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# atisbos-arracimados\: …”:desmadre, :nutrición, :bordo, :llanuras, :subrayar, :cerco, :jardinera, :dueto, :retratarlo, :telón”…

Por Esos Atisbos Arracimados.

Resumen: Están para salir de un cementerio, el abogado Remolier y el piloto Flint. Ronda sobre el anegamiento la nave anfibia de Flint, la cual es recurso necesario ante el desborde lodoso sobre parte de esa tierra. Remolier atiende al relato de Flint, por como habían sido las cosas en jornadas previas. Flint explora en el desastre de lodo, por hallar el hilado maestro, el que pueda tornar a la normalidad ese desmadre de hechos. Arriban al móvil anfibio que es también panadería. Eusebio es el otro tripulante. Se había sumado a la partida una Jardinera, y luego una Pintora. En torno al cementerio se junta una multitud de personajes con cascos mascarones, vienen de la zona seca. Los perros bermejos fueron ya sorteados, pero esta multitud de manifestantes roncos concita otra solución. Y es la Pintora quien abrirá la brecha decisoria.

    Por Esos Atisbos Arracimados (1).


”Un cuervo con la cabeza prematuramente encanecida por la aplicación  
de agua oxigenada extrafuerte recibía a los visitantes”
. Boris Vian, en “La hierba roja”.  

   Probablemente se comience por un error. Pero, si las ideas “acertadas” nos han conducido a tal miseria; y si dentro del acierto terrorífico, fuere a entrar este letraje como un error; luego quizá sería un acierto. Puede ser en otras dimensiones que las corrientes y actuales, donde este error venga a ser un acierto. Será cuestión de recomenzar sin acumular; ceñirse a las historias ya acumuladas; ponerlas lisas; bobinar las madejas, …deshacer la galleta…

   Situémosnos: se transportaban en ese anfibio. Es una máquina transicional , para la gente que anda sobreviviendo en el desmadre. Y el anfibio anda, rueda y flota; además panifica. Porque producen toda clase de bollos, pasteles y masitas. Para atender a la nutrición de aquellos sobrevivientes que no pueden transitar: víveres para los aislados en el temporal.

   Aclaremos; ubiquémosnos mejor: las precipitaciones y la premura por las lluvias, sumado ello a la crecida del Río y de otras aguas que se elevaron; no se correspondió tal desmadre con los desagotes y drenajes existentes. Puede pasar mucho tiempo hasta que la ingeniería de soluciones a esto.

   -¿Dónde estaban; quienes?-.

   “Estábamos haciendo un nudo. Resolvíamos la tensión adecuada de la línea. Y atábamos la cuerda al árbol. Quedamos como persistentes obstinados en no evacuar la querencia. Y no partir a la cordillera. Gracias a mi propia obstinación de inventor constructivo, armé la máquina. Y circulamos por las vías barrosas, calles, nuevos ríos, cauces innominables y fluctuantes, lagunas; para suministrar a los inundados aquello que necesitan . Para que más o menos vayan capeando con nuestra visita a sus propios temporales paralelos, la tormenta interminable”.

   “Los bollos, las masitas, y demás; las vamos amasando a bordo junto a Eusebio. Desde el anfibio al pasar las distribuimos entre las casas, que son como islas. Eusebio y yo en el anfibio indispensable para sobrepasar llanuras de fango casi líquido. Alturas embarradas, parques y avenidas con oleajes trastornados. En realidad, nada vendría al caso de la cuerda y del árbol. Ahora vayamos un poquito fuera del Cementerio . Andando, vamos, vamos. Iremos fragmento a fragmento, ajustándonos en la salida de esta euforia regresiva: vacío, caducidad, desaparición. No desesperaremos; pero el alarido puede salir de improviso”.

   -…¿Que puede venir el alarido?-.

   “Ciertamente, como remate de la discusión permanente. Porque Eusebio me acusa, me juzga. Me dice que nunca voy a acertar en lo que es justo. Sus ojos le sirven para subrayar la condena, metiéndolos continuadamente sobre mi dedo. El mismo dedo que uso para señalar desde a bordo del anfibio por donde creo que puede estar el Cordón”.

   “Cree Eusebio que mejor es callar lo que no tiene salidas. Entonces mirar, oir, gustar, oler, articular, tocar; así opina. Para encontrar la red de toda la inteligencia. Me dice que que mi búsqueda del Cordón es un delirio, como un desatino sin destino. Te explico: Eusebio cree primordialmente en las acciones orgánicas. Y en que viviendo bien, todos nos conectaremos, en una red de bienestar y entendimiento. Así se desespera en nuestro rumbo de harina y pensamientos. Pero el Cordón, …ánimos sin máscaras. Cuando lleguemos a encontrar el encadenamiento maestro… Hay un sentido que es soporte de cada eslabón sensible. Allí es donde se encuentran acordonados los eslabones; para relacionarnos y en el Cordón, con aquello que es lo fundamental. También una pasión; aunque parecería que no se compadece, …no se compadece”…

   Así siguieron su andar en chapoteos, el viejito de corte deportivo, náutico y agreste; y con él, atendiendo la reiteración de una historia, el señor de harapos, con un valijín estragado, un sombrero redondo y mugriento de alas caídas. Y simultáneamente, en una víspera de otra cosa, Otros… congregándose en contacto y distanciamiento, disgregándose, …evocando relaciones en todas partes. Otros en busca de un tono con el que cantar la canción gris. Otros buscan como poder cantar vívidamente. Cantar inducciones de la memoria , para discernir de las sensaciones, cuales vienen con patrón fatal de muerte, cuales un poco mejor, cuales para siempre… Discernir desde estas situaciones; ver lo que se debería ver; porque se contó en un testimonio: “El pueblo asentado en tinieblas, vio gran luz; y a los sentados en región de sombra y muerte, luz les esclareció”. (Mateo, IV, 16).

   Si pudiéramos retomar la marcha, distanciarnos arriba; veríamos como el náutico (Daniel Flint), procura dar la nota adecuada en su relato. Viésemos tambien como el paupérrimo abogado que lo escucha e interroga (Servando Remolier), adecúa su actitud al relato del navegante . Veríamos entonces que se acercan al portón del Cementerio. También veríamos que Eusebio se aproxima con el móvil semi-flotante. “Insiste y repite”, está diciendo Flint:

   “No abunda mucho más, insiste y repite. Pero siempre remite a la experiencia; y que no al sentido, el que yo sí busco. Y cuando la encontremos, a la trabazón que sostiene este tejido decadente, tan sustancial para Eusebio, tan solamente una enunciación para mi. Cuando la encontremos, entonces, la trama de la experiencia, por el Cordón, ya no tendrá intersticios. Sin recovecos imposibles, sin digresiones secretas –esas que por no declaradas se arguyen de intuiciones y adivinaciones exaltadas–. Entonces, …ninguna cosa se nos impondrá como importante. Será el instante eterno, con nuestras formas comprendiendo las formas y los lazos del Cordón. Lazos depurados porque los entenderemos, aunque formas que serán sociales, pero también intracraneanas. Por esos atisbos que me entusiasman, se da mi dedicación para ingeniar los medios técnicos. Así fue que arribamos a construir el anfibio y panadería. Y a tantas otras cosas con las que puedo proseguir buscando; con Eusebio como asociado ineludible, para que podamos coordinar los aspectos prácticos. Sino, mi rumbo solitario y desmedido se ahogaría en confusiones; me pondría en un desierto de agua maldito y originario. Los límites por la experiencia hacen que el derrotero del móvil junto a Eusebio, sea más ajustado a lo posible. Vamos navegando, fabricando nuestra panificación al rodar”…

   “Estamos llegando a los límites del Cementerio”…

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   Con otros ritmos diferentes para Remolier, en el barrial, él va siguiendo las zancadas de Daniel Flint, portavoz, por ahora, de una historia para eludir el cerco del Cementerio. Que es un primer cerco de los perros bermejos; que es el segundo cerco físico, estrictamente físico, de la cancela, del portón de hierro enrejado; que es el tercer cerco más determinante que ninguno: el de los comentarios. Ya que hay un público alrededor del muro, atento a quienes quieren salir. Un público avispado que quiere ver si el concierto de los que buscan la salida, es al fín concorde o de que se trata. ¿Comentarán ó se quedarán en silencio?.

   -Ahí está, estamos. Si tenés tanto apuro por salir, será porque vos también te vas muriendo –. El abogado haraposo, Remolier, así conlleva su escucha junto al náutico, agregándole: –Me interesaste en lo del alarido. Del sentido del alarido ya vamos a hablar. Ahora seguí, salgamos–.

   “Era vertical, la corteza, el nudo, los equilibristas; funámbulos allá; ¿entiendes ?”. Flint gesticula, alza y mueve las manos, describe dimensiones: “Braceábamos así”, indica como en un crawl: “Eusebio allá arriba”.

   -¡Ah!; había subido al árbol–.

   “Sí, detrás de la cuerda. Se abanicaba allá arriba”. Nuevos gestos de Daniel Flint. Los perros bermejos muy atentos; ¿cautivados o acechantes?. Eusebio llega detrás con el anfibio, va a sobrepasar el cerco . Les habla a gritos:

   –Allí está la jardinera. Fuma y poda ella–.

   También grita desde arriba una voz alegre: –¡Llega la panadería!–. Esta mujer enseguida les tramita un reclamo por las masitas. Frita los nervios la jardinera, desde arriba de un ciprés, del otro lado del cerco. Ahí está algo más seco el terreno. Quiere masitas, medio kilo dice.

   –¿Se dan cuenta?–, señala Eusebio sotto-voce, mientras prepara envueltos los apetitos, para la airada jardinera, embandejados en el móvil. –¿Qué Cordón ni sentido puede haber, donde hay figuras como esta señora?–.

   Entre los murmullos vecinales al trasponer; ahí están. Hay una ola de gente que pulsa en ondas de roncos murmullos. No es muy interesante quedarse ahí; sino elevarse con los murmullos; eso sí. Paso de papalote del anfibio que sobrepasa el cerco. Para los andantes en conversación, llega al mismo tiempo la impresión del reino animal: son los perros bermejos ya abriendo las fauces. Pero ya pasado el límite físico, con las puertas cancela y el portón del Cementerio atravesados, el estímulo social de los murmullos, la intuición de saberse observados. Por lo que miran hacia arriba Flint y Servando, en fracciones de segundo; atentos a nosotros. Aunque no nos podrán ver. No se pueden dar cuenta; no. Andamos sobrevolando al menjunje. Flint está descansando en pie. E irónicamente apunta con su dedo índice hacia Servando:

   “Figúratelo: trepar al árbol por el tronco Eusebio, izar la vela, colgar de las cuerdas los anuncios, todo en el viento”…

   Eusebio que avanza con la máquina , entre los islotes y las plantas decaídas que la Jardinera atiende. Ya desciende el socio de Flint del móvil anfibio. La Jardinera con pies en sus gomosas botas sobre el barro, recibe de Eusebio el paquete de masitas. Lo toma con gesto deliberadamente expresivo de delicadeza. Chapoteando entran a caminar los dos. Y tomados del brazo a pocos pasos, se detiene él mirando como fascinado esas maravillas de poda en las plantas murientes. Tema que la Jardinera puede indicarle como: tijeretazo aquí, sonrisas encantadas allá unos pasos más. Y Eusebio le señala al paquete de las masitas, que cuelga en cintas coloridas de los dedos de la Jardinera. Ella indica entonces un poco más allá. Se habrán ido a sentar, supongamos; puesto que desaparecen de la vista. Quizá pasen directamente a las artesanías.

   -¿Qué más hacía Eusebio subido al árbol grande–. Ahora es Remolier quien señala con el índice a Daniel Flint. Este se conturbó pensando un rato.

   “…También se puso a orinar”, dice Flint en un tono menor.

Monument Valley, Utah, USA.

...todo en el viento... Img de Monument Valley, Utah, USA.

   -¡Ah!. ¿Y qué más?–.

   “Orinó las velas, las generales y las del anfibio. A mí me orinó. A las crianzas que vinieron haciendo equilibrio para tomar el timón, a los hermanitos de las nenas. Estos chiquitos agarraron piedras y lo apedrearon. Eusebio les tiró unas granadas lacrimógenas. Los chicos se escondieron en el ático”.

   -¿Pero dónde estaban?–.

   “El agua seguía igual. Junto a esos árboles había una casa vacía. Allí arriba se escondieron y desplegaron los chicos sus propios anuncios, gallardetes. Caminaban por las cornisas, cantaban. Las crianzas y yo nos envolvimos con una vela mojada”. El tono y el volúmen de Flint pasaron a ser algo mínimo.

   -Flor de gorila este Eusebio; una figura interesante. ¿Cómo siguió?–.

   “Estábamos envueltos por la vela. Y todo se paró, porque la vela no recogía el viento . Entonces no hubo más viento”.

   -La tierra dejó de moverse; ¿fue así?. Como ahora, que nos quedamos inertes–.

   “Y bien; es cierto. Después a la noche tuvimos que irnos a la sirga. Los chiquitos le contestaban a Eusebio, porque él gritaba incoherencias desde el árbol. Todos agachadamente. Y así llegamos al Cementerio”.

   -…El Cementerio. Pero, …si acá estamos bien. ¿Para qué volver?. Pasar por el bochorno de otros comentarios, que hablen mal de mi sombrero, del portafolios–…

   “Tú lo sabes, Remolier. Como el Cementerio es el único lugar que se mueve, ahí hay algo de vientito. Se alivia uno del clima. Pero vos viniste porque también quisiste alivio. Lo que pasa, Remolier, es que el Cementerio gira sobre sí, se mueve alrededor de su eje. Y así trepana. Se va hundiendo más. Cada vez más dificil trepar la salida de ese alivio; y por las aguas”.

   Veamos la situación en general, como observadores de una partida en un gran tablero. Nuestro ondular aquí, esta conjunción solidaria, estas cosas que se nos permite ver. Y con nuestra observación abarcadora, si bien no es rica en expresividad –digamos que no hemos actuado mucho aún-, pero esta mirada sintética hace que podamos casi adivinar. ¿Qué será?.

   Porque si bien Flint y Servando Remolier acompasan y pausan la estadía allí en ese tránsito, también los canes matizan la actividad, se matizan, se tornasolan algo. Con manchas de pelaje azul están matizando sus rojos iniciales. Ruborizados tonos que ante la pausa están virando algo al azul. ¿Y los vecinos?. Porque sucede que el oleaje rumoroso ya entró en más comentarios sobre los amigos:

   -…Son hombres educados, …como la gente, …muy educados, …son bien hablados, …con buenas maneras–. Crescendos y diminuendos laudatorios para el dueto del diálogo de la salida en tránsito.

   Remolier, que está dándose cuenta de que no hay vuelta al refugio; él es el que repite una y otra vez el lema, motivación con la que suavemente va elevando la voz:

   -Vacío, caducidad, desaparición–.

   Y Daniel, de mientras, señala el suelo; y continúa con la historia que busca el buen tono. Para lograr la concordia de los límites. Continúa con la historia:

   “Nos tuvimos que arrastrar las crianzas y yo. Cuerpo a tierra, arrastrarse. Reptamos porque Eusebio aullaba contento. ¡Oh muchacho!. Tenía él su juego de video portátil andando. Proyectiles de plástico, luminosos, encantadores, en ráfagas multicolores”.

   -Vacío, caducidad, desaparición–.

   “Después ya nos pudimos alzar un poco. Nos protegimos con las bolsas de residuos como escudo por los videos. Lo hicimos confundir al muchacho; porque se debió de olvidar de quienes éramos. Nos vio empantanados con las bolsas de residuos. Habrá pensado que recolectábamos”.,,

   Alrededor de Servando representa Flint. Demuestra en una performance sustancial, como fue el trote empantanado con la basura.

   -Al trote vacío. ¡Qué bien!. Caducidad de los trotes alrededor mío, Flint. Desaparición con alarido. Ahora, …¡vamos!–.

   Salen disparados con gritos de dolor y adoración, en paralelo alarizante. Abordando están enseguida al anfibio los conversadores. Hasta que Eusebio vuelva, fabricar algo con el calor de la panadería. Cuestión de unos minutos entretenidos. Daniel Flint con el corazón más sereno en la pausa semiflotante de las harinas, reasume el comando narrativo:

   “Hubo que inventarle un periodista a Eusebio, que llegaban en lancha y para entrevistarlo y tomarle fotos. Pero después el fotógrafo no vino. Ya era bien tarde de noche. La que vino de canotaje fue una Pintora. Igual Eusebio se tranquilizó con eso. Tuve que hacer un largo silencio serio también. La Pintora iba a esperar al alba para retratarlo. A los periodistas se les atascó la lancha en el Tubo Verne, le dije. El cruce del Atlántico Norte hasta Boston, desde ahí a San Francisco, Yokohama, Ciudad Ho-Chi-Minh, Bombay, Beijing: todos lo iban a saber: Que él había atado a las velas y el viento, para la misión humanitaria desde Ginebra, avisados por el Hispasat, les llegaba la noticia lo mismo; a pesar de la lancha atascada. Esperaríamos a que fuese de día… Se olvidó. Por suerte se olvidó. Y hoy pudimos repartir el pan y la factura”.

Por Esos Atisbos Arracimados (2).


“Una tras otra, las franjas rojas de las nubes se iban apagando,  
con un murmullo ligero como el chirrido del hierro candente en agua.  
Durante un segundo, todo permaneció inmóvil”
. Boris Vian, en “La hierba roja”.  

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   Nosotros, los sobrevoladores, ondulamos mirando esto, atendiendo todo, como papalotes invisibles. Vemos a esa multitud de vecinos comentaristas, los del rumoroso oleaje hablante; los vemos abismados. Han podido hacer en el cenagal un nuevo cerco, de grupillos dispersos, en torno de donde está el anfibio amarrado y en sus panificaciones. Para esta hora se siente el perfume del horno. Ha de ser por eso que se han quedado esperando. Pero ahí vemos que vuelve el casal, de su paseo con el paquete de masitas. Vuelven en el anegamiento, chapaleando con sus botas en los charcos pantanosos. Habían quedado fuera de nuestra vista en el pórtico del Cementerio. Bajo ese techado donde los goznes, los encajes, se afieren ferrosos con giro en las charnelas, listos para funcionar, en buen estado los herrajes. Vuelven conversando en un rumor con voces de bolero. Se acercan; y acodados en el mostrador del anfibio, miran a la tarea que ya termina. Justito arriban para observar la asadera con scones recién retirada.

  -…Es un Profesor del Horno–, le explica cordial Eusebio a la Jardinera.

  “No pierdo el tiempo”, riposta Daniel Flint con una moderada lobreguez, acorde con el entorno.

  –…Ah, sí, el profesor del horno. A ver lo que hizo–, articula la Jardinera, con la boca proyectada hacia otra degustación.

  Se lo ve a Eusebio tan pletórico y guiñador cuando le alcanza los bollitos a la Jardinera. Eusebio entra al móvil; y estando más cerca del dúo de profesionales, les susurra:

  –No le sigan dando vuelta a las cosas. ¿No ves, Daniel, que siempre trabajás demás ?. Estás ocupado permanente en tu paradoja sin destino–.

  “Mira un poco tú. Si yo me ocupara solamente de lo que aparece, en las creencias; entonces habría para mi un destino tan sin sentido como el de esta inundación”. Y Flint continúa: “Porque estas cosas en las que me ocupo y pienso, están un poco desencajadas de la secuencia de los sucesos, resultan prácticamente sin tener con-secuencias. Por lo que podría decirse que mis paradojas no producen fatalidades, como sí las logran esos, que sí creen hechos en lo que está sucediendo”.

  –Así es como él puede condensar de la vulgar paradoja una destilación–, interviene el abogado. –De sus experiencias…–, Remolier se refiere a Flint, luego de inspirar como irguiendo el entendimiento: –…Concibe un sumario que nos pone en un paralelo de lo que se cree, en una para-doxa. Y voy a ver como sería este atardecer de hoy–, concluye. Y se arrima a la portezuela del anfibio para ver el crepúsculo.

  Son raros movimientos, que vemos al planear sobre los restos de los desmadres. Una lucecilla que está sucediendo, como haciendo señales. Parpadeos distantes que Remolier descubre desde bajo el ala de su grasiento sombrero. Avisado Flint de esa actividad, da arranque al ronco ingenio del móvil anfibio. Comanda:

  “Todos a bordo. Veamos eso, muchachos; podría ser el destrabe de entrar a la luz. El Cordón que ahí nos llama, tal vez. Una experiencia de la verdad que nos espera”. Baja la palanca; y los turboelevadores se dinamizan. Eusebio suelta la amarra; y se propulsa el móvil, con sus engranajes combinados ingeniosamente, en vibrante rotación simétrica.

  El vecindario comenta en sus grupillos aislados; si no ha de ser otro arborícola la causa de este arranque; si los motorizados del anfibio no estarán yendo hacia señales de otros monárquicos, señales de restauradores centralistas, quizá zaristas, dudan. Son comentarios conectados, tienen que ver. Ya que en las avenidas bajas inundadas hay temblorosas luces de balseros que van palanqueando sus derivas. Y allá va el rol para ese islote, a averiguar en el anfibio; ¿qué saldrá?… En esta amalgama surgente de barro sobre tumbas y aguas, vivientes masitas y lucecillas; el foco de destino los va a averiguar a ellos. Porque ya se sabe: la búsqueda por conocer implica que el buscador sea idénticamente conocido, por el objeto de su búsqueda. Vemos que se forman turbulencias en el agua fangosa, unos metros más acá del islote, antes de que arriben.

  Ya distinguen desde el móvil a quien hace las señales. En la penumbra reconocen a la Pintora, que había quedado desde la mañana destacada en sus tareas. Si bien no lo retrató a Eusebio, tampoco se había vuelto a la ciudad, como suponían los panificadores. La invita Flint a pasar a bordo. Y Servando aprecia la pulcra figura de la chica . Trae consigo un lienzo grande enrrollado y una valijita de madera. Deposita sus cosas; y en los saludos dice llamarse Clara Dactús, declara ser vecina de Grutonley. Está algo nerviosa, impactada por la luminosidad de la embarcación. Cuando ve a la Jardinera se tranquiliza; y puede reparar en quienes la saludan, los muy especificantes. Es bella mujer, rostro ovalado, nariz y boca armoniosas, nada grandes, lindo color de ojos, como de 28 años, cabellos pardos muy cortos, cabeza importante.

  En las ramas más altas del islote había estado refugiada, les cuenta la Pintora, por los desmanes que arriesgaban los inundados. Los vecinos del cerco rumoroso no solamente estuvieron para comentar. Habían sucedido desastres grandes. También turbamultas por las calles altas. Ella levanta la vista entonces, desde el exterior del puente; mira por encima de la chimenea. Está calando el cielo. Mira hacia nuestro aleteo invisible en punto fijo, como interrogando está. Y a los anfinautas les dice si no escuchan ellos unas voces:

  –Tanto como que no tengo la seguridad. ¿No oyen ahí como una charla arriba?–.

  –La señora sabe de los acontecimientos. Está impresionada–, responde Servando. –Son cosas para retirarse; pero no se oye nada–.

  –¿Será cierto?–, cuestiona volviendo a mirar la Pintora.

  Ella percibe nuestros movimientos de relatores.

  –Vea señora; para esclarecer a usted la situación…–, Remolier toma de su estragado valijín unos papeles. Son viejos recortes de diarios que agita como evidencia, antiguas revistas descoloridas de historieta; cosas que quiere se tomen en cuenta. –¿Vemos algo ahora, señora?. ¿O será nomás contínuo vacío, caducidad y desaparición?–.

  No parece que la Pintora haya percibido mejor por los gestos de Servando Remolier. Quizá su sombrero tétrico no haya favorecido al mensaje. Mientras tanto, nosotros nos elevamos más, con el imperceptible batir de alas de nuestras letras, en un soplido silencioso de nuestros propulsores. Para evitar que la Pintora, la única que ha notado algo de nuestros decires, vaya a pregonar esto. Que no se detengan las acciones del grupo a bordo. Y al subir, vemos efectivamente que estas cosas no estaban sólo en las inmediaciones. Al tomar altura, vemos que en las circunscripciones, por encima de las barrancas, los vecinos están sumados a otro oleaje con cascos mascarones. Más arriba, nosotros oímos a estas gentes. Con cascos mascarones que representan cabezas de leones. Hoscos que gruñen roncamente y deambulan apiñados en la zona seca y desafectada. Avenidas llenas de marchas. Desde nuestro letraje flotador los vemos. Son caravanas pulsadas por tambores ocultos, convocadas por un gregarismo arcano. Cerrado ministerio el de estas juntas. Son columnas multiplicadas de seres semiocultos en sus mascarones. Algunos con sus mochilas en ristre, llevan pantalones bermuda. Van haciendo sonar sus roncos oleajes de gruñidos reiterados, individuales pero acordes en ese broncar monótono.

  No se detienen los acontecimientos de a bordo. La Jardinera busca afianzar un género de conversación:

  –Me hace ilusion que merecemos ver esas cosas. ¿No es cierto, artista?. Por las manos, …fijate los colores que tiene, …estuviste trabajando ahí arriba. ¿Ese plano lo hiciste hoy?–.

  –El trabajo me tragó bastante todo el día. Si me das una mano lo vamos a poder romper todo–. Animada la Pintora, va desplegando un telón.

  Es cosa de prender la pintura en los parantes de las bordas. Todos tienen que ayudar. Eusebio trae del tambucho una Heftpistöllen, para engrampar el despliegue de la obra.

  –Pero si es impresionante; es algo bueno; ¿para qué decís de romperlo?–, cuestiona la Jardinera.

  –Bueno, …lo que digo, compañera de la vida, es que al ver la pintura podamos pescar lo que provoca. Se junten mente y sensibilidad en parte por parte del día que quise atrapar. Hacer otro día y no así el que pinté y ya no debería más pasar–.

  “Es un lazo vivo. Quizá este sea el Cordón, y no haya que calzar lombriz para pescarlo”, masculla deslumbrado Daniel Flint.

  La pintura es un racimo de organización, una interpretación cristalizada, una vida en nueva organización: Destellos del sol, anegamientos azulados y parduzcos, anaranjados breves, relámpagos de apremio, amarillos puntuales, rayos verdes, racimo plural de alucinantes anunciaciones. Los árboles se ven como en vísperas de una insolación en el paisaje.

Img. del pps "Fotos para Meditar".

Img. del pps "Fotos para Meditar".

  –Ella nos prepara directamente a otra cosa –, sugiere la Jardinera.

  “Es una unidad de tantas facetas lo que has hecho, muchacha. Facetas unidas, todas logradas; trabajaste en lo que se muestra. Es una esencia coherente, condensado el sentido. Es una sola cosa, una sola idea de la realidad en el amanecer y el día. Esto es de otro amanecer acá”, le dice Flint.

  La pintora estaba atenta escuchando frente al telón y también los iba mirando. Se ha puesto a rebuscar en su valijita de madera.

  Eusebio se fija muy interesada y generosamente.

  –No está mal, no está mal lo que hace; como que elevase el día a una jerarquía artística–, observa meditativo Remolier.

  La Pintora ha tomado de su equipo un taco de madera. Lo pone en manos de Eusebio y le pide que vaya tras la tela y ahí lo sujete, donde ella le indicará.

  –Necesita respirar–, dice. También toma del valijín un martillo y un sacabocados de buen porte. –Le tiene que entrar la luz , hay que drenar–, añade; con un gesto de todos sus dedos juntos.

  Todos en vilo. Eusebio ha consultado con la mirada al grupo. Todos preocupados, pero dispuestos y atentos a lo que seguirá de manos de la Pintora. Ya se produce la horadación. Un golpe de sacabocado. Y otros que siguen, allí donde Eusebio en el envés sostiene, en los puntos que la Pintora le marca desde la faz de la pintura, para que ahí ponga él la madera.

  La inundación se arremolina un poco alrededor de las aberturas; no son tantas. Agua fangosa que se va, azulada y parduzca. Eusebio lo percibe:

  –¡Eh!; fíjense: se mueve el barro–.

  El anfibio se desnivela. Queda con una inclinación; apoyado en el suelo con suave declive. Las aguas vuelven a su lugar.

  Bien en nuestro propio vilo acentuado arriba, vemos que los encapirotados de los mascarones, se los van quitando para taparse los oídos. Se disgrega el amontonamiento peripatético de la muchedumbre sumada de individuos. Van a sus refugios. El alarido de la tierra recuperada brama agudo. Sonido imposible para los roncos socotrocos gruñidores. Por encima de la marea humana, la reposición de una esfera de vida que canta y grita . La noche se ha cerrado distendida, cumplida y lisa. Enseguida este silencio, que no es un callar de la vida. Las pinceladas cantaron. Se ha cerrado el dolor. Así lo entienden en el Móvil Anfibio. Aunque es evidente esa desazón que hay en los ojos muy abiertos, que miran como todos los terrenos alrededor ya están normales, transitables.

  –Y ahora, ¿qué hacemos?–; arroja como desde su médula Eusebio.

  –¿Cómo que hacemos?. Nos vamos para las casas–, contesta definitoria la Pintora.

  –…Pero, …mañana–, …algo sugeriría Servando Remolier.

  –Mañana, otro amanecer–, completa la Artista.

  “Hasta mañana todos”, concluye Flint.

  –HASTA MAÑANA–. Y se van andando con sus fueros cada uno. Se distancian quizá por un tiempo o tal vez para siempre. La pintora Clara Dactús, con sus avíos de pintura. Flint con sus años. Remolier con su valijín desportillado. La Jardinera y Eusebio uno con el otro. Nosotros con el aterrizaje . Y nosotros también…


“Momento en el que el cuervo oxigenado llamó a la puerta con el pico,  
imitando el canto de la despedida salvaje”
. Boris Vian, ibid.  


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