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   El cóctel del representante. Narración + web-links.

.. “volviendo a mirar los molinos, fue hacia ellos al galope y, apostado delante del primero, decidió vengar al hombre que había sido tirado del caballo al suelo” .. José Saramago, en “Centauro”.   

   Bajó del colectivo con un trote, y comenzó a caminar el par de cuadras que lo separaban de su departamento. Dobló la esquina, y emprendió la subida por la suave barranca de la calle empedrada. Los adoquines brillaban bajo las farolas; una lluvia leve se había iniciado. El cielo de nubes bajas del otro lado del parque se iluminaba de rojo, con un resplandor de anuncios luminosos. Hugo Mercolli estaba viendo, enfrente, sobre la vereda del parque, a un par de muchachos sentados en el cerco bajo, con aire indiferente. Frente a ellos, una fuerte chica de pie, se apoyaba sobre una columna de alumbrado. Hugo pensó que los tres debían de andar juntos. Fue entonces cuando la chica brava comenzó a llamar en voz alta. Una voz que se contradecía con su actitud corporal de descanso, tan quieta como estaba. Estentóreamente sin embargo, de la boca de la muchacha, salía el grito de “victor”, repetido en una voz reclamadora: “¡victor, ..victor!”. [#1, _ ir]

   Creyó entonces Hugo desde su vereda, que alguno de los chicos se levantaría ante ese llamado, ese grito continuado. Pero ninguno de esos dos ni siquiera levantó la cabeza. La mujer (“victor, victor”), se silenció repentinamente, su barbilla lanzada hacia adelante, clavada su mirada en la lluvia y el anochecer. Ya se había detenido Hugo, y desde su lado de la calle los estaba observando, y reconociendo en la situación algo de lo que él tenía experiencias. Notó entonces que uno de los muchachos movía su cabeza como negando, de lado a lado, pero muy rápidamente, mientras sus labios se movían como si estuviese hablando. Evidentemente que no le hablaba al otro muchachón, quien seguía mirando estático, con exagerado interés, a la misma baldosa. Alzó la mirada éste último, porque ya ahora Hugo había cruzado la calle y se llegaba frente a ellos. El recien venido los interrogaba con mil actitudes en una sola palabra. Ya suponía de qué se trataba; preguntó: “¿Hakatonec?”. [#2, _ ir]

   El chico observó a este personaje con un portafolio que llegaba sonriente, el amigo Hugo; le gustó su cara. Al muchacho le dolía ahora, pero le dolía adentro, un dolor totalmente incorporado. Y quería escapar de eso. Vió Hugo que el mocetón intentaba responderle, en gran manera abría la boca, aunque solamente asentía. La lluvia ya se estaba haciendo molesta. Después de unos segundos, algunos sonidos salieron de la garganta del chico, nada que tuviese sentido: “..guedá, ..gadeh..”. Fue la muchacha a espaldas de Hugo quien respondió, lo hizo sin gritar esta vez, con una voz así como de una pequeña lagartija herida. Le dijo: “Hakatonec y ahora duele, Victor, ayudanos a aguantar”. Al volverse, Hugo se inscribió, ya lo había notado, con la fuerte contextura estatuaria que mostraba la chica, con esa mirada desmesurada y desnuda, y la sed de sus grandes pies descalzos.

   Estuvo tentado de hacerlo, de mostrarles un gesto despectivo, y que se arreglen. Y a costa de angustia iniciar una marcha para alejarse del problema. Se lo impidió su conciencia; Hugo sabía por qué, pero no iba a decírselo a los chicos. Optó por una camaradería para hacerlos sonreir y que entonces algunos decires se cruzasen. Les comentó con una humorada oscura, en el intento de traerlos al tiempo que compartían: “A ustedes lo que los reventó fue el concierto de los ‘Estrubistas’, ¿no es cierto?”.

   Eso había pasado el día anterior en un estadio: El concierto de esa banda jazzera había capotado por incidentes con la policía. Los victimables ya eran víctimas desde antes de los golpes, según pensaba Hugo Mercolli. Su dicho en la vereda del parque, había entreabierto un paso para que esta gente retomase una presencia, si bien dificultosa, un poco más distendida. Ya entendían donde estaban, había códigos en común, un poco en Hugo podían confiar. Fueron recordando y contándole con lentitud y como podían aquello de los ‘Estrubistas’ y su concierto roto; habían estado ahí. Con lentitud, ..Hugo podía detenerse en la contemplación de un árbol seco dentro del parque. Pero él mismo aportaba a la maquinaria de hacer daños, por eso: Ya que su trabajo era tomar pedidos de las farmacias para un laboratorio. Entre los productos de su distribución estaba el “Hakatonec”, un anticonvulsivante. Los farmacéuticos, la clientela de desesperados, el laboratorio que él representaba, y Hugo, sabían que el fuerte de las ventas de “Hakatonec” estaba en la búsqueda de sensaciones. Pero al consumirlo en altas dosis, después de la expansión primera, la perspectiva del infeliz usuario caía en una gran pálida de estupefacción y dolores. Las oficinas de regulación miraban para otro lado.

   Ya se daba cuenta el trío del parque, de la “buena onda” de este personaje que se les había arrimado. Hugo pudo saber, de cuantos comprimidos en cada uno de ellos había sido la ingesta. Necesitaba saberlo, para poder dosificarles el antídoto, que es otro producto del laboratorio. Apoyó en el cerco su portafolio y al abrirlo y buscar dentro les dijo: “Después de esto no nos volveremos a ver; fue una providencia la que me mandó con ustedes; y ahora van a ser buenos devotos y van a tomar mansos estas hostias que les pondré en las boquitas”.

.."pensar en otras cosas .. de este mundo .. pero no de este tiempo"..

.."pensar en otras cosas"..

Les mostró la caja que abría, la de “Cenotakah”. Ante la novedad, la muchacha dejó el poste de luz sobre el que se respaldaba, chasqueó los dedos, y fijándose en el medicamento dijo: “¡No lo puedo creer!; ¿fue Victor quien te mandó con nosotros, no es cierto?”. Hugo ya estaba disponiendo las grageas en la palma de la mano, y le respondió a la chica que era “la lluvia” quien lo había traido. Uno de los chicos quiso saber que cosa era este “Cenotakah”. La muchacha descalza lo tranquilizaba: “Es justo lo que necesitamos, bocón”. Y ya estaba Hugo Mercolli en una actuación como de diácono impositor y radiante, al colocarle en la boca a los candidatos, una por una, las convenientes tres grageas del remedio. Quiso aclarar cuales eran las monodrogas del “Cenotakah”, antes de apartarse. Se les plantó con seriedad y les enumeró: “Triamcinolona y un liberador de tirotrofina, ergotamina y carqueja, flor de cóctel; se van a sentir bien; y olvídense por favor, de volver a tomar esa cosa”. No quiso tomar rumbo para su departamento, se les alejó con un “cúidense”, a través del parque lloviznoso, yendo hacia los resplandores rojizos de los anuncios.

.. “pensar en otras cosas, cosas que sí eran de este mundo físico en el que estaba, pero no de este tiempo”. José Saramago, ibid.   


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1 comentario so far
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[Porque..] ..la música estrubista está relacionada con otra gente, en una narración: El cóctel del representante [.. Por eso, ..No me trates así..]

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