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nenia-pirandello
2010/08/17, 3:13 am
Filed under: agua-en-vasos, Cuentos Breves, Narrativa, Notas | Etiquetas: , ,

         NENIA
         -Un cuento de Luigi Pirandello

«..El tren no puede perderse. Camina. . .»

«..El tren no puede perderse. . .»

   Con la valija en la mano me lancé, dando voces, sobre el tren que ya se estremecía por el movimiento inicial; pude apenas aferrarme a un vagón y abierta la portezuela, con la ayuda de un conductor que había acudido furioso, me eché dentro.

   ¡Qué maravilla!

   Había allí cuatro mujeres, dos niños y una pequeñuela de pecho, que en ese preciso momento, por añadidura, estaba con sus piernitas al aire encima del regazo de una desmañada y enorme ama, que tranquilamente y con la mayor libertad la estaba limpiando.

   -Mamá, ha llegado un estorbo.

   Tal me recibió (y bien merecido me lo tenía) el mayor de los dos pequeños, que tendría unos seis años de edad, era delgaducho y orejudo, tenía el cabello áspero y la naricilla respingona, dirigiéndose a una de las señoras, que en un rincón leía, con un amplio velo verdoso levantado sobre el sombrero, espacioso marco para aquel rostro pálido y afilado.

   La señora se turbó, fingiendo no haber oído y continuó la lectura. Tontamente, porque el muchacho, como era fácil suponer, volvió a anunciarle con idéntico tono:

   -Mamá; ha subido un estorbo.

   -¡Calla, impertinente!- gritóle con enfado -. Luego, dirigiéndose a mi, con ostentada desazón:

   -Quiera perdonar, señor, le ruego . . .

   -No es nada – exclamé yo sonriente.

   El muchacho miró a la madre sorprendido por el reproche y pareció decirle con la mirada: – «Pero ¡cómo! ¿No lo has dicho tú?» – Luego miróme y sonrióme tan extrañado y al mismo tiempo con un gesto tan de pilluelo, que yo no pude contenerme.

   -Mira, querido. De otro modo hubiera perdido el tren.

   El muchachito volvióse serio, me clavó los ojos; luego reponiéndose, con un suspiro, me preguntó:

   -¿Y cómo lo perdías? El tren no puede perderse. Camina de por sí, con agua hervida, sobre la vía. Pero no es una cafetera, porque la cafetera no tiene ruedas y no puede caminar.

   Parecióme que el muchacho razonaba a las mil maravillas. Pero la madre, con aire de cansancio y de fastidio, lo reprimió de nuevo:

   -No digas tonterías, Carlitos.

   La otra chicuela, que contaría tres años, estaba de pie sobre el asiento junto a la nodriza y miraba al través del vidrio de la ventanilla, la campiña que huía. De cuando en cuando, con su manecilla, quitaba del vidrio la empañadura que producía el propio aliento y permanecía callada, contemplando el prodigio de esa ilusoria fuga de árboles y cercos.

   Me volví hacia el otro lado para observar las otras dos compañeras de viaje, que estaban sentadas en los rincones, frente a frente, ambas vestidas de luto.

   Eran extranjeras; alemanas, como pude saber poco después, oyéndolas hablar.

   La más joven sufría, tal vez por el viaje; debía estar enferma. Tenía los ojos cerrados, la cabeza rubia abandonada sobre el respaldo y estaba palidísima. La de mayor edad, de busto erguido, maciza, de tez oscura, parecía que estuviese bajo la pesadilla de su híspido sombrerete de alas derechas, estiradas; parecía que lo llevara por castigo, sobre los escasos y grises cabellos, encerrados y enredados dentro de una redecilla negra.

   Sin moverse, no dejaba un sólo instante de mirar a la joven, que debía de ser sin duda su amita.

   A un momento dado, vi brotar de los ojos cerrados de la joven dos gruesas lágrimas, en seguida miré al rostro de la de mayor edad, que apretó los labios arrugados y contrajo sus bordes, evidentemente para frenar un ímpetu de conmoción, mientras los ojos, parpadeando, detuvieron las lágrimas.

   ¿Qué ignoto drama se encerraba en esas dos mujeres que viajaban, enlutadas, lejanas del propio suelo? ¿Por quién o por qué lloraba, vencida y pálida por su dolor, esa joven mujer?

   La vieja maciza, llena de fuerza, mirándola parecía que se desviviera por la impotencia de darle ayuda. No tenía, sin embargo, en la mirada, aquella desesperada sumisión al dolor que se suele tener por un caso de muerte, sino una dureza de rabia feroz, tal vez contra alguien que causaba el sufrimiento de aquella criatura que adoraba.

   El sol se había puesto ya. Perduraba afuera, todavía, el postrer vislumbre del crepúsculo, hora angustiosa para todo viajero.

   Los dos niños se habían dormido; la madre había bajado el velo sobre el rostro y quizás dormía también, con el libro sobre las rodillas. Tan sólo la chica de pecho no lograba adormecerse; sin lloriquear, se revolvía inquieta, se restregaba la cara con los pequeños puños, entre los soplidos del ama de cría que repetía por lo bajo:

      -Duerme, chica linda; duerme, chica. . .

   Y preludiaba, desganada, prolongando casi su suspiro de impaciencia, un motivo de nenia popular.

      -¡Aoóh! ¡Aoóh!

   De golpe, en la callada sombra de la noche inminente, de los labios de aquella burda campesinota se desarrolló a media voz, con inverosímil suavidad, con atracción de inefable amargura, la triste nenia:

      Vigilo, velo sobre ti, duerme mi niña.
      Quien te diga que más que yo te ama,
      Hija, te engaña. . .

   No sé por qué, mirando a la joven extranjera, que se había abandonado en un rincón del coche, me sentí cerrar la garganta por un nudo angustioso de llanto. Al encanto de la dulcísima cantilena había vuelto a abrir los hermosos ojos celestes y sus miradas se perdían en la vaguedad de las sombras. ¿En qué pensaba? ¿Qué lamentaba? ¿Qué deploraba?

   Lo comprendí poco después, cuando oi a la anciana solícita preguntarle despacio, con voz oprimida por la emoción:

   -Willst Du deine Amme nah?
   «¿Quieres junto a tí, tu nodriza?»

   Y levantándose, fue a su lado y atrajo sobre su árido seno la rubia cabeza de la mujer más joven que lloraba silenciosa, mientras la otra nodriza, en la sombra, repetía a la niña ignara:

      Quien te diga que más que yo te ama, Hija, te engaña. . .


   El cuento NENIA, fue originalmente publicado en 1904, se reimprimió en una recopilación con otros escritos de Pirandello en 1922, y la traducción al español aquí editada, fue publicada por “Agencia General de Librería y Publicaciones”, Buenos Aires, en 1924.

SEMalfé; 34°38’33” Sur – 58°37’05” Oeste; en Agosto de 2010   

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4 comentarios so far
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Quien en la vida no ha tenido “sinsabores”…Y mas aún no ha hecho nudo la garganta por ver lagrimas ajenas… Sintiéndolas nuestras?…Que digo!!!… sin querer son nuestras!!!..Interactuamos como observadores, y vamos entrando poco, a poco ,protagonistas…Y duele vaya que duele!!…AMME.

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Comentario por Maru

Analizaste el Cuento desde una mirada inteligente que me le agrega un sentido. Le tenía puesta la atención yo a las asociaciones en las mujeres del luto. Y al protagonismo del viajero, por la traslocación en él de esa realidad, no me lo había focalizado, pero ahora sí. MSE

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Comentario por Sergio Edgardo Malfé

Buenisimo, los pequeños ademas de tener razonamiento fueron traviesos, fue cruel decir a la pequeña que cuando su mama le ama es un engaño, esta aun pequeña, el tren le hubiera dejado, y si se descuida los pequeñuelos le vuelan los bolsillos.

http://wergeld1032.wordpress.com Y http://lapiaradeotero.blogspot.com

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Comentario por wergeld1032

Me alegro que me hayas fichado, Wergeld1032. En ese compartimiento, la persona con dobleces, pero leves, es la madre de las criaturas, quien evidentemente había hecho “mala prensa” contra la irrupción del viajero. Si la beba o el nene llegasen a meter mano en los bolsillos ajenos, lo hicieran por la vaina de imitar el comportamiento “normal” pero falluto de los adultos. Mi mejor Saludo.

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Comentario por Sergio Edgardo Malfé




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