detenido va siendo ubicado en el vehículo. Se oyen algunas sirenas de más allá, por Once al Sur. Y aparecieron unos tipos, cascos de mineros con lámparas, se iluminan mutuamente, señores de buena edad con barba, vistas por las luces portátiles sus conversaciones. Hablan entre si con una lengua que nadie más comprende, este desconocimiento podría ser fatal.


4 -Inspiran el ardor-

   Lava encendida en la zona, bajo la superficie fragmentada. Rojo fuego, piedra encendida que pulsa líquida y obstinadamente. Esta cubierta roja, en un nuevo abrirse, nos muestra un cuerpo nuevo del suelo. Una respiración de realidad crece. Es nueva luz de vida, que nos enceguece con ardor. Y el centro del fuego anima los nuevos cuerpos. Nuevas respiraciones inspiran el ardor de la roca fundida, que al surgir de los cuerpos encendidos y las manos enlazadas, alcanza el punto de fusión total enceguecedora. Llegamos a sentir el jardín. Al mismo tiempo estamos siendo carbones, tizones, manos y manos. Estamos en el centro de la roca líquida, y este fluído a su vez está saliendo de nosotros, haciendo postas de abrigo, se realiza en árboles, en nuestro sauce, nuestro banco de piedra, en el jardín arriba. Este mundo va hacia la interioridad de nuestras vidas, en las que hacemos circular la plenitud fundente de luciérnagas, torrente en la noche tibia, que nos deja ver nuestro interior también de luciérnagas y nuestro farol de jardín. Pero sobre tanta altura, sobre el mundo, sobre el jardín, y entre nuestro unirnos estamos uniéndonos; en un trabajo muy interesante, muy bien presentado.



5 -Ya lo saben en el Zoco-

Entre esto, allá, en el edificio de la sala de reuniones, uno de los hombres sale de la proyección, con un rol delegado por esa camarilla. Apresura el paso sonoro por los pasillos de mármoles, se lleva una mano al pecho, eleva un brazo; y en actitud de bailarín se introduce raudo en un recinto esquinero del edificio.
El ámbito está repleto de operadores, intercomunicación, pantallas, mapas, reloj uno sólo, terminales informáticas, sistemas, y toda la parafernalia de ingeniería electrónica y comunicacional disponible. Y el gran jefe delegado les habla a los operadores, que llevan sus boinas metidas hasta las orejas: “Se sacan las chaquetillas, viene calor desde arriba”, les dice secamente, agregando otras órdenes en el maldito lenguaje de la maquinaria bélica.
Los subordinados cumplen y lo ponen en contacto directo, con los operativos del Zoco Once. Luego es el jefe delegado quien ordena directamente hacia el Zoco: “Nos hemos trazado una línea no distorsionable. Hoy mismo tomamos parte en todas las acciones. Tenemos que encontrar al mayor número de aras libertarias y terminar con ellas, postrarlas, que ya no puedan ejercitar”. Las órdenes son transmitidas, recibidas dentro de algún secreto, datos, cifras citadas. De entre los operadores surge un comentario unánime: “Es el frente global entonces”.
Obviamente, no se ha enterado el gran jefe, del destape, de la desobliteración producida sobre la ceguera de Plaza Once. Ya se ha puesto en claro la gente ahí, sobre como el devenir en la escena fílmica, se refleja o reprocesa en marrón terroso (por así decir), dentro del apagón y del anegamiento cenagoso. O sea: es en tal estado adonde nos estamos reuniendo todos; ya lo saben en el Zoco.
A través de las ventanas en el edificio allá, notamos que algo fuera de escala está sucediendo. La luna se aparece enorme, un tamaño inédito; que es luz casi toda la noche. Las ventanas del marmóreo y vidriado palacio permiten que la Fina Luz penetre en la madriguera. Y así podemos ver algo dentro que no sabíamos que allí estuviese. Y como lo vemos nosotros, lo ve el jefecito: En la sala de intercomunicadores, consolas, terminales, …hay un balcón interior, que domina el panorama de un gran salón bancario. Personal y ventanillas, allí hay, con empleados que cobran, cuentan y pagan. Se puede oir el murmullo de la actividad y los pasos de la gente, la rutina bancaria. El jefe enfrenta esta novedad con un rostro de sorpresa, y en pálido azoramiento. De pronto surge de su garganta un grito de horror que ulula en todo el ampliado recinto. Es entonces cuando todo el edificio se transforma en zona manicomial. Pues el hombre se pone a correr gritando por los pasillos. Los operadores comienzan a cifrar esperanzas bajo sus boinas. El Director de Intercomunicación se echa atrás en su butaca, y con una jubilosa palabra, les indica a las figurillas de la sala de operadores: “Estamos al salir de la versión Beta”.


6 -Y juntamente estás-

   Empezábamos a pensar, que ya estaba hecho un órden previo. Lo apreciábamos desde nuestro alto jardín. Orden para otros desempeños nuevos más compaginados. Son las primeras claridades, por lo que se pudiera decir, se nos ha hecho de día. Vemos desde lo alto como se ha impuesto una geometría en cuadrículas. Cuadradito junto a cuadradito, la Plaza Once está sumamente ortogonal: Todos los pastos, y también nuestro cesped en lo alto, recortados, limitados, por líneas en ángulos rectos. Las copas de los árboles sólidamente cubicadas, y los arbustos también están prolijados, en acuerdo a presentarlos como volúmenes geométricos regulares. Desde nuestra altura, toda la plaza parece una alfombra, tejida por un tapicero con propensión obsesiva para las retículas de ángulos rectos. Así ha tirado sus cordeles. Esta ortogonalidad transcribe pálidamente las narraciones del follaje. Es algo que podemos suponer está proviniendo de las pandillas de taladradores, tiene carácter de arte nuevo.


   -Milva, te agregás resplandeciente, para señalar ampliamente a las novedades, mi pintora. Yo compartiré tu afabilidad, por unos momentos. Aunque hay algo que está girando en mi, caleidoscópicamente, sin un arreglo fijo. Algo va cambiando constantemente en dimensiones y en formas dentro mio. Vos, Milva, seguís brillando encendida de luna en la mañana. Puede verse en tu rostro que la llegada del día te significa abrirte a otras posibilidades, en las que no cuentan estas intensificaciones fabricadas. También querrás seguir durmiendo. Parece que me doy cuenta que no querés quedarte con las retículas. Mas ahora que te veo cercanamente, distingo las dulces venitas que transparenta tu piel. Me estallan interiormente en burbujas de bienestar sonriente. Y juntamente estás sonriendo vos también-.

   Al mismo tiempo, ya está castigando fuertemente el sol. Transpiramos. Vos doctora, te tomás la cintura, y me decís sobre esos modulos de alteración, los trazados por las nuevas formas, en las pieles de la zona y el jardín. Me decís:

   -Esta mañana parece que no hubiera nada más que esperar. ¿No sentís sin embargo, que hay algo sin conciencia, oscuro y brillante? Es así, con las nuevas diferencias, que se germinan desde los nuevos ángulos. ¿Lo sentís? …Ahí vienen-.

   Ya me voy quedando solo. Vos, Milva, te tomás la cintura y estás mirándome. Son ruidos los que están llegando: cantan las aves, se escuchan distintivamente los gorriones, zumban los abejorros. Y en el fondo de las calles hundidas, solamente andan los grupos de señores, con cascos de mineros con lámparas. Esos señores de buena edad con barba, sus luces portátiles aún encendidas. Hablaban entre si con una lengua que nadie más comprendía. Y ese desconocimiento, con las lámparas de día, hiende definidamente espléndido, bienhechor de la convivencia, y son nuestras, Milva, la mañana y las jornadas.

.. por desfiladeros de niebla, por tiempos reservados al olvido, por laberintos de desilusión … el eco repetía los pensamientos y la ansiedad provocaba espejismos premonitorios .. Gabriel García Márquez

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