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cubiertero-podrida: …”posarse, ..comensales, ..quiebres, ..inducir, ..interesados, ..condominio, ..pasillos, ..estrambóticos, ..desarreglo, ..honrosa, ..confluía, ..sobrevenideras”…
2010/03/19, 7:18 am
Filed under: acequias-con-agua, Narrativa | Etiquetas: ,


Campanilleo Cubiertero con Bajos de Podrida.


   Esta Narración se fue transmitiendo al Blog por etapas de edición, en actualizaciones sucesivas, dentro de la entrada inicial.



“..en mi afán de hacer que no oigan el tumulto, comienzo a vociferar por cualquier motivo, insensatamente, hasta que ellos menean la cabeza con un gesto que significa: ya es demasiado tarde”. Abelardo Castillo, en “Mis vecinos golpean”.    

   1) …el tintineo continuó…

Algo perfectamente normal; estaban comiendo en el departamento de al lado. Enrique lo había tomado risueñamente. Supuso, en la primera vez, que los vecinos estaban de banquete, compartiendo manjares. Oía el ruido cantarín de las diferentes piezas instrumentales de vajilla, cubiertos laborando en los bocados, volviendo al plato para posarse. Parecía haber allí más personas que las conocidas por Enrique: una joven pareja de consortes normales. El concierto pausado que oía, de sonidos vítreos y metálicos, debía estar a cargo de varias personas más. “Al menos cuatro, sentados ante la mesa”; así se le dió por figurárselo a mi amigo Enrique Cecranhos, arribado un año atrás al barrio de monoblocks. Pero no era el más nuevo en el edificio, aunque sí el más diferente entre todos los condóminos; toda la gente se mostraba como matrimonios, algunos con bebés. El era la mosca blanca, un adulto solo y sin mayores visitantes, como a los que sin bullicios pero notoriamente recibían en las demás unidades.   

.."atravesar el palier y llegar a su casa"..

.."atravesar el palier y llegar a su casa"..

Le fue extrañando el hecho: ..no había conversaciones en esa cena. Esto se le iba sedimentando a mi amigo con respecto al banquete, una vez que lo siguió oyendo desde su departamento, porque continuaba el festín. Al atravesar el palier y llegar a su casa, en la primera vez, no se había dado cuenta de que nadie al lado hablaba. El se había sentado, en su escritorio cercano a la puerta de entrada, para evaluar los exámenes escritos de sus estudiantes. Y el tintineo continuó, platos y fuentes, espátulas y cubiertos, cucharones y copas. “Un poco demasiado densa y prolongadamente, una variedad extensa en el menú”; aún risueño así pensaba el profesor del Instituto Turismo y Comercio. Pero debía de ser una ocasión muy seria la que convocaba a los comensales de al lado; la ausencia de voces y risas llevó a hacerle suponer esto a Enrique.   

No es acostumbrado de las reuniones donde se come que la gente esté en ese silencio. Al cabo de un par de horas, cuando mi amigo hubo completado su revisión de los exámenes, ya tenía consigo una cierta gravedad, porque la comida de los vecinos seguía oyéndose. Entró en su dormitorio y cerró la puerta, para poder dormir sin oir la dilatada cena. Por cierto que el ruidillo no llegaba hasta su cama. Permaneció con los ojos abiertos en la oscuridad por un tiempo, Enrique Cecranhos, en esa primera vez.   



   2) …estaba presente el campanilleo…

Le costó levantarse al día siguiente; se había quedado en la cama hasta bastante tarde, ya no iba a llegar al horario de atención para algunos trámites personales pendientes. Tenía por delante pequeñas tareas en su hogar, antes de que se hiciese la hora de ir a “Comercio..” (abreviación con la cual Enrique menciona a la casa de estudios adonde da sus cursos). Transcurrió por la sala de su casa, en el turnito de arreglar algunas cosas, y ya se le había hecho la hora de almorzar. Abrió en la cocina la heladera para optar por algún platillo que fuese a sacarlo del paso (él prefiere almorzar liviano, dice que así no le da sueño al mediodía). Fueron unos sonidos bajos los que le distrajeron esta vez.   

Eran unas pulsaciones rítmicas e intensas. Los sonidos de muy baja frecuencia parecían provenir de un reproductor de sonido; eso sonaba como una línea de percusión sin rangos definidos. La composición no estaba acompañada de melodías, y sólo por la fuerte intensidad del volumen era audible. La curiosidad de Cecranhos lo llevó a asomarse por la puerta de su departamento. Los significantes de sonidos profundos provenían de al lado. Y esta vez también estaba presente el campanilleo de la vajilla.   

.."algo que se brotase desde una arcaica vida extraña"..

.."algo que se brotase desde una arcaica vida extraña"..


Enrique quiso agudizar su escucha, con algo de vergüenza por fijarse así en la vida de sus vecinos, pero le interesaba el cariz silencioso de la reiterada reunión nutricional; quería vívidamente llegar a oir algún susurro al menos. El símil de percusión animosa y el ruido de cubiertos fue todo lo que pudo escuchar. Los ritmos bajos con quiebres desacompasados eran casi un silencio, junto al cual se oía la fajina de los utensilios en sus contactos con lozas y porcelanas. Le caía claro al profesor Cecranhos, que debía cerrar su puerta y seguir con su jornada. Se figuró al hacerlo, a los enseres cantantes de las comidas de al lado, como que debían de ser piezas nuevas y costosas, piezas de bazar tan especiales como para que los comensales las manejasen muy cuidadosamente, concentrados en ello a tal grado como para no cruzar palabra; imaginó en sus vecinos una obsesión delirante rayana en la idolatría hacia esas cosas. No era difícil configurar la imagen de una ceremonia ritual, esta vez con la sonoridad de esos pulsos bajos, los que ayudarían a inducir en sus vecinos, ese trance adoratorio hacia la vajilla. Junto al ruido de la comida estaban esos sonidos entrecortados, una música salvaje con una serie en bucles oscilantes de ritmos con tiempos quebrados, parecía algo que se brotase desde una arcaica vida extraña.   


   3) …sensación pesada…

Le dio continuidad a sus cosas: ..almorzó con una sopita instantánea, estuvo preparando un proyecto para investigar con sus estudiantes. En el se iría a evaluar y determinar la factibilidad de un retorno al uso de carritos tirados por yeguarizos, para los vecinos y visitantes que sin apuro quisieran recorrer las partes descongestionadas de Carretón: ..el Barrio Zubonza, ..las tarifas de acuerdo al tramo del paseo, ..los asientos de los carritos puestos en sus laterales, ..un control veterinario.. Eran todos temas para desarrollar en el planteo, y Enrique los iba sumarizando: ..¿Llevarían los carritos del proyecto unos cencerritos con timbres particulares y fácilmente identificables, con la finalidad de avisar de su cercanía a los interesados? Pero esta última digresión en el asunto le debía de surgir, pensó Enrique, por los campanilleos de las comidas de al lado. Continuaban cuando encarpetó los borradores y se preparó para salir hacia el “Comercio..”. Y sin embargo, unos minutos después, cuando bajó por las escaleras hacia el parque del condominio, ya no se oían ni los cubiertos ni los pulsos bajos.   

Fue Cecranhos hacia el centro, cumplió normalmente con sus actividades sin mayor esfuerzo, a pesar de estar mal dormido. Un poco estuvo olvidando las nuevas sonoridades de su casa. Mas se le iba a reponer el episodio con su vuelta, casi al terminar los trancos en la breve escalera y arribar al palier de su piso. Estaban ahí otra vez, quizá tomaban un té en el atardecer, cortarían con sus silencios los panecillos crocantes; las cucharillas volviendo a la dulcera eran las encargadas de un acorde apagado, y la sonoridad de las tazas sería porque revolvían el azucar.

.."evaluar y determinar la factibilidad de un retorno al uso de carritos tirados por yeguarizos, para los vecinos y visitantes que sin apuro quisieran recorrer las partes descongestionadas"..

.."para los vecinos y visitantes que sin apuro quisieran recorrer las partes descongestionadas"..


A Enrique se le instaló otra vez la sensación pesada, meneaba la cabeza cuando comenzó la cimbra de la percusión baja. Dejando las llaves sobre la mesa al entrar, tenía consigo además el disgusto de una malolencia ambiental; encendió una varilla de sahumerio; revisó en sus ambientes, por averiguar de donde provenía el asqueroso halo. Pero no, la hediondez estaba en las partes exteriores, desde los pasillos, quizá alguna mascota hubiese dejado su regalito. Si los efluvios continuaban, al día siguiente preguntaría con el Encargado del edificio, si lo encontraba. Tenía para entretenerse hasta irse a dormir, otra vez con las sonoridades, y con las consecuencias irritables que tenía que enfrentar. Pues frente a su proyecto de los carritos, la incomprensión de los directores y los malos comentarios de sus estudiantes lo comprometían, para redoblar su intento, y que lo buscase ahora fundamentar con ejemplos globales y operatividad planificada. Se absorbió en su trabajo, combatía al mismo tiempo contra el banquete de al lado (en la hora de la cena se puso más intenso). Para conseguir obliterar los tenues pero penetrantes sonidos, evocaba en su interior los campanilleos de cencerros de sus carritos. Las luchas continuaban cuando ya no pudo más de sueño, y con una trastabillante pesadez se fue a acostar, “como entre campanadas de luto”, me dijo.   


   4) …aprensivo y asqueado…

Al otro día continuaba el hedor acre. Era precisamente por los pasillos; Enrique se tomó el trabajo de recorrerlos en un subir y bajar las escaleras a todo olfato. Se dio con la certeza sobre el tufo, en cuanto estaba más impresionante en su palier, y que parecía emanar desde la sede del concierto reiterado con los menajes y la percusión baja. No veía a esos vecinos desde semanas atrás; ninguna señal de ellos por fuera de las sonoridades. Había silencio en ese instante. Se animó a tocar el timbre del departamento, iba a preguntarles cortésmente sino percibían ellos, esa aspereza fétida que espesaba la atmósfera del edificio. Pero nadie respondió. Cuenta mi amigo que entonces bajó para quizá hallarlo al Encargado de los edificios. Y que, como lo suponía, no había trazas del empleado por ningún sector de los monoblocks. Cuando retornaba a su vivienda, Enrique oyó nuevamente a los chirimboleos estrambóticos. Ni que decir que al relatarme esto, mi amigo me connotó el alerta aprensivo y asqueado que había estado padeciendo.   

Volvió a pulsar el timbre en la puerta de sus vecinos, para nada. Decidió que seguidamente llamaría a las oficinas de la administración del complejo de viviendas. Su tema iba a ser el de las vaharadas hediondas, esa era la cuestión; y de los sonidos para él pasmantes no haría mención, ya que no había contravenciones en ellos.   

.."A usted le parece que están"..

.."A usted le parece que están"..


Los administradores le fueron diciendo que era perfectamente entendible que “los Tamesnoy” no hubiesen atendido a sus toques de timbre. “A usted le parece que están ahí, pero María Belén y Chayik nos han avisado de un viaje que están haciendo. Pudieron dejarse algo olvidado, y el desarreglo de los malos olores que usted siente quizá venga por eso; lo atenderemos de inmediato. Mire, señor Enrique, en unos minutos estoy ahí con el encargado; los Tamesnoy le dejaron una copia de sus llaves, enseguida lo encuentro por el celular. Pero va a ser muy conveniente que usted nos acompañe”. Mi amigo no estaba preparado para el sorprendente cariz que tomaban los episodios, se sobrepuso en la conversación con el administrador. Tenía muchas ganas de salir corriendo, pero entendía las razones por las que convenía su presencia en la revisación del departamento. Esto daba más seguridades de que nada fuese a quedar fuera de lugar en la vivienda de sus vecinos, que no estaban, pero él los escuchaba ahí, entonces… Y como sus cosas empezarían recién al anochecer, convino en sumarse a la inspección.   




   5) …en la vida vecinal de mi amigo…

Llegaron al palier y Enrique estaba atento a su venida. El Administrador refunfuñaba por las escaleras: “Todo escaleras, siempre escaleras, ¿cómo está Profesor Cecranhos?”. Detrás de él subía el Encargado; es un hombre locuaz, pero generalmente da muestras de muy buen humor, cuando se lo puede encontrar, o sea: muy rara vez. Les comentaba al Administrador y a Enrique, mientras ya estaba dando uso a las llaves, para entrar al departamento de la pareja Tamesnoy: “No es lo mismo un puchero fresco que después de una semana, ¡pero, ..qué podrida viene de acá! Tiene razón el señor Enrique; lo que son tantos departamentos que atender, uno no puede estar en todo, ..a ver que es esto”. La partida entró y levantó las persianas; los Tamesnoy habían dejado preventivamente desconectada la corriente eléctrica. El Encargado estaba diciendo: “No es lo mismo, no señor, no se pueden tomar iguales medidas desde la puerta que desde adentro de la casa”. Enrique estaba como distraídamente mirando la mesa de la sala.   

Un mantel azul que se veía impecable y aprestado, servía de marco a los cuatro lugares que él había supuesto. Ahí estaban las fuentes en el centro y en las esquinas de la mesa. Las hileras de cubiertos relucían junto a los conjuntos de platos, que ordenadamente acumulados mostraban sus finezas y primacía anticipada. Todo estaba sin uso, dispuesto para una sustancial nutrición con manjares, impresionante y honrosa ocasión, pero …¿para quienes?   

Con su azoramiento encubierto por un disimulo imperturbable, Enrique daba muestras de gran cooperación en el rastreo de la fuente emanadora de pestilencias. En la revisación de la casa, el Encargado siguió lanzando su teorética, sobre como los puntos de vista influyen al cambiarse, que con diferentes condiciones de luz y silencio, los resultados son otros. Elaboraba así un marco de expresiones, a pesar de los cuales fue el Administrador quien percibió donde estaba el problema. Señaló una rejilla, en el piso del pasillo interno que da unión a la cocina con la salida al patio-lavadero, de ese departamento. Dijo que había quedado agua con desperdicios acumulada ahí, en esa caja colectora se tenía así formado y descompuesto un caldo como de pantano. Y que eso se solucionaría simplemente haciendo correr agua desde los artefactos que desagotan en el dispositivo. Ya estaba el Administrador dando paso a un pequeño torrente de agua desde el piletón del patio. Y abriendo rápidamente por mano de Enrique el grifo de la bacha en la cocina, el agua corriente que luego confluía en la caja de patio, estaba siendo supervisada por el Encargado. Podía mi amigo observar un poco más a la mesa suntuosamente tendida, con sus platos, copas, y cubiertos relucientes. Junto a cada sitio en la mesa había adjuntos, diferentes equipos que Enrique no me supo luego precisar bien lo que eran, pero entendí su descripción: se trataba de aparatos de telefonía móvil combinada con otras funciones informáticas, plegados estaban y con unas lucecillas titilantes; ¿serían esos productos electrónicos los que producían aquellos sonidos graves, y el ruido característico de gente comiendo, reposada y dedicadamente en la acción restauradora?   

.."efectivamente las malolencias habían desaparecido"..

.."efectivamente las malolencias habían desaparecido"..


   Al contarme sus experiencias, ante esa pregunta de Enrique, la opción a tomar que elegí, fue la de repreguntarle, por como habían proseguido las incidencias en torno a los olores. “Me quería morir”, me murmuró. En su mente algo peculiar estuvo dimensionándose por demás; que me terminase de contar qué había pasado con la parte más accesible, la de la partida desodorante, ese era el hilo más articulable con la realidad, que la retomase. Porque después del trámite en la casa de sus vecinos, a la mañana, al volver a su departamento, se quería tirar por la ventana. Ya no deberá haber más ruidos insospechados, cuando terminemos nuestro encuentro y retorne a su hogar. No fue tan pelotudo como para atentar contra sí, decidió en cambio llamarme y combinamos este reunirnos. “¿Y dejaron al irse todo como lo encontraron?”, reiteré mi interrogación acerca de la patrulla sanitaria. Pudo apartarse Enrique de las referencias a la sonería inexplicable. Me dijo que efectivamente las malolencias habían desaparecido, y que al irse del departamento de sus vecinos, habían sólo bajado por completo las persianas, pero que a las ventanas las dejaron abiertas. En la empanadería adonde estuvimos conversando con mi amigo, también me anticipó que iría a comprarse vajilla descartable, que estaba cansado de lavar platos, “desde ahora sólo cubiertos de plástico, platos de cartón y vasitos de usar y tirar”. Le respondí que eso no sonaba mal, pero otra posibilidad tendría por adquirir un dispositivo similar a los que había visto sobre la mesa, para neutralizar la influencia de sus vecinos, ..que comprase uno de esos anotadores y conectores a Internet de telefonía movil. Se lo dije como una humorada. A esto Enrique me repuso con seriedad, que lo iría a pensar. Centralmente tendría que ocuparse, me completó, “en calibrar como deben ser los cascabeles para los carruajes de paseo, tienen que ser de sonidos únicos, que identifiquen a los carritos, quizá no sean campanadas reales, sino sintetizadas con armónicos y graves”… Y por cierto que las sobrevenideras etapas en la vida vecinal de mi amigo no dejan de ser interesantes.



   Reitero de esta Narración, que la fuí transmitiendo al Blog por etapas de edición, en actualizaciones sucesivas, desde el 19 al 23 de marzo de 2010, dentro de la misma Entrada. SEM

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