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meses de brujas y sapos

  Brujas y sapos en sus meses.


«Mas naides se crea ofendido, pues a ninguno incomodo, y si canto de este modo, por encontrarlo oportuno, no es para mal de ninguno, sino para bien de todos.» José Hernández, Martín Fierro.


  En la revisación de mis papeles estaba, en octubre de 2015, y así encontré un curioso relato que me aconteció con su originalidad. Está en un libro, que entre otros testimonios me informa sobre mujeres brujientas de mediados del siglo XX en Argentina. Singularidad considerable en el relato, por un lado; y con personal realización acontecedora. Pero lo que me movió para compartirlo en una entrada, fue que por otro lado recibí información contándome que octubre es “el mes de las brujas”, aunque otras fuentes digan que los embrujamientos mayores sucederían en noviembre. Y es suficientemente curioso el procedimiento del hechizo que ejecutaban las mujeres del relato, a fines de los 60. El caso está narrado en dos capítulos: “Medio de vida”, y “La bruja”; ambos forman parte del libro de Irene Freyre “No estamos solos” *.


  Conversando con el sacerdote Dubosc, tutor del Albergue para niños en situación de calle, y uno de sus fundadores, le estaba diciendo en una mañana Osvaldito, uno de los chicos:
Hoy tengo que ir a cazar sapos. / ¿Sapos? ¿Para qué querés sapos. / Para venderlos a la bruja Margarita. / ¿Te los paga bien? / Sí, me los paga bien, y si tienen la boca grande, mejor. / ¿Para qué quiere los sapos? / Margarita me los compra para sus brujerías. Tengo que llevárselos al cementerio de la Chacarita. Ella me espera en un lugar que conocemos. Cuando estoy ahí, saca de la cartera fotos de hombres y mujeres, luego las dobla y pone una foto en la boca de cada sapo. Después yo la ayudo a enterrar el sapo vivo entre las tumbas. / ¿Para qué hace eso? / Cuando entierra los sapos dice malas palabras, putea y le pide a cada sapo que joda a la persona que está en la foto…
 
  ─ No hagas ese trabajo, Osvaldito. ¡No hagas ese trabajo! No busques sapos ni vuelvas a ver a esa mujer ─.
  No puedo, Padre. No puedo … ¿Usted sabe? A otro chico que no le llevó más sapos, la bruja lo hizo pisar por un tren. / Habrá sido una casualidad, Osvaldito. Esa mujer no puede hacerte daño porque entierre un sapo. / Yo iré, Padre, porque tiene mi foto. / Entonces, vamos juntos. Me llevás adonde está ella.
─ ¡No, no! ─, gritó Osvaldito y salió corriendo a la calle.
 
  Con la intención de encontrar a Osvaldito, quien dejó de ir por el Albergue, varias personas se pusieron en campaña, también interesados en averiguar las acciones conectadas con el comercio de sapos. Colaboradores voluntarios del Albergue conversaron en La Chacarita con un cuidador del cementerio, quien conocía dos de las mujeres que enterraban sapos junto a las tumbas: “Vengan algún martes o viernes, y las verán con unos chicos que llevan latas”.
 
  Estaban vigilantes el sacerdote y uno de los voluntarios en uno de esos días, cuando vieron avanzar por la puerta principal dos mujeres que con bolsas en las manos se internaban luego por una de las avenidas del cementerio. Dos chicos, que llevaban latas, iban detrás de ellas. El grupo caminó hasta dejar atrás las bóvedas, y se detuvieron junto a la tierra de una tumba abandonada; echaron una mirada alrededor. El sacerdote y su acompañante simularon estar interesados en una tumba cualquiera, le removían un tanto las malezas mientras se mostraban en una charla, al tiempo que vigilaban el grupo. Vieron como las mujeres depositaban las bolsas sobre la tumba y abrían las latas. Los chicos a su vez escarbaban la tierra con cuchillos, frente a una cruz de hierro semicaída. Cuando el pozo estuvo listo, una de ellas volcó el contenido de una lata dentro de él. Los chicos se apresuraron a cubrir esto con tierra. Recomenzaron en su andar intencionado las mujeres, con los chicos detrás, pero a poco se dieron cuenta de la vigilancia que también las seguía, y acelerando el paso se alejaron. Alcanzó el sacerdote a los dos chicos con las latas remanentes, los convenció para que se sumasen a la vida del Albergue, y les compró las latas, para arrojarlas de tal manera que se abrieron, y los sapos salieron saltando de su encierro. El voluntario retornó a la tumba con la cruz caída, y al ver que el suelo se movía, comprendió que los sapos enterrados vivían aún, removió la tierra blanda con un palo, y los dejó escapar.
 
  En cuanto a Osvaldito, nos cuenta la narradora de estas experiencias: “Trabajo costó encontrarlo, hasta que un viernes tuve la alegría de verlo junto a la puerta del cementerio”.
  ─ Todos los chicos del Albergue te están esperando ─.
  El chico estaba ahí con su lata de sapos, seguía atemorizado por lo que le podría pasar sino le cumplía la entrega de sapos a la Margarita.
  ─ En el Albergue hay dos chicos que les vendían sapos a las brujas, como vos, y ahora ya tienen otro trabajo. / ¿Y no les pasó nada? / Claro que no, ¿por qué les va a pasar algo? ¿Acaso no puede cambiar uno de trabajo cuando quiere? / Sí, pero la foto … / Vamos, querido, todo eso es mentira. Nadie puede hacerte mal por el sólo hecho de tener tu foto. Esas mujeres pierden su tiempo con tales tonterías. / ¿Usted está segura? / Absolutamente segura. ¿Qué te parece si vamos al Albergue? Te daré ropa, te quedás allí, y ya verás que nada te va a pasar. / ¿Y la bruja? / Dejala que se busque ella misma sus sapos. Vení, nada te ocurrirá ─.
 
* Irene Freyre: No estamos solos; EMECE, Buenos Aires, 1980. El sacerdote †José Dubosc y la Licenciada en asistencia social †Irene Freyre dedicaron gran parte de sus vidas a la Fundación Hogares Argentinos, una institución tutorial autoeducativa y preventiva de puertas abiertas por ellos fundada en 1957. Suman miles los hijos espirituales de su proyecto.

 
  Más decentes en su añeja humildad que otras figuras brujientas promovidas hoy en día por la manipulación transcultural y massmediática, las brujas del relato carecían de ambages caricaturescos. Eran oficiantes en harapos de una magia que opera, en este caso para destruir, por las semejanzas entre las representaciones manipuladas y las personas destinatarias del hechizo. No imperaban todavía los embrujos del estrellato globosiento, plena y oculta vigencia tenían por entonces los de tierra adentro, sapo al pozo tierra adentro, embutida foto en sapo, cada sapo con su foto, a otra foto con tal sapo, toda foto con su sapo; en embrujos dispares, caractéres diferentes.
 

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  Sergio Edgardo Malfé
Argentina, octubre de 2015.   

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1 comentario so far
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Brujienta narración ,que nos anima la imaginación. Bueno para contar a los nietos y que no se anden creyendo de “santos que almuerzan” y si en esas andanzas estuvieran un buen “sape” propinarle.

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Comentario por Maru




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