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# bondarovsky-narras: …”cocinando, ..representaba, ..otro, ..morir, ..labriego”…

Narración del Invitado Alberto Bondarovsky(1944-2013)
 El amigo fue ajedrecista de torneos, una de sus partidas por AQUI

Algo que no quise que ocurriera nunca.

   Un hombre de piel negra, extremadamente delgado, está parado en una esquina cualquiera. Canta, desde la caverna que parece su garganta, “Los sonidos del silencio”. Piensa. Aparecen Janis Joplin, la soledad, la muerte a horcajadas, el consabido gorgoteo.

   Te atraparon por centésima vez”, dice alguien, atisbando con su ojo izquierdo, apenas una silueta dibujada entre las sombras.

   Despaciosamente, cansinamente, como una ondulante serpiente azul, el automóvil se va acercando.

   Dejó de canturrear. Sólo queda el silencio. Los sonidos, como de otra época, se fueron apagando. ¿Dónde estará Janis Joplin, muerta de toda muerte, tal vez?

   El miedo lo cubre, soñoliento, como un enorme sobretodo atigrado. Desciende por lo que le parece una escalinata, por lo menos, se le asemeja bastante. La noche se va cerrando, como una mortaja.

   Desemboca, como un caballo dislocado, en otra calle. No sabe si es perpendicular o paralela. Da lo mismo, piensa.

   El automóvil, entretanto, sigue dando vueltas, como un trompo siniestro, por las calles desiertas.

   De pronto, unas fuertes luces de neón casi lo enceguecen. Empieza a caminar recto hacia ellas, cual insecto atraído.

   Una muchacha, aterida por el cansancio, un poco pintarreajada, que en otro momento, prehistorias, hubiera merecido alguna lisonja, a las que el hombre de piel negra era tan afecto. Le ofrece un boleto. La mirada lánguida, las manos esculpidas en ónix, la noche guardada en un sopor incansable. Llevaba una extraña remera, naranja, con un enorme albatros en el medio.

   El hombre, la miró con un muy bien disimulado interés y tomó el boleto. El entrecejo fruncido, las preocupaciones, aleteando como enormes albatros por su mente. “Vaya coincidencia”, se le ocurrió, al pensar en el albatros de la remera.

   El cine parecía un enjambre de desclasados, adictos de toda laya, prostitutas y algunos negros, como él, que no sabían, no tenían donde ir, donde estar. Sólo apretujándose unos a otros, como buscando, resistiendo.

   Apenas pudo mirar la pantalla, cuando sus ojos se acostumbraron; pues estaban inmersos en océanos, en tibias sábanas, en dulces huríes acariciándolo; fijó su atención.

   Se cruzó como un rayo emitido por Zeus, que la figura empequeñecida, era Sharon Stone. Esos llamativos ojos verdes, no podían ser de otra mujer.

   Se apoltronó en una de las butacas vacías, que más se parecían a las sillas de su casa, cuando era niño. Su madre cocinando a la italiana, según ella, él sentadito, observándola moverse, con su lúgubre encorvado a cuestas, inclinándose sobre la olla.

   El olor de la olla, metido como cuña en sus recuerdos, lo despertó, sobresaltado. Estalló en su cerebro una frase de su madre: “Hay blancos también pobres, sólo que blancos”. Agregaba luego, como anunciándole un tumor irreversible: “La violencia termina con la violencia”.

   Mientras tanto, la película seguía. Para él no representaba nada, seguía proyectándose su propia película. Salió, huyendo de si mismo. Encendió un cigarrillo. Volvió a intentar cantar “Los sonidos del silencio”. Acarició el revolver, como a un gato gordo y tieso: “Castrado, seguro”, pensó.

   El automóvil daba vueltas en círculo, casi sin mirar lo que ocurría a su alrededor, tan cerca, tan lejos. Estaban absortos en aquello que debían hacer. Aún así, se fueron acercando al río de lava ardiendo, pasmado, tranquilo, esperando en una nueva esquina.

   Uno de ellos, rojo como un tomate recién sacado, le dijo al otro, de bigotes anchos y negros, como si fueran turistas de paseo: “Este coche ya está tan viejo, que no sé si llegaremos”. El otro, furioso, le espetó: “El negro, además de ser un negro inmundo, nos quiere matar, ¿o estás loco?”.

   Una sombra funesta se fue adueñando de la calle, como si se desperezara. El hombre, se fue acercando, como en las viejas películas del Oeste. La mano en su cintura, cual cartuchera imaginaria con aderezos de plata, imaginó. El ritual de la muerte le hacía pito catalán, desde alguna entraña abierta.

   Los dos tipos saltaron de sus asientos y salieron. Sus ametralladoras surcaron la calle, que todavía seguía desierta. Y asestaron sus lenguas de fuego, como tributo a un Moloch moderno, en el flaco cuerpo, en cualquier parte.

   Dicen los que saben, que al morir, como un relámpago, aparece toda la vida de uno. El hombre, tendido en el suelo, recordó una sola cosa: A su madre, de espaldas en el piso, y al labriego colorado, con un látigo, castigando el torso desnudo y hermoso.



Poemas del invitado Alberto Bondarovsky, tienen su enlace desde AQUÍ.  

Acceder a un tramo de su Novela “La Perpetuación”, por AQUÍ.  


   Contacto: karinabondarovsky(aT)hotmail.Com



Modificación más reciente: 2013/10/06

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