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# narra-breve-12\: …”:feliz, :arribo, :butacas, :saborearla, :saludas, :proa, :kiosco, :resbalar, :juvenilia, :dispersarme”…


Narrativa Breve 12            

   La traspasada de cosas anteriores -figuraciones que descolgué del blog anterior-, continúa cerca de terminarse, aquí con esta Página 12 (!) de narraciones breves. SEM

                        


 a): Glissandi.

   Deslizarte es aliviarte; un descargarse a través de sólo resbalar equilibradamente. Realización espectacular del material en contacto veloz sobre el medio de deslizamiento. Sensación por demás de plenitud para quien se desliza.

   La nieve cruje y sisea bajo la velocidad del ski: 60 kms por hora pendiente abajo, casi es volar desde los tobillos arriba. Y bajo el esquí, en el lugar importante; un golpeteo al pasar por las ondulaciones, un temblor amortiguado. Las ondas en la nieve, casi sobrevoladas, por esos instrumentos nítidos.

   En otro paisaje, estás que empujas y te mantienes, …sobre esas rodillas articulándote, incorporándote. Desde el manillar, la lancha te transmite su tracción. Después el agua se desliza bajo los esquís; y deslizándote, arriba pasan desde tus pies descargas vibrantes.

   También la tabla redonda resbala, sobre el borde entre el mar y la playa. La tabla levanta a cada lado bigotes de agua. Pero esto mientras el muchacho concrete, con su movimiento, un atrás y un adelante; rápido adelante. Bajo la tabla, una delgada capa de agua y la arena. Arriba, la velocidad y el deslizamiento. Además, la lancha de fuera-borda con fondo plano, va pasando. El agua presenta crestas y depresiones. Superficie no tan tersa como la de bajo la tabla. Sin embargo, por encima y rápido, va la lancha; y levanta dos telones traslúcidos de agua a cada lado.

-Por qué el proceso de Jesús con Pilato duró sólo dos minutos?

-Por qué el proceso de Jesús con Pilato duró sólo dos minutos?

   La piedra plana alíscafa, la de tirar con muñeca, también cuenta. Deslizarse breve, demasiado corto el proceso; ya que sabemos de la piedra en el agua; y que finalmente… chau piedra.

   Deslizarse cae a ser algo feliz, cabe la persona en la acción.

   De pronto; mientras esta descripción de deslizamientos estaba redactándose; apareció en la vivienda, ante mis ojos, otro resbalar. Una esquela atravesó los mosaicos del vestíbulo, resbalándose por bajo la puerta… Este deslizamiento del papel, tenía una gloria distinta: un grácil deslizarse del sobre, en el suelo manchado de hollín. Y se presentó el destiempo, con el sobrevuelo del papel, pájaro blanco sobre las baldosas. ¿Quién es que escribe, qué dirá?. Junto al arribo de la misiva; el deslizarse en el tiempo, por un inevitable futuro de abrir el sobre y enterarse.

   El mensaje es de mi sobrino. Y de su letra leo, lo que èl hace con sus días: …“en conductas apropiadas y creativas, imagino y realizo, una fluidez con el tiempo”, me cuenta; y dice que: …“cada vez elijo sólo un poco, sobre qué hacer, hacia donde orientarme. Y esto lo hago de a momentos, al elegir. Que lo hago como se supone se ha de hacer para todo equilibrio dinámico: una elección temporal parcial hasta la siguiente decisión.

   Mi sobrino me había puesto un obsequio en el sobre: dos entradas, para el torneo de patinaje artístico sobre hielo. Su atención atinaba graciosamente, en las reflexiones de él y las mías. Las entradas aparentaban ser como una cucharada de crema fresca en tope de un panqueque de imaginismos recién hecho.

   Más tarde, en la misma noche, entramos, con una amiga mía generosa, al recinto de la pista. Al empujar las puertas nos golpeó el ruido de las ovaciones, como golpearía una bomba de estruendo. Comenzamos a buscar nuestras butacas y fuimos bajando en las graderías, mientras los equipos de Hockey abandonaban la pista, entre el ruido del silbato y los aplausos.

   Después del partido, continuaba la demostración de patinaje, que veníamos a ver.

   Nuestros lugares eran en la primera fila, junto a la barandilla. Tropecé en el pasillo. Bajé trastabillando unos pocos metros; y fui a pegar contra un sector, en el borde de la pista, que se abrió. Una puertecita al hielo en donde caigo despatarrado. Sobre el frío hielo sucio de nieve mi deslizamiento, mojado, bajo la mirada del público, me parecía interminable resbalón, a la luz de todos los ojos.

   Desde el piso de la pista veo, que sale una patinadora, metida en una apretada malla violeta. Y entonces me distraigo del papelón. Aunque no se detenía mi resbalar. Seguramente iba a quedar así: frío y bastante mojado un buen rato… La danzarina comenzaba sus evoluciones, todavía sin música.

   …Capaz que me iba a quedar ahí, aturullado con lo bien que anda la patinadora, cuando sólo se oía el ruido quirúrgico de sus patines. En el ámbito hay suspensión de todos, por el cautiverio que ejerce al patinar, con sus signos rápidos y precisos. Capaz que me quedaba allí, olvidando, medio sentado y algo sosteniéndome con lo brazos; sino fuese por los gestos que hizo mi amiga generosa, desde la platea. Que me urge con complicidad, para llegarme a mi asiento y contemplar eso.

   Y ahora te lo podría decir: tanto gozo en su malla violeta, tanta existencia. Son plétoras de alegría en cada movimiento que ella propicia y deja moverse. Los relámpagos violáceos de esa maestría, son deslizamientos que se potencian, para así dejar de ser deslizamientos. Son una ráfaga y un centro dinámico que transcurren juntos; y así ejercen una afirmación para saborearla, una propia puesta en marcha de deslizarse y transcurrir con ello.

   Nota1: Señalaría el rescate de este cuento desde 1982. No creo ser el mismo que era yo en ese año. Al manuscrito lo reencuentro con la anotación mía “rechazable”. -¿Por qué?-, y se lo quise discutir a aquel ego crítico mío rechazador y acerbo. Lo consideré y recorté, le agregué comprensibidad. Y el resultado no me parece para nada rechazable, ¿qué opinas?.

   Nota2: La imagen muestra una obra de Wolf Vostell (1932-1998), quien, junto al Grupo Fluxus desde 1962, fue creador de procesos de acción hechos obras de arte. Link: En Malpartida, Cáceres, está el museo que él fundó, en tierra española.



 b): A la risa señalada

   De tal modo que vas al kiosco. Vas sigiloso, andando en tus bototos de gamuzón. Ni siquiera el latido de tu corazón, no querés que nadie sepa. Echándote contra las paredes; resbalándote como si hubieras tomado mucho whisky. Resbalándote como si el whisky hubiese venido resbaloso en caramañolas de plástico.

   Ese lugar que te acompaña a veces, está contigo esta tarde. Siempre que es así, no importa donde objetivamente andés, todo alrededor se va cambiando a mejores términos; se va poniendo rocas y estrellas en el cielo de tus montañas. Claro está, como llevás el lugar adentro, adonde son el cielo y los bosques; entonces, aún bajo las luces de mercurio, todo se transforma. Y es así como ves a la otra gente, en el trayecto al kiosco, sin ellos saberlo, cambiados.

   Por eso es que las pocas cuadras también son valles desérticos, son vegas y arroyos y roquedales. Y ellos sin saberlo, son campesinos atareados, pastores principescos, mozas de las aldeas. Y esta última visión tuya, de alguna gente como encerrada en toneles, sin duda medio dormidos. Es cierto, así los ves; que en los comercios, detrás de las vidrieras negocian, no importa qué, comprando dulces, no importa donde crean estar haciendo qué cosas; porque eres determinante con tu visión: Los pones dentro de viejos toneles. Ellos caminan en círculos pequeños dentro del tonel altísimo y fragante, lleno de olores, señor, olores a helechos, tu sabes, aquellos helechos que antes, y las hierbas puestas a secar.

   Te parece que vas llegando al kiosco; llegas deslizándote neumáticamente sobre tus suelas acolchadas. Arribas cerniéndote, suspendidos tus pasos en pausa aérea, ya en el puesto de revistas de la esquina. En ese encuentro de calles, que es donde se encuentran los dos arroyos, vas pisando en las piedras salientes de la corriente tumultuosa: cuidado que no te caigas. Detienes tus amortiguados pasos sobre las baldosas, cuidando el equilibrio; y al llegar profieres tus saludos montañistas.

   Entonces te mira el kioskero montañés de las revistas. Tú prosigues: -Vengo por la devolución de la revista, para llevármela yo-; y te conduces a señalarle.

   El hombre del kiosco te observó desde la orilla de su islita, escrutadoramente, metido en su sombrero tirolés, como es de uso en las montañas. Parado sobre las rocas, tú sostenías el equilibrio. Alrededor tuyo, señor, el torrente burbujeaba cerca de tus pies; y la multitud iba y venía a tus espaldas, arrastrando el calzado.

   De momento consideras si el diarero a quien saludas todos los días; si estará también él dentro de un tonel oloroso. Hoy el día en que tus proyecciones circulan muy humorísticamente; tanto que sin darse cuenta del por qué, todos sonríen. Que están embriagados, supones, con los vapores especiosos de los toneles en que cada uno va. Y el vendedor de revistas también ha de estar afectado, eufórico, aletargado; porque está sonriendo cuando te responde. Luego él también dentro de un tonel. Y; ¿qué te ha dicho?. Te asomas al borde de la bordalesa para oir.

   -Llevala gratarola, dale, que la pongo en la cuenta de tu casa. Sos del 1451. ¿De qué departamento; el 14?-.

   -No; que si fuera del 14 no llevaría revistas sobre el turismo en bicicleta-. Contestas así señor; mientras ves que en la ladera detrás de la islita, hay algunos caprinos ramoneando. Te distraen los bocinazos y las salpicaduras de la correntada. Ves entre el tráfico algunos kayaks con televisor a proa. Igual podés continuar diciendo:

   -Si fuera del 14 me interesaría en publicaciones sobre modas, bijouterie; se ocupan de eso. Yo soy del 1451, departamento 15-. Y te lo quedas mirando.

   Alguna mordacidad cabe. Es justo que ironices un poco. Porque hace tantos años que vas por entre el bosque al kiosco, lo mismo que tu familia. Pero es natural que algún dato se les pueda escapar a los del kiosco; en un vecindario tan poblado, con tanto arroyo seco, montes y sierras, lagos, bosques y nieve. Y la humedad como la de esta cañada siempre con rocío que impide ver claro ni un edificio cerca. Aire selvático, que desdibuja rostros, memorias. Yo mismo no recuerdo que otras palabras cruzas hoy, señor, con el hombre del kiosco. Se difumina todo con el rocío de la cascada y con su ruido; y el ruido del tráfico que también impide concentrarse. Es aceptable que no se te puedan precisar totalmente los datos. Ubicación precisa que se escapa resbalosa como sobre un verdín. Es natural, puedes aceptar…

   Con un gesto te despides; cuidado a no resbalar. ¡Cuidado a no resbalar!…. Casi.

   Viniste volviendo ya de noche por la vereda. Vas recordando un cuento, señor, tan ufano con tu recuerdo. Un cuento de Castillo, en la Ciudad de San Pedro; y algo que pasó en sus cuevas, recuerdas. Demos una mirada a tu revista, con la luz de mercurio del baldío. Tan auspiciosa la contemplación sobre las páginas tersas. Estás riendo. Con la revista que no pagaste te tiras sobre la vereda. En el piso, acostado, sigues riendo.

   “Es algo muy cómico. Es algo muy cómico”. Riendote te reiteras diciendo así. Al hecho lo consideras importante. Te acercas a mi, que sin discutir soy testigo. Y en un desdoblamiento -ya que estás riéndote en el piso, acodado sobre tu costado, agitando la revista, paroxístico, hasta agresivo; y estás también al lado mío, desdoblándote-, así me indicas que mire, señalando desde el piso a todos los que pasan con esta alegría tuya. Que yo mire, que patentemente ahí se la está pasando bien. Es cierto.

   Te observaron otros ojos en el acontecimiento. Agregaré que comentaron laudatoriamente, esos dos cronistas literarios teatrales. Probablemente influyan para que alguien te lleve. Te harán acompañar para que no te pierdas ni al entrar ni al salir. Escuché esos comentarios sin querer, porque estaba detrás de ellos en la fila. Que alguien te acompañaría para cuidar que no te lastimes al buscar entre las zarzamoras.

   -¿No le parece?-.

   -Sería muy provechoso-.

   Y otras cosas alentadoras así por el estilo y muy rápido. Preparándote algo bueno ellos, cuando después se fueron gesticulando. Podrías estar tranquilo, que tu comicalismo ha llegado a buen puerto, señor. Hasta puedes descansar un poco.



 c): Secrecía del Caballito

      Como recuerdo de un jinetazo
que se cansó, amigo y vecino Andy.

-Vamos a morir de pobres   
los paisanos de esta tierra.   
Yo casi he ganao la sierra   
de puro desesperao-….   
……………………………..   
¿Sabe que no me esperaba   
que soltase una guayaba   
de ese tamaño, aparcero?   
…………………………….   
Estanislao del Campo, Fausto; 1866   

   Una tarea, después otra diferente, apresurándonos, urgidos todos; una tarea tras otra, siempre una tarea nueva para cada uno. Son así los patroncitos. De ahí que andara todo el paisanaje disperso, cumpliendo encargues por aquí, por allá, dentro del campo, por la ciudad, por los poblados…

   …La última vez se les dio la gana a la juvenilia de los patrones, de que yo fuera a comprar helados. “No les voy a decir que no”, pensaba yo. “Si los he visto crecer y son tan compradores, macanudos”. Y allá fui con mi caballo el Ruano; y con Tembleque, una mezcla de Fox-Terrier con vaya a saber qué, pero muy seguidor el peloduro.

   La heladería es de un barrio caro y paquete, un local bien pulido con unas luces intensas. Y la gente de la heladería, los que atienden como los que compran, no se saltean el hecho de que aparezca un cliente como yo. Estamos allí; mientras el perro y el caballo, atados a una columnita del entoldado, se quedan mirando desde afuera como me miran adentro en el local. Todo el personal se fija en mi aspecto curtido y campestre.

   Para cuando pido los gustos, la empleada se queda quieta como con un ataque, sin saber que hacer por un momento. Todos atienden cuando me despacha como enojada, me parece que mofándose por mi compra. Con esa manera me traspaso a la calle con los tres cucuruchos. Vemos que hay muchachas lujosas, placenteras, mordaces; que miran como vuelvo a montar con dos cucuruchos en una mano, la otra mano para las riendas y el otro cucurucho de helado que debo de ir comiendo. Así lo fijó el encargue: un cucurucho para la señora muchacha patroncita, otro pa’l patroncito mismo; y al tercero se me impone que lo coma mientras pego la vuelta.

   ¡Estos ejercicios de trabajo, más todos los ruidos de la ciudad, que se acumulan como una pirámide tumbal encima de uno! Argumentan que con el trabajo de esta forma nos vamo’ a mejorar, ser más dignos, más plenos, que así son las cosas: razones que se dicen de porque las cosas son así. Pero yo voy ahí forzado entre el tránsito de la avenida; desaparecida mi persona en una masa oprobiosa. Voy sepultado, como un cimiento que fundamentará un futuro contrario y ajeno. Voy cumpliendo mi tarea de comer mi helado al paso del Ruano. Los otros dos helados en la otra mano, que se van derritiendo con el calor; la crema del mío se pegotea entre las riendas y mi mano.

   Pero ellos querrían otra cosa. No ésta de contarles mi malabarismo pegajoso entre el tránsito de la ciudad en verano. Los patroncitos del ritmo de trabajo querrían que no me retirase; y que cumpliera con mis obligaciones una tras otra, en una reiteración de permanente olvido de mi mismo. Cosa que a mi también me fascinó en un principio: permanente olvido de las penas.

   Aunque ya no pudo seguir siendo lo mismo; después de que el Ruano se volviera, y de un mordiscón se mandara al vientre los helados. Fue como si en esa pirueta, al deglutir los cucuruchos del encargue para el antojo de los patroncitos, que el amigazo Ruano me estuviera diciendo con su gesto: “Despertate”. Así fue como me llegó una viva aclaración total.

   -¡Sacáte la boina que el caballo es más elegante que vos!-, me gritaron desde un Citröen blanco muy elegante y lujoso.

   Sucedía en realidad, que todo el tránsito estaba tocando bocinazos; y se demoraban al pasar para oprobiarme. Hasta ese momento no se me había patentizado tan claro esa mofa. Desde el Citröen le hacían visajes burlones al Tembleque; muecas como para asustarnos a todos; caballo, perro y yo.

   Ahí nomás, libre ya de los helados, puse el Ruano al galope; y comencé a mostrar las acrobacias y alardes gimnásticos propios de mi destreza hibridada. Varias veces ganador de torneos ecuestres, soy un jinete como el mejor de las pampas húngaras.

   Daba yo mis alaridos de reto, de exaltación, mientras saltaba a un lado y otro de mi montado. A veces iba de pie sobre el galope del Ruano. Mis gritos y ejercicios cambiaron algo en la marea del tránsito. Todos unánimes se pusieron a cantar consejos, parecían referirse a mí: “que era una vergüenza yo no aceptase las ondas; que con creer las bonitudes presentes me iba a librar de la vergüenza; que así son las cosas; que es buena su ley; que les tenga fé”.

   “Obedecer a la confusión…, no, yo prefiero la claridad, para vivir el bien más permanente y completo”. Iba reponiendo yo así a las suposiciones, desde mi entresijo, desentendiéndome de la corriente demencial que pretendía me dejase llevar.

   A esta altura de la avenida y las peripecias, decidí desensillar y meterme en una Plaza de a pie, con el perro y el Ruano detrás de mí, al paso manso y de las riendas. Tembleque se trepó junto a mí, al banco donde yo me senté. Ya se hacía de noche en ese hueco; y los paseantes no nos daban atención. Pude ponerme a pensar en las razones para una decisión ya intencionadamente formada.

   “No hay caso con los patrones; vengo a ser como una columna meramente física, para que articulen el delirio siguiente por encima mío. Y después otra obra y otro brote mecánico delirante encima de lo hecho por cada uno. Hasta que termino el día ponchado y lleno de dolores, con pesadillas de temor y duermevela, por los cometidos de hacer en cada día”.

   “Tampoco tengo compañía alrededor. Todos los compañeros dispersados. Nadie de la gente que veo se me sintoniza ni tiene resonancias conmigo; y tampoco yo con ellos”. Sentado en el banco, buscaba y encontraba lógicas para una decisión que existía preconciente; un núcleo para el vector que resultó después.

   Alcé la cabeza y consulté con la mirada a Tembleque y al Ruano. Les dije en voz alta: “Tampoco tengo compañía alrededor. Todos los compañeros dispersados. Nadie de la gente que veo se me sintoniza ni tiene resonancias conmigo; y tampoco yo con ellos”. Caballo y Perro movían las cabezas de lado a lado, corroborándome que no.

   “Tampoco además tengo mayores sentimientos de entusiasmo con nadie. Nadie hay que venga a mí para respaldarme. Ninguna respuesta sensible para mi presencia desusada en medio de este ritmo patronal, este ritmo metropolitano frenético”.

   El Ruano y Tembleque asentían moviendo las cabezas de arriba abajo, y me confirmaban en la justeza del razonar; por la búsqueda mía de validaciones para un designio que era todavía oscuro. Me eché atrás en el banco y aflojé el cuerpo del agobio y la angustia por tanta preocupación y pregunta.

   “Si por lo menos ellos me hablaran”. Miré a los animales que me devolvieron el enfoque ladeando las cabezas contemplativamente. Le dije al Ruano: – ¡Qué mierda! ¡Qué mierda; Manchao!-. Mi comentario se entendió perfectamente. El pingo abajó las patas de atrás, mostró todos los dientes y comenzó a defecar fluída y coloridamente. Era una fuente de bosta fluyente colorida contínua. Así que me levanté del banco para revisar esta producción; Tembleque junto a mí que metía nariz y ojos sobre el asunto.

   “Helado de frutilla. El flete está popeando helado de frutilla”.

   Se había formado un buen montón de esta cosa. Que fue algo inspirador, parece. Porque ahí nomás se notó que el perro caía en la cuenta de algo. Levantó Tembleque la cabeza y la echó atrás con la boca abierta. Clarito como si se estuviera riendo. ¡Y no va también Tembleque, se agacha; y por entre las patas de atrás, entra a secretear helado!… del mismo tipo tenía que ser. Helado de frutilla inacabable ese gusto en estas producciones traseras. Claro que yo me fijo si los demás piantados de la plaza se dan cuenta de algo. Clarito que no. Toda la gente papando moscas como si nada. “El helado pa’ los patroncitos”, comento yo en un soliloquio hondo.

   De seguro que al final me sacaré la boina. Y cuando me paso la mano por la bocha; es como si me fuera pulverizando. El pelo deshaciéndose de a poco, la piel, hasta los huesos. Y bien que es cierto: Por sí misma la decisión se puso a funcionar, ya sustentada. Acción autónoma, sin que yo me lo propusiese.

   “Se cumple el resultado de mi meditación. Este es un funcionamiento espontáneo de mí mismo. Pero esta disgregación pareciera … Pero; ¡si es pólen!… ¡Si me estoy dispersando en pólen!… ¡Me cacho en diez!… -Voy a entrar a volar de gérmen por la pampa y el planeta-“.

   Y así me quedé deshaciéndome disperso; mientras el viento me va llevando. “Es buena la época para buscar flores”… Pero justo tenía que ser que el mundillo de la Plaza se diera cuenta. Se juntaron encima nuestro como plaga de langosta. Les interesó el helado. Algunos ya lo van probando. Decir que hasta se les ocurrió a los más vivaces, de querer portarse vía al perro y al caballo. Seguro que con la intención de negociar los helados de mierda; quizá abrir algún local de transacciones… Pero entre los tironeos pude notar, que ellos mis amigos; no. ¡Ah mis fieles compañeros, mis animalitos! Desde mis silenciosos amigos la negativa como un corte de manga y más pólen. Sucede que ellos también se pulverizan y se echan a volar en el viento, más felices que nunca.

   Img: Wikimedia.

   Img: Wikimedia.

   Tenemos este vuelo repartido mis compañeros y yo. Compartimos con la vida nuestra vida más que nunca antes. Mis penas y las dificultades conmigo mismo continúan ahí donde tienen que estar. Pero miro las flores adonde voy a llegar al dispersarme y me calmo. Miro a cada flor y las penas se me atenúan; y al final creo que llegarán a desaparecer, con estos para mí nuevos sentidos ahí afuera; ¿no es así?.

   ¡Ah! La boina se las dejé ahí en la Plaza. Podrían cortarla en pedacitos y vender éstos como souvenires. Son memorias de una cabal y cambiante metamorfósis final.

                        

            

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Morón, 26 de julio 2009.

                        



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