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# ensamble-cortazariano-armado

  S. Edgardo Malfé
Morón, Prov. Bs. Aires, Argentina, marzo de 2015.

Armado de ensamblaje con ubicacion cortazariana

   En la novela de Julio Cortázar, «62/Modelo Para Armar», está la ciudad: Es asunto al que se vuelve, punto fijo sobre el cual estribar; Aquí se lo encara experimentalmente con plegamientos propios. Y es que un poco todas y todos habitamos ubicaciones terrenales, en las cuales no estamos del todo completamente. La relativa realidad de nuestra presencia corporal en un punto del mapa, se nos evidencia con destellos contrarios de visualización, cuando otros lugares se nos pueden aparecer, esto cuando despiertos; Y cuando soñamos, esos espacios pueden sernos más vivenciales y estables. Es así que podemos encontrarnos obrando y actuando en otros barrios. En ellos estamos permanentemente de visita, en circunstancias por las que no hemos tomado una opción conciente, en una marcha que no se detiene. O estándonos quietos, en esos entornos flotantes que nos vienen, acaecen personajes dentro de argumentos y acciones. Son andanzas propias y avistamientos, que suceden en una fluencia autárquica de tramas y lugares, ubicaciones distintas, aunque del mismo proyecto, ubicación fántasma que nos vincula y se reitera como la misma. En la novela que consideramos, Cortázar así lo dice:


62: «Por la ciudad habíamos andado todos, siempre sin quererlo :: “itinerarios en los que la voluntad poco tenía que ver, como si la topografía de la ciudad, el dédalo de calles cubiertas, de hoteles y tranvías, se resolvieran siempre en un solo inevitable derrotero pasivo” :: cualquier lugar o cualquier cosa podían vincularse con la ciudad :: esas recurrencias de la ciudad participaban de la visión y del sentimiento, eran un estado, un interregno efímero :: la calle de las arquerías :: los interminables soportales de piedra rojiza :: sin hablarnos, cada cual siguiendo un derrotero que coincidía paralelamente durante algunas cuadras hasta bruscamente apartarse..» J.C.

   En la hilada, y por el lado de mis pliegues, en estos intentos de ensambles con la ciudad, un ladrillito de mi propia cosecha, la ubicación siguiente: ..Después de asistir al cambio de roles entre barajas: el Rey debía pasar a ser otro naipe y desempeñarse como el Bandolero, y esto sucedía con respaldo en los escalones de una escalera de piedra, por la que subía yo al salir de una línea de trenes subterráneos. Después de las barajas yo entraba en el barrio. Iba andando con pasos que un pavimento adhesivo parecía estarme reteniendo en un pegoteo inmovilizador. Sólo contaba con un poco de interés, y en personas impares bastante indiferentes: era otra de estas lentas marchas mías en distancias que de contínuo son atravesadas por cruces irremediables. Alguien imperceptible. Así entraba en un mercado de abastos populares, ahí yo recorría los puestos con un regular cumplimiento de compras, conversando bajo el gran toldo del mercado con la gente que atendía, pero de aquello que comprase no me acuerdo. Había vendedoras de frutas, en mi mercado entoldado; Ellas alzaban ante mi vista manzanas danzarinas, verdaderas frutas en baile semioculto tan atrayente. Había que darse cuenta: Era el baile de las manzanas enterizas por bajo sus cáscaras quietas, las pulpas danzaban sus rondas por dentro. Las fruteras de mi mercado no parecían asqueadas, cómo sí se mostraba la concurrencia: cansados, solos, caras largas ominosas que se fijaban en lo que yo fuese a hacer.

tranvía eléctrico portugués

«..innumerables tranvías que desfilaban..»


62: «..una expectativa agazapada, algo que no es el miedo todavía pero tiene su forma y su perro y cuando es mi ciudad sé que primero habrá el mercado con portales y con tiendas de frutas, los rieles relucientes de un tranvía que se pierde hacia un rumbo donde fui joven pero no en mi ciudad, pero está en mi ciudad cuando es su noche. Entro por el mercado que condensa el relente de un presagio indiferente todavía, amenaza benévola, allí me miran las fruteras y me emplazan, plantan en mí el deseo, llegar adonde es necesario :: y subir cuadra tras cuadra en dirección del brillo lejano que casi seguramente sería el del canal al atardecer. No valía la pena apurarse..» J.C.

   Aquí se acordona otro de mis pliegues: ..En su navegación por el canal de las esclusas, el arca cúbica ha tocado fondo varias veces, así es: arca cúbica que va a la deriva con la corriente del canal; embarcación con gavetas exteriores deslizables; arca que funciona como hospital veterinario. Sorpresa, porque son los novillos ilustrados los que salen de una de la gavetas que se ha abierto haciendo una rampa. Al fin un encuentro con los coloridos novillos, pero los otros pacientes quedarán navegando a bordo del arca cúbica, así es nomás: olorosos de bosta y dentro de sus respectivas gavetas, los otros bichos no transitarán por las planchadas. La totalidad del fenómeno parece desaforada y sin conducción alguna, pero va de acuerdo con la construcción de cierto orden. Aunque el canal también derive; piensan en ello dentro del Arca sus tripulantes: El coordinador del puente móvil tiene sus intenciones.


62: «..atribuir cualquier designio o cualquier ejecución a mi paredro tenía siempre una faceta vuelta hacia la ciudad :: aunque el primero en traer noticias de la ciudad había sido mi paredro, estar o no estar en la ciudad se volvió casi una rutina para todos nosotros :: la ciudad no se explicaba; era :: se habían conocido sus primeros accesos, los hoteles con verandas tropicales, las calles cubiertas, la plaza de los tranvías :: mi paredro valía como testimonio tácito de la ciudad, de la vigencia en nosotros de la ciudad..» J.C.

   Al personaje virtual, el paredro de «62», lo conversaría esta figuración: ..Desde la Plaza hay gente confrontando en un juego con agua, lo hace con la gente del lado de la calle en que estamos, nos revienta que nos vayan a sumar en el juego, no queremos participar en esas cosas, y entonces hacemos el cruce, vamos hasta la Plaza para neutralizar eso, no puede ser que nos vayan a incluir en un juego con el que nada de nada. Nos encontramos con unas escalinatas en la Plaza, son parecidas a las escaleras universitarias del Barrio Facultades, ahí hay otra gente que está apurada porque va a empezar la función cinematográfica, es un día sin lluvia, y hay un personaje heroico que se despliega en todos, el inponte, está allí en el término de unas escaleras de mármol rojo, está coordinando las situaciones, lo hace desde atrás, siempre el inponte en el asiento de atrás del puente móvil, y siempre está como posible el soplido épico del inponte por una manguera de tela y goma, para que cada uno reciba la llamada y la responda para todos. Nos ha dicho el inponte: “aunque parezca que aquella gente no está más, eso era antes, para mucho tiempo estarán”. Entonces ninguno del barrio quiere ya que la existencia de la gente se desvanezca; se les dirá a los tan actuales y apurados del cine: “vaya, aquí hubo un taller, ése que les decimos, es cierto, pueden ir a mirar en la Plaza los fondos, no se pierdan, eso era común entonces cuando la zona estaba deshabitada, antes del barrio; ahora les describiremos los fondos..”


62: «..era difícil orientarse en un barrio en el que las calles se volvían bruscamente patios o estrechos pasajes entre casas vetustas, con vagos depósitos sin salida donde se acumulaban arpilleras viejas y montones de latas :: lo único reconocible era la perspectiva de las galerías y las arcadas, y también la luz indefinible, neutra y ubicua, de la ciudad :: empezaba en las calles cubiertas, se abría en la plaza de los tranvías y terminaba, como lo había visto mi paredro, en las torres cristalinas y el canal del norte por donde se deslizaban los pontones :: sería necesario tomar alguno de los innumerables tranvías que desfilaban como en un juego de parque de diversiones, cruzándose sin detenerse, con sus flancos de un ocre desportillado, sus troleys llenos de chispas y un resonar intermitente de campanillas sin sentido que se dejaban oír en cualquier momento y como por capricho, con gentes de caras huecas y cansadas en las ventanillas, mirando todas un poco hacia abajo como si buscaran un perro perdido entre las losas del pavimento rojo :: los soportales donde las pescaderas alzaban sus tiendas estaban vacíos y como recién lavados :: salir a la plaza donde circulaban los tranvías del alba con gentes todavía dormidas que iban al trabajo llevando paquetes de comida, portafolios fatigados, abrigos innecesarios con ese calor y esa humedad. Había que atravesar la plaza mirando hacia todos lados porque los tranvías llegaban casi sin ruido y apenas se detenían, cruzándose con un infalible cálculo de distancias :: siempre el mismo tranvía, cualquier diferencia se anula apenas se sube, no importa la línea, la ciudad, el continente, la cara del guarda..» J.C.

   Por esas cosas de la ciudad, algunos dichos desmotivados se me vinieron flotando: ..Era cerca de la urbe, atravésabamos un edificio vetusto, con portones de chapa, junto a las vías de un tren. Con este paso que dábamos en las ruinosas instalaciones, y llegando a atravesarlas quizá, ya que no estábamos seguros de que fuesen tales, se superarían las dificultades para nuestro retorno a la ciudad. No serían dificultades ni obstáculos sin el hombre de vigilancia que está a cargo del galpón; él no cree que lleguemos a lograr nada, habla con nosotros. Conversamos con los vigilantes: La conversación, las intenciones de esa gente, el extenso depósito vacío y polvoriento, todo parece falso, parece siendo una mentira que está sostenida con hilos de araña, al límite de desarmarse en el mismo instante. Sino fuese por el puente gigantesco que impone su autoridad, sino fuese porque el puente impresionante habría de ser el camino de vuelta a la ciudad y al barrio, no haríamos nuestra vuelta, que es también la mía, puesto que fui yo quien eligió el borde de la ciudad donde está el puente, sino fuese por todo ello no podríamos con inponte decirles a los vigilantes donde está exactamente el lugar, darle indicaciones épicas al hombre de vigilancia sobre cómo llegar: Le hablamos del local en una esquina de adoquines, el local con entrada por la ochava. Estábamos entrando por la puertecita de las vías, y de todas maneras salimos ya por el portón grande de chapa de la esquina, enfrentamos el corto trecho, hemos pasado por una grata sensación imponente de plenitud irradiante, dentro del galpón en ángulo con la bendición del puente. Después siguió que aparecimos en un patio adoquinado, como de una casa colonial, dentro del patio lo siguiente: Hay un grupo de uniformados de gala, son del Regimiento de Granaderos a Caballo, están cómodamente sentados en los poyos de un tranquilo rincón del patio; También hay un personaje asiático, oriental que come arroz en ese patio, mira para otro lado. Se nos siguieron apareciendo puertas. Sobre cada una de las puertas hay un letrero pintado, uno tiene escrito: “Escríbete”; las habitaciones con sus letreros, a la derecha de cada puerta, al enfrentarlas desde el patio. Otro letrero dice: “Whursgo Catires”. Hay además un diván o sommier que recorre el patio, se mueve por si mismo, hace un patrullaje como de arca cúbica crucera, cumpliendo su deriva con un automatismo protocolarmente controlado, no molesta.


62: «O la variante, estar mirando mi ciudad desde la borda del navío sin mástiles que atraviesa el canal, un silencio de arañas y un suspendido deslizarse hacia ese rumbo que no alcanzaremos porque en algún momento ya no hay barco, todo es andén y equivocados trenes, las perdidas maletas, las innúmeras vías y los trenes inmóviles que bruscamente se desplazan y ya no es el andén, hay que cruzar para encontrar el tren y las maletas se han perdido y nadie sabe nada, todo es olor a brea y a uniformes de guardas impasibles hasta trepar a ese vagón que va a salir, y recorrer un tren que no termina nunca donde la gente apelmazada duerme en habitaciones de fatigados muebles, con cortinas oscuras y una respiración de polvo y de cerveza, y habrá que andar hasta el final del tren porque en alguna parte hay que encontrarse, sin que se sepa quién, la cita era con alguien que no se sabe y se han perdido las maletas..» J.C.

   De veras viene desde pliegues míos de sedimentación ya apisonada, la alforza que se combina aquí: ..Había una terminal de trenes, en un país donde nuestro historial se condensaba, terminal donde confluyen todos los ferrocarriles de ese país. Entre los viajeros transcurría el paseo propio que yo hacía, sobre el lateral izquierdo de la serie paralela de andenes, en mi exploración de la estación descomunal. Pero tengamos en cuenta que este borde así precisado se describe como “izquierdo” en relación con la ubicación de un pasajero que estuviese dando cara hacia el portal de salida y entrada de los trenes. Ahí, al lado de los andenes, está dispuesta una serie de ámbitos alimentarios: confiterías, restaurantes, bares. Para cada línea de trenes hay un ámbito identificado, fuertemente señalado con rótulos en las mesas y muros, cartelería que adscribe cada recinto a la línea de trenes que el pasajero haya estado o esté utilizando, a no equivocarse, están marcadas así las confiterías con el objetivo de evitar transformaciones irreversibles en el historial: No han de presentarse multiplicidades, esa es la política de la administración de ferrocarriles. No es mi intención contravenir la reglamentación, pero cómo aún no he sacado pasaje, yo voy paseando por las distintas confiterías para encontrar un lugar donde almorzar. Voy con un paquete, es mi equipaje envuelto en plástico, son terribles dificultades la carga y el esfuerzo, arrastrar esas cosas, mucho peso en esa caminata por la estación. Íbamos a pasar de uno a otro salón comedor en la búsqueda de un lugar apropiado para mi, cambiando de manos el paquete para poder soportar el desproporcionado bulto. De un restaurante a la cafetería inmediata, y a la siguiente confitería, insípidos comederos por los que voy a pasar, yo entonces por entre el público, gente que me cae bien, pero ningún paradero me está convocando. La búsqueda se va a transformar en una tentativa para salir de la estación, es un lugar anónimo, tristón, con bastante suciedad desparramada en los pisos de ese mediocre conglomerado de andenes y anodinos restaurantes. El paquete me pesa mucho. Por suerte encontramos un barman en el amplio corredor perimetral entre andenes y refectorios, un personaje que anda como descolgado de una nube. Gentilmente este barman me indica cómo tengo que hacer para salir, yéndome por una senda interna señalizada con rayas negras y blancas, sendero muy evidente, todo derechito. Nos parecía bueno el tiempo que pasé dentro de la estación, era tiempo acompañado, pero en la senda de salida enfrentamos un letrero con una gran “L”, y esto nos pone dudas. Tal vez se me distancie definitivamente de las compañías, aún de ese gentío anónimo, ahí dentro en la estación, de algunas personas salía algo bueno para mí, acompañado, compañía que se corta en el camino por ese letrero con la “L” imponente, y no me extraña que al término de la senda rayada estemos en una pequeña localidad, callecitas polvorientas, casas desparramadas, una plaza con caballos..

«..innumerables tranvías que desfilaban..»

«..siempre el mismo tranvía..»


62: «..una amarga vigilia polvorienta, un cansancio sin respuesta :: una tristeza sin razones, nada más que por estar ahí y andar por esas aceras que en realidad no son aceras sino caminos de tierra con matas de pasto y huellas de pisadas :: seguir llevando el paquete que pesaba cada vez más :: seguir así hasta que apareciera el hotel como aparecía siempre, de golpe con sus verandas protegidas por cañas y biombos de mimbre, las cortinas que agitaba una brisa caliente. La calle parecía continuarse en el pasillo del hotel, sin transición se estaba frente a las puertas que daban a habitaciones con paredes empapeladas de color claro con listas rosa y verde desteñidas, cielos rasos con estucos y arañas de caireles y a veces un viejo ventilador de dos palas que giraba lentamente entre las moscas; pero cada habitación era la antesala de otra semejante, donde las únicas diferencias eran la forma o la disposición de vetustas cómodas de caoba con estatuillas de yeso y floreros vacíos, mesas que sobraban o faltaban, y nunca una cama o un lavabo, habitaciones para atravesar y seguir o a veces acercarse a una ventana y reconocer desde un primer piso los soportales que se perdían a lo lejos y alguna vez, cuando se estaba en algún piso más alto, el brillo del canal lejano o la plaza donde los tranvías circulaban silenciosamente, cruzándose como hormigas yendo y viniendo en una faena interminable :: No quedaba más que seguir andando, girar al término de dos esquinas y reconocer como tantas veces la entrada del hotel, las verandas de caña del primer piso, los pasillos desiertos que llevaban a las primeras habitaciones vacías; el peso del paquete se había vuelto insoportable :: habría un breve pasillo, un codo :: allí estaría la puerta que daba al lugar donde podría entregar el paquete y volverse :: huir de alguna abominable cita, de lo que ya no tiene nombre, una cita con dedos, con pedazos de carne en un armario :: Oyó su nombre sin que la voz viniera de ningún lugar preciso..

—Aquí estoy —dijo Hélène.

De la sombra vino Austin, el corto cuchillo de aficionado, el torpe molinete :: Hélène no llegó a saber de dónde, por quién le entraba ese fuego que se abría en pleno pecho, pero alcanzó a oír el golpe del paquete contra el piso aunque ya no se oyó a sí misma cayendo sobre algo que se rompía por segunda vez bajo su peso. En la oscuridad, con gestos de autómata, Austin se agachó para limpiar el cuchillo en el borde de la falda de Hélène. Alguien volvió a gritar, huyendo por una puerta en el fondo de la habitación. Boca arriba, Hélène tenía los ojos abiertos.» J.C.

   Habráse visto qué lejos está, el material en este armazón, de constituir un análisis, resúmen, o polémica, en torno de «62 “Modelo para armar”»; el punto fijo del que se ocupa es la ciudad, y este combinado lo hace con fragmentos, en un entresacado que deja fuera instancias sustanciales del tema. Quise unir algunos tramos en los que Julio Cortázar versiona sobre este tema de la ciudad, unirlos, en un contínuo articulado, con mis elaboraciones de espontánea representación, las que se me habían aparecido, cómo a cualquier persona se le pueden aparecer: representaciones de un barrio, paraje, o ciudad; figuraciones singulares y argumentos que fotocopian, o preanuncian, la tejeduría del tiempo de todos. Para terminar, estoy ocupándome del único hecho sangriento que ocurre en la ciudad: El apuñalamiento de Hélène en el tramo previo, con las circunstancias que lo rodean, es el motivo que me desprende un último paso:

   ..El tráfico del rondpoint sigue pasando, atraviesan algunos vehículos el bosquecillo, otros cumplen la circunvalación y giran, alrededor de las altas cadenas que le dan anclaje al puente móvil, sigue siendo el mismo, me tiene advertido inponte que con mucho cuidado haga yo los trámites pendientes, los llevo en un portafolios y dentro de las oficinas firma y sello correspondientes, es entonces con los documentos que voy recorriendo la entrada, y un poco más a salvo ando, en reservadas caminatas por dentro de algo como el Ministerio de Economía; apavorado un poco por el tráfico ahí llegué, con los ojos globosos, entrando y saliendo de distintas oficinas, estampillas fiscales ahí los cheques en el tercer piso, que se me atienda en las secciones, no había personal donde yo buscaba las autorizaciones, en trajín por los corredores enrutantes del Ministerio, incursado yo en el Hospital y agenciándose allí de instante, buscaba inponte que se me atienda, pero las secciones no tenían personal o eran gentes esquivas, que miraban para otro lado o no me daban ni bolilla, aunque lo hacían con movimientos airosos, y esto era una suerte de gentileza para mi, porque sucedía que de atenderme los profesionistas, podría pasar yo por más problemas de los que ya tenía, así que me quedaba un poco tranquilo, pero en un arrebato seguí los movimientos de una gente atendedora, con rapidez en las puertas batientes, ingresar a una sección crucial desinfectada fría metálica iodo aéreo, donde a quien traen en camilla es la persona de mi amor, amiga amada, mujer mia a quien difieren tratar, colija inponte que otra paciente grita y a esa asisten, mientras mi vida tiene una gran herida en el cuello, con mi cercano aliento quizá se recupere, abrazarla para alentarla pero es tarde, la herida sangró y mucho, han hecho horror qué espanto cruel, en la noche con luz cruda de hospital, tal vez la esté oyendo, una voz se escucha y me dice: “tendrás mi cadáver y una rosa”.


62: «..a veces, en la ciudad, se vacilaba antes de entrar en alguna parte aunque después inevitablemente hubiera que entrar cerrando la puerta a la espalda.» J.C.


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2 comentarios so far
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En el principio era una entrada; “# ensamble-cortazariano-armado” tuvo que ser Página; de todos modos daba para más, dése cuenta lo portátil que puede ser. Y la entrada se hizo entradilla notificatoria: http://wp.me/pu9CK-1nm , vaya, vaya.

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Comentario por Maru




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