Hipersalenas


# novela-aquella-isla: ..”calar, :resiliencia, :ceñudas, :escapar, :conviviendo, :cánticos, :carreteles, :enriquecerlas, :inspirados”..



   Aquella isla también.


Sergio Edgardo Malfé.   

Pintura de Remedios Varo "Farewell"

Pintura de Remedios Varo "Farewell"



      1 …debió de haber perdido pie…
   Los dueños de casa, los comerciantes que cerraban sus locales en el mediodía, los repartidores de las panaderías, los trabajadores municipales de obra, algunas muchachas con consternación y rostros encendidos, desencajados. Una pequeña laguna de inquietud y de impotencia en el mediodía del centro de la ciudad. La dotación acostumbrada con sus corpachones y correajes; la detención en el tráfico. Por el suicida. Su cuerpo en el pavimento, de lo que fuera un hombre, apañado por papeles de diarios.

   En la esquina cercana llegaba una pareja tensa, discutiendo. ¿Qué discutían; quienes eran; qué tipo de conflicto?. Siguieron en su avance por la calle, donde el suicidio, por la mitad de la cuadra, allí cruzando. Y no podían estar tranquilos. Sentían que todo les era contrario. Les iban muy mal las secuencias inenganchables, de un convivir desarmónico en el que habían reincidido. Pero muy mal.

   El hombre, revestido de un ropaje por fuera de cualquier tiempo, se detuvo, junto a un macizo de flores azules. Y tomaba del brazo a la muchacha:

   -Escuchame; no sigamos así-. Soltó el brazo de la chica y se entretuvo unos segundos con las plantas de flores azules.

   Ella cruzaba sus brazos, después de mirar hacia la escena congelada donde fue el suicidio; y se dirigió francamente a Sáez:

   -No te importa nadie; no te importa nada; pero yo estoy aquí. Mirá; la gente se muere todos los días. ¿Y por qué no te das cuenta?. La vas a definir. Cortamos… Y ahora; ¿esto que significa?. Ya ves como sos. Ahí estás, mirando las plantas. Yo te hablo, te respondo; pero vos siempre con otra cosa-.

   -Esas plantitas, …las flores duran mucho tiempo, vivas en la planta; no así como nos pasa-.

   Greyú, la chica, recompuso los pliegues de su falda. Y en su pensamiento esta señorita Greyú Areclio le decía a la pareja en su interior: “Lo tuyo no dura, porque se desconecta; y se destruye así lo que te voy queriendo. Se destruye, porque vos lo hacés así, con tu desconexión automática”. Estaba mirando Sáez, el “Lici”, a la escena del suicidio que acababan de dejar atrás. Y Greyú le murmuró:

   -Debió de venir de allí, en lo alto, de esa confitería-. Levantaba uno de sus brazos señalando arriba, a una probable confitería, atalaya de la ciudad enorme. Arena y cemento todo alrededor. Hasta pareciendo ser las personas prefabricadas en arena y cemento. Una vista anonadante ahí arriba, para calar el inmenso abandono en tanta ciudad a la distancia, …y el hombre solo; quizá fue por eso.

      2 …saliste sin pastillas…

   Ellos se disgustaron un poco más en la esquina, sólo un poco más. Y decidieron refugiar su disgusto por la ciudad en la ciudad. Y fueron a su guarida. Dos cuadras y un poco más. La puertita del departamento con el número de la unidad en letras de bronce está en el tercer piso, saliendo del ascensor a la derecha. Uno puede tener la suerte de encontrarse con la vecina pop, que vaya o venga de la lavandería. Acostumbradamente serena y eficiente, como con sus pergaminos bajo el brazo; y la bolsa del lavado, llevando o trayendo la ropa, que cuelga por sobre su hombro, a su espalda; la chica en su esfera ultrafina.

   Dentro del departamento, con las ventanas abiertas para recibir el aire y la luz del mediodía en la ciudad, podían oir el ruido de campanillas, de sartenes; y el crujiente crepitar de las comidas, dentro de otros departamentos del edificio céntrico.

   Edificio con ascensores, de distintos ambientes donde viven familias, empleadas, muchachas que venden ropa, chicas que son enfermeras o algo parecido, etc’. Podríase ver la alfombra que Sáez había colocado, verde, sujeta al piso con varillas de bronce en flejes. Detrás de la biblioteca-mueble-divisor, dos camas normales, cubiertas con el desfasaje de unos cubrecamas floreados, de flores grandes, que Sáez cuenta las compró él mismo en algún acceso de discutible gusto, en verdad; o porque las vendían regaladas. En un rincón la única lámpara que puede llamarse como tal, ya que la otra iluminación la da el tubo fluorescente, que Sáez dice necesitarlo, para sus tareas de pintorcito. La lámpara es una construcción de metal en desequilibrio, que culmina en una suerte de pantalla, campana invertida de latón barnizado. El conjunto del objeto mide cerca de un metro noventa de alto; y está arrinconado, más o menos en pie; columnita metálica con bandas de cuero. En el mueble divisor hay un amontonamiento de todo tipo de cosas hincha kinotos; como pedazos de celuloide que usa Sáez para sus trabajos artísticos; y también unos ceniceros de cristal gruesísimo, que cobijan hojitas de afeitar, tornillos, y demás porquerías, como boletos de trolebús, etc’.

   Sobre la mesa, al entrar al departamentoa la izquierda, veían una botella de vino, vacía por la mitad. Junto a la botella, una toalla limpia recién traída de la lavandería por el mismo Sáez, pero hace dos días. En el lado de dormir, una taza con miel sobre la mesa de luz, en coexistencia con carpetas de la Antropología que hace Greyú; y con dos o tres libros variados de Sáez. En este ambiente, al mediodía…

   …El Sáez aparece y desaparece de dentro del cuarto de baño hacia la mirada de Greyú, que está en una de las camas, con una mano en el aparato telefónico. Se escuchan ruidos de la calle. Los ómnibus arrecian con sus motores justo bajo una de las ventanas; pues allí tienen su parada varias líneas. Estamos inmersos en lo que pasa dentro del departamento. El Sáez parece que hablara, mientras entra y sale del cuarto de baño, con un vaso conteniendo cada vez menos vino. La señorita Greyú lo mira y deja el teléfono en su lugar, la Areclio. Y se levanta a juntar unos apuntes de su Antropología que están tras de la colcha abominable, caídos bajo una de las camas que sostienen aquellas flores. Papeles que Greyú procedía a guardar en una de sus carpetas. Carpeta tal que procedió a sumarse junto a otras que estaban sobre la mesa de luz. Y todas ellas se encimaron en un grupo homogéneo, sostenido al final de uno de sus brazos. Ella se encaminó así al circuito de entrada y salida del baño que hacía Sáez.

   El cuarto de baño de ese departamento tiene azulejos azules; y una linda bañera, que para este momento está ocupada por la única maceta con plantas, a las que Lici Sáez ponía esfuerzos por mantener vivas. Pero, …¿qué hacía Sáez dentro del baño?. Pues, …Sáez había dejado su vaso de vino, que ya no tenía más vino, sobre el botiquín; y tenía su cabeza metida dentro del mismo botiquín, buscando no sabemos que pastillas ó gotas. Alternaba esta ocupación con un agitar de brazos al mismo tiempo desesperanzado y colérico. Clima imperante de reproche, recriminación, partida. Pues bien, …ellos no podían continuar. Sáez deja de rebuscar dentro del botiquín; y apoya sus macizos brazos en la loza del lavatorio:

   -Es cierto. Mejor la cortamos. Sí, Greyú; tal como debe ser. Es como vos dijiste. Es mejor que la cortemos nosotros; sí, está bien–.

   –Bueno, paremos. Pero no va a haber ningún drama. Cada uno con lo que debe de llevar y por su lado. Va a estar todo bien–, auguró Greyú lentamente.

   Los dos en tanto escuchaban distintivamente a los especiales ruidos callejeros, por eso que llegó a llamarse luego como la Manifestación Popular Iniciativa. Se oían afinaciones de trompetas y otros instrumentos vibrantes; y pasos, pisadas que trotaban por las calles, que de momento se habían desprovisto de tráfico.

   –Todo va a estar bien, Lici. Vamos a tomar algo al Café; y después a la plaza–… Greyú decía esto mientras andaba de una punta a la otra del departamento. El Sáez estaba aún con las manos apoyadas sobre el lavabo.

   La chica ya abría y cerraba en espera la puerta de salida. En el ruido callejero había parches que se golpeaban y gritos coreados. Cada vez que Greyú abría y cerraba la puerta, Lici Sáez crecía en la certeza de que debían de ir ahí afuera. Y en que se iba a poner bien ese final: “Va a ser necesariamente el mejor paso”. Otra vez la puerta abisagraba la promesa de vida que le hacía ilusión. Y otra vez se cerró. “Y bien: …será que lo debemos de pasar y dejar atrás todo este tiempo”. Sáez se argumentó así; agarraba su canasto y su saco; y se tomaba del brazo de la chica; y se hicieron ambos a la calle y a sus ocupantes en demostración.

      3 …paseo de la televisión…

   Greyú y Lici Sáez se encaminaron a su Café de una esquina, adonde creían poder saludar a algún amigo, mirar un poco a la otra gente; y desinflamarse, …de sus discutidas mentes, …de la vista del suicidio. Pero por todas partes se desarrollaba la Manifestación Popular Iniciativa.

   Lo primero que vieron al andar, fue a los tipos sentados en los cordones de las calles, que escribían unos volantes jeroglíficos. Cantidad de tipos en cada cuadra, arrostraban con pluma o pincel ese dar forma muy prolija a palabras que nadie entendía. Las hojas eran entregadas con solemnidad a quienes las repartirían entre la gente.

Por las calles pasaban camionetas con altoparlantes que propalaban consignas propias de los remates de hacienda: “Tendrá lugar junto a los corrales una jineteada; después de cerrar las operaciones con la hacienda trazada. El remate cuenta con quinientas selectas cabezas de invernada y engorde, traídas desde la punta de la cabañería provincial del Partido de Símiles. ¡No falte!. Podrá comprar ejemplares de nuestras crías con certificados de premiación garantidos, de gran capacidad productiva”.

   Entre las impresiones sonoras, se sumaban los ruidos de las motocicletas, que aparecían entre cualquier momento y cualquier otro momento, inopinada y velozmente. Además de las sirenas, motocicletas y propaladores, se oían otros vehículos y los tamborileos. En las calles bordeadas por los redactores de volantes, circulando estaban las camionetas con grandes televisores encendidos. Las camionetas llevaban estas pantallas en sus cajas de carga; cada una con un gran televisor encendido y sonoro. Estos transportes de imágenes eran seguidos al paso. Se desplazaban a poca velocidad, acompañadas de series de televidentes, que repetían a coro unas consignas; y no quitaban sus miradas de los aparatos. En sus coros demostrativos, ellos decían: “Ya eres el campeón de hoy; a tomarte por dios voy”. Y también: “Somos fuertes los campeones; hemos hecho tantos goles; con batuta a los melones; será historia en nuestras proles”.

   Sáez y Greyú siguieron caminando hasta la Avenida. Llevaban consigo la carga de su separación; pero no podían dejar de recordar al Suicida; ¿quién había sido?. Hacían flamear cintas rojas quienes caminaban por la Avenida. Greyú lo comentó, dijo:

   –Esas cintas rojas, de buenos augurios… Son para la tradición de no traicionar la resiliencia; paisanos de todas las provincias–.

   Sáez la escuchó y pensó que todo empezaba a encajar dentro de una claridad tradicional. “Ahora entiendo lo que hubo de estar reconstruyéndose; la conexión provinciana de la señorita”. “Ese debe de ser el motivo de su impaciencia conmigo”… “Yo también estoy impaciente, joder, que ya se acabe”.

   La demostración masiva contaba con filas de estudiosos. Gente estudiando desparramada por las calles. Había algunos manifestantes que parecían rezar, metidos en sus libros, en un estado de formal dedicación, murmuraban su lectura o impetración. Cuando quien no era manifestante llegaba cerca de uno de los estudiosos; éste levantaba su cabeza, para darle al extraño miradas ceñudas de algún desconcierto, con asombro interrogador por el especímen pasante así arribado.

   Greyú Areclio y el Lici llegaron al Café pendiente y pasaron entre las mesas donde algunos manifestantes estaban en descanso. La pareja se sentó; saludaron al mozo; se animaron a tomar un par de tragos. No vieron a ningún amigo. El Sáez manoteó un libro de los que llevaba en el canasto; y se lo puso a mirar. Desde la mesa junto a la ventana observaron que la Manifestación devenía ahora, en yacentes individuos cubiertos con papel de diarios. Y desde ese momento el silencio les comenzó a crecer. Ya no hablaron de ellos mismos; y empezaron a mezclarse con lo que estaba sucediendo. Desde las calles y por entre los individuos cubiertos con papel de diarios, pasaban manifestantes que entraban en el Café, algunos. Y se escuchaba un grito caliente, consigna dominante: “Era un personaje; salió de un video clip; un ataque de espionaje; ¿pudo empujarlo así?”.

      4 …buen bar mágico café…

   Muchos rostros en la calle iluminados por las pantallas de los grandes televisores. En los ojos las imágenes de las pantallas. Muestra cada una a un bosque dividido artificialmente por una línea vertical. En cada uno de los sectores así acercados al compartir la imagen, alguien está reposando. Recostada sobre un árbol hay una mujer de dulce expresión plena, con las manos cruzadas en su regazo. Y bajo ella una alfombra deliciosa de hojas de sicomoros otoñales. Largos cabellos confundidos con las hojas pardas. La vemos de perfil observando al otro personaje, en la escena acercada, la de la otra mitad.

   En ese otro lado de la pantalla sectorizada hay alguien a quien sólo se le ven la espalda, uno de sus brazos, y parte de su cabeza. Es un varón. Se levanta sobre la alfombra de hojas de plátano; y apoya sus descalzos pasos crujientes al caminar lentamente alrededor de su árbol. Y pasa al árbol de ella misma. Cuando llega a dar dos giros; la línea divisoria desaparece. La imágen de las dos personas se incluye en una vista más abarcadora del bosque; en el borde de uno de cuyos calveros están los dos. Grande es la cantidad de árboles diversos que hacen ese bosque. Hay otro tipo de árboles, hasta árboles muy gigantes allá en el fondo. Y el señor sigue dándole vueltas a la chica sentada. La imagen acerca más a la chica en un agrandamiento. Y cerca se ve como ella se aleja del árbol aún sentada. Que se dispone a incorporarse.

   El tipo de la anterior mitad toma la mano de uno de los brazos así de graciosos: con manos, codos, y otros detalles; todos de la chica allí sentada. Ella ya no se incorpora ni desde su estar sentada, porque el personaje que se le acercó ha arrimado un tronquito caído y se le ha sentado junto. Vuelve ella a descansarse sobre el árbol y mira a la cámara. En su rostro una ceja alzada parece preguntar sobre que les importa esto a ustedes los que están mirando. Sostiene ella estrechada la mano de ese apóstol de las multitudes capituladas. A través de la otra mano le queda a los personajes la posibilidad de escribir:

   Frente a los ojos de los manifestantes, las imágenes de televisión muestran a los chiquitos del bosque, que empezaron a aparecerse desde detrás de todos los árboles. Y las chiquitas del bosque se les agregaron. Se hizo una gran multitud abundadora de chicos contentos y correteantes así en rondas y saltos excéntricos alrededor de las rondas. Enumeremos: …la pareja sentada, más una pareja escondida, más la multitud de criaturas inusitadas, que se dedican a esos giros; todos ellos mirados por los atenazados al suelo asfáltico de la ciudad. Apuntados y puntuados los manifestantes por las manos libres de la pareja en evidencia que anota. Comenzaron a dispersarse y entraron por la vereda.

   Es la vereda del bar por donde los manifestantes se dispersaban. Bar donde estaba la pareja de separarse viendo todo esto. Allí donde Greyú y Lici junto a la ventana culminan sus bebidas absortos por los acontecimientos que en la ciudad se iban siguiendo. Esa ciudad que se pudo haber ido de unas manos. ¿Quién sería; dónde; por qué?. ¿Y cómo estaría para hacer eso?. ¿O acaso no fue él quien lo hizo?. “Era un personaje; salió de un video clip; un ataque de espionaje; ¿pudo empujarlo así?”.

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COMMENT: Del Tio Antonio “Blogkowski: Mi buen Amigo; en estos momentos estoy leyendo un clásico, pero que viene del puño de uno de los mejores escritores de tu país. Se trata de Manuel Puig, “El beso de la mujer Araña” y las circunstancias de las manifestaciones me recuerdan mucho, a aquel momento de dictadura que vivió vuestro país. Muy buenas letras, habrá que esperar a ver qué pasa?. Un abrazo

      5 …acuéstese en la heladería…

   Los sueños y mitos, la magia y la infancia; profundidad de la gente… Y las masas con pensamientos de arte, que entran al Bar de los globosos ojos contempladores. Ojos en evocación para mirar la lista de los helados. Y en un rincón sentarse, como farolas encendidas.

   Los globosos ojos perciben el espacio que hay entre todos y cada uno; hermanos seres humanos para con el otro cada uno. Con ojos para el espacio. Espacio con calidad granular, densidad compacta, tan apretada como piedra dura. Ambito más denso que las burbujas íntimas de los manifestantes, ahora en parte como clientes; que están vueltos hacia su espacio afuera. Gotas de aceite caen y caen de las maquinarias fatigadas y olvidadas. Los comensales son atendidos en el Café-Bar y Heladería. Desde la calle aún se dejan oir los televisores en propalación andante. Un grupo de trabajadores albañiles construye algo dentro del Bar y Helados. Se anuncia, por los altoparlantes generales, la movilidad ascendente de ciertas acciones en el mercado de capitales. La caja registradora monumental no deja de traquetear. El traqueteo rítmico le hace recordar a Greyú: …“un tren eléctrico, con enchufes dentro, para conectar implementos hogareños, …afeitadoras, taladros, aspiradoras, estufas, desmenuzadores”…

   La gente dentro del Bar y Helados abre la boca para decir cosas muy particulares. Todos concuerdan con ojitos entornados. Los obreros están construyendo una chimenea para leños. Las masas se hamacan en sus asientos; dicen: “Algo lindo, algo estético, algo que conecte, algo logrado, algo con vida”. Arremolina el aire la gente, con sus manos, en gestos coloridos y traslúcidos. Así apoyan sus argumentos. Algunos se echaron boca arriba y se han desentendido. Se quedaron esperando. Aunque las campanillas de la caja registradora son alarmantes a esta altura del transcurrir, dentro del Café y Bar Helados.

   Se producen partidas apresuradas. La caja registradora está frenética. Otros se quedan sentados en permanencia. Así se pueden observar, en sus imágenes por los espejos. Algunos se van. Quienes se observan a ellos mismos, no dejan de observar a otros; por el doble juego de espejos. Pueden verse a ellos mismos y ver a otros al mismo tiempo.

      6 …suaves regiones distintas…

   La pareja en quiebre se compuso para salir hacia la plaza del árbol solo. Dieron una mirada para despedirse en el Bar, de aquel peculiar coro de manifestantes, que parecían elefantes marinos mirones. Debieron de pasar por las puertas del Bar Helado, seguir lánguidos, errabundear en su camino al rincón del árbol solo. Otra noche más comenzaba; viaje del planeta.

   Giran los dos amigos en el rincón alrededor del compañero árbol; paso a paso suaves, que resuenan con eco en las paredes del barrio que hace zócalo bordeador de esa plaza. Se van organizando al rondar, para encontrarse en días por delante. Cerrar los tratos en un domingo, sobre el paseo, junto al río de Cautoquidro. Ese futuro es impreciso, pero no habrá incertidumbres sobre el lugar íntimo que cada uno tiene, para lo que el otro tiene posible. Esto ya no dependerá de los dos, sino de cada uno.

   Entonces, levantarán un planito del lugar. Será un lugar donde cerrar los tratos de la historia en común. Ahí donde se van a encontrar. Lici puntualiza sobre un croquis conversado:

   –Aquí esto quiere decir una escalera. Y estos plumeritos que has dibujado seguro son las dos palmeras. Falta la rampa de los botes. Aquí es la rampa–, la agrega. –Y entonces, …del otro lado, …aquí, está la Casa de Té. Y al lado–…

   Ambos continúan sumando algunos datos y dibujos, con triangulaciones de referencia, sobre el complicado plano del futuro. Y cada uno enarbola su lapicera con gesto de conocedor; antes de agregar la información siguiente. Y allí de pie, al escribir sobre esa carpeta haciendo planes, se auscultan con recuerdos del cariño a las almas.

   Los dos impensadamente se colocaron a mirar lo que pasaba entre los vecinos del zócalo. “Sino podés llegar a que nos encontremos, haceme una esquelita pronto”, susurró Greyú. Profundamente Sáez atendió a esto, mientras veía a una distancia de treinta metros, como los animados anónimos salían del cine; y como algún solitario se abría paso ahí, trepanando con andar veloz a la muchedumbre de soledad pública. Alguien más allá, estaba recortándose en la noche, al observar la fuente con las luces. Un grupo de personas, junto al cine y en una confitería, detrás de una vidriera jugaba a los naipes.

   Greyú Areclio y Lici Sáez se miran, con la iluminación pública de las calles en la noche. Seguramente han plantado montones de semillas-pensamientos en todo ese tiempo juntos. Se habían acercado en silencio a un banco de piedra liso, el del rincón. Cada cual se va a sentar en cada extremo del banco, dándose la espalda. Y cada uno, atendiendo a sus propias ideas, se levantará en su propio tiempo. Y silenciosamente, graciados por el actual calzado, cada cual se irá por su propia vida; sabiendo que el otro estuvo sentado en ese banco de piedra; en el rincón del árbol solo, en el zócalo, frente al cine.

   Desde la plaza, Greyú se deslizó bajo los aromos, por la veredita, sobre sus suaves zapatos; y se puso a andar un poco. Se detuvo frente a una galería de arte con vidriera, para mirar un cuadro, solamente por unos segundos. Alguien se le acercase. El señor trajeado sonriente pretende florido amablemente. Greyú se despega con su caminata; y rodea a un puesto callejero, tomando así la transversal. Vé zapatos, zapatitos, cantidad de cordones de zapatos; porque camina con la mirada baja. Mirada absorta con curiosidad, deteniéndose sobre tanto zapatazo que antes ignoraba. El señor de la amable sonrisa se ha borrado.


...sabiendo que el otro estuvo...

...sabiendo que el otro estuvo...


   Greyú alza entonces la cara y ve las letras: “La Unión Democrática llama al voluntariado de fiscalización”. Carteles, locales: “Lasix”, “Planeador de Buceo Tecni-Sub T580”, “Consultorios Externos”, “Despacho”, “Hotel Mediterráneo”, “4S”, “Selsun Azul”, “Muebles para Dormir”. Allí hay un negocio de venta al paso de rosetas de maíz… Greyú elige por bajar al subterráneo.

   La seguidilla de mecánicas compras y pasajes al andén se complementa con pensamientos dentro de ella: “Hasta ahora lo viví tranquila. Este trance no me fue tan difícil. Pero me siento despeñar en una angustia socavante; la angustia la siento venir. Me parece que ni siquiera voy a saber pensar sin su presencia en el momento necesario justamente para saber… Esta ausencia sin saberme viviendo, …se me recrudecerá sino los recuerdo: toques, momentos, lugares”…

   Greyú se va a acercar a un puesto de venta de artesanías al salir del subte. Hará su primera búsqueda de ayuda. Comprará un sobre de sahumerios, parafernalia que le vaya anidando buenos sentimientos.

      7 …aguante tantos ruidos…

   Bajo los pies engomados de Sáez trascurre la vereda blanca. Por encima de su cabeza cambian las copas de los árboles. Y Lici Sáez va abajo por la barranca, por encima los pinos. Dobla a la derecha y otra vez, y sube la misma barranca por la otra calle, y el monumento y los tilos y a la derecha otra vez, la morera y los tilos, la barranca. Quizá debamos decir que Sáez está entrando en uno de esos estados, lector, que debes conocer. ¿Qué te llevó sino a enfrentarte con estas páginas, sino tu probable estado similar?.

   “Es necesario que me ponga a inventar algo. Acelerar mi trámite para sacar algo. Alguna acción necesaria para escapar de este impermeable estado de confusión; y del bajón que se vendrá. Tengo que lograr abrir esta finalización que me encapsula. Algo tiene que empezar ya”. Sáez pensaba así, dando una vuelta más; ahora concentrado en esa búsqueda urgente. Y de pronto tuvo un presentimiento sediento. Cruzó la calle y entró en uno de esos edificios torre con ascensores trepanadores rápidos siseantes. A tiempo para deslizarse en el transporte vertical. Las puertas automáticas se cerraron.

   Ahí dentro Sáez prolongó su mano y tocó un botón; al tiempo que su otra extremidad buscaba otra mano, naturalmente; pero no había tal. “Ella jugándome la opuesta, confrontando, queriendo engancharme en la confrontación”. Buscó un rincón del vehículo gris, esquinando el cuerpo. En los ojos de Sáez, en las neuronas de Sáez –él muy obediente a los mandatos de sus propios nervios-, la necesidad de elegir el rincón como refugio andante, frente a las inclemencias de su propio estado. Como lo mismo transitorio en algunos humanos.

   Finalmente, el ascensor abrió sus puertas en algo así como catorce segundos y 25 niveles sobre el suelo. Sáez pudo pensar: “Bueno, bueno. Ya estoy haciendo algo. No salió todo tan mal como podría haber sido. Bueno, bueno. Me puedo tomar una cervecita bien”. Salió y dejó atrás un agobio, que como moneda gastada lo había amenazado con invadirlo. La ciudad, como una oscura dama nocturna para esas horas, le ofrecía su cerveza en los altos, en ese piso bohemio y mirador, cargado de arte y de rumores elegantes. Lici bebió en el Bar Mirador su cervecita, observando con neutralidad esas pinturas escandalosamente feas. “Algo que le hiciese ganar el juego que creyó yo jugaba; pero yo la quería y la veía en todo, aunque no mirase sus intentos”.

   Oteó colocándose por encima por encima de fijarse mucho, ver quizá una cara conocida. Pero nuevamente tuvo que optar por andar en la noche todavía dama. Ya podría tornarse en pesadilla; Lici no quería ayudar en tal cambio. ¿Qué le ofreciera esta vez?.

   Sáez comenzaba a sentir la pena floculándole el corazón. Se decidió a caminar por la Zona Azul. Fue por esto que subió al transporte de recorrido público con otros pasajeros, hacia la Plaza Garibaldi. En el interior del coche, Sáez ya va sabiendo del futuro opuscular de sus próximos días. El cree que podrá dedicarse a sus pinturas. Se promete que saldrá a ver la ciudad poco a poco, sin tanto retiro dentro de sus obras. El futuro; y el actual paisaje bajo la lente de la ventanilla. Los árboles del Botánico. Y pagar otro embarque en la Plaza, adonde están llegando. “Elite, Heladería, Bombonería”; El Monumento; “Prohibido Estacionar Entre Discos”. Al detenerse el ómnibus bajo los árboles del Botánico, Sáez pensaba: “Todo el mundo está en silencio”. Se desciende. “Mire Atrás Al Bajar”.

      8 …cercanos y distantes…

   El transporte continuaba en su trayecto. así entraría al barrio de la Zona Azul. También el nuevo macadám, la amplia avenida. Algún paseador nocturno lo vió doblar. Apareció sobre el adoquinado cerca de la vieja Estación. Vimos como doblaba velozmente bajo los plátanos casi sin hojas. Vieron como traqueteaba el transportín por frente de la Terminal de Omnibus. Actores de la Zona Azul pasaron al interior del coche. Y el transparente ómnibus alegre reanudó su marcha sobre los adoquines. Una muchacha se preparó a descender mientras su mente se ocupaba con tareas:

   “Las sábanas del ribete floreado ya está planchadas. Hay que limpiar en los rincones el cuarto de estudio. Y poner el limpiapisos al baño. Tengo que pegarle los botones en los guardapolvos del nene. Mañana traigo ramas de durazno del mercado, le gustan a la señora, para la mesa del comedor”. El pensamiento en módulos de la señorita acompaña a su descenso. El coche de la línea continúa andando sobre las cunetas de las bocacalles. Pasa el micro con sus números y filetes, a través de la avenida. Allí donde hay una plazuela. Que la frecuenta la muchacha, esa última en bajarse. Llega acostumbradamente, compra los folletines en el kiosco de diarios, vuelve en sus tacos altos. Estará ahora recorriendo los últimos metros de su día de descanso, llegará a la casa de sus tareas.

   Los pasos de esos tacos altos, que parecen de altos ser el preludio de una caída, la llevan a la muchacha sobre las baldosas ranuradas y amarillas, bajo los árboles nocturnos, junto a la verja del colegio religioso. Pasos con tacones que resuenan a través de las ventanas de algunos departamentos vecinos. Donde algunos residentes beben sus mates aún a esas horas. Y los que matean, escuchan. Esos pasos de una mujer andando sola a su edad, en una noche zonificada. Noche que se quedará escondida detrás de las piedras, y en las paredes con cerraduras.

   Las calles, las verjas, y las hojas de los árboles que caen; están casi solas. Pero hay quienes pueden escuchar los pasos, en el barrio, en la zona aún acometida por cinereas pasiones.


Img’: Nor@, en pps “perseverancia”.

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COMMENT: Del Tio Antonio “Blogkowski”: Recordando la narrativa que gusta a los editores norteamericanos, con la abundancia del detalle y el suspiro a flor de piel, los personajes, mezclan sus pensamientos esperando qué sucede a posteriori de todo ésto. Saludos        COMMENT: sergio edgardo malfé: Tio-Antonio: Tu comentario me dio como para suponer de algún mecenas (!) Ayer lo leí y me rondó el darte respuesta mientras estaba en mi entrevero actual con las cosas. En cuanto a “como termina” la novella, esto, …no sé si algo alguna vez “termina”; generalmente las cosas se “desflecan”. Gracias por tus dichos. Está muy publicitaria tu frase: “suspiros a flor de piel”, para un perfume, ¿no?. Te mando un abrazo.           COMMENT: De Mónica Ferreyra (Gemología): Como te decia, la soledad en pareja, el desentendimiento, la hartura de todo, un conflicto que viven muchos: No obstante quieren recuperarse, sigo leyendo… para enterarme, SALUDOS, MÓNICA


      9 …adobos de pucheros…

   Sobre unas puertas, detrás de los cristales, Greyú leía el nombre de la pelicula: “La historia de Adela H.”. Se detuvo a mirar las fotografías; miró los horarios y pensó: “Puedo ir a visitar a Firo, y después me vuelvo para verla”.

   Hacia la casa de su hermano se dirigía. Había empezado a recordar: “Yo la he visto esa peli”. Entrando por los portales del pasaje antiguo, que ella gustaba de recorrer, en esa calleja donde su hermano moraba, aquellas imágenes en su memoria se avivaron; y recordó las acciones: “Ella compraba pliegos para escribir, en una librería y papelería. Ya había desembarcado del velero en Norteamérica”. Veía al pasar frente a un zaguán a un pequeño grupo de quizás amigos entre sí: evidentes bajo las bombillas contra un fondo oscuro, incierto, donde Greyú supuso había otras escaleras. “Ella perseguía desde Europa por las calles de Halifax, y después en Martinica, empeñada en hacer comprender a ese hombre, un anterior amante, el error en que él increiblemente reincidía. El no debía rechazarla. Ellos no debían separarse, porque les alcanzaría el amor de ella a los dos; y continuar así juntos”.

   Ya llegaba a la casa de su hermano Firo. Pasó junto a las puertas del taller de joyería de él; y subió al piso. Ya en las escaleras podía sentir el perfume de la mirra. Esta vez toleró aquel perfume que siempre le resultaba hartante. Sabía que no era necesario usar el timbre. Firo casi siempre dejaba la puerta sin llave, esperando a sus amigos. Abrió; y la luz de las escaleras alcanzó para mostrarle el ambiente principal. Cerró rápidamente. En un rincón, las velas encendidas frente a los tapices bordados con figuras místicas. La voz de Firo le llegó, que estaba en el suelo, acostado boca abajo:

   –Llegó mi ángel infernal… ¿Cómo te va hermana?… ¿Qué venís a hacer?–.

   Greyú le dio una mano para que se incorporase; y así lo saludó en silencio; mientras él salía de su ceremonia prosternada. Los hermanos intercambiaron las pocas palabras habituales. Y comentarios por sí o por no, sobre la propiedad de esas salmodias y ceremonias, con las que Firo vive en invocaciones cotidianas.

   La chica fue desprendiéndose de libros y carpetas, amontonando todo sobre unos almohadones. Empezó a recorrer el cuarto con livianos giros. Saltarinas de sombra las figuras bailaban en las paredes por la luz de las velas. El interior de ese viejo departamento en la ciudad albergaba algo bastante inusual. Firo acompañaba las evoluciones de la hermana con palabras de una lengua ritual. Celebraban encontrarse, pero enseguida se quedaron quietos, mirándose en un silencio de reconocerse. Greyú había tomado en sus giros un plato de frutas.

   Se juntaban con otra parte de su encuentro, mordiendo lentamente de aquellas frutas. Se fueron hablando:

   –¿Son sogas esas que pusiste ahí?… Matan. Parece que sostuviesen la casa para que no se derrumbe–. La chica daba mención a una formación con sogas, junto a las puertas de un enorme placard.

   La estructura tensada ocupaba la atención contemplativa de los dos.

   –¿No parece que las sogas; en lugar de colgar, soportasen?. Eso es lo que quería decir–, comentó Firo. –Tensión estructural, las cargas en las cosas. Porque cada objeto puede llevar no sólo su propio peso; sino soportar las tensiones y cargas emocionales. Con los colores decimos algo así. Cada uno de nosotros ve en las formas, las tintas de los colores que tienen que ver con lo que está sintiendo. Cada uno de nosotros está volcado en las cosas. Y retribuyen las cosas, porque nos habitan a su manera–.

   Mientras la chica mordía una manzana, tamizaba la escucha con sus experiencias; y tenía algo que decirle:

   –Es tan así, como lo dices. Es increíble: una está rodeada de emociones e ideas metidas en cada objeto con el que convive. Yo personalmente tengo tantos sentimientos que quisiera borrar, metidos con sus ondas en tantas cosas. Tantos recuerdos, …y muchos de los que no quisiera acordarme–.

   –Por eso, cuando uno quiere empezar algo nuevo, conviene empezar de nuevo también con los objetos–, agregaba Firo: –Cuando uno se sana de algún mal, debería de curar también a las cosas que tiene; para seguir conviviendo buenamente con las pertenencias–.

   –Deberíamos; ¿no te parece?, al menos reacomodarlos. Para el caso de no se pueda empezar con cosas nuevas, o no podamos curarlas, reacomodarlas. Para que asuman de nuevo la relación desde un nuevo ángulo, con nosotros. Desubiquemos a los espectros que las habitaban. En un nuevo órden, démosle un aspecto distinto nuestro a las cosas–.

   –Una nueva ronda de objetos alrededor nuestro. Todo lo que se vivió se nos incorporó; y además está en nuestras cosas–. Firo desde el otro lado del cuarto respondía:

   –Todo lo vivido está metido. Pero, …me parece que algo te influye. Y que lo estás queriendo sacar de vos… Hace tiempo que no venís con Sáez. No me hablás de su pintura… Venís de repente… Me parece que lo de Sáez, este… Terminaron; ¿no?–.

   –Te diste cuenta. Tengo que limpiarme de esas cosas, aliviarme. ¿Y que ayuda me vas a dar?–.

   Firo se puso más serio, más proféticamente pensativo. Estaba tomando del enorme placard tras de las sogas un portafolios. Y se sentó con el frente a su hermana. Ella apartó el plato de frutas. Firo hurgaba dentro del portafolio cuando dijo a su hermana:

   –Haríamos nuestro exorcismo esta noche. Si te animás para eso, voy a buscarlos a los amigos–.

   Greyú se levantó y se acercó al trabajo con las sogas para mirarlo desde cuclillas, en su batista bordada. Firo seguía escarbando en los papeles; y sin mirarlo ella le alcanzó a contestar:

   –Me apena por Lici, porque lo quise; que no pueda más conmigo él–. Se pasó la mano por la frente; parecía como que despertaba, y continuó: –Aah, …tu ritual. No estoy muy segura, …exorcisarse… Puede ser; que se yo–.

   Firo iba hasta la puerta; ya estaba saliendo. Se volvió para decirle a su hermana sobre lo que le había estado recuperando del portafolios:

   –Arriba del bául puse unos papeles que escribí, porque a otros papeles los encontré. Ahí están juntos, miralos. Va a ser una pequeña ceremonia Doën. Voy a buscar a la gente. Hasta luego–.

   Al salir Firo encendió la luz eléctrica. Greyú se volvió y miró las grandes hojas plegadas sobre aquel mueble; muy semejantes a los pliegos de aquella peli de Truffaut, la de “Adela H.”.

      10 …empezó hace tiempo…

   Greyú se acomodó junto a la lámpara encendida. Ojeaba sobre esos textos, deslizándose aquí y allá. Se oyó la campanilla de un teléfono, en el departamento vecino. Nadie atendía; el sonido se extinguió. Se puso a leer. No alcanzaba a entender el significado de todos los grafismos. Algunos de los garabatos serían símbolos en representación de caballos o guanacos o llamas. Greyú pasó algunas hojas; y vió escritos con otra letra sobre otro tipo de papel: …”con la apariencia de quien alcanzará la libertad”. Más adelante: …”Algunos temen por sus vidas y huyen”. Greyú comenzó atrás nuevamente, por lo que evidenciaban ser las notas hechas por Firo, al texto con símbolos, hecho en papeles aparentemente bien antiguos: “De un modo u otro, a pesar de lo inextricable del sentido de estos manuscritos, lo que se establece al poco tiempo de observarlos, es la recepción de un despertar. Al menos esto fue lo que me sucedió; sintiendo yo con claridad un entendimiento y un despertar a comprender algo; ¿qué?. ¿Se establecerá una sinapsis inusual con el gran cerebro que compartimos?”. Más adelante: …”nuestros miedos cambiarán al ser domesticados”. Y luego: …”Se acabará el silencio que pesa sobre estos vecindarios”.

   El escrito de Firo aclaraba como había llegado a sus manos el inusitado documento: “Dejaba la Estación Bengoechea en el tren de las 2.20 de la madrugada; y allí encontré la valija, casi al final del andén, apoyada en un banco; ¡como si alguien actualmente pudiera olvidarse de una cosa así!. Realmente…”. Greyú continuó leyendo de forma rápida: “Lo que parece una glosolalia escrita, tiene algunas indicaciones en números, que estuvieran señalando orientaciones cardinales, para las ceremonias en que se deberían de entonar los cánticos señalados, que sí llegué a entender son alabanzas a Edón Onik Miskaarominión. Algunas palabras repetidas que conocía de antes, como ‘Batal Echigur’, es aquello que reconocí, en referencia a los estudios bien fundamentados, sobre las ceremonias Azur Döen”.

   Los textos mismos dicen para todo lector: “Zinai Caquix; salir a la calle con sombrero y paraguas: 165. Miradlos en las felicitaciones de Navidad Acelticada; como que tuvieran las manos para ir robando corazones. Tened la bondad, entre polvorientos tapices y carcomidas crónicas; y perpetuad en vuestros tiempos la Cultura Facultativa. Por añadidura, vestíos de trovador como si el Arco Iris os habitase. -Mantener las piernas calientes; olvidar carril con ruedas-. Girad hacia la derecha y tocad vuestras pestañas. Esperad mirando en las cercanías por las carcasas fluídas. -Intermarán algabí / Baiás zancajh Jurungul / Bojinás da Adabí / Adabí, Adabí-. Ni tú eres el único, diga la gente lo que quiera; ni a nadie le gusta tampoco. Corred, corred hacia 130”.

   Interrumpía Greyú por un momento su lectura. Se levantó, y dispuso algo de música en el pasadiscos, con Cascabel, Nuevo Sentido, y Arbol Seco. Mientras la música sonaba discreta, ella mentaba un repaso de sus evocaciones, por lo que había leído: “como poética de un cielo para carreteles de vidas verdaderas y caminos”. También recordó al pensamiento del médico Cooper, ya que era llevada su conciencia a unas rememoraciones más que añejas. Y como una regresión, esto discrepaba de la realidad. Por lo que podría llegar a considerarse a la realidad como a un fracaso que está de moda.


Chulengos de todos los tiempos...

Chulengos de todos los tiempos...


      11 …un buen rato nomás…

   El grupo atravesó la puerta del jardín y los arbustos adverbiales, correctamente. Salían de esa casa. Andrés y Yoli iban por delante. Firo y Paula los van siguiendo por el suburbio. Así es como llegan al interior del garage, de brillo fluorescente en la avenida.

   Paula, como casi todos los días, ve las puertas tijera blancas del garage. Levanta la vista; y mira si le gusta su propio aspecto arriba, en el espejo tipo ojo de pescado, en la entrada del estacionamiento. Paula se mira un poco y se siente suficientemente satisfecha. Los anteojos le dan un aire como de estudiante gringa; y el poncho le cae muy bien sobre los hombros. Parecía que el grupo intentaba entrar, luego ella también se ubicó.

   Dentro del autito blanco de Andrés, pasaron con algún sacudón por un desnivel con agua, en la noche que se refleja alunada. Si bien el propósito central es llegar al departamento de Firo, quedan siete kilómetros y medio; y se cree necesario en el interior del autito blanco tomar algunas decisiones democráticas: “Hacer un rumbo como de pajarito nervioso”. Así es como Yoli llegó a definir su deseo; con sus ojos negros siempre muy atentos, grandes, abiertos y comunicativos.

   Al transitar frente a la casa de pastas, “Ravioles de Carne Pollo Verdura”, es Andrés quien comunica: “Vamos a doblar a la derecha, por los ligustros, y a la Estación”. Firo mira a una esquina de mesas en la calle, que la cervecería está guardándose, cierran. Al embocar por la calle con ligustros, hay algún tiempo para imponerse que, por el trabajo de cierre en la cervecería, ya estaban en camino al día de mañana. Firo va a decir frente a los comercios en la Estación: “Vamos al Bar. Y a comer una torta de ricota. Pero sin hablar; ¿eh?”. Sucedió una general aprobación jovial. Andrés también asiente. Se divertirán. Presentan la escena de viajeros cansados de un largo viaje, al entrar en el lugar casi vacío.

   La indagación del hombre del mostrador, apuntaba, pero no llegó a producirse. ¡Cómo comieron la torta!. Y luego se fueron con su papel de viajeros cansados, muy seriamente, al automóvil. Yoli llevaba la delantera con su libro en la mano. Al pasar por otra región de la ciudad, las chicas continuaban en una conversación, ya promediándola, y que contiene a “las frazadas húmedas”. ¿Quien podría animarse a decir como comenzó ese tema?.

   En este tiempo de quedarse sola, Greyú allá en el departamento, estuvo yendo y viniendo en la lectura del manuscrito, el encontrado en Bengoechea. Al tiempo de hacer algún órden en las cosas, o de poner otro disco, lo iba revistiendo con algunas palabras que sacaba del texto: “Genturima Jurunga Mianrhabul”. Palabras que susurraba por el ambiente.

   Al llegar la gente, pudo escuchar cuando subían las escaleras. Entonces se puso de pie junto a las puertas; y al lado del mueble biblioteca divisor. Y esperó silenciosa. Dio una bienvenida breve a cada uno y a todos de los recientes partícipes invitados a sanarla. Ellos pusieron sus pies en contacto con la alfombra, y de inmediato se desparramaron por los almohadones, como prestando oídos a la música que sonaba discretamente en las cajas de sonido. Firo se puso a hurgar nuevamente dentro del placard; y salió a la gente luego, con un plato rebosante de cebollitas encurtidas. Se lo dio a Yoli para que lo hiciera circular… “satisfactorias cebollitas”. Y se puso Firo a mover los labios frente a los tapices místicos.

   Hay quienes tienen sus ideas particulares. Paula se recostó de inmediato; y sacándose los anteojos dijo la rubia: “Voy a dormir apenas un ratito. Ustedes despiértenme”. Todos sentados en sus almohadones, comiendo cebollitas y respirando organizados. Una noche para pensar juntos. Los deseos unidos en la búsqueda de la meditación, para que Greyú pudiera desprenderse de su afecto roto. Las cantilenas de Firo ayudarían para que el deseo de recuperación por Greyú se instalara en cada uno. Yoli iba a ojear de vez en cuando dentro de su libro. Andrés es de mirar sus manos más que a la gente cuando dialoga. El había logrado que Greyú especialmente le prestase más atención. Un poco todos lo hacían. Contaría del suicidio:

   –Estaba de mudanza el hombre. Una casa nueva, ahí en el edificio de la confitería. Cuarenta años tenía. El estaba bien ubicado. Se lo veía feliz. Amigos no; por fuera de su trabajo pocas otras cosas, …conocidos. Con toda la gente se llevaba bien. Nadie se lo explica; se lo veía contento en el trabajo, también con los vecinos nuevos. Podríamos pensar que actuó para así manifestar su iniciativa, la de abandonarnos. Pero bueno, …en pocos días lo habremos olvidado–.

   –Van a ver que esto que hizo va a seguir en nosotros. Estará en un costadito, como durmiendo. Y de pronto por cualquier cosa, el recuerdo otra vez que se levanta bien presente–. Yoli con su voz sin soberbias colocaba más claras las cosas.

   Quien se despertó fue Paula. Observó la situación; adoptó enseguida la dinámica del ambiente; se organizó y concentró; para pronto contar su sueño. Andrés y todos estuvieron interesados en asimilar la historia del corazón de Paula, que sólo el órgano se le transformaba en otra persona más, aparte de su propio cuerpo. Algo como una partenogénesis en su sueño.

   –…Y el corazón tenía un turbante; ya hecho alguien distinto de mí. Yo no sabía que hacer. Quería irme al principio. Después nos hicimos amigos–.

   La charla de Paula detuvo por un tiempo los cantos de Firo. Pero ya nadie se sentía incómodo. Se fijaron en los dibujos de los antiguos papeles. Andrés mismo se levantó y trajo desde la cocina alguna bebida y otros bocaditos. Greyú le adelantó a su hermano que había descubierto algo en los papeles manuscritos de autor desconocido: “Tienen una marca de agua. Anoté lo que dice en mi libreta”. Firo la miraba con sus ojos ya cansados por el ininterrumpido humo de sahumar. Se cruzó de brazos y le contestó: “No veo que nos pueda servir. Lo importante es que te despegués de lo que no tiene ya que ver”.

   A todo esto, las chicas comenzaron a asociarse para el amanecer, pues estaba saliendo el sol, que entraba en líneas resplandecientes a través de las antiguas celosías. Andrés y Firo también se fueron reponiendo, entre amortiguados campanilleos. Y se recomenzaban las conversaciones ocasionales, pero en las cuales retornaba una frase que habían consignado: “Lo vas a superar”. Se comenzó a ir y venir, a abrir ventanas. La reunión se desvanecía felizmente. Y tenían ganas de seguir como elefantes, juntos viviendo la mañana.


Img’ del pps “lo que cada uno posee”.

De los Comentarios anteriores:

COMMENT: Del Tio Antonio: Tantos pensamientos y deseos, intimista. Nada más real que la realidad es un fracaso que esta de moda, nunca mejor dicho… Pero para esto se acompaña de una tarta de Ricota con pasas por supuesto. Saludos       COMMENT: Sergio E. Malfé: Tio-Antonio: Buena observación me has hecho. Por adherir a la “realidad”, el hambre continúa. Si en cambio estuviéramos con La Verdad, todos tendrían su porción de Tarta, con o sin pasas. ¿Viste que los personajes realmente comen la ricota en silencio de verdad?. Te diría que la Tarta de Ricota es un derecho básico; solicitado por esas marchas y manifestaciones. Yo te paso esta frase de la Manifestación Popular Iniciativa: “Para el Amusamiento, Amuchémosnos; Venga una Porción”. ¡Saludos!

      12 …acallaron etapa rodante…

   Quieren decir que hay algo, pero se lo callan. Que hubo un silenciamiento cómplice. ”No es así; es algo que te parece”. Había que decir que algo había. Hubo una contemplación silenciosa para el silencio. “No es así; es como a mi me parece”. Y contemplaban eso que pasaba. El relator podría también callarlo. “Así es como parece”. ¡Compañía del silencio; qué compañía!.

   Andrés, Greyú y Yoli, llegaron al Parque Beltrán. Se habían refugiado y sentado a conversar en las galerías del Museo de la Biósfera, porque se desató el aguacero. Así articulan dichos, mientras contemplan como las ráfagas de viento llevan ondas de agua a través del Parque. Firo y Paula habían ido a desayunar en la Terminal de Trenes. Andrés y las dos chicas salieron luego, y pudieron observar las palomas por las calles casi desiertas. Caminaron por la ciudad en el presagio de la tormenta. Habían llegado al Parque. Conversar acerca de las hojas, su envés aterciopelado. No se acordaron del nombre del árbol. Eso es comprensible. El ruido del tránsito veloz que pasa por las circunvalaciones se los impidió.

   Greyú, Andrés, y Yoli, veían también a un grupo de muchachas y chicos, caminando casi en hilera. Bajo los inicios de la lluvia, caminaban descalzos sobre las losas del piso. Mientras se producía el desfile en fila india, Andrés aprovechó para observar, ya no sus manos, sino la piel transparente, los pómulos importantes, la nariz recta, la mandíbula pequeña, las guedejas de distintos colores; todo ello perteneciente a la chica Areclio.

   Por las avenidas de circunvalación, el tránsito arreció después de la lluvia. El día continuaba normal, hojas y ramas caídas por el chubasco. Yoli se había estado explanando acerca de la corriente musical del CiberJazz, en una conversación más de esa mañana. Los temas, mientras la tormenta se descargaba, se habían ido estirando después de cada comienzo. Cada uno se había referido a sus experiencias en el asunto. Luego también surgían los comentarios y las innovaciones. Como por ejemplo, las predicciones clariaudientes, relacionadas con el CiberJazz.

   Los tres ahí sentados en la galería del Museo de la Biósfera, mientras parecía que el sol iba brillar. Y entonces ahí va Sáez montado en su sidecar. Pasó cerquita de todos ellos que lo conocen. Ninguno de los tres se movió. Salvo Yoli, que señaló la avenida, luego de darle unos toquecitos a la gente. Y Greyú muy quieta y después sonriente. Cuando fue que Sáez pasaba en una partida, cerca de ella, que lo veía motorizado en la avenida de circunvalación. Y ellos tres todos sonriendo apagada y silenciosamente. Justo a tiempo. Ellos tres tomaron este haber visto a Lici con su sidecar, como fruto de su desvelo. Partirían, cada uno justo en cada tiempo cumplido por su lado. El adiós de haber hecho lo que podían en sus brillantes miradas.

   Quizá una pequeña luz tuvo existencia en el parque Beltrán. Lici no la vio.

   Conduce. Sáez va en la subida con el sidecar despacio: …el cambio de velocidades, y doblar hacia la montaña. Y va pasando el puente. Entra junto al arroyo. Y otra vez doblar; y arriba hacia la quebrada.

   El sidecar había salido del asfalto al camino de tierra. Pasó suavemente por el camino de tierra junto a la escuela. Ahí había grupos de gente, sentados, parados. A Sáez le dio por pensar que esa gente era de otro tiempo: “Que están junto a una iglesia, no junto a la escuela. Son religiosos. Acaban de presenciar una boda”. Otra vez doblar y arriba. Detrás de los eucaliptos se siente el ruido de agua del arroyo.

   Se abre delante una limpia recta después de pasar por los eucaliptos. Sáez levantó velocidad; y pasaba raudo entonces, por entre las plantas de zarzamora a los lados del camino; que aquí está más elevado, sobre un terraplén. Dobla otra curva; y ya tiene roca en uno de sus lados. De un lado la pared de la quebrada, y del otro lado una pendiente hacia el arroyo. Y allí en lo bajo se ve un viejo Buick abandonado. Cerca de la chatarra, un hombre alto en ropa azul que está mirándola. No toma en cuenta al sidecar que pasa. Dobla otra curva Sáez, que lo lleva a descubrir a otros dos personajes vestidos de azul, subidos a un poste, trabajando en unos cables. Se intercambian gestos de saludo. Y Lici dobla. Y esta vez hacia abajo: Cruza el arroyo entre las costas con retamas, por sobre un vadén con alcantarillas.

   Doblando subiendo la suave pendiente junto a las hileras de álamos, ya casi al final de su viaje. El traslado de Lici ha dado lugar al traslado metafísico por los pensamientos a través de las ideas. ¿Cuál de los dos traslados nos resulta más importante?. Nos hemos movido en un mundo de signos. Hemos contemplado contingencias. ¿Qué se nos ha dado, junto a la pertinencia de las transformaciones, junto a los acontecimientos y a los temas?. Quizá sean sólo arbitrarieidades por donde peregrinan nuestros seres, y nuestro Sáez, ya en el final de su viaje.


Img’: De Mónica Ferreyra es la Fota.


Otoño en Mendoza.

Otoño en Mendoza.


   Lo hacemos cruzar el pequeño puente con troncos y tablas, para dejar el camino y entrar a la isla del arroyo. Encontrará el recién llegado un cartel de ciudad, marcando en una broma lugareña al prado abierto junto a los árboles: “Estacionamiento Exclusivo De La Legislatura”.

   En la costa de aquella isla, lugar paradojal de espíritu telúrico y futuro, deja de ronronear, arbitrariamente, el motor del vehículo. Para que nuestro personaje Sáez se encuentre en completud de contingencia. Ya veríamos si es una completud de vacío o de alguna otra cosa.

      13 …parecía salvaje la oscuridad…

   Sendero de cemento escalón a escalón, el Lici se dirigió hacia la casa medio oculta detrás de la arboleda. Entre la casa y el borde de álamos, pasaremos junto al niño entregado a su infantil oficio ahí. Con un breve saludo que le murmuraremos, dejaremos sin molestia a sus inocentes años, volcados a la tarea de apretar babosas y caracoles con una tabla. Entre la tabla y el escalón de cemento el caracol estalla crujiendo. Y el niño va a buscar otro. Y nosotros seguiremos acercándonos con Lici al …”olor a frituras”, cosa que se produce en la percepción del hombre del sidecar, que seguirá mascullando sus enojos. Porque repite ahora Lici, repronuncia esas palabras: “olor a frituras, olor a frituras”.

   Pasa frente a la casa. sigue en tránsito corriente abajo, en el sendero hacia el Este. Algunos hilos flotantes de su alma, van quedando enganchados en las ramas bajas del sendero, bordeado de laureles, por cada vez que dice esas palabras: “olor a frituras”. Se le había venido el crepúsculo, sobre los pasos que lo llevaban hacia el tinglado de chapas.

   Andanzas nocturnas, algunas aves sobre su cabeza, crujiente la espesura en los bordes del caminito. Andanzas nocturnas sendero abajo, también dentro de su cabeza.

   Luego de atravesar Lici los matorrales obstruyentes junto al tinglado de chapas alquitranadas, llegaban en la visita sus pasos junto al Arbol. El que tiene paquetitos y hatillos colgados de sus ramas; desde donde ya podemos ver la otra casa vecina. La casa está consonantemente rodeada por los movimientos de alguien que camina alrededor; y entra y sale por la puerta batiente. Desde el Arbol la podemos oír, con una mantilla sobre sus hombros.

   La dueña de casa es Loli, a quien Lici conoció de la mano de Greyú. Ya está pisando otra vereda de cemento Lici Sáez; y le responde a Loli con firme entrañamiento una salutación, para la pregunta que Loli estaba haciendo, de quién venía. Los mosquitos ya comienzan a estorbar. El visitante pasa junto al cartel con el nombre de la casa. Todavía lo podemos leer en la oscuridad: “Iriguará Papihué”. Lici saludando prolongadamente continuó acercándose. Entraron a encenderse luces amistosas.

   En el interior de la cabaña, Loli y Sáez en un buen recibimiento, así de suave, el que prodiga la casa a sus amigos. También había un televisor encendido y en voz baja. Keagan contaba en la pantalla de su travesía por el desierto lleno de víboras: “Es un verdadero infierno el Kalahud, con todas las sierpes en actividad”. Tal era la sentencia del periodista de naturaleza al finalizar la nota. Las luces vestidas daban tibieza a la salita. Lici acariciaba con su mirada evocadora a las cortinas estampadas. Loli lo invitó a sentarse. Y los dos se ubicaron en sus sillones. Conversando estaban, sobre la Manifestación Popular Iniciativa.

   Lici, ante la sorpresa por cuanto de enterados estaban los isleros, se había agarrado del telefono silencioso, el de línea; mientras escuchaba las conexiones que Loli le revelaba, entre la Manifestación y la filosofía teísta de la Isla, la del “Libro del Té”. La transfiguración habitual de Sáez ya había comenzado. El hecho con el que entusiasma a sus amigos, es su mimetismo con los tapizados, y sobre todo con las cortinas. A sus anfitriones les dolía verlo partir, cuando llegaba el tiempo de los saludos de despedida. Era como si se les fuese un sillón o un almohadón con bordados. No por esto dejaba de tener sentido su viva presencia. Una persona puede decir cosas valiosas aunque su piel adopte texturas de tapicería.

   Las hojas caídas de los árboles crepitan en las primeras horas de la noche. Alguien aborcegado se está acercando en los alrededores de la casa. Loli se había parado, hurgaba y revoloteaba para dar con lo que encontró: su “Libro del Té”, que lo había metido dentro de una olla. Ella comentó: “Me lo había olvidado dentro de la olla. Siempre ando dejando pajaritos encerrados, como los mapuches del cuento de los dos hermanos”. Entraba Beto, directamente desde sus pasos crepitantes sobre las hojas caídas. La luz de la cabaña se proyectaba desde una ventana, sobre las primicias secas del otoño subtropical. Dentro de la cabaña estaban los frascos, donde ellos guardan las hierbas con que trabajan, las curadoras.

   Ellos tan reales, Loli y Beto, con su vida campestre y feliz. Tan reales y llenos de sentimientos, que hacen pelota cualquier idea que se tenga sobre holganzas vacuas. La onda cordial de Beto abriendo brazos, llenando copas, contando a Loli sobre el nuevo pick-up de los vecinos de más arriba. Esta gente amigable, con sus buenos sentimientos, le hacían pensar a Lici sobre sus sentimientos en la separación con Greyú. La estadía de Lici se tomaba en cuenta como debía de ser, tal como si él hubiese estado allí desde antes.

   –No vayamos a terminar la botella todavía–, decía Beto: –¿Qué hacés con el “Libro del Té”?–.

   –Estaba dentro de una olla–, le respondía Loli a su compañero: –Es parte de la historia que Lici nos vino a contar–.

   –No sabía él que estábamos detrás de los hechos–, agregó Beto, en un beber meditativo.

   Entonces Loli explicó una parte de los acontecimientos…


      14 …ex-cursus …los dos hermanos mapuches…

   …–Les tapaban el sol. Así que los dos hermanos metieron a los pájaros dentro de una olla, contentos del sol que salía. Que los dejaran salir de la olla; todos los pájaros les ofrecían sus mujeres, para los dos hermanos. Aceptaron el ofrecimiento ellos dos. Y cambiaron el encierro de los pájaros, por la promesa de todos los pájaros, que ofrecían sus mujeres a cambio. Pero para asegurarse que los pájaros cumplirían, los dos hermanos encerraron esta vez al sol, dentro de otra olla. Fue entonces cuando la olla se rompió. Y el sol volvió a brillar. Y así se salvaron los pájaros–.

   –¿La olla cómo se rompió?–, preguntó Lici.

   –Todo el tiempo esta historia es distinta a sí misma. Pero esa vez, los pájaros comenzaron a cantar tan fuerte, ya medio liberados, protestando porque el sol estaba oculto, que consiguieron que la olla de los hermanos se rompiera. Así pudo salir el sol de la olla, y volvió a brillar. Y así fue como se salvaron los pájaros–.


      15 …coloquio de crisis…

   Loli y Beto iban a salir para una caminata nochera de ellos dos. Alguna respuesta quisieron, en los preparativos, sobre los asuntos personales del amigo. Si Greyú estaba tomando exámenes, y como andaba. No habían preguntado hasta entonces, pero fue evidente que lo suponían, se la venían venir. Sáez pudo contarles, sin mucha entrega a la melancolía, que Greyú y él ya no necesitarían fugarse juntos hasta la Isla. Ya no intentar zafar de la vulnerabilidad frente a la ciudad. El castigo por amarse no los iba a perseguir más, o su auto inculpación. Acorralados, refugiándose en ellos mismos, ya no se llegarían juntos como antes. Ni celebrar la cercanía, el paralelo hacia el futuro con ellos, los isleros, ya no más. Claro, el proyecto los había abandonado, el de establecerse en la Isla Greyú y Lici . “Pero prometenos que vas a seguir viniendo a visitarnos como siempre”, le dijo Loli.

   –Ahá; ustedes no se quieren perder “el comisionista”–, respondió Lici risueñamente. Pero al hacer su broma, compulsaba a Beto, en una búsqueda de entendimiento y de acuerdo.

   Lici vió que Beto asentía con tristeza y simpatía a la vez. Les hacía compras Lici, trámites en la ciudad, a los isleros, por la facilidad del sidecar. Con recomendaciones de no tomarse toda la botella, lo dejaron a Lici solo.

   Parecía que seguirían ayudándose a ser mejores personas, con los de la Isla, aún estando Sáez sin Greyú. Pero ya sabían, les quedaba un remedo de alegría; y por buena voluntad ya se estaban esforzando algo. Así que, …”alguna compra, …algún negocio, …alguna visita más”; antes de que los lugares y costumbres se volvieren malditas recordaciones de una frustración.

   “A poner en órden los nervios, lograr desenchufarme de ella, ocuparme de las cosas sencillas, agarrar bien la onda con mi pintura. ¿Pero por qué pienso sin embargo que no es nada de eso?”. Sentado, con su copa en la mano, rememorante fluir voluptuoso de la mlancolía: “una bailarinita impresa, ese cuadrito en el cuarto de un hotel en Parque Maciel, …la calle adoquinada junto a un hospital, las ventanas cercanas y abiertas”. Suenan fuera unas campanillas de viento.

   Un señor mayor, un islero ya conocido de vista, que entró suavemente por la puerta batiente, “vecino y amigo de Beto y Loli”, se presenta. Y si no le molestaría a Lici, “escuchar mis poesías; soy Javier Lescano”, se introduce. Y quiere hacerse entender por Lici: “Debería de hablarle de las inundaciones. Eso sí es importante. el agua sigue subiendo, y comienza a llevarse las casas. Toda esa pobre gente abandonando árboles, pastos ahogados, el barro”.

   El señor mayor, desde unos papelitos, comienza a leerle con amable lobreguez: “Aquí estás lleno de hambre. Cuando te transfigures serás en plenitud. Sólo eso, ninguna carne, ningún hambre. Sólo serás vibración. Serás una perla perfumada de cambios y vacíos. Quizás serás serrezuela, serrucho y aguijón”.

   El señor había terminado de recitar. Su mandíbula estaba en proyección interrogante. Ya es noche oscura en la Isla. Entre las montañas se hace más palpable la oscuridad. Las palabras le parecían difíciles para esas horas a Lici, que intentaba devolverle al lector, energía, espacio, sensaciones; se le quedaban en la punta de la lengua. “Trata de fugarse, …yo también, que si no fuese tan mal educado, podría decírselo”.

   El televisor daba noticias ahora sobre el estado del tiempo, la transitabilidad de los caminos. “Le diría que me extraño por querer simplificarme”. Lici veía que la mandíbula de Lescano continuaba expectante; fue así que llegó a decirle:

   –¿Acaso no comenzamos todos en cada despertar?. Comenzamos el mismo viejo circuito hacia la plenitud. Todos en cada mañana. Un primer mordisco a la aceituna, por caso, y no podemos fugar, nos confundimos con lo material–.

   –Ojalá así te sea, por mucho tiempo, para cada nuevo día, muchacho. Pero tu ánimo esté nutrido de nuevos conocimientos. Cada compromiso con lo material, sea de mayor sabiduría–.

   –Pero; si tuviera que entrar en el taller a las 6 de la mañana cada día; ¿de qué sabiduría me iba a ocupar; eh?–.


Pintura de Ernesto de la Cárcova, "Sin pan y sin trabajo".

Pintura de Ernesto de la Cárcova, "Sin pan y sin trabajo".


   –¿Acaso tu problema es ese?–, reinterrogó Lescano.

   –Yo soy pintor. De todas maneras, cada día debo comenzar algo para el día. Usted sabe, que el comprador pueda simpatizar; que me pague contento por mi trabajo; es una lucha que no hago por gusto – estar actual-, sino porque me es necesaria–, dijo Lici conclusivo; y terminaba de vaciar su copa.

   –No; para mí vos traés la conciencia social por orgullo. No es tu caso. Podrías simplificar. No sos de la gente que está enroscada con la fábrica todos los días. Sos un individuo como yo. Tenemos la moral y el arte para cada día enriquecerlas. Y ahí está, …cada día nuevamente, como individuos, .. no hay que olvidarlo–.

   –Somos arte y moral–, busca agregar Lici con agudeza: –Me inclino a pensar que los del taller a las seis de la mañana cada día, esos sí que llegan a conocer la sabiduría del arte y la moral. La fabrican–.

   –Somos conocimiento y caridad. Anotalo para los del taller. Si no fuera por la caridad, esa energía, la vibración, la plenitud de la moral y de la belleza, no se realizarían. No es posible olvidarlo. La caridad es el cemento que une las actitudes, los trabajos–. Lescano empulpaba la conversación hacia una bonhomía de convivencia.

   Convivencia de la discusión dentro de las maderas de la cabaña. La noche está cristalizada para una mañana futura -un poco más allá, con libertad y necesidad unidas-. Loli y Beto se agregaron. Vuelven de la caminata acompañados de una vecinita para todos los espacios. Así son sus ojos. Loli se ocupó de hacer café y de rellenar las copas. La piba que traían había llegado cantando. Beto comenzó a hacer sonar su trompeta. Encantados sentidos de Sáez con la linda jóven, quien luego se dedica a encender sahumerios. Se llama Sara.

   Todos en la grey de esa noche burbuja cálida estable, café caliente, trompeta, algo de sus copas; colocados en la serenidad vibratoria de la Isla.

      16 …¿qué le pasa a este muchacho?…
   Después más tarde se desencadenó la lluvia. El sístole y diástole dentro de la cabaña, se inclinó todo junto sobre los planos y copias de documentos. Entre las tazas de café estaba la historia sobre antiguos guerreros sublevados, que hacía muchos años se habían reunido en las colinas. Sobre la mesa, mapas de caminos, planos municipales, de todos ellos había una gran cantidad en casa de Beto y Loli. Los inspirados de la Isla, los de la quebrada y el arroyo, habían hecho un programa de actividades para esos próximos días.

   Los planes involucrarían a otras personas grandes que estaban por llegar. Pero también se les sumarían luego algunos jovencitos. Iban a conformar una serie pintoresca. Y serían como diecisiete coloridos personajes humanos, en ese recorrido diseñado por ellos cuatro en la cabaña, que otros les habían delegado sus ideas para la tarea. Pero sería injusto no agregar como responsables del proyecto, a las horas de la noche y la madrugada; a las ruidosas gotas de lluvia, a las copas de brandy sumamente concisas, a las brutales cantidades de café, a los bastoncitos de quemar perfume, a los brazos estrujados como fortalecimiento del espíritu, del que no no se sabe bien como había llegado, para que los inspirados pudieran culminar los planes de esa intentona rememoradora.

   Cuando fueren a llegar los demás que estaban en el trato, Beto y Javier los llevarían por los antiguos pasos del Comandante de los Clanes, el que había organizado tiempo atrás la reunión de sublevados en las colinas. A través de los senderos, la gente conocería los lugares históricos; y se sumaría al lugar, y el lugar se sumaría a ellos. Se iban a desplegar las actas guardadas por Javier, precisamente en los lugares donde se habían firmado hace tantos años. El paseo de varias horas iba a poner a los amigos y sus familias, por entre naturaleza, acacias, lugares de batalla; por entre aceros desenvainados para avivar la imagen del pasado. Shamanes entre arroyos y piedras, en apelación a la desencadenada energía y a la historia del lugar.

   Los planes fueron detallados por escrito. Lici se encargó de las actas. Pero la noche no podía pasar tan ordenadamente. Tenía que sazonarla Loli hablando de sus pasionales empastes:

   –Tenemos tiempo para ver un cuadro mío. Me estuve dedicando a los pinceles. Lo vamos a ver; pero no lo van a tocar, porque está todavía fresco–. Loli dijo así y produjo desde bajo el bargueño una tela con pintura.


...muñequita tan extremadamente simpática..

Todos se quedaron en silencio claramente.


   Y para qué molestarnos hablando sobre los cuadros de Loli. Ya han sido garrote para muchos que se han quedado sin aliento, muchos sin hígado por cuatro semanas; al enfrentarlos. Sara se agachó como para buscar algo que se le hubiese caído; y desde las cuclillas, sin mirar de nuevo al cuadro ni a nadie, comenzó a recitar una jaculatoria budista. Todos se quedaron en silencio claramente.

   –Creo que voy a comenzar con un ayuno–, decía Sara al rato. –Comeré frutas hoy; y entraré en un ayuno luego, dos o tres días–.

   Beto abrió las cortinas para dejar entrar la luz del día, porque ya había amanecido. Javier pasó por la puerta para afuera y entró, para afuera y entró. Beto le dijo:

   –Quedate con nosotros un par de horas. Ya va a venir la gente–.

   –Tengo que afilar el hacha–, se excusó Javier en sus idas y venidas.

   –Tenemos que arreglar la hélice, Javier, casi nos olvidamos–, agregaba Beto: –No te vayas que enseguida traigo las herramientas–.

   Beto se metió para adentro de los dormitorios; y fue provocando más luz al descorrer las cortinas. Y las hojas mojadas y la arena entraron a pleno en los ojos de los inocentes, desplazando así aquella impresión. Pero no se lo olvidarían jamás.
Lescano se acercó a los planes. Y siguió tomando medidas y consultando el reloj, para después enseguida agregar alguna otra indicación; que Lici la anotara especialmente en los papeles.

   Los cuatro se instalaron descansadamente a beber más del café surtido que los había inundado hasta salírsele por los poros, todo a través de la noche. Ya se había llegado a la hora de las subjetividades para los cuerpos, que no podían más. La mente se desembarazaría con el olvido, de aquello funesto que pudo haber comenzado a apuntarse en las emociones de alguien. Así sucedió; y las cabezas refrescaron un estado de alerta y atención concentrada, con toda plenitud. Desembotadas y tan afloradas con el café, como para que Beto se pusiese a cantar con moderación: “No esperemos nada de quien / todo se lo toma en serio. / Si reparas tu velámen ve / cómo estan tus entrañas. / Mira al reparar las velas / de cuidarte bien las manos”.

   Terminó de entonar esto Beto y levantaba la mirada. Sonriente para la serenidad de Sara, cruzó para todos un anuncio:

   –Ya me voy preparando para cantar canciones de cuna. Dentro de pocos meses tendremos gente recién hecha, Loli y yo–.

   Lici se tuvo que levantar para posibilitar los abrazos femeninos. Ellas necesitaban el espacio libre alrededor de la mesa. El señor Lescano sacó con ceremonia, de adentro de su morral, un pequeño modelo de barco, en madera tallada y ahuecada. Donde en su cubierta dos marineritos lo gobernaban. Procedió a ponerlo en manos de la futura mamá, ya suelta Loli del sofocón afectivo que se habían asestado con Sara.

   –Para la futura gente navegante–, le decía Javier a Loli: –Objeto de mis propias manos–, agregaba emocionado; mientras le estampaba un rotundo beso nada patriarcal.

   Casi como un un festejo donde faltase el papel picado; y para suplir la deficiencia, Lici colocó música de CiberJazz en el pasadiscos. Beto y Javier salieron dándose mutuamente empujones, con la tarea al frente. Y Beto cargando las herramientas, para reparar las hélices. Lici estaba silencioso, se perseguía: “Debí de haber dado más de mí frente a tal noticia. Estuve como ausente. Loli y Beto no podrán estar contentos conmigo. Los debo de ayudar mejor sin molestarlos. Ellos se merecen más que una musiquita”.

   Sara se había estado apoltronando un lugarcito; y se echó a dormir. Loli entró para los dormitorios también. Lici tenía tiempo nuevamente para la nostalgia.


De los Comentarios anteriores:

COMMENT: MÓNICA (Gemología): Un dolor que no pasará con el exorcismo de Firo, pero vale la intención de tantos amigos; mientras Lici trata de encontrar una salida.. pero están cayendo lentamente los sentimientos como las Torres Gemelas, inexorables, saludos MÓNICA       COMMENT: Sergio: Si bien las necesidades condicionan nuestras opciones tomadas libremente, ese diálogo entre necesidad y libertad tiene como contextualizadora, a una categoría ó tipo lógico más abarcador. Pienso que ésta dialéctica es más importante, creo que es entre la Verdad (por el conocimiento) sobre la condición de la persona, y de la sociedad, cultura y entorno natural. Esta Verdad cierra un circuito con otras Libertad-Voluntad, que dialoga con otras Necesidades-Condiciones-Recursos.
El par sugerido, al producir actitudes y comportamientos, haría que la persona algo se desvincule del deseo individualizado, se establezca en un Deseo molar, fundamentado y originador para y por una voluntad de realización personal e integrada. Este pivote “Veracidad…” Y “Recursos…” permitiría funcionalidades, estructuraría las personalidad y conductas, no tanto en torno a deseos fragmentarios e inducidos por las conveniencias aprovechadoras de la corriente dominante, sino por el equilibrio entre los distintos factores de una gramática de realización para valores más profundos: Deseo inherente a una condición proyectada hacia un marco más saludable para todos.

      17 …truena y no dice…

   Los siseos y zumbidos de los bichitos subían de intensidad; iba creciendo la mañana. Lici Sáez tuvo que eliminar, comiéndolas por necesidad, a las rebanadas restantes del budín con sirope. El que había estado lastrando al cónclave en el desvelo. No le iba a quedar a la fauna aleteante y cantora, ni una miguita. A Greyú le repugnaban los pájaros; decía ella que les veía una calidad de víboras.

   En su observación desinteresada de los anaqueles con libros, reparaba el pintor en tantos colores como de acuarela que tenían. Un último trago del café le arrastró las migas del budín bodega adentro. Estas cosas dulces se conllevaban con sus ganas de repasar las escenas de la convivencia con Greyú. Se encontró recordando una derivación de pocas semanas atrás, donde había estado Firo, el hermano de ella:

   “Nos encontramos como casualmente, en Vicente López. Yo venía de comprar repuestos para la moto; y él se me cruzó por la avenida. Todo el tiempo caminando rápido él. Entró a contarme de sus historias. Trataba de convencerme en cuanto de cierto tenían sus averiguaciones en el espíritu anterior, el de los orígenes ocultos. Esa vez enfatizaba en los méritos de convocación y soporte, los que atribuía a un elemento de anticuario que recién había rescatado. No me decía de donde lo había sacado. Era una espada de longitud peculiar. Conseguía disimularla bajo el sobretodo. Al mostrármela en la calle cuando no había gente, Firo me dice de la espada, que era la de un verdugo; había servido para cortar cabezas”.

   “Después entramos a conversar en la chocolatería alemana. Firo estaba esperando a un amigo. Y al momentito se nos presentó ese personaje, al que yo había visto en el taller de Firo. Traía un bulto envuelto en una bolsa de arpillera. Este señor, David Jakiguán, no hablaba casi. Firo le oficiaba de comunicador. Y así me mostró el hermano, que bajo la arpillera había un tucán en una jaula. El tipo traficaba con fauna silvestre. Es una actividad punida, por muchas leyes que se dejan de lado. De todos modos, el Jakiguán no dejaba de observar la entrada de la chocolatería y la mirada de las gentes en ese local de Vicente López. Esa tarde, con la intermediación de Firo, le compré al sujeto una botella con jugos de la selva. Aquella vez quedó guardada en la heladera, hace semanas. Salí de la chocolatería lo mejor que pude. A Firo no lo volvería a ver. Me desaparecí para acá; hoy es un buen día; y voy a ver que viaje tiene esta botella”.

   Entonces, Lici bebe de la poción selvática. Recorre con pasos lentos a la sala. Mira atentamente por debajo de revistas y en los montones de papeles, hasta dar con un anotador. Y entonces se ubica para escribir informadamente sobre lo que puede pasar:

   “…Esta conexión con la palabra, construye castillos, desenvuelve arenales. Los arrancadores aún viven, sumergen y rescatan los gritos de furia. Los arrancadores enuncian, son papel de diarios en un linóleo”… El Lici escribe silencioso; diciéndose pintar su futuro cuadro que imagina. Y recomienda a su propio pincel futuro los pasos a proseguir: “…Muslos de contorsión; delinear perfumes; raíces que estallan; pasos de cian circulan lejos; ¿y como es continuar, corazón pavimentado?”

ACHALA, Deidad del Panteón Budista, de fuente WILDMIND.ORG/ "Namah samanta vajranam chanda maharoshana Sphataya hum traka ham mam".

ACHALA, Deidad del Panteón Budista, de fuente WILDMIND.ORG/ "Namah samanta vajranam chanda maharoshana Sphataya hum traka ham mam".


   El pintor, dentro de la cabaña, dejó de inclinarse sobre su escrito, tomó una revista donde unas fotos mostraban la minería de los garimpeiros. Centenares de hombres mezclados en el barro, con la cosa. “…Los borrachos en tanto discutían dentro de los patios con eco”… El Pintor comenzó a darse cuenta. “…Tu gorra con el estampado de bebé…” Desde el campito junto a la casa comenzó a entrar un crepitar con humo de maderas. El Pintor veía el ruido y el humo de la hoguera encendida por los vecinos. Hablaban contra él mismo. Lici quiso desentenderse de aquellas voces. Pero se dedicó a completar el vaciado de la botella con la selva adentro.

   En el humo que entraba por la puerta abierta, Lici alcanzaba a notar granos de amarillo brillante. Las burbujas se le iban desmemorando en pequeños pececillos que nadaban en un mar de sémolas. “…El interior del borracho que habla con violencia de si mismo, se transforma en una gran maraca”… En la mirada imaginaria de Lici hay unos tipos haciendo surf; uno de ellos es David Jakiguán.

   Avecillas y abejorros; confusión de los días. “…Las aves domésticas engordadas ya atacan a los borrachos de la película incendiándose”… Desde los anaqueles en la cabaña, los conceptos de los libros se brotan en forma de númenes gesticulantes. “…Es todo alrededor un disparate de beodo. Lenín arenga con equipo deportivo a los alcohólicos, metido en un pantalón corto. Arenas, aguas, inmensidad del carón de piedra y manifiesta le hunde”

   Lici tiene sólo oídos. son los coros de muchas voces que entran por las puertas. Ya no podría distinguir él si de las sátiras se trata; si viene el coro arrollador de la gente de afuera; o si es su propio vozarrón el que bromea. Un gusto de otra cosa, algo amargo en su boca, lo siente al mismo tiempo cuando diferencia las 120 voces, que salen del golpeteo de un pajarito carpintero; un lindo día. Suena el teléfono. No puede recordar él si ya atendió. Pero sabe que es un llamado equivocado.

   –Yo soy este espacio. Este espacio le oyó otro número. Le diré: el número no brota de mis palabras; ¿entiende–. Lici cree haber dicho esto, y que del otro lado cortaron.

   Entró Beto. Se detiene un instante en observarlo a Lici; y se sienta en una sólida silla a contemplar la alteración. Lici después contaría: …“Todos los objetos de la casa, tenían los colores salidos, en fluidez pastosa. La misma cara de Beto cambiaba de colores, como si distintos líquidos le corriesen bajo una piel de vidrio”… Javier Lescano se agregó a la observación con Beto. “…Escuchaba ruidos muy fuertes, golpes de trueno. La barriga me estaba doliendo. Me vino un vértigo. Como estando a las puertas de un abismo pulsátil que se abría y cerraba. Los muebles de la casa empezaron a herirme, con aristas y puntas hostiles. Me quería levantar del piso donde estaba, con la espalda apoyada en la pata de la mesa. Detrás de mi la mesa me sacudía con temblores. Un fragor latiente que aumentaba”

   –¿Notaste cómo le cambió la cara?–. Javier se dirigió a Beto, y le decía a Lici: –Vamos a ayudarte a salir de eso. Tranquilo que te vamos a ayudar, Sáez–.

   Sintió ira Lici entonces, se irritó; y quiso mandarlo al diablo a Javier, pero la ira paralizante le impedía hablar o levantarse. No supo cuanto tiempo pasó. Al desaparecer la sensación de terremoto, levantó la cabeza, y notó que otra vez se había quedado solo. Por suerte, Javier no había cumplido son su papel de guardavidas. Se sentía más liviano ahora. como si las desventuras fueran totalmente un pasado. Se sentía blanqueado por dentro, pero absurdamente débil y embotado, en una novedosa extrañeza sobre sí mismo. La luz, la casa, algunas voces que le llegaban de afuera, eran totalmente interrogantes, cosas raras. Pero su interrogante mayúsculo seguía siendo él mismo.

        18 …te asombrará todo…
   En la ciudad, Greyú despertaba otra vez del sueño químico, dentro de la Clínica. Hasta allí la habían guiado desde una casa en el Delta. Ella había aceptado las indicaciones razonables de su familia. La internación había llegado como algo necesario para su descompostura.

   Le había acometido después de varios días en la casa familiar del Delta. Greyú se había encerrado en su dormitorio. Había terminado con echar por la ventana todos sus libros. Además de romper con dedicación objetos familiares, junto a los dibujos y pinturas que Lici Sáez le había dado. Todo arrojado por la ventana.


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   Cuando Greyú había partido a pasar algunos días con su familia en la casa del muelle, tenía pensado dedicarse de lleno a un trabajo. Había bajado de la lancha completamente mentalizada para su futura tarea. Las conversaciones y las comidas con su familia, habían estado llenas de afecto y de tranquilidad. La cosa había comenzado cuando intentó dedicarse a hacer el trabajo que tenía pensado.

   El proyecto de Greyú incluía testimoniar acerca de un nuevo abordaje para entender la corriente del pensamiento por la Diversidad Cultural. Ella iba a establecer distinciones sectoriales para ese movimiento. Greyú creía que iba a poder comparar las distintas tendencias dentro de la corriente. Creía que iba a poder sumarizar los objetivos liminares del movimiento. Creía que iba a poder echar algo de luz sobre los motivos, las relaciones internas, las periféricas y las exteriores, de la actividad que enfocaba.

   Al ponerse a concretar sus intenciones, Greyú no había podido juntar dos ideas. Cuando se puso a pensar con la lapicera en la mano, sólo balbuceos incompletos llegaban a su entendimiento. Greyú entonces había dejado el trabajo. Y por varias veces se acercó a las aguas en el muelle, intentando conciliar su corazón agitado, con la pasividad de su mente que no podía producir lo que buscaba. Creyó que por el movimiento del río -observándolo y meditando en ello-, aparentemente calmo, que ella sabía por debajo llevaba corrientes y turbulencias; que por observar la tranquilidad de los residentes, la que ocultaba actividades y esfuerzos permanentes; creyó que así, sondeando en su mentalidad apagada, iba a poderla recuperar en agudeza y fluidez. Comparaba la languidez del rio con su estado mental similar, bajo el cual ella conocía sus capacidades.

   Después de sus paseos por el muelle, Greyú volvió a intentar redactar su trabajo. Para eso había llevado consigo obras de fundamento, documentos, apuntes tomados, conferencias, recortes de publicaciones. Entonces consultó, buscó, hizo listas con las referencias, borroneó un flujo de trabajo. Pero todas las construcciones le resultaron inútiles. Cuando quiso juntar los ladrillos, no había con que darle cuerpo a sus intenciones. No le encontraba ni el sentido ni las posibilidades a la intención de hacer ese trabajo. Lo había llevado al Delta como una vía para reconstruirse emocionalmente, fortalecerse en ese aspecto, que esa fuerza luego se volcase para el lado de la vinculación truncada y reparar su capacidad de afectos.

   La primera noche se había encerrado en su dormitorio con la mente flaca, cuando el problema arrancó. Y ni había querido salir después a comer algo en el día siguiente. Se le había despertado hacia el lugar, que antes le había encantado con su paisaje y pintoresquismo, un disgusto de aborrecerlo, por lo que ella estaba sintiendo como un monótono correr del agua, que colaboraba en su dispersión. Ese clima húmedo, que la llenaba de insidiosa melancolía. Volvió a encerrarse, y ya comenzó a odiar todo lo que le había pasado y todo lo que la rodeaba y la hundía. Y esto siguió con el despelote, la rotura, las voces destempladas, la locura de tirar todo, los mil pedazos de ella misma.

   En la cama de la Clínica, despertando otra vez del sueño químico, Greyú Areclio se daba cuenta de que estaba triste. Y su tristeza no llegaba a vivirla totalmente, porque no le daba llanto ni quería otra cosa, nada. Sólo en el entresueño, que no llegaba a hacérsele buen descanso, algo se le conectaba totalmente; y le surgían palabras e ideas vibrantes, que luego no iba a recordar. Seguía sin poder conciliarse consigo misma. Pero en el entresueño había apuntada una posibilidad a descubrir.

        19 …aunque quizá alguien…

   Fuera de la casa habían encendido un fuego. Todos los vecinos y algunos recienvenidos rodeaban las llamas. Y estaban a suficiente distancia de Lici, como para que el pudiese escuchar las voces. Sin embargo las palabras no hacían ningún sentido para él. Parecía que sus amigos habían comenzado a hablar en una lengua extraña. Lici escuchaba y distinguía nítidamente las distintas entonaciones que rodeaban el fuego.

   El descubrimiento de la incomprensibilidad de lo que otros hablaban, se sumaba a la incomprensión sobre él mismo, en su novedad como fraguada, la de un despertar recién hecho. Ese caos de afuera, y la desvalidez por dentro, lo llevaron a Sáez a quererse aclarar y a poder entender. Por lo cual agarró un libro. Allí en la cocina no pudo llegar a leer las páginas. Pero quería pensar, comenzaba a reorganizarse.

   –¿Qué hacés acá adentro?–, lo interrogaba un niño de voz atiplada.

   –¿Y vos de donde viniste?–, repreguntó Lici. –¿Qué me querés, convencer de algo?–.

   –Ah… Nosotros vinimos en una visita guiada. ¿Pero vos qué hacés; te vas a cocinar algo?–.

   –No; estaba pensando en prepararme un té, mirá–, le decía Lici, al tiempo que encendía una hornalla. –¿Querés tomar vos también?–.

   El niño no le contestó y volvió para la sala. Unos segundos pasaron y de repente entró el torbellino de una mujer protestando. Tomó al niño de la mano, y en medio de retos por haber dejado el fogón, lo fue conduciendo de vuelta a la reunión. Lici se puso más tranquilo, aunque no había tenido ninguna relación con sus propias palabras. Su voz le salía a borbollones y altisonante. Le había querido contestar bien al niño; pero le parecía que sólo había estado gritándole.

   El Pintor terminó de prepararse el té, y pudo llegar con equilibrio hasta la mesa de la sala. “…Voy a sentarme para organizarme un poco. Escribiré más de esto que me pasó. Escribiré acerca de la disgregación. Construcción y la realidad. Voy a poder pensar mejor escribiendo”… En forma tardada, sin dejar de mirar a la manifestación de tanto en tanto, ya que le llegaban voces y movimientos desde el grupo colorido alrededor de la hoguera, el pintor Sáez comenzó a anotar: …”Apuntes para un Manifiesto Popular Iniciativo”… Le parecía un buen título, y continuó:

   …“Dentro y frente del tiempo aliciente superado; Estos visitantes toman del aliento y la monserga; Corista infinita con su pasado inacabable; Elogia ella previamente la escucha; Y aquellos clavecines ardorosos aclamados”.

   “Junto al pasto el escocés se ha quedado comentando; La lucidez precipitada; Y guarda y pliega; En la arena, en la noche; Otra promesa y llueve; Sobre la tripa lisa, entre queridos habitantes”.

   “El ángel rival alrededor olfatea señales; De pequeñas cosas agregadas importantes; Tantos plexos dados vuelta de contacto; Y cuando la corteza del vivir; Revele con lugares blanqueados; Ante nuestra vista y por arriba; De tantas cabezas la plenitud; Habremos llegado a destino; Y que algo se nos cuente del hogar”…


Un lugar en el mundo, cerca de la boca del Rio.

Un lugar en el mundo, cerca de la boca del Rio.


   Había terminado con su escrito, pensó. Se distendió en la silla. Lici miró hacia el mediodía luminoso afuera. Se demoró un rato observando al grupo de los visitantes reunidos en el campito al frente. Con decisión y rapidez repentina, Lici se levantó, fue hasta la cocina; y metió su cabeza bajo el chorro del agua fría.

   Aguantó la sensación, de lo que para él eran como agujas de hielo, durante minutos. Y las nubes de colores luego comenzarían a retirarse de la interposición entre su mirada y los espacios. Aguantó algunos minutos; y el ardor vibratorio de su pecho también comenzó a desaparecer. Lici respiró hondamente, sentándose por otros minutos más. Volvió así refrescado hasta la sala.

   La gente reunida en el fogón del jardín estaba cantando. Otros se dedicaban a retirar las cosas que fueran para la comida del grupo. Lici Sáez salió al patio delantero y se encaminó al vivac. El niño que había entrado antes en la cocina lo veía acercarse.

    ~fin   

   La novella que terminamos de poner aquí, ya había tenido pubicación, por tramos, en un blog anterior mio. La historia completa, puesta en tu consideración, creo que no está tan mal. Que la puedas disfrutar. Bienvenid@.
   Y por estos días (2009-05-30), me sentí convocado por la Señorita Areclio, para hacer con ella otra instancia más deportiva, algo más optimista que la Clínica… Veremos próximamente si es posible que atraviese su trance de otra manera, quizá más normal.
Así es, en 1º de junio 2009, un cuento hay, con Greyú Areclio optando por otros riesgos menos aburridos que la actuación enfrascada y maníaco-destructiva, →por aquí.



Sergio Edgardo Malfé.   
Morón, Pvcia de Buenos Aires, Argentina   


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2 comentarios so far
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[Tenemos otra instancia más deportiva, algo más optimista que la Clínica, para Greyú.] Anexo para esta Novela-Aquella-Isla”.. [..en Aquí está hondo, pero avanzar…]

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[Otra gente, quizá trabada y/o en vías de separarse, como ellos en ésta.. ] ..novela-aquella-isla [..A esa gente se la encuentra en un relato: Sandalias .]

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