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# companhias-paliativas: ..”perfeccionista, ..raudales, ..ensayar, ..ascenso, ..oscuro, ..acampando, ..rescate, ..ruinas”…




Compañías Paliativas 1:
“breves momentos de plácida conexión entre todos”.


Viene de una localización anterior, este relato “Compañías Paliativas”,   
allí estuvo publicado en 2006, junio.   
SEM   

   Vemos que estás subiendo las escaleras en la casa de Roberto Arriagada. “Igual que antes”, vas pensando: “Una dimensión se zafa y se distorsiona; sistema en intermitencia que tiene algo fuera de control. Falta de salud. Caminar y subir escaleras siempre me cansó. Igual que antes”. Delante de la puerta vidriera te has detenido, Zechacarpe.

   Desde el vestíbulo, el dueño de casa alcanza a ocular la llegada de alguien, cuando traslada una pila de libros hacia la cocina. Roberto adivinaba detrás de los vidrios tallados, que del otro lado de la puerta se encontraba la figura discreta de Zechacarpe. Procedió, con pila de libros en equilibrio, a destrabar el picaporte, abriendo la puerta.

   -Venía reflexionando en mi salud. ¡Cómo me cuestan las escaleras!-.

    -O sea, ..que venís a perturbar mi tranquilo delirio, agregándome tu mal estado. No hay derecho, ..y con cuestiones de salud.. Igual vení, pasá; que yo ando haciendo órden en la biblioteca. El órden es otra forma de salud-…

    -En nuestro grupo hay salud porque yo lo coordino. Pero a mí, en todo momento, me encuentro algo que no me funciona como debería. Esto de ser perfeccionista, de pretender arrimarle a la salud perfecta; escuchame: es todo un síntoma de que me estoy chamboneando. Es otra falla mía..-, concluyó Zechacarpe, instalándose en un viejo sillón, frente a los acuarios con las grucias.

    -A mí me parece que podrías aceptarte con la chingadura. Así te incorporarías como individuo también, a toda la estética asumida y vinculatoria, que sigue creciendo como una corriente, ¿viste?; donde no importa mucho terminar algo o cerrar algo, sino lo importante es que nos sepamos unidos, todos, cada uno-.

   Mientras Roberto hablaba, se había acercado a uno de los acuarios, adonde agregó nuevas algas verticiladas, las que el obtuvo en charcas del Parque Pereyra, en uno de sus paseos recolectores. Zechacarpe también se dejaba distraer, con su vista en los acuarios, apropiadamente puestos en una estantería, colocada junto al ventanal, por donde entraban raudales de luz.

    -¿Y qué estabas haciendo con los libros?-, preguntó Zechacarpe.

    -Yo también tengo una chingadura perfeccionista. Esto de las influencias de tantos autores regionalizados, viejos y contemporáneos; se me van agregando de forma indiferenciada. Por eso ahora que me propongo ensayar con otra obra mía, voy separando en un rincón todo el material que sí quiero hacer revivir en el trabajo-.

    -Seguro; así podés consultarlos. Te los ponés a mano-. Zechacarpe se había parado; y decía esto último con las manos en los bolsillos.

    -Vos no entendés. No tiene nada que ver con que los vaya a consultar-. Roberto se daba golpecitos con los dedos juntos sobre la frente, enfatizando: -Tienen que estar cerca de mí y juntos; primero: porque de sólo verlos me hago un mejor recuerdo; y segundo: para que conversen entre ellos y decidan quien me manda cual onda, en que órden, y para que momentos de mi redacción. Ya que estás parado; vení-, señalaba Roberto, -y mirá a los que elegí para que me soplen algo. Miralos tranquilo, porque de todas maneras te tengo que dejar solo un rato. Es mejor que atienda a los obreros un poco. Tengo que orientarlos y ver lo que hacen; sino me pueden hacer un lío-, concluyó Arriagada. saliendo de la sala.

   Sobre una de las mesitas de la habitación, descansaban encimados, los autores que Roberto había elegido para que susurrasen entre sí. El sacerdocio desinteresado de Zechacarpe, su arte social de los medios, lo hizo sonreir, mientras desarrollaba el procedimiento de anotar, en su libreta de bolsillo, todos y cada uno de los títulos y autores.

   Al imaginar las conexiones entre pensamientos bastante disímiles, Zechacarpe pensaba mientras seguía anotando: “No van a conversar. Estando juntos van a discutir, tan fuerte, que Roberto se verá impedido de trabajar, por el griterío. Lo curioso es como puede ser coherente Roberto, con tantas orientaciones distintas dentro de su cabeza”. Terminó con la lista; guardó la libreta en su saco, y se sentó en el sillón con las piernas cruzadas, aduciendo observación de los acuarios.

   Fugaces momentos de quietud se instalaron en la sala. El ondular de los peces y los movimientos de las algas, con la luz que cristalizaba la serenidad de esa tarde de buen clima; era conjugado todo para esos breves momentos de plácida conexión, entre todos los seres y las cosas en la sala; adonde el visitante había llegado al fin al punto de poder ver hondamente, a respirar con su visión.

   La puerta del vestíbulo se quejó crujiendo apenas, cuando Roberto pasó pausadamente dentro del ambiente. Fue hasta las peceras, con una cajita de alimento para peces, dándole de comer a las grucias. Observaba a ver si el closporidio salía de entre las piedras del fondo.

    -Ahora quieren un cricket para levantar la cortina rota del dormitorio-, decía Roberto pensativamente. –Como las cortinas son de acero y están trabadas abajo, no creen poder arreglarlas sino les consigo un cricket para levantarlas. ¿Pero nosotros en qué andábamos?-.

   La progresión de la noche aumentaba creciente la oscuridad. Y en la sala, con la conversación, se iba convenciendo Zechacarpe de la justeza de las propuestas de su amigo literario; quien le compendiaba lo que estaba empezando a construir: La narración de un ascenso anímico propio, a las cumbres de unas montañas amables y empinadas…

   …Siendo que era el campamento base una marmita mágica repleta de libros e ideas en fusión. Y Roberto treparía por un col de paredes gráficas negras rocosas… Con un ataque final y oblicuo hacia el centro de la cumbre… Podrías adivinar, Zechacarpe: ..Iba a ser un ataque conjunto y conversado, prefigurado para todo el grupo. Cuando todos por distintos flancos, cada uno con diferentes motivos, fueren vivificando el espíritu en común, asistiéndolo y cumpliéndose.

   Zechacarpe para su ámbito, ..estarías traduciendo así el proyecto; figurando vos una observación que podrías hacer, científica y deleitosa, de los “montañistas” ascendiendo sobre sí mismos. Silvia, como una mujer de piedra, plantando sobre ella los clavos para sus cuerdas. Un fuerte viento que Roberto-montaña hace soplar los libera de la nieve, que casi ya está cubriéndolos, en ascenso junto a Silvia y el grupo.

   En la penumbra de la sala todavía podías ver como Roberto se sacaba los lentes, los limpiaba con un pañito; mientras se escuchaban ruidos inciertos y lejanos… Otro día más… Roberto se dirigía a encender la brillante lámpara amarilla con reóstato del centro del ambiente.

Compañías Paliativas 2: “otra tarde o la misma, otra visita a la casa en refacciones”.

   En esa habitación grande del frente donde Roberto se albergaba, él había dispuesto frente a los ventanales, con su rectorrente cotidiano de luz, a su querida y breve pero científica reunión de peceras. Así que entre la atención de los obreros, que son un par de operarios ocupados interminablemente en la refacción, y él ocupándose de la redacción y pulimiento de sus ensayos narrativos; también dedicando su buen tiempo concentrado, a la atención de los acuarios, a contemplar el crecimiento de las plantas, los movimientos de los peces. Y antes o después, otra tarde o esa misma, con Zechacarpe en realidad ó sólo virtualmente presente; tienen otra visita la sala y la casa de Arriagada en refacciones. De entre los amigos del agrupamiento coordinado por Zechacarpe, también estaba Kotoh, un instrumentista tremendamente sensible, quien acompañaba a Roberto en jornadas de observación preferente con los acuarios. Kotoh alto, despeinado, frágil; con cuerpo y cara análogos, de largos y finos huesos aparentes; sus pequeños ojos detrás de los cristales sin montura, como adivinando las cosas.

   En otra tarde de una de sus benéficas visitas a lo de Arriagada, nuestro músico suburbano estuvo también dejando pasar los minutos frente a los acuarios. Roberto había dejado en el ambiente a Kotoh, una vez más invariablemente interrumpiendo cualquier conversación, para ir a lidiar con su pareja de trabajadores… Se los oía a los tres en el vestíbulo, concertando cuáles paredes revestir con ladrillo a la vista…

   Kotoh en la sala discurre consigo mismo y ensueña, intercalando algunos trozos de partituras entre sus palabras pensadas. Se proyecta en una noche entera que piensa va a pasar…

   …“Entre los cardos de un campito desde el atardecer… :::•:: …prolongado a toda la buena noche, nutriéndome en el descanso… :::•:: …cerca de un arroyo… bien limpio el lugarcito para dormir… al sereno dentro de la bolsa… :::•:: … Y me despierto con el alba entre los cardos… ::•: … ♫que estallan de luz bajo un cielo nuboso… Hago caminata hasta almacén bajo la lluvia… :::•:: … Gente en alpargatas embarradas dentro del local… oscuro; pensadores absortos con quienes conversar… :::•::• … de religión, de reformas sociales… ♫Vino oscuro hasta que llegue el mediodía… Esperaremos a que pase la lluvia… :::•::•:: … Entonces subiré al ómnibus… Habré prometido volver con el instrumento… ::•:: … ♫para darles un recital… ::•:::” …

   Pero el foco mismo de las acciones; es la Refacción, adonde actuarían los reparadores, que estaban trasladando hierros de una habitación a otra. Los dos obreros reparadores de la construcción; pero los dos cansinamente desde hace cuantos meses; que parecen estar acampando en la casa. Porque recorren pasillos y habitaciones con las herramientas en las manos. Contemplan las paredes y las composturas a medio hacer, como aprontándose a hacer algo resolutorio. Pero observan todo estupefactos, como si enjuiciaran a la salud mental de cierta gente de esta ciudad; y como si evaluasen a los proyectos de Arriagada, a sus arreglos, pero muy críticamente. Arriagada que se ha trasportado de nuevo a la sala; que inclinado revisa papeles ordenadamente dispuestos en pilas evangélicas, dentro de una caja de cartón pintado.

    -Silvia quiere volver a las reuniones de “Familia Mediante”-, dice Kotoh, mientras observa las espaldas agitadas de Roberto, que en su búsqueda intenta aferrarse a su vida mental. Y casi declamando Roberto contesta para darle cara:

    -¡No me digas que estás hablando de Silvia Natoniuk!-… Kotoh asiente y sigue refiriendo:

    -Ella me siguió viendo todos estos años; me estuvo visitando. Parece una historia de los Hermanos Grimm, pero es verdad. Viene a casa; charlamos, comemos pasteles. Le estuve aguantando la mística y los vuelos peligrosos… Ahora; que ella está enterada de que “Familia Mediante” vuelve a trabajar, dice así… Me expresa que quiere reintegrarse. Dijo que va a venir a la próxima reunión. Además… necesita ayuda. El único lugar en que puede ser ella misma sin peligros, es con nosotros-.

    -Silvia comenzó a borrarse, hace de esto años-, dice Arriagada; a quien las menciones de Kotoh le sirvieron como obertura para un nuevo sumergirse entre cuadernos y papeles.

    -Pero todos nosotros nos vimos con Micaela desde que Zecha’ volvió. De aquel tiempo yo tomé esta foto en la terraza acá arriba-. Y Roberto colocó, frente al determinado número natural de ojos de Kotoh, una blanquinegra fotografía de buen tamaño

    Legítimo rescate para que oculemos a los amigos tiempo atrás: A nuestra izquierda están Micaela Pondoroby y Silvia, con los cráneos juntos, mirando a la cámara. Atrás y a la derecha el jóven Zechacarpe, haciendo resaltar que esconde algo, que con una mano señala a la otra, de puño cerrado como albergando un elemento. Kotoh y Arriagada ven a Micaela, la de ánimo perenne, con su alegría contenida, transparente y seriecita. Antes y ahora, ella sin alteraciones, que iba corriendo una carrera larga, los mismos cabellos gilvos; arreglada de la misma forma que en este actual tiempo religado de “Familia Mediante”.

   Roberto fue hasta los ventanales, los abrió, volvió pausado hacia la temática de seguir hurgando en la caja de cartón. Revisando inclinado; agitadas unas páginas encontradas por él, Arriagada continuó:

    -Mirá; encontré mi apunte. Te aseguro que me estaba reverberando. Recontacté con muchas cosas encontrando esto-.

    -¡Pero qué grande!. Buen hallazgo. Parece que los peces te lo celebrasen. Estar en tu casa es mucho mejor que pasear por el zoológico-, había dicho Kotoh. Porque las grucias chapoteaban, sus ánimos andaban por los aires-.

    Arriagada dijo que iba a poner en el fuego algo de beber. Que no se desesperasen, que ya iba a traer algo para que tomasen. Y salió del salón. Una tranquilidad feliz lo fue invadiendo plenamente en esos pocos pasos que dio. Como si no estuviera Roberto tan mortalmente a solas, en una casa fatal en ruinas sin reparación posible, sin obreros ni ayudantes. Como si las visitas de su imaginación, “Kotoh” y “Zechacarpe”, le fuesen algo de compañía, amigos en quienes poder creer y confiar. Y no lo que crudamente serán: paliativos fantasmáticos, sonidos y presencias brotadas de sus escritos, personajes abandonados en sillones vacíos.

    Continuó el habitante en el tránsito por sus ruinas, con el trágico optimismo de haber encontrado otra clave vindicatoria, la de este texto agitado, esos apuntes reverberantes. Con lo que podrá arrojarse absorto a similares arreglos coloridos, por nuevas y las mismas compañías de voces silenciosas. Roberto aprieta con pasión estos papeles, hasta casi estrujarlos.



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1 comentario so far
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[PingFore] desde estas “# companhias-paliativas” [hacia “Oleajes En Curso“] Allí Zechacarpe se hace “peligroso”, por tanto afán animador que hasta harta.

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