Hipersalenas


# novela-partidas-lucero\: ..”:contrito, :ciudad, :vertiginosa, :imponer, :carteles, :billetes, :niña, :dormida, :milagrismo, :modalidades, :numerario, :desenmascar, :soniditos, :nave”…

      Partidas de Lucero Arueta.


por Sergio Edgardo Malfé      

1

   Anuncios luminosos. Voces que se cruzan. Andando, yo sabía que debía de haber cientos de figuras como yo, por todo el mundo. Y todos ellos, en una búsqueda y con un obrar, suponía, en la misma dirección. Simplemente era cuestión de entrar en contacto con ellos, …como desde un submarino digitalizado, donde todo lo que se diga se va a optimizar.

   “Algunos de ellos quizá tendrán mejores medios y oportunidades”, pensaba yo disculpándome y agradeciendo, al mismo tiempo que en oferta de mi alivio. Porque perdonaba entonces, cuando escribía, registraba, planeaba. Ahora ya no; pero entonces había escuchado la digresión cruzada. Y así fue, con esas voces, como decidí comenzar, asumiéndome en la misma dirección, pero alcanzando a abandonar inconveniencias.

   Fue una digresión oída. Antiguos familiares que reconocí, en la andanza nocturna, entre nubes bajas:

   –Creo que ellos entenderán. El descubrimiento los puede dar vuelta, con su apertura conjunta. Además yo creo que lo han olvidado. Que ya no se acuerdan–.

   –No hay descubrimiento. No creo. Nos conviene hacer que esté tranquilo, en calma. Pero al salir nadie se pondrá mal; sin permitir que algo se nos escape. Si ellos se olvidaron, nosotros no debemos de permitir escurrirnos de ningún detalle. Cualquier partícula puede ser importante–.

   –Vamos a conservar nuestro acuerdo, si seguimos trazando este camino de regresión, y fijándonos bien, claro–.

   Y se alejaron andando. En su luminosidad encapotada voltearon la esquina. Nocturnal recurrencia permanente, con crecimientos a veces, para que pensemos.

   Los familiares ya habían digresionado; y yo me quedé aislado, con la sensación de formar parte de un universo de gentes que aman y piensan. Fue esta sensación casi cósmica: el hecho de quedarme conventual y alérgico. Pero también cuando aparecieran estas pistas de comunicación con el pasado, y esta presencia de ellos; entonces yo me sintiese mejor. Simplemente por conocer algo de los antecesores, uno se puede sentir mejor.

   Comencé entonces a indagar con más cuidado y desentrañadamente, por algo que me hiciera más feliz. Sabía que si yo lograba ser un poco más feliz, entonces podría obtener para otros, también mejores momentos.

2

   Sin más demora, al volver, atrapé las piezas de vestimenta que me parecieron a tono. Fui poniendo la ropa adentro de la valija rígida de plástico que fue regalo de mi madre. Pero no pude mantenerme en ello constante por corto tiempo. Pero pude deshacerla vertiginosamente, volviendo las prendas a sus cajones y sus perchas. Enseguida pude también volver a armar la valija. Y así sumé, en los mismos movimientos rápidamente combinados, las lecturas recomendables al equipaje. Y agregué la valija a mi decurso. Yo sumado a la madrugada cuando salí a la Avenida, sin saber a quien conocer; o si tendría auto, o si debería caminar mucho con la moneda de plata en la mano, o si me iba para Punta Badero en el coche-cama. Aunque en el ferrocarril, ya sabemos, no hay salvaguardas. O quizá bajo los platanales ir al subterráneo, la camioneta por una moneda de Sol. Y el aeropuerto del simulador, …el avión, la lancha. Los que se van, se van.

   Arribé a partir. Y cuando ya casi estaba despegando del muelle la nave fluvial, a bordo debí de hacer precipitadamente un cambio, pero de trenes. Fui hasta las oficinas para sacar otro pasaje.

   Allí estaba ella, con su costumbre lenta, grave y ambientada; esa mujer; mi ex-mujer. Cerca de ella, esta vez había, un personaje de turbante, que necesariamente era aconsejado, por amistades fugaces, con malevolentes dichos sobre mí. La concurrencia en la sala de espera, bebía unos tragos, en copas delicadas y talladas. Todo el estiramiento protocolar y la ceremonia, para el abordaje oficioso de la nave, se desarrollaba como en la alfombra de un foyer de teatro lírico. Mi ex-mujer seguía molestando, tanto a mí como a las relaciones mágicas que yo llevaba conmigo, dentro de la valija, a la que yo había conseguido miniaturizar. Por fín ella se fue a tomar su tren para Nichni. Pero antes interrumpió mi pelicula en la penumbra con una especial caminata. Redondeaba la sala con pasos arrogantes, debajo de esos globos eléctricos e hirientes. Ella se fue a tomar otro tren por fín. ¡Cuánto odio y cuánto alivio, cuando fui acercándome a tomar otro pasaje!

   Al llegar a la ventanilla dije sin pensarlo: “Para Obiralofka”. Por tan malamente como dije el nombre, cuando tuve el pasaje, debí precipitarme dentro del baño, para vomitar. Fui encaminado ahí por las señales desopilantes, con las que me ayudaron dos gratas señoritas, que se habían quedado en la sala de espera. Aunque ellas con ciertas protestas por lo destemplado de la hora y mi demora.

   Yo debería ajustarme a los ritmos de la gente que había superado con vida todo ese desastre, esto comprendí. Y así me apuré encarnizadamente para entrar al cubículo pulido. No tuve tiempo para leer las indicaciones estampadas; ya estaba vomitando. Me había seguido ese par de señoritas, y se habían metido tras de mí al pequeño ambiente. Con todo el apuro de las circunstancias; y entre suspiros y risas por ese asco de mí mismo; ellas me ayudaron a mojarme la cabeza. También recortaron y cosieron mis mangas. Decían: “quien te parte y reparte te cose bien parte con parte”. Perfumaron mi pañuelo y con la fragancia me reanimaron rostro y sentidos. Y yo podía opinar fuertemente; y así dar mis exclamaciones acerca de las luces de bengala. Luces de las fiestas, pudimos ver esto por el ventanuco. Salimos enseguida del pequeño espacio sanitario, para que me pudiera ver el Oficial desanimado y contrito. Sabíamos con mis amigas, que este náutico se sentía desahuciado; pero él no iría a exagerar su pena.

3

   Entonces se había quedado quieto al borde del andén embarcadero. Yo me despedí con tanto afecto y rápida cordialidad de mis amigas, en nuestra perenne compañía ósea y cantante, así como estábamos tan ciertos con ellas. Y poniéndome la máscara, me acerqué al Oficial, para poder reaunudar con un breve saludo, ese viaje algo melancólico.

   Conversando con el personaje naútico en el tramo barroso que aún restaba para llegar a Punta Badero, aprendí muchísimo sobre como debía comportarme, con quienes iban a ser mis prójimos. El hombre me instruyó sobre las horas y lugares en que mi aparición sería bien entendida. Creía que me habrían olvidado; que ya no se acordarían. En ese pueblo de la costa, iba a necesitar también, de una buena cantidad de moneda. El jefe sacó de su atavío un portadocumentos rebosante de billetes; e interrumpió cualquier intento de los que hice para despejar la situación angustiosa. Yo debía de estar en calma. Ningún detalle se me fuere a escurrir. Tendría que fijarme bien. Siguió hilvanándome con nombres, direcciones del agua potable y del suministro de energía. Hasta que con una patada en código, el vehículo chirriante fue conducido al muelle, para que yo pasara a poner mis pies, en esa pequeña ciudad marítima. Para que yo pudiera ver como el amigo náutico se despedia de mí, agitando la mano entre el ruido, el humo y el vapor de la máquina, en la que siguió, hasta que nunca más volvería a verlo.

   Con tristeza liberada, me incliné sobre mi valija, y eché una maldición por tanta amargura hasta entonces. Yo entendía que alguien me había hecho justicia una vez, pero aquello había terminado, como este viaje; y yo me encontraba en un nuevo lugar. Así que me fui hasta el hotel y restaurante que me gustó. Entré en el salón con mi valija. Me fui hasta el bañito y me lavé bien las manos con un lindo jabón. Volví al comedor; y con cierto suspenso a mi alrededor, me junté en un sentarme zambullidor con mi valijón y mi recomenzado transcurrir.


Paisajes costeros

«..una concordancia libre con los tiempos y ambientes diferentes..»


4

   A los dos meses de llegar a Punta Badero, yo ya me había organizado, en un pequeño taller de letreros que instalé, dentro de un garage que pude alquilar. Había seguido viviendo en el hotel un tiempo más. Hasta que pude llegar a un arreglo, con los dueños de una peluquería; también ellos dueños de lo que fuera una bodeguita, en donde instalé mi taller. Y en los altos del garage, ocupé una habitación, que cuando la bodega tenía funcionamiento, había servido como local de trasiego, para el vino que allí fabricaban. Hube de retirar toneles, garrafas y recipientes de barro, para mudarme. Y el perfume vitícola me siguió acompañando todo el tiempo que ocupé aquel hospitalario cuarto.

   Iban pasando los meses. Me dediqué intensamente a la actividad sudorosa. Hacía carreras alrededor del pueblo todos los días. Bebía mi aperitivo con ingredientes, casi todas las tardes, en las mesas del bar; en el hotel que aquellos primeros días fuera mi albergue.

   Desde las mesas del bar, fue como comenzó mi conocimiento con Bébe Clemente. Y fue él quien después, me fue haciendo conocer a toda la granja Causarya. Bébe y yo contamos en un principio, con las bebidas del hotel para facilitar la amistad. Al poco tiempo, ya Bébe me estaba acompañando en mis carreras atléticas. Surgían en los entrenamientos, favorecidas así, por la personalidad transparente y los lazos claros que tendía Bébe, su elocuencia y franqueza se me iban develando.

   Cuando me mudé completamente para el taller de letras, Bébe venía rutinariamente por mi casa, en cada vez que se llegaba desde la granja para algún trámite. Miraba mis carteles con atención. Se interesó al tiempo por el hecho de verlos todos diferentes entre sí, como hechos por distintas personas. Le conté mi enfoque y le hice ver acuarelas de Kandinsky. Cada trabajo mio, le aclaré, está lejos de querer ser algo personal. Las imágenes son más poderosas, cuando interpretan necesariamente con sus formas, así le dije, una concordancia libre con los tiempos y ambientes diferentes.

   Por entonces, yo ya sabía, por lo que él me había contado, del sistema cooperativo en que vivían todos los integrantes de la granja. También trataba de entender yo cabalmente, sin obsesionarme, aquella organización familiar. Todos eran amigos íntimos, me parecía que unánimes; pero al mismo tiempo con la prioridad de algunas parejas en convivencia, como sacramentadas en pos de Quetzacoatl. De las peculiaridades, cada tanto recibía noticias por Bébe, quien me contaba de divorcios, religación de parejas, y así también de su propia independencia distraída, que recibía breves y cálidos obsequios, en ocasiones durante el día, pero así también en algunas largas noches, cuando alguna de las vecinas tenía que mudarse, y entonces inauguraban largamente un nuevo hábitat. Bébe ponía su entusiasmo desapegado e inocente, junto a la dueña de casa, quien le daba sus arranques generosos y tiernos. Bébe tuvo después oportunidad de contarme, cómo esa patrona decidió no recibirlo más. Y por ese aparte, me detalló, …se le dió que todo se había puesto de atardecer inefable y extraño, cuando él disponía las cestas con peces, junto a las gavillas de lino, sobre las cubiertas de Causarya.

   Yo seguí corriendo alrededor del pueblo, y así pude darme a conocer con mucha gente, que después quiso mis carteles. A estas corridas venía conmigo Bébe bastante seguido, que se volvía luego a Causarya, cumplidos otros trámites que tenía que hacer en el pueblo. Mis carteles y letras empezaron a tener clientes, a ser conocidos y pedidos por algunos de los chacareros alrededor, en la zona más rural y abierta. También tuve que ir por algún compromiso hasta algunos pueblos vecinos.

5

   Para cuando Bébe me invitó a conocer Causarya; fue por una coincidencia. “Ya que vas ahí, podrías acercarte y conocer la granja”, me dijo. Porque al dia siguiente debía yo de ir a entregar un trabajo en lo de un vecino de ellos. Para entonces ya hacía dos años de mi llegada a la zona. Con Bébe ya tenía conversados mis apuntes y registros de anoticiamiento, los partes de batalla sobre mis luchas interiores. En el final de aquella mañana completé los tratos que teníamos combinados para esa fecha con un quintero. Por encima de la alambrada, él pagó mi trabajo, conforme con el letrero que yo le llevaba. Completada la cosa, me alejé caminando.

   Así que cuando me fui acercando al portón de la granja, y lo ví a Bébe junto a las casas, convergiendo en el mediodía, conmigo invitado, también él me vió viniendo. Y se despidió de una mujer y una criatura, que se alejaron entre los árboles camino de un galpón. Pero Bébe se adelantó hacia mí abriéndome la verja. Después de saludarme me habló serenamente:

   –Apenas si tengo tiempo para cambiarme y salir. Tuvimos un problema en el Centro, con un compañero, que pagó con dinero falso en un hotel. Vino la novia recién. Y al compañero lo retienen en una seccional, para averiguarlo. Pero lo van a dejar libre cuando le paguemos la cuenta a los del hotel. También ahora, …que venís a vernos, …justo nos tiene que pasar esto. ¿No me querrás acompañar en la camioneta?–.

   Para mi, que había tenido que preparar mis nervios de alguna forma, para conocer en ese día la granja, aquella novedad de ir al Centro no representaba ninguna molestia. Sino que, todo lo contrario, me desembarazaba de cierta pesadez ceremoniosa. Acepté la invitación de Bébe. Y me quedé unos minutos solo en el pescante de la camioneta, mientras Bébe entraba en la casa a cambiarse de ropa.

   Mientras tanto, descansaba, haciendo cálculos sobre como podría hacer algo beneficioso al ir al Centro, utilizando este viaje imprevisto. Así estaba a la espera; cuando se me acercó imprevistamente alguien a quien no había oído, porque el molino con sus ruidos cubrió el sonido de sus pasos. Aproximación fuera de mi vista. La criatura, parecía una nena de más o menos ocho años. Tan imprevista como su llegada, fue la cuestión con que se me presentó. Me preguntó con voz ronca esa nena; si yo tenía una pipa de fumar para prestarle. Yo no me moví ni le contesté. Sino que simplemente me dediqué a mirarla callado. La criatura no se detuvo ni agregó nada más. Enseguida se alejaba, siguiendo el sendero entre los árboles, camino del galpón.

   Al poco tiempo ya estábamos con mi compañero en la ruta, entrando con esa vieja camioneta, en la corriente del tránsito. Era posible ver los muelles, en las aguas paralelas al camino.

   La gente entraba y salía de los terrenos ribereños por los pilotes de los muelles. Iban y venían con sus aparejos de pesca. En algunos tramos elevados del camino, podíamos ver por sobre el albardón, a las aguas transparentes, pobladas con muchos peces. Habíamos estado callados desde que partimos. Rodaba lentamente la vieja camioneta gris, con ese trabajoso motor, como limpio acero en brega, sobre caminos que preferentemente deberían ser de tierra. Yo tardaba en olvidar la contingencia de la pipa. Bébe no parecía tener motivos para seguir tan callado. Quizá conservaba el silencio por respeto al mío; acompañando así con su silencio a mi introversión al andar en la ruta. Contemplábamos las aguas; y yo empecé a reconectarme con mis alrededores. Bébe pareció darse cuenta; y empezó a hablarme, pero estrictamente conmigo.

   –¿Cómo sigue tu novela?. Ya lo sé; debí de haberte preguntado esto antes. Pero me parece, que igual tenés motivación para seguir trabajando–. Mientras me miraba como continentemente, siguió Bébe preguntando: –¿La desestructuraste, la volviste a armar, cómo vas a seguir?–.

   –En realidad quiero seguirla; quiero rever todas las notas que estuve tomando. Lo que sucede, es que quiero hacerla más vertiginosa. Pero no debo permitirme que se escurra ningún detalle–. Yo miraba de reojo a Bébe que sonreía brevemente. Seguí contándole: –Para imitar que empiezo de nuevo, la tendría que reestructurar capítulo a capítulo, pero todo tendría que ser más enganchado con un desmodelado como taoísta. También estoy un poco cansado; pero igualmente la siento vivir adentro mío. Así que podés irte preparando para algún simulacro en algún momento. Hay que ver si puedo hacerla más eficaz, al ponerla más vertiginosa–.

   –¿Qué simulacro? ¿Cómo te pensás que vas a desarmar todo lo escrito y también hacerlo vertiginoso?–. Bébe manoteaba irritado la palanca de cambios; para agregar: –Para que puedas lograrla más fluída y rápida, tendrías que producir un descubrimiento que pueda darla vuelta, con una apertura conjunta. Convendría que le instales por lo menos un teléfono–.

   –¿Para qué, Bébe? Siempre eso, la afección permanente, la inclusión orgánica permanente. Uno va hablándoles, dándoles el corazón, para reemplazárselo con el cráneo o con un poco del hígado. ¿Y para qué? Yo preferiría hacer body-building, antes que ponerle el teléfono a la novela–.

   –Mirá viejo. Vos sabés que esto es algo solidario. Yo voy a contar hasta diez lentamente; y ojalá que se te ocurra algo–.

   –¡La gran siete!. Pará. ¡¿Siempre con la verduguita?! Se tienen que dar cuenta. Yo siempre aposté a que se iba a dar vuelta la turrada. Siempre quise que se diera vuelta la máquina sádica; y creía que me iban a devolver los cheques. Creía que en el momento final, antes de Eso, ella iba a renunciar, como digna novela; no iba a ser verduga, que iría a creer en mí–.

   Bébe hacía malabarismos con el volante para sacarse por la cabeza un pullover que parecía molestarle. Ibamos a sesenta kilómetros por hora en una camioneta llena de polvo. Cuando completó la maniobra; sacó una revista del bolsillo de la puerta, en su lado; y me la alcanzó.

   –La urgencia. La urgencia. Es una enfermedad, viejo. La novela te puede arruinar a vos; y por la urgencia. Si te sigue mordiendo, es por Eso; y no porque esté de acuerdo en verduguearte. Y vos también, por la urgencia, querés cambiarla para que sea vertiginosa–, dijo Bébe al tiempo que sacaba la camioneta de la ruta para estacionarla en el albardón.

   Yo no quería agregar a la conversación ni una sola referencia a mis débiles ganas de trazar un camino de digresión. Pero tampoco me quise deleitar en la resignación. Como para que se apartase de mi esa copa, mantuve la revista cerrada ostensiblemente entre mis dedos, cuando abrí la puerta de mi lado y bajé al suelo. Dando algunos pasos, quise alejar el envite de la resignación.

   Despues de cerrar con un fuerte golpe, Bébe se había recostado en el guardabarro más cercano a mí. Y él continuaba hablando. Parecía dispuesto a indagarme todavía. Yo daba cortos pasos frente a él de un lado al otro.

   –Supongamos que nadie tenga la más mínima idea sobre lo que estás haciendo–, me decía con los brazos cruzados ante el pecho: –Tampoco nadie entenderá lo que querés decir escribiendo. Supongamos esto también. Además yo creo que se olvidan de todo. Entonces, ¿para qué querés urgir a un suceder eficaz?. Quizá vos mismo pretendés ser apurado por otros. Por ahí sos vos el que por vértigo quiere ser víctima de la verduguita. Quizá en realidad querés que al corazón te lo muerdan–.

   –No es por lo que los demás supongan de mí; ni por lo que yo tendría que hacer entonces–, le contesté yo a Bébe, tratando de hacerle ver que estaba sosteniendo esa revista en la mano: –No es por eso que quiero cambiar todas las figuras. Yo quiero imprimirles, antes que vértigo; y te concedo esa mejora; mejor que vértigo quiero infundirle atractivo. Entendeme. Magia para que los demás y las mismas figuras se den cuenta, de todo lo que suponen de ellas mismas. No ya de mí; que al fin y al cabo sólo los estoy recordando. Sino todo lo que se suponen de ellos mismos. Claro que también como actúan; a partir de las suposiciones. Entendeme Bébe; no es que yo sepa para qué quiero que se den cuenta. Quizá para nada que tenga que ver con ellos mismos. Quizá dándose cuenta, ya no los tenga que evocar más, me dejen tranquilo, quizá por eso al final–…

   Me detuve a mirar el curso de las aguas, con sus transparencias y su multitud de bichos. Vimos como algunos peces se acercaban a mordisquear bajo los muelles. Bébe parecía haber asimilado nuevamente un sentido en mi silencio; y permaneció conmigo silenciosamente mirando los muelles, los peces, la gente en los muelles. Luego tuvimos una conversación, en la que mi compañero me dio a saber, que era el dueño de uno de esos terrenos con muelle. También me habló de los peces. El dice que son rayas. Y hablamos de la forma apropiada en que se anudan las tanzas, y del tejido de redes superpuestas: los trasmallos.

6

   Fue al retomar nuestra marcha, cuando iniciamos una profunda conversación, acerca de las cafeteras para el hogar y la oficina. Cuánto, que precio, que volúmen, que cantidades de café molido, con que grosor. Y con qué materiales se hacen.

   Al entrar en el Centro, por la Avenida Lagunas, la seducción de las cafeteras nos había llevado a distinguir los variados sistemas de hacer café. Bébe insinuó haber visto una vez, en un negocio por la zona de Los Altos, a un aparato alambicado, que se conectaba a la cañería de gas. Yo intuí que presumía falsamente. Y me fijé en seguir la brecha de los distintos sistemas nacionales: italiano, brasilero, francés, español… También mentamos a la maquinaria eléctrica, de filtros descartables. Bébe distinguió las de bola, “que las de bolita son otras”.

   Entre los dos fuimos intercambiando bastantes datos, sobre distintos lugares, en donde podríamos llegar a admirar esa pluralidad de cafeteras. Algunas de vidrio, otras de metal, otras de otros…

   En los momentos de silencio, cuando nos encontrábamos inefablemente seguros por lo alto, de que el próximo tema nos iba a remontar a un entendimiento más pleno; yo miraba descuidadamente esa revista. Un par de veces, Bébe detuvo la camioneta para caminarle alrededor, pateándole los neumáticos. Y también pretendió sacarle la tierra, con algo que parecía el resto de un plumero.

   La última vez que nos detuvimos, en una avenida que esquinaba a un parque, combinamos con Bébe la actividad de cada uno dentro del centro, en la ciudad, para esas próximas horas. Sentándonos en un banco debajo de la estatua de Garay, arreglamos que mientras él se ocupase del asunto policial, yo me encaminaría por ahí con episodios distintos; para más tarde volvernos a ver. El lugar para reencontrarnos sería un Centro Religioso, donde se daría cierto Festival, “que me iba a interesar”.

   Después de registrar la dirección del festival, yo me alejé caminando, con la intención de meterme en un frecuentadero que recordaba. Conseguí ubicar el Bar, con sus grandes ventanales dando al Parque. Continuaba coherente el lugar desde que yo recordara, con un estilo de concurrentes respetuosos, que ocupaban las mesas en conversaciones apasionadas y discretas. El amplio lugar aceptaba la luz de la tarde; y la gente ese día parecía bien dispuesta a completar su jornada con buenos intercambios.

   No pasó demasiado tiempo hasta que lo noté: un único elemento de agitación, por sus cambios contínuos. Allí estaba aquel lustrabotas, ya encanecido, que desde hacía tanto tiempo yo suponía de orígen griego. En realidad él podría haber sido griego o libanés. De cualquier rama en común con las mías mediterráneas. Pero yo le sabía; sintiendo ese lazo por el lado de los antepasados; esa consaguineidad que me era evidente; hasta en la candidez maciza con que se manejaba pletórico en su trabajo.

   Al irme ubicando en la escena del café, se me iban juntando bien parte con parte, y pude observar desafectadamente a alguna gente en otras mesas. Ahí bien colocada sobre la barra, estaba aquella muchacha, que acostumbraba vender entre las mesas una Revista Literaria. Parecía aquella vez, la última en que iba a apagar un cigarrillo. Por las energía y cansancio que puso en ese pequeño acto, parecía estar decidiendo que iba a dejar definitivamente de fumar. Fue entonces cuando me ocupó una rara sensación de euforia y bienestar. Benévolamente saludé a la chica; y al poco tiempo estábamos compartiendo nuestras novedades por sobre las tazas grandes de café humeante.

   Aquella muchacha hizo que me pusiera yo al corriente de las novedades producidas por la gente conocida. El tiempo entre los dos se puso diáfano, tan eucalipto. Me fue contando de aquella muestra de dibujos, de esta conferencia, de algún curso. Pero cuando llegó el inevitable momento para que ella se dispusiese a saber lo que había sido de mi, le noté cierta insidia en su mirada, con la primera pregunta. Así que yo intenté cambiar el destino de la conversación, hacia los acontecimientos corrientes, que se habían dado en todas partes. También; y de importancia suma; quería saber como se orientaba ella hacia aquellos seudo-gobernantes nuestros. Porque yo sabía, lo sentía así, que no importaría realmente lo que yo contestase acerca mío. De una manera u otra, dando cuenta positiva o negativa; por cualquier acción sobre la que preguntase aquella chica en dependencia de los mandos, yo intuía que ella, representante del grupo de conocidos, invalidaría toda realidad o logro que yo le pusiese como algo mencionable.

   En la medida en que yo seguí digresionante; y así contestando a sus preguntas, sin ningún mimetismo actitudinal con lo que me proponía; ella había comenzado como a hincharse, y ciertamente a enrojecer. Yo había llamado al mozo; y al encargarle una doble copa de Ron Blanco Piscardi; cuando me lo trajo le pagué inmediatamente. Y dejé a la muchacha, poniéndole yo el brebaje en la mano. Me permití yo balbucear algo acerca de llamarla a la vieja casona de su familia. Noté que se quedaba algo apaciguada. Me fui alejando; gané la puerta y la calle.

   “Alejarme del Bar y de esta zona. Caminando a este ritmo. ¿Por qué no intentarán desprenderse en algo de su situación como clientes de esta Ciudad? Ciertamente que si uno paga el precio; y puede seguir en su espuma; entonces la ciudad se pone con alguna cosa. Y por supuesto promete muchas más. Ciertos gustos te hacen olvidar el mal olor. Te sintonizás en la galantería y el restaurantismo; y en un día por lo femenino, y mañana la dama por lo masculino, entremeses y postres, y así va”.

   “También clientes con los diversos consultorios para terapias mentales y encantos originales: a reconquistar el sitio libidinal, para después poder pudrirlo, y así va”.

   “Creo que siguiendo por esta calle paso por detrás del Hospital Alemán de Niños; y ahí nomás llego a la Plaza Magna”.

   En la noche de la ciudad se hacen traslados, se viaja. Desde distintos automóviles, gente distinta se habla, imprecisamente de coche a coche. Tanto como yo buscando llegar al lugar del Festival, esa gente se cruza datos acerca de otro lugar buscado. Estoy llegando a la Plaza. Y destellan en mí ciertas imágenes que recuerdo sin proponérmelo. Imágenes donde hay una alta torre de un edificio cercano a la Estación Central. Quisiera decirle a la gente de los automóviles, que sé por donde deberían orientarse, para llegar a ese “sitio de los reflejos”, ya que así ellos lo llaman. Y yo también lo recordé al punto. Ellos seguían conversando de auto a auto y moviendo los coches en cortos trayectos indecisos y volviéndose a encontrar. Yo quisiera decirles cómo llegar; si no fuera porque han agitado tanto…

   Así tuve que hacer algunos cambios en las cosas, unir algunas partes, dar paso tras paso. Tuve que entrar y salir, hacer paquetes normales y de los propios, algunos envíarlos. Para finalmente encaminarme hacia el Oeste, por la calle en donde encontraría al problemático recital. Y allí puedo ver, a una cuadra, la fiesta del Centro Genicario, distinguiendo la puerta iluminada. Entre las crudas luces, ya está Bébe esperándome.

   -¡Qué bien!. Me asomaba para ver si caías; y justo apareciste. Parece que tuviste tiempo de hacer compras-. Bébe reparaba en el inmenso paquete atado que yo cargo en los brazos. -¿Qué llevás ahí, un televisor?-, me pregunta jocosamente.

   -En realidad, tuve tiempo de hacer algunas compras, pero ya las despaché por el Expreso-. Dudo de develarle en el momento, en esa puerta tan iluminada; entonces me acerco para susurrarle: -Es notoria la caja, cierto; pero no tiene nada, sólo aire. Como aparenta de importancia y fragilidad y es tan grande; la uso como truco para obtener un poco más de espacio por la calle. Es por la angustia, ¿sabés? Tuve una charla que me dejó sin aire-, le aclaro. Yo estaba haciendo gestos para imponer discreción a Bébe. Después llegué a pensar que toda la escena podría parecerle ridícula a algún observador, si lo hubiese. Por esto hice que nos alejáramos de las luces, para poder darle a saber de tanta indagación en aquel bar. También comentarle de mi entrada en el departamento abandonado de la calle Bolívar, para hacer mi paquete.

   -Vos debés de haber estado soñando-. Y Bébe me observa acusadoramente.

   -¿Qué te pasa?. Mirá; …un swami “Degalli”, dice que en los sueños es cuando más logramos acercarnos a conocer al Espíritu-. Le acoto yo a Bébe, y continúo agregando: -No es que el estar soñando nos vaya a dar más inteligencia; no por sí mismo. Pero soñar se parece a algo que alguna vez vamos a conocer; o que quizá ya conocimos, y lo tenemos olvidado. Hay una canción que lo dice: “El material de los sueños / es amor universal”. ¿O vos no creés en el despertar a una conciencia espiritual?-. Conminé a Bébe con gestos para que entráramos. Y así pude descubrir un hueco retirado en donde colocar mi caja. Entendía que Bébe aceptaba mi afirmación; y ahí estribé para proseguir:

   -Para saber de aquello sin tiempos, no nos va a alcanzar con soñar pasivamente. Tenemos que hacer algo así como una triangulación con lo que soñamos-.

   Ya me había entusiasmado con esta ocasión imprevista, de hacer conocer mis puntos de partida. Y estaba dispuesto a entrar en detalles, con el ejemplo de cómo había yo construído mi derrotero de esa noche. Cuando Bébe me hizo dirigir la atención hacia una mesita, detrás de la cual hay alguien sentado tranquilamente. Mi amigo Bébe Clemente me miraba entonces en una interrogación muda y completa, con picardía. Yo permanezco callado mirando eso.

   -Ahí tenés. Como el crédito de tus sueños-, dijo Bébe después de mi silencio. –Ese señor no está ahí para vender nada. Si le quieren dar dinero, lo va a recibir. Pero él no cobra nada ni vende Nada-.

   Yo la pensé un poco…

   -Si entendí bien… El tipo se sienta ahí, para tomar el fresco y transactar, a cuenta de que realmente no hace Nada. Que viene, arma su mesa, se sienta en su silla y espera… Como si nada. Todo lo hace como si nada-.

   -Te has dado cuenta; sos eficaz-, decía Bébe.

   Ya estuvimos en el interior del Patio, donde había bastante gente y ruido. Algunas parejas bailaban con la música de acordeones.

   -Algunos están seguros que de esta manera se despojan de afecciones. Por lo menos saben, que no tendrán que ocuparse de lo que pagaron. Pues han comprado Nada. Y ellos dan crédito para que esa Nada sea Efectiva. Mirá;- puntualizó: -Vos le das crédito a tus sueños para orientarte despierto. Ellos prefieren darle crédito a la Nada-. Bébe subrayaba: -No sé si alguien tiene razón-.

   -Creo que hay que ver lo que se busca. Si estás buscando estar; y simplemente eso-, arriesgo yo, …-Entonces invertir en Nada puede ser placentero. Pero si uno está tratando de darse cuenta de un sentido mayor, cabe buscar por una razón de signos. ¿Y dónde vas a encontrar una mejor capacidad significativa que en el sueño?-, pregunté. –Porque en el sueño-, añado, -…nuestra capacidad de simbolizar funciona sin problemitas del tipo picadura de insecto. En el sueño, nos ponemos en fase con algo, que jamás cada uno podrá comprender sólo por sí mismo. En el sueño se significa una muestra en paralelo con nosotros; pero de lo que siempre ha sido y siempre será-.

   -Mirá Arueta; teníamos que llegar a ciertas cosas-, dijo Bébe. –Aguantame un rato, que voy a buscar una gente que quiero presentarte-, agregó. Y se me iba alejando lentamente Bébe, mostrándome intermitentemente las palmas de las manos.

   Dentro de la marea humana del festejo, yo me dí a circular suavemente. Pero no pude engancharme con ninguna conversación. Además, cualquier colocación estable que buscase, me resultaba incómoda. Así que me iba acercando a la galería alrededor del Patio, con una bebida cómplice en la palma de mi mano. La galería brilla con iluminación perpetrante; la que había instalado allí “aquel ingenioso enmarcador dispuesto siempre”, para ayudar a la Dirección, con cualquier arreglo que fuera necesario.

   Algunas de las religiosas internas, del Centro Genicario, se acercaban a un teléfono ahí, ordenadamente, pausando espacios entre cada una espacios. Me dediqué con detenido sosiego frente a las zonas resplandecientes cercanas al teléfono, en cada iluminado cuadro. Todo el patio con su Festejo, se había rodeado con estas pinturas iluminadas.

7

   Los cuadros ahí estaban distinguiéndose, como islas restallantes de luz y color. Me acerqué despaciosamente a una de ellos, para dedicarme a verle un sector blanco con sobrerelieves, parecido a las llanuras fragosas de una detenida observación sobre la luna. El cuadro me hizo recordar cuentos de viajes al espacio. Con voluntad que se me fue haciendo cada vez más concentrada, me dediqué a esa pintura, observándola desde distintos ángulos y distancias; y poniéndome, en mi estudio, por fuera del murmullo de la fiesta.

   Ahí estoy yo frente a esa pintura, alargando mi mano para tocar su superficie, cuando un movimiento desde el patio me distrae. Un señor desde una mesa cercana, sacude la mano saludándome, como si me invitara. Y está acompañado de dos muchachas, que tendrán más o menos veintipico de años, que podrían ser sus hijas.

   Cuando me acerco a la mesa, con buena gentileza, porque la situación no me incomodaba, el señor me dice:

   –Parece que le interesa esa pintura. Usted no se va a molestar si yo le digo que soy Alberto Haiwell; también soy el autor de ese trabajo. Que ha ocupado a alguien por un rato al menos. ¿Qué le parece? Ellas son mis hijas, Beatriz y Nilda. Pero usted no parece de esta Ciudad–. Y ahí se detuvo, mirándome de manera considerada, aunque algo burlona.

   –Vengo de Punta Badero por unas diligencias-, le dije, mirando a las muchachas que sonreían: -Pero en realidad salí de esta ciudad; y cada tanto tengo que volver acá para poner orden en algunos asuntos–. Continúo presentándome, argumento: –Fijesé que como yo tambien me dedico al arte de alguna manera, porque pinto carteles, letreros, son cosas menores, aunque de todas maneras valen, ¿ve?; por eso me detuve con su cuadro. Inicialmente por saber que materiales habían usado–.

   –¿Por qué no se sienta con nosotros y así podemos conversar entre colegas?–. Me señalaba Haiwell una silla; y las muchachas estaban serenas, con las manos sobre la mesa, cerca de las copas. Yo, bastante asombrado: “sentándonos, ya empecé a olvidarme de algo”. Haiwell proseguía: –Yo también vivo por la costa, vea, en Margariños. Pero las chicas me tuvieron que venir a hacer el estudio, aquí en el Centro Genicario. Y yo puse este cuadrito ahora para ayudar en el Festival. Con algo siempre tenemos que colaborar; ¿no le parece?–.

   –Usted nos hace acordar a un tío. Pobre, que ya falleció–. Era Nilda la que hablaba, consultando con la mirada a su hermana que asentía.

   –Tiene la misma nariz, la misma boca; la cabeza suya es distinta–, proseguía la otra, Beatriz, en la comparancia, hablando del color del pelo y cejas. E iba contando con la aprobación del padre y de la hermana.

   Yo me había dispuesto bien para conversar con esta gente. Entonces llegaban estos comentarios, que me provocaban cierto estupor. Me di cuenta de la semejanza de mi situación, con la aventura que me contó Nicolasito Almanza, un fotógrafo que fue amigo mio años atrás, en Adolfo Casares. El también se había topado con una familia sorprendente en uno de sus viajes. Yo ahora me enfrentaba con estos comentarios sobre mi parecido. Ya me preparaba para salir del paso con algún comentario ligero y chispeante, pero sin dejar mi tono neutro. Por suerte, Beatriz alivió mi inseguridad:

   –Pero ahora que recién nos empezamos a conocer con Arueta, no sería el momento para meterlo a la fuerza en nuestras historias familiares. Discúlpenos. Ya vamos a poder hablar de eso. Y más siendo casi vecinos. ¡Cómo te apuras, Nilda!–.

   –Es cierto, que estando a tan pocos kilómetros, vamos a ser colegas, y vecinos. Nos va a tener que visitar seguido en mi taller. Yo estoy toda la semana solo trabajando. Pero mis hijas vienen a verme sábado y domingo–, dijo Haiwell.

   Los tres se habían quedado mirándome complacidos. Nilda transparentaba una leve pesadumbre, como la que se siente cuando uno ha puesto en evidencia un pequeño deslucido. Pero esto me la hacía más plena de atractivos.

   –Así que te gustó el cuadro de papá–, Nilda se dirigía a mi después de un corto silencio.

   Yo recordé entonces que llevaba una copa en la mano; y entre sorbos intenté hacerle saber a la familia Haiwell, de mi inquietud primera por el aspecto técnico, en la terminación del cuadro. Que en pocos instantes se había completado mi interés, con registros emocionales; porque había percibido la bondad estética y expresiva de la pintura. Pero la música de los acordeones, y la gente bailando; no me ayudaban a lograr palabras de las más felices. Así que opté por ser breve. Además, mientras yo hablaba de mi apreciación pictórica, trataba de recordar algo que había tenido en mente, que había dejado una huella en mi memoria. Parecía que me estaban entendiendo. Yo me sentía como un espejo vacío, que pocos segundos antes ha reflejado algún rostro.

   En eso lo veo venir a Bébe, trayendo de la mano a una niñita de más o menos diez años. Una chiquita encantadora, con pelo largo y rubio la nena. Aunque se me aparecía como hosca, con su cabecita baja, y una expresión seria, reconcentrada.


Paisajes Costeros

«..en un paraje llamado Las Tarnodias..»


8

   En medio de risas y gestos de reconocimiento con los Haiwell, Bébe se plantaba a mi lado izquierdo, en tanto que la niña se ponía a conversar con Nilda sobre mi derecha.

   –Ahora que ya se conocen, se me va a hacer más fácil explicarte el lío. Yo te iba a presentar con Don Alberto y las hijas, para que pudieras hacernos este favor–. Bébe me iba diciendo; y mediante cabeceadas y gestos, me invitó a hacer un aparte; quedándonos sentados de través en las sillas. Con palabras cuidadosamente elegidas, y lentamente, me fue haciendo saber una pequeña historia, en la que parecía que yo debía de cumplir un papel.

   El caso estaba en que el muchacho detenido por llevar un billete falso, iba a ser puesto en libertad muy pronto. El es hermano de las chicas, y el hijo mayor de Alberto Haiwell. Con esta familia se veía frecuentemente, aunque hacía años ya que formaba parte de la Granja Causarya. La cuestión del billete se había arreglado convenientemente con el pago de aquello gastado; tal como Bébe había pronosticado. Pero el tema anudado seguía, por el lado de la nenita rubia, que es la hija de Nilda; y era quien había estado colocando los billetes falsos en circulación. La niña como principal responsable, pero había contado con la colaboración de un muchacho Petris, a quien llamaban “el gato”, que había sido marido de Nilda, siendo también el padre de la nena.

   Desde que se separaran Nilda y “el gato”, él había vivido en un paraje llamado “Las Tarnodias”. Allí estaba ocultándose ahora, con la totalidad del dinero falso, cumpliendo así con instrucciones de su hijita. El pequeño problema del encarcelamiento del tío de la niña, había podido ser disimulado como un accidente, para Alberto Haiwell, y para la misma policía, que aparentemente creía que aquel muchacho había tomado contacto con la falsificación, de manera completamente casual.

   Aquí es como yo entraba en la cuestión: Bébe me hacía entender, que todo aquel asunto delictivo, respondía a inquietudes lúdicas de la niñita, quien es en realidad una genia precoz superdotada, capaz de cualquier maravilla o barbaridad. Como yo contaba con un lugar disponible: mi departamento de la calle Bolívar -que se mantenía habitable por mi pago puntual de impuestos y servicios-, entonces estábamos en condiciones para que yo ocultara allí a la chiquita. Nadie se iba a poner mal; conocían de mi honestidad y confiaban en mi. Ocultarla ahí, al menos por empezar, una o dos semanas, para que ella se apaciguase de sus juegos dolosos. También para que la policía jamás pudiera encontrar la real conexión de los billetes falsos. Ocultarla hasta que al caso lo hubieren olvidado.

   Yo había estado comportándome con los prójimos así como debía hacerlo. Parte con parte se unían en ese momento en una forma bien particular, por este tramado que me estaba presentando Bébe.

   Esto tambien era tanto o más importante: lo que se debía evitar fundamentalmente, era la posibilidad de que Alberto Haiwell supiera de las habilidades delictivas de la nena. Don Alberto, hacía muy poco, había pasado por la tremenda pena de quedarse viudo. Se trataba de evitarle este disgusto agregado. Convenía hacer que estuviese tranquilo, en calma. Sus hijas cuidaban de su alta sensibilidad de creador; y las preocupaban esos datos médicos sobre la presión alta, las arterias de don Alberto, su edad, etc, etc.

9

   En pocos instantes, daba un giro completo mi horizonte de metas, al que yo me había dedicado por más de dos años. De alguna manera, la aventura de refugiar a la pequeña falsificadora, no me disgustaba. Pero además –y eso fue lo decisivo-, el inesperado giro me abría la posibilidad de contar con alguna ventaja, para relacionarme favorablemente con Nilda Haiwell; quien me había mirado inquisitivamente varias veces, mientras Bébe me relataba la historia. Nilda, quien me despertaba acreciéndose un anhelo, por conocer plenamente sus encantamientos.

   De todas maneras, preferí sugerirle a Bébe que me diese un poco de tiempo para contestarle. En realidad, no quería poner en evidencia mis anhelos y propósitos, con una precipitación inerme.

   –Pero fijate que tenemos que saber antes del cierre de esta fiesta, si contamos con vos. Sino ya pensamos con las hermanas, que podríamos esconder a Flosie acá, en un dormitorio del instituto. Con más gente de por medio, es más complicado y riesgoso–, dijo Bébe.

   –No te preocupes-, contesté yo. –Que en el tiempo que voy a tardar para buscarme otro whisky, lo voy a meditar, y enseguida vuelvo con la respuesta–.

   Me fui levantando y disculpándome con todos ellos, avisándoles que me iba a buscar otra copa. La niña, de quien recién me había enterado su nombre, se apresuró a ocupar la silla que yo dejaba vacía. Pero Alberto Haiwell me detuvo:

   –No se puede ir sin llevarse nuestra dirección y darnos la suya. El Festival está tan animado y va a seguir por muchas horas-, me dijo afablemente. –Y usted se nos puede entretener por ahí con alguien–.

   Haiwell tomó una de sus tarjetas, y por no alargarse encima de la mesa, se la dio a Nilda, quien me la alcanzó suavemente. Yo, que ya había tomado mi decisión; y ya creía que Nilda iría a tomar contacto conmigo cuando visitase a la nena, tuve que simular ese intercambio. Y anoté mi dirección de Punta Badero, ya que la del departamento no era de darla a conocer, y por ahora quedaba entre Bébe y yo, …”quizá también con Nilda que nos vendrá a visitar”, …pensaba yo.

   Me fui alejando, después de un breve saludo, en camino al Bar, esquivando a los bailarines. Las conversaciones en el centro del patio, el baile y el batifondo de los acordeones, iban en aumento. Elegí entrar en un cuarto de los que rodean al edificio, en el nivel del patio. Al cerrar la puerta, pude dejar atrás por unos momentos el ruido del Festival.

   El cuarto tenía esa puerta que daba al patio, y a derecha e izquierda otras puertas, en las paredes opuestas. Adentro había un mueble, archivo o guardarropa; y algunas sillas. Elegí abrir la puerta sobre mi izquierda, no sin curiosidad, pero manteniendo así mi andar en dirección al Bar. Yo sabía que ocupaba una de las habitaciones del frente del edificio.

   Esta vez me encontré con ciertos sillones y unas vitrinas pobladas de especímenes de patología médica. Pero a mi frente, otra puerta así como la que había dejado atrás; y la tercera infaltante que daba al patio. Seguí avanzando, para dar en cuarto con cuarto similares. Ya no escuchaba el ruido de la fiesta, porque me impresionaba más la variedad de cosas y de estilos, en cada una de las innumerables habitaciones repetidas. Una, repleta de plantas de ornamento, colocadas en caballetes sobre tablones. La otra, con todos los implementos de un laboratorio de análisis clínicos. Esta, más cercana, con sillas y pizarrones como si fuese un aula. Y en la que acababa de desembocar, me encontré con alguien ocupado delante de dos grupos apilados de frazadas.

   –¿Por acá voy bien para el Bar? ¿Llegaré por adentro?–, le pregunté al hombre calvo, con barba sin afeitar, ya entrado en años.

   –Por adentro puede dar la vuelta a todo el edificio. El hueco donde usted dejó esa caja hace como una hora, es una puerta lateral en las habitaciones del frente–. El señor se había vuelto hacia mi, para preguntarme, con las manos en la cintura:

   “¿No me daría una manito con las frazadas?”. “Tenemos que pasarlas todas del lado derecho, para hacer pilas sobre la izquierda”, me explicó, al ver que yo accedía.

   Aquello se demoró unos pocos minutos. Cuando hubimos completado el traslado de las frazadas marrones hacia la izquierda, el hombre se ubicó en el centro del cuarto. “Antes para entrar al club tenías que hacer títeres”. “Ahora nos toca ocuparnos de estas frazadas”, decía el señor señalando las piezas de tejido, apiladas en una esquina del cuarto. Y moviendo ese brazo levantado hacia su izquierda, para señalar otra esquina, me preguntó: –¿Seguimos?–.

   Comprendí del hombre en la situación, que consistía aquello en hacer rotar, de esquina y hacia la izquierda, las pilas de frazadas. No, gracias; el camino del Bar. “Seguí dos piezas más y te metés justo detrás de los mostradores. Chau, pibe”. Una cosa más señor; ¿cómo es su nombre?. “Yo soy Fredenbauer”. Adios señor Fredenbauer.

   Después conseguí la bebida y volví despaciosamente entre la fiesta. Que alguna gente arrojaba serpentinas, otra bailaba libre y amablemente, pero arrebatada. Llegué al lugar de ellos, donde la mesa con mis amigos, para ver que la habían hecho desaparecer. Noté que en la galería, delante del cuadro, y en distintos grupos, estaban todos, Bébe incluído, quien tenía de la mano a Flosie. Me miraron ocasionalmente desde entonces, en el tiempo en que yo fui y vine, cambiando en el baile de compañera e interlocutores. Trataba de engancharme en el espíritu de la fiesta. Parte con parte estaban bien náuticamente unidas. Pero por esto o por lo otro, nada prosperaba, y fui retrayéndome.

   Sin embargo, toda aquella gente del Festival despertaba en mi mucho afecto. Tanto, que finalmente yo no podía evitar el desborde de mis emociones. No podía manejarlo. Tanto así, que alguien inadvertido hasta podía entender mi alejamiento y cortedad en el trato, como reflejos de una bronca. Pero no todos pensaron así de mi. Supe que había quienes me supieron entender, aquellos que me llegaban a alcanzar otra copa; y otros que me sonreían a la distancia. No era ni la primera vez ni la última, en que yo, obsedido por suponerme falto de talento para la vida de relación, iba haciendo transformar esa suposición en realidad. Y poco a poco me fui acercando a cierta bochornosa sensación de ausencia de mi mismo. No quise que la sensación conocida se instalara en mi, allí dentro, mientras proseguía esa reunión que yo ya no sentía.

   Directamente decidido a irme, me acerqué adonde conversaban animados mis amigos. Creí que ya no nos era conveniente hablar. Miré a la niñita; y nos detuvimos en mirarnos un momento, con toda la amistad. Me incliné; y levemente le moví los cabellos a Flosie con la palma de mi mano. Me fijé en Nilda y Bébe, que movían las cabezas aprobando. Y Bébe me presentaba su copa, para beber un largo sorbo y volver a brindar y tomar. De alguna manera, sentí esto como una prevención, para que no fuera yo a beber de ningún apasionamiento, en mi rol de hospedero.

   Me dí cuenta de que la chiquita había tomado mi mano, retirándola de su cabeza, y ahora me la oprimía con su manito. No tuve necesidad de mirar a Flosie esta vez para darme cuenta que ella compartía mi determinación para zafar de ahí en silencio y rápido. Así nos movimos hacia la salida; y las escaleras a la calle las ganamos con rápida seguridad, saliendo de la fiesta sin huir. Nos fuimos caminando; y el Centro Genicario seguía muy cordial a nuestras espaldas en la noche, que no se sabe, noche cesurada, todavía.

10

   De noche, tan tarde, estando en ese barrio gótico, no era cuestión de que paseáramos. Así que atravesábamos rápidamente las calles. Había muy poco tráfico; y eran raras y pocas las personas dispersas caminando. Todo se había puesto como un corredor húmedo, antiguo y solitario, por donde debíamos apurarnos para llegar al refugio. Flosie se las ingeniaba, para poder expresar su descontento por estar en la ciudad. Así como que prefería Margariño a Las Tarnodias. Pero que estar en la ciudad realmente, “le deprimía las defensas y la derivaba a una postración completa”. Tan era así, que “lo mejor que yo puedo hacer acá es quedarme adentro de la casa”, me decía. Y se las arregló también para superarme en la energía al caminar, para indagar acerca de mi familia y el orígen de mi apellido, para darme una pequeña disertación en cuanto a los ritmos circadianos y el galvanismo en los nervios, de acuerdo a las diferentes horas del día. Esto último mientras cruzábamos los terrenos del Parque Murillo, gris en el amanecer.

   Allí, andando entre los globos de luz todavía encendidos, ella se sorprendió al ver la Basílica ruinosa. Y me hizo prometerle que la iría a llevar de visita al templo en algún mediodía. Porque: “debía ella señalar toda la estadía en sus recuerdos futuros”. Argumentó: “no encuentro nada superior a la religión para tomar conciencia de lo que quiero agris-¿zqr”, continuaba diciéndome. Y aunque yo no llegaba a entender bien lo que decía, se daba que estaba conociéndola algo. Y entonces habíamos llegado a la entrada de la casa. Ya llegaría el momento de poner en claro algún posible malentendido.

   Así que conduje a Flosie al interior del departamento cerrado; entré y me ocupé de conectar las luces; y mientras maniobraba con fusibles y llaves, hice que ella se quedara quieta y atendiendo a que no se cerrase la puerta de entrada. Para poder así utilizar la luz del corredor en mi tarea. El departamento estaba como impregnado por un polvillo muy fino; y lleno de olor a madera descansando. Las puertas crujían cuando las movíamos; y la cortina de enrollar se quejó cuando empecé a levantarla. Pero preferí dejarla un poco más baja, apenas dejando entrar el aire.

   Yo no tenía especial interés en que fuésemos observados por los vecinos. Connotados casi todos ellos por la Inmobiliaria, a hacer del edificio, “una casa de familia”. Apenas si podría hacerle yo recordar, a la única relación posible para mi en esa casa, de mi presencia anterior ahí, y de nuestra vecindad. Porque de eso hacía ya más de dos años; y además yo había partido sin avisar. Pero igualmente no era conveniente que ellos supieran de esta niña de visita. Estos vecinos son una pareja casada de maestros de educación física, que siempre habían andado distraídos por ese barrio. Antes de mi viaje a Punta Badero, habíamos llegado a una vecindad amistosa, aunque bacheada por discusiones ideológicas. Pero yo desconocía, lo que podrían pensar ó llegar a interpretar ahora. “Mejor no abrir demasiado vuelo, ni siquiera con ellos”.

11

   Estábamos tan cansados, …Flosie me dijo que quería darse un baño. Fui y le preparé el calefón; y casi me quemo vivo con el maldito aparato al probarlo. Funcionaba demasiado bien. Pero supe, cuando le avisé que ya le había preparado el agua y demás, que: “mi necesidad no es inmediata, luego”, asi dijo. También me sugirió que el baño entonces podría tomarlo yo. Ella tenía que encontrar, “algún elemento para concentrarse”. Me metí en el baño, recuerdo que mascullando maldiciones contra la mujercita prodigio y contra el estúpido gasista, pensando donde se habría equivocado el tipo, para que el calefón fuese más un volcán, que un artefacto discreto para calentar agua. Me detuve bajo la final regada fría, el tiempo necesario, para poder entonar, a pesar de todo, mi canción de ducha preferida: “el bolsillo que encontré, el bolsillo que encontré”, repetía yo melodiosamente, hasta que me sacié de cantar.

   Con un bienestar intenso, aunque bastante cansado, salí del baño; para pasar, sintiéndome renovado, dentro del único ambiente, aunque bastante grande, de mi vivienda citadina. Para el momento en que pude pensar, después del shock, llegué a decir: “No parece que podamos dormir algo en esta noche”. Me había encontrado, con una formación de hielo; sostenido este gélido ajuste con fuegos engastados en el. Como si desde los ojos de Flosie, un pisón de cemento armado, con fuego en lugar de fierritos, hubiese rodado por mi armazón vincular, además de golpearme. Me estaba mirando dura y escrutadoramente la niña, con aquellos mansos y dulzones ojos, que de momento yo pude sentir como si fuesen congelados proyectores de rayos laser. Sin apurarme, entré en la cocina para tontear con una taza de nescafé; para enseguida intentar hablar con Flosie. Y no quería que me estuviese mirando.

   –Parece que estuvieras enojada. ¿Qué te pudo haber pasado?–.

   –No me dejaste hacer mi ejercicio de concentración. De esa manera especialmente te avisé cuando te fuiste a bañar. No pude fijar una concentración, porque te pusiste a vociferar en el baño–, se quejaba la chica Petris.

   –Y yo; que me había puesto a preparar tu baño, porque me lo habías pedido-, le repliqué mientras batía mi café. –Casi me quemo todo por preparar tu agua caliente. Pero resultó que no te querías bañar, “de inmediato”… Así que me hiciste apurar para prender el maldito calefón; y luego nada. Te metés en tu meditación, sin darte cuenta que es cualquier hora ya. Como para dormir y dejarme descansar a mi también–. Yo concluía, al mismo tiempo que con mi café listo y humeante volvía a la sala.

   –¿Cómo? ¿Qué querías? ¿Qué te dijera todo lo que pensé yo?–, preguntaba Flosie.

   –Ah, ah; ya tenías pensado que te ibas a bañar más tarde, y no me lo habías dicho. No vamos bien. Si queremos convivir en estos días, tenemos que decirnos aquello que tenga que ver con el otro–, dije yo.

   Flosie me miraba callada mientras yo tomaba el café. Le aclaré que ella no iba a salir a hacer compras y trámites; sino que iría a dormir mientras yo me ocuparía afuera. Que por eso no tomaría café. Estaba serena para esta vez, pero yo ya empezaba a conocer al genio de la niña. A esta incidencia punzante yo me la estaba tomando con calma. Pero tomé la decisión entonces, de evitar que aquella mirada volviera a sucederme.

   –Bien. Entonces es eso lo que quieres; que combinemos una sintonía de pensamientos. Como si fueses uno más en la familia–, decía tras una pausa Flosie: –…Como si fueses el abuelo Alberto–, agregó la chica pensativamente y algo más confiada.

   –Vamos a tener que estar juntos bastante tiempo. Tenemos que hacer una transparencia. Así vamos a poder confiar uno en el otro. Sino esto puede volverse difícil. Yo no me callo nada que te pueda afectar; vos lo mismo conmigo–, propuse yo.

   Habíamos cerrado una situación, aparentemente. Al menos estábamos en este acuerdo. Yo pensaba en los días por delante. También me dí cuenta, que ya habíamos comenzado a ponernos políticos. Pero para poder convivir, estábamos obligados a limitar el alcance de las políticas personales de cada uno. Me preguntaba que estaría pensando ella. Lo que era notorio es que la chica se caía dormida ahí sentada. Aceptó un guardapolvo, recuerdo mio de la primaria, como sucedáneo de su ropa para dormir. Y a eso se dedicó llanamente ni bien se metió en la cama.

12

   Yo me encontraba sentado elaborando una lista para las compras necesarias; y también me caía de sueño. En un instante entresoñado o dormido seguramente, escuché nítidamente una voz masculina adulta que me indicó: “Comprá El Vocero”. La chica Petris dormía en la penumbra, fuera de la luz de mi lámpara. Me levanté de la mesa; fui y me preparé otro café con la claridad del día, que recién empezaba. Viví el silencio de la cocina que se iba llenando del amanecer que entraba por el ventanal.

   Con el mismo arrojo de la mañana, me largué a caminar atrevidamente. Las calles estaban mojadas. O era que había llovido, o la limpieza acostumbrada de las mañanas, “tuvo entrada en las grietas del piso”. Todo mojado, pero con ese relente tenía ayuda fresca para despejarme de la fatiga. Cuando llegué a la avenida, ya me echaba a ver por el diario. ¿”Quién sabe de donde vino la sugerencia”? Me había impresionado esa voz. “Quizá sólo fue resultado del desvelo, una audición producto de mis neuronas cruzadas”.

   A poco andar, me cruzaba con un kiosco ambulante. Estos puestos de venta rodantes, llevan sus diarios, revistas y publicaciones, dispuestas para exhibición en la parte trasera de una camioneta. Todo cerrado y protegido con cortinas metálicas, que se suben en los puntos de detención, para que el comprador pueda elegir. Cuando van andando de un lugar a otro, se los puede parar; pero entonces sólo venden los diarios del día, que los traen ordenados dentro de la cabina delantera. Llevan en el parabrisas un cartel estampado en letras rojas: “Andando Diarios Solamente, Libros y revistas en stand detenido”. Es fácil encontrarlos en las plazas cuando uno quiere una revista.

   Alcé la mano, y el muchacho de pelambres que conducía este kiosco rutilante, se detuvo; y me vendió mi “Vocero”. Yo quise preguntarle acerca de libros. “Alguna novedad siempre llevamos”, me dijo. También pude saber donde se iba a detener en las próximas horas. Viéndolo amigable, yo inicié una conversación de recienvenido, acerca de vestimentas. “Hace mucho que no estoy en la ciudad”, le dije. Me sugirió que por mi conveniencia comprara en las “roperías de la Avenida Felisa”. Hablamos un poco en torno al deporte. Y entonces él se entusiasmó. Bajó de la camioneta y me hizo una demostración de la posición que había tomado un famoso pelotero para conectar un hit. El kioskero también era de practicar baseball con un equipo de su barrio. Mientras nos despedíamos hasta otra vez, yo llenaba mi mano izquierda con monedas en la transacción, y desde mi propio bolsillo. Como los negocios todavía no abrían, me quería meter en algún bar a leer el diario, y las tostadas con una limonada. El kiosco se fue alejando con su iluminación todavía encendida.

   Encontré aquel cafetín transitado las 24 horas por todo el mundo: mujeres y hombres caminantes transformados en lo más remanido, por el ambiente algo pesadillesco de aquel lugar. Me fui acercando con mi carga de monedas en el cuenco de mi mano, hacia el mostrador. Abrí el Vocero; así que tuve que librar las manos, poniendo el montoncito de monedas en el rincón de la barra delante mio. Tardaban en atenderme. Yo me seguía sintiendo cansado.

   Cuando vino el empleado, no se por qué me olvidé de mis tostadas con limonada; y para mi propia sorpresa, me encontré ordenando una ensalada de arvejas con mayonesa. Entonces fue que escuché atrás mío una voz conocida, entre las conversaciones del lugar repleto. Hube de descuidarme y darme vuelta para mirar; porque concretamente ahí se encontraba otra vez el “lustrabotas griego”, que se me reiteraba en una vivencia de emparentamiento con mi familia, mis tios, mis abuelos, vaya a saber. Y en ese momento en que yo había girado porque debía mirar al lustrabotas, alguien aprovechó mi falta de atención, para alzarse con casi todas las monedas. Yo me encontraba en un estado crepuscular, algo embotado; y ahora entristecido por la ausencia de mis monedas. Ya no quería saber nada con los empleados del bar y sus postas de mayonesa. Salí del bar en el camino de vuelta hacia un depósito de anteojos farsantes. Sin embargo, en la calle, me recordaron los compradores y la gente con su movimiento.

   Los negocios ya estaban abiertos. Con renovado ánimo me dediqué a llenar bolsas con todo lo que había que comprar y llevar al refugio. Entre esos caminar y buscar, con las compras y la gente, se me fue yendo la pesadumbre. En tanto que yo creciente y animado, me sentía bastante bien ya, como el día que progresaba límpido.

   Hasta dí unos pasos por la Agencia de Viajes. Yo creía que tener la posibilidad de sacar del país a la chiquita, el dejar esto abierto, nos otorgaría mayor flexibilidad, por si las cosas entraban a cantar de otra manera. En una irreal fotografía que estaba sobre la pared de la oficina de turismo, un sol naranja daba color, a una increíble calle colonial, con techos de tejas viejas, y parches ahí donde el estuco había caído.

   –Siéntese señor Arueta que lo atiendo enseguida–, la secretaria no me dio mucho tiempo, ya que volvió enseguida. Yo me había sentado en una banqueta, dispuesto a quedarme solo. Pero volvió enseguida; y yo la miraba acomodarse en su asiento, cuando levantó sus cejas y me preguntó: “¿Cómo voy a hacer eso?” A lo que yo le repliqué: “¿Quiere que le explique cómo?” Ella dijo: “¿Por qué no me lo muestra?” Entonces me levanté, …y comencé a salir del local. Era evidente que ya no habría progresos allí. “Te voy a estar viendo”, agregué para la secretaria, que me saludó. Yo le contesté por sobre el hombro y abriendo la puerta. Un final nada feliz para aquel trámite, que se me estaba imponiendo como algo difícil de efectuar.

13

   En la calle arbolada, los paraísos daban un perfume enternecedor. Me fui caminando para el refugio, con las compras que había reunido, dentro de una sola bolsa manipulable. La situación frustrada en la agencia, me daba motivos para mi melancolía. Andando impasible por entre los chicos lúdicos que poblaban las calles –debía de ser hora de entrada o salida de clases-, fui a dar por segunda vez en el día con los terrenos del Parque Murillo. Ahí estaba la Basílica ruinosa con sus torres góticas, como esperándome; porque recordé a su vista, unas palabras que Flosie había dicho en la madrugada: “tomar conciencia de lo que quiero”. ¿Cuánto tiempo hacía que no me metía en una iglesia?. Entré a recordar, ya dentro de ella, las maniobras infidentes de ciertos confesores, y otras traiciones; cosas que habían pasado, y que me hicieron alejar de juntarme por mi fé. Y ahí la veo a Delia B’, sentada en el piso, junto a uno de los altares.

   Delia había sido mi profesora de ski; ¿pero hacía cuanto tiempo?. Me vio verla al mismo tiempo; y me apuré hacia ella. Nos dimos un abrazo; y nos quedamos callados. Gustábamos de este placer de encontrarnos, como si estuviésemos atisbando una pequeña inmensidad inefable. Enseguida estábamos cruzando al Parque; y nos detuvimos junto al estanque de los coipos.

   “¿Querés venir a tomar un café?”. Delia me invitaba a su lugar. Quizás se habrá dado cuenta de mi catanonía agónica, pensaba yo, lleno de alegría por el encuentro. Pero fíjate que venir a encontrarme, después de idas y vueltas, años subiendo y otros bajando en la montaña rusa; precisamente encontrarme con quien me había dado el empujoncito inicial. Y ella debió notar, que yo estaba agotado, sin dormir, lleno de angustias. Como que tener a mi cuidado a la chiquita, junto con la fiesta, volver a la ciudad, andar de compras, bares y caminatas; encima encontrarla a ella; y sin embargo llenarme de alegría. Apretados nudo sobre nudo, que me habían llevado a cierto estupor inmóvil abierto y satisfecho. A todo esto sumarle que ella me ofrecía algo así como una reparación, como un descanso. Pero fíjate, lector, que gente hermosa Delia, esa persona que, cuando yo andaba todavía ocupado con las tareas del secundario, me había abierto las puertas para aprender sobre conocernos, en nuestra amistad. Me había enseñado primeramente su práctica deportiva; y despues nadar y correr todos los terrenos, mientras yo crecía. Tantos berrinches buenamente quiso y supo soportarme. Fue mi hermana mayor, mi tutora, mi amorosa confidente. ¿Qué me habría visto?. ¿Qué veía ahora en mi?. Nuevamente abriéndome sus grandes manos cálidas.

   Me encontré en su casa, un lugar nuevo de ella, que yo no conocía. “¿Dónde estará; dónde estará?”, me había preguntado yo todo a lo largo del tiempo, después de mi enloquecimiento por celos hacia ella; cuando dejáramos de vernos. Yo había sido su muchacho tan tierno; y claro, como para que yo aceptara en aquel tiempo lo que alguien ya formado puede desear, cuales necesidades; ó aún ahora: sin pretender haber logrado algo: ¿acaso podría yo discriminar sobre otro?, especialmente sobre una mujer; en lo que ella acometa porque es pensamiento del espíritu, o porque se le ocurre como una necesidad. ¿Cómo podría uno entonces, ahora?…

   En aquel tiempo yo me había dedicado a cierta delincuencia; no quiero entrar en detalles. Pero nunca supe nada más de ella. Con tanta turbiedad en la que me iba manejando; y tanta gente nueva; me la fui olvidando. Pero: ¿Qué?. Acaso te asombras de que haya estado en lo delictual. ¿Cómo crees que iba yo a lograr una casa, una ubicación, salud, con que bancarme?… Sino fuese porque hice transas, negocios negros. Con nuestra forma de vida, todos le están robando algo al otro contínuamente. Sino es con un arma en la mano, lo hacen porque tienen más dominio; o porque han sido formados en la fuerza, en la violencia, en la astucia. Algunos se dan cuenta de la basura en que están metidos; y de cómo la tienen duramente programada en las cabezas; y de cómo se mete la peste en todo lo que hacen. Otros no. No pueden sentir ni pensar de ninguna otra forma que como está presupuesto. Lo peor es que la maldita historia del robo y la estafa se las va arreglando para perpetuarse.

   La mayoría se comporta sucedáneamente: “como si” fueran señoras y señores; “como si” los inconformes y quienes hacen diferencias, fuesen “enfermos”. Y tanto insisten, que llegan a creer en su propia decencia; y hasta hacen caer a algún inocente de los que patalean, en la creencia de que “él” es el problema. Son poderosos con su rutina ruinosa. Y –quizá sin sentir culpas-, te van poniendo venenos y trampas, para cada paso que vayas a dar. Es la insidia, don; la insidia, doña. ¿Entendés?.

   Se meten con vos, te acorralan, te obligan. Hace ya tantos estúpidos años que yo me dí cuenta y empecé a jugar el juego de ellos y a magnificarlo; pero con clara conciencia de lo que hacía. Y para lo que hacen, tienen nombres y categorías: “delincuencia”, “marginalidad”, “psicopatología”. Sólo que yo siempre supe zafar siempre a tiempo de las secuencias; y me pude escapar del sonsonete. Evité que me endilgaran etiquetas.

   Y pude retirarme; abrir todos mis registros de nuevo, con un rebautismo que me escudó. Y estaba allí, en la casa de ella, con todo lo borrado en estos últimos dos años, con todas mis broncas, con todos mis arrimes y errores. Todo rezumándosé por mis poros. -¿Te das cuenta?; con ella-.

14

   Delia se movilizaba en una habitación llena de libros, carillas escritas repartidas aqui y allá. Estábamos en una de las casas antiguas de mi mismo barrio. En un cuarto altísimo y enorme de un condominio, en el que te encontrabas con pinturas, tejidos y esculturas a medio hacer por las escaleras y en los patios. El lugar estaba casi todo ocupado por talleres plásticos. El propio cuarto que Delia ocupa, se suma al total ambiente de producción creativa de toda la casa. En una mesa carrito, las máquinas y anotadores. Hojas apiladas en los estantes de una biblioteca abarrotada con libros. Consignas marcadas en papeles enchinchados frente a la mesa de trabajo; pero también todo alrededor, y hasta en las maderas del ventanal.

   –Fue un largo exilio-, Delia me estaba diciendo: -Tuve que viajar por toda Europa, hacer una cosa en un lugar; despues enredarme con otra gente en otro lugar, hacer otras cosas. Trabajé con deportistas primero, también con campesinos, para adaptarlos a la modernidad. Trabajaba traduciendo para las universidades, del castellano al francés–.

   –Pero es maravilloso. Me hacés sentir como un extraño aquí. Como si no te hubieses ido. Yo que no me alejé de la ciudad más que para veranear; vos en Europa tantos años. Y te encuentro y seguís siendo la reina de esta colmena; y yo el aprendiz, como si la ciudad y el país fueran tu material de siempre por siempre. Como si hubieras dejado descansar las cosas acá, para poder recomenzar tu milagrismo desde la ruina que hay–. Decía yo, sumergido en un sillón; olvidado mi cuerpo en un blando descanso.

   –Yo estoy segura de tus ocultamientos. Hay cosas que no me dijiste-. Delia me cuestionaba, mientras se ocupaba en un trajín con cacerolitas y hornallas, sin dejar de mirarme: -Vos me largás palabras y frases y dichos, que no son los de un pintor de letreros en la costa. ¿Acaso te pusiste a estudiar teatro ó algo parecido?–. Para cuando Delia terminó de preguntarme, se me hizo claro que estaba preparando chocolate.

   ¿Qué le iba a decir yo?. Le hablé del contrabando. De cómo llegué a asociarme con mi jefe, el náutico. Le conté de las ventas de llamadas telefónicas internacionales piratas, con el uso de códigos ajenos. Así fué como se me comenzó a hacer presente lo que tenía que callar: -Flosie oculta-. Comenzaba un doble juego; y yo no sentía ninguna alarma. Además, el vínculo que tenía con Delia no debía ser herido por mi relación con los Haiwell, pensaba; o por la trapisonda de Flosie, ni por Bébe ó Causarya. Pero se me imponía al espíritu, callar mi atracción con Nilda.

   Proseguí sin mostrar señales de cambio, haciéndole saber a Delia de aquellas mis ventas mayoristas de esos vinos que nunca existieron. Así como le conté, de mi meticulosamente programada excursión para espléndidos turistas, a un hotel-marina brasilero, que tampoco jamás existió… Yo me iba dando a una suerte de gimnasia previa; preparando mis resortes para no aflojar indicios de mis asuntos con los Haiwell. Me hubiera desolado si Delia llegaba a rechazarme por mi interés en Nilda.

   Delia me iba haciendo comentarios circunstanciales sobre mi forma de obtener dinero; y seguía escuchándome y alcanzándome más y más chocolate caliente. A su vez me dijo que muchas de sus traduciones europeas, habían servido a organizaciones conceptuales antiimperialistas: “Tampoco yo quise cumplir con el Plan de los Patrones”, me fue confiando; haciéndose algo connivente conmigo. Y así se largó a contarme para qué había estado ella en el centro del escenario de la carrera Oxford-Cambridge. Pista de remo que se coloreó de rojo sangre –desde 1829 nunca había sucedido nada semejante-, cuando Delia, favorecida por ser instructora deportiva, se pudo ubicar en una posición clave, para funcionar como pivot de comunicaciones: así logrando que la operación del teñido carmesí fuese total e instantánea.

   Lo que realmente pareció interesarle a Delia en mis relaciones, fueron mis conocimientos, algo sucintos y anecdóticos, de la Granja Causarya. Aquello lo enganchó ella con un entrenamiento, del cual había salido decidida “a escribir-a escribir”; hacía un año y cuatro meses: “todo lo necesario para que la gente tenga en mente lo que se viene”, me dijo seriamente.

   –Me preocupo de que estén listos, espiritual y físicamente–.

   Yo suponía a qué se refería. Le dije:

   –‘Mozart’ está planeando refugiarse con sus amigos, …en las agrietadas grutas de Los Andes. ‘Salieri’ mientras tanto, manda cartas a la Sección Lectores de los diarios; donde advierte y denuncia, desde su Waldzell, los continuos y nuevos atropellos contra la vida en el planeta–. Pretendía yo interpretar con perspectiva el sentir de ella.

   Pero… Delia se puso un poco loca con mi acotación.

   –Siempre estás jugando partidas con tus piecitas fáciles–, me apostrofó.

   Aunque yo no estaba tan lejos de un acierto con lo que dije. Porque, todavía con un dejo irritado en la garganta, Delia fue contándome del entrenamiento personal y social, adonde había accedido, en Hirsland, un lugar apartado y olvidado, sobre dos fronteras, en una costa montañosa de un rincón de Europa.

   El lugar recurrido potenciaba a gente de todo el mundo, para lograr un conocimiento cierto; y producir la transmutación personal, superando individualismos. Había en esto puntos en común con Causarya: a partir del trato con los distintos estados y modalidades de lo real, lograban los personajes perseverantes, descubrir su particular inserción en el tejido de infinitas dimensiones cambiantes. Arribar a ello en las montañas de escuela, o frente a un espejo, ó estando aquí donde venimos-a-hacer-pasar-cosas. Pero puede ser quizá allá, en el cuarto de Delia donde se llegue, o en mi retiro de Punta Badero, cuando se encuentre el instante maleable, para tener ajuste con esto que se organiza y crece, para calladamente culminar sin silencios. Y se degrada y se supera y vuelve a querer sentirse.

15

   De lo que me imponía como tendencia necesaria y principal, era volver al departamento. Empezaba a preocuparme por la chiquita. Hacía horas que la había dejado durmiendo; y desde ayer que ella no probaba bocado. Estar con Delia era magnífico; ya estaba por avisarle que nos volveríamos a ver, cuando distraídamente llegué a hacerle una referencia chistosa, sobre uno de mis personajes, en la novela que yo estuve concibiendo. Fue en medio de la conversación sobre granjas, evolución, superación humana. Sorpresa. Jamás pensé que Delia se iría a entusiasmar tanto con algo.

   Al saber que yo, aunque en un profesar diferente, también escribía, se recostó en su lecho –una suerte de plataforma elevada de manpostería-. Delia retuvo por un largo momento aquella actitud. Se desgranaba en macizas voces, referidas a la escritura -sobre la suya, de los autores que prefiere, a los conceptos constructivos y teóricos-. Era como un entresueño pletórico el que compartíamos, en nuestro encuentro, con rachas ascendentes, desde la Basílica arruinada, iglesia ruinosa.

   Pero esta vez ella sola se trasportaba por un sumario, no sólo literario; sino con pruebas de imprenta, dudas tipográficas, siguiendo así en su hilván. Cada tanto se detenía para consultar mis propias cuestiones sobre algún punto que la preocupaba. Y luego continuaba:continuaba, con el mismo decir feérico, intercalando sus situaciones, sus personajes. Yo estaba encantado; y ya decidido a demorar un poco mi vuelta al departamento. En una de sus detenciones inquisitivas, ella me planteó:

   –Me están creciendo las ganas de hacer un trabajo automático, pero depurado. Fijate que para despertar la sensibilidad de quien me siga; ya tengo pensado que dejaré hablar una por una, a las distintas partes de mi cuerpo donde estaré concentrada. Serían como pistas a seguir, para que se descubran esas dimensiones en cada uno, al leerme. ¿Qué te parece?–.

   –Serías como una sensitiva carnal y surrealista, en un trabajo de mediación automática–.

   –Cada sector microcósmico mío me va a dictar las palabras para que yo las redacte y seguirle la pista–. Me había atendido y profundizaba en los detalles del tema: –Empiezo con los oídos para escucharte alícuotos. Pero puede ser, …otra parte, …la que mejor devenga. Y así seguir; cada célula nueva llega a nervio con nombre, un sentido más, hago una hebra y sigo, se hace sinapsis, lo comunico, se provoca sinapsis–… Delia aquí parecía desencantada: –Para eso tengo que hacer una dieta rigurosa, un ayuno. tiene que ser un trabajo límpido, clarísimo, tranquilo. Y aquí, con la gente del piso de arriba, es imposible–.

   Me contó disgustada, que los vecinos hacían música, taconeaban, y fiestas insoportables. A mí me parecía fantástico escucharla; y quería que me siguiera hablando de sus historias.

   –Querés hacer un tratado: “A través de las sensaciones hacia el conocimiento”. ¿Serviría para copete, verdad?. Está bueno tu plan; y bien claro: Primero hay que conocer las sensaciones sin oscurecimientos; y entonces te purificás para eso. Pero; ¿vas a ayunar?–. Yo continuaba: –Se me ocurre otra cosa. ¿Por qué no alargar tu interpretación, a las pequeñas cosas que nos hacen vivir?. Que se yo; al brócoli, a las uvas. Haciéndolas hablar a ellas también–.

   –¡Qué bien!. Pero sólo a unas pocas cosas y elementales. Vamos a conservar nuestros acuerdos; si conseguimos trazar esos caminos; y fijándonos bien claro en cada cosita. Te imagínas que sino paso del micro al macrocosmos; y hago una enciclopedia. Eso no; porque sería un “Tratado del sentimentalismo fijativo”. Sólo mi pequeño libro-guía para repensar, y también revivir lo percibido–. Y levantando la mirada al techo, Delia agregó: –Pero cuando me haya mudado, porque acá, con estos vecinos, pobre gente bestializada–…

   Yo, que le creía; aunque no había escuchado un ruido todavía; me di cuenta de pronto, cuando estaba contestándole, que las cosas venían a ser en la ciudad, como aquellas que yo había estado buscando lejos. Querría que me entiendas, lector: Delia es tan escritora, tan profética; yo estaba disfrutando tanto de su compañía. Me interesé en hacer que la tarea le fuera posible. De consuno también me interesaba por recibir su onda. Aquella forma de vida que pretendía para mi, de pronto la sentí más posible, al ofrecerla para alguien. Porque yo le estaba diciendo a Delia:

   –Me gustaría que hagas tu Guía. En Punta Badero tenemos un pequeño lugar, algo que te va a gustar, con olor a vino añejo. Es completamente silencioso. Podríamos compartir ese futuro juntos. Mirá: quizá después podríamos entrar a mandarnos ordenadamente y yugar camperos, ir con los de Causarya. Claro que sería algo muy hermoso para mí que vengas–.

   –Vení-, me estaba diciendo Delia: -Quiero que me expliques como hacés esas letrazas que pintás. ¿Tenés que usar moldes?–.

   Me acerco arrastrando las alpargatas, …me las saco. “Bienvenido”, me dice. Nos encontramos sobre la manta, …me abraza fuertemente, …todo compacto, …ni pienso en contestarle lo de las letras.

   “Me gusta andar por la ciudad”, me dice muy suavemente. “Pero en caso de elegir me voy con vos”. Yo me retiré un poco para mirarla. Es tan hermosa; que tuve que tomar respiro y vencer mi timidez, hasta encontrar el tono sólido con que le pregunté:

   –¿No sabías nada del inmenso departamento que tengo aquí cerca?–.

   Me miró, tratando de recordar y sorprendida. Parecía no saber qué hacer con la novedad. Mis nervios se compusieron algo. Y pude convencerla de que era un magnífico lugar. En realidad es así; pero mi persuasión estaba dirigida a hacerle creíble un chacarero de Punta Badero: …Fántasma justificador que tuve necesariamente que inventar. Había venido para hacer algunos trámites, …y decirle que yo lo estaba hospedando. Disponible el departamento sin embargo; para que ella se mudase ahí en muy pocos días; la idea le despertó a Delia una aprobación sonriente.

   –Tendrías que ver cómo estoy imaginando va a ser nuestra comunidad–. Delia componía sus palabras, casi ensalmando al futuro: –Un montón de gente convergiendo sobre nosotros que vibramos, desparramamos nuestros mensajes con onda… Además en el departamento, la granja tendrá su embajada. Yo escribo mi libro-guía. Los lectores vienen a visitarnos–…

   Estábamos los dos echados boca arriba, un poco declamando nuestra imaginación. Como actores felices al cumplir las indicaciones de un director investido de magia.

   –Puedo ver a nuestro departamento y a tus pensamientos columnares que lo sostienen, como una métopa con triglifos. Los tiempos van a estar llenos con una horda de brócolis y de uvas. Vos vas a estar agrandando el dominio de los sentidos, para hacer tu documento-guía. Y luego van a hacerlo material de lectura obligatorio; ¿dónde te parece?: En las escuelas de cosmiatría–. Cosquilleante era mi fraseo; lo tuve que decir endureciendo las mandíbulas.

   –¡Ja; fantástico!. Parecés una página de Ezequiel Balbastro–, me dijo Delia mirándome. Yo creí que estaba viéndola contenta.

16

   Mis sentimientos fueron llevados en segundos, de una feliz claridad hacia la oscuridad molesta, irritante, colérica. Tal apagón fue provocado por un andar al principio casi imperceptible. Luego los pasos se hicieron más fuertes, en un rápido crescendo que parecía estudiado y frenético. Culminando esto en una serie de golpazos aterradores, como si dejaran caer máquinas pesadas sobre el piso. Todo encima de nuestras cabezas. Me levanté de un salto. Me tiré al suelo y caí sentado con la boca abierta. Movía los ojos de un lado a otro. Me apremiaba concentrada la urgencia de encontrar una solución. Era una situación abusiva, desamparada. ¿Cómo fue que empecé a cantar?.

   …”contrataques muy rabiosos, dunbaradunbaradunbalá, deberemos resistir, dunbaradunbaradunbalá, pero nada pueden bombas, donde sobra corazón, pero nada pueden bombas, donde sobra corazón, dunbaradunbaradunbalá, ay Carmela, ay Carmela, tenemos cabeza dura, dunbaradunbaradunbalá, los del cuerpo de ingenieros”…

Me salían desde un hondo pliegue recordado, algo semejante a esas épicas canciones españolas. Igualmente, mis aptitudes cantantes no daban para mucho. Hasta entonces nos habíamos transportado por nuestra esfera policromática. Esta alfombra mágica nuestra, se había desarmado como una pompa de jabón, por los ruidos salvajes. Delia estaba de pie, con la piel apagada. Mirándome compungida, me dijo fríamente:

   –No se trata de gente. Están ensimiados. Fue inútil que les hablara. Pobre; me hago cargo de cómo será para vos. En los primeros días, estos androides me hicieron sufrir muchísimo. Ahora ya casi me acostumbré a soportarlos–.

   –Es peculiar que se me haya pasado cantando el susto terrible del principio; pero es incomprensible tanto ruido. ¿Qué se podrá hacer?. ¿Así que no dan bola si se les habla?–.

   Del piso de arriba, seguían llegando pasos apresurados, y se había sumado insólitamente, el alto volúmen de un disco con canciones infantiles- Al menos los aterradores mazazos habían cesado. Yo seguía mirando al techo; y dándole vueltas en mi cabeza a una acción de revancha. Y entonces empecé a sentir pena por los “androides” de arriba. Porque el atropello, si era repetido, daba la impresión de ser algo intencional, adrede. De todas formas algo horrible; y si intencional, eso daba cuenta de una bestial ignorancia y de un infierno dispuesto en esos personajes; abismo en el que ya estaban o en el que caerían pronto. Yo seguía entonces pensando en como darles una manito.

   –Si se se está ocurriendo darles escarmiento, mejor ni lo pienses. Los tipos se la pasan entrando y saliendo del gimnasio Chin Fú de artes marciales. Además, continuamente hay humo yerbero; me llega una baranda de la peor maldita. Son pesados; yo te aconsejo que no vayas–.

   Fue por este lío que Delia quiso reparar; que se acercó a mis espaldas, apretó mi pecho con sus manos abrazándome, rozándome el cuello con su boca húmeda de un lado y del otro, girando en torno mío haciendo que me alzara, comenzó a desprenderme la camisa. Beso que se desliza y otro beso; yo siguiendo el sabor de su saliva, mis humores reviviendo, preparado a buscar en su cuerpo. Y cuando ella se desgajaba de su ropa, cuidando nuestro contacto con una mano suavemente recorriéndome la boca; entonces me apiolé, que íbamos a un desastre.

   –Por favor no, así no–. Estábamos de vuelta sobre las mantas. –Creo que no hace falta eso ahora porque ellos se hayan metido-, dije yo incorporándome. –Y precisamente por eso, porque se metieron, justamente no. Sucede que si lo hacemos ahora, ellos van a seguir con nosotros, deshaciendo todo lo que hagamos, todo conocernos que podríamos tener–.

   –¡La gran siete!; que tenés razón–. Delia se golpeaba en los muslos con los puños. Me fui vistiendo en silencio. Ella estaba echada con los ojos muy abiertos y con las manos debajo de la nuca.

   –Te voy a apretar unos lugares para que te sientas muy bien. Y vamos a seguir sanitos y arriba–, me anticipó Delia.

   Y así fue. Tiene estas habilidades maravillosas de pòner los dedos en los puntos neurales, recorriendo. Técnicas que seguramente las perfeccionó en aquel lugar de las tres fronteras. El alivio liberado circula como pequeñas melodías que se repiten en descargas de placer y bienestar- Todo el cuerpo de uno recomienza a vibrar, a sentir.

   Esta amiga loca me había reacondicionado. Pero yo tenía que irme. Sino: …la factible proposición para quedar y que siguiéramos.

   …–tengo que elegir las cosas, lo de tirar, lo que amontonaré después en Bolívar–, …apuntaba yo con levedad.

   –Volvés en dos ó tres días. Como a esta hora. No hablés de más–.

   …–¿quién no tendría que saberlo?–…

   –Pará, que te saco una foto–.

   …–ocurre que el chacarero… La comida… El tipo me espera–…

   –Arrimate a la heladera. Con esa pinta, dale… ¿Y esa que te estoy viendo; quién era…?–.

   …–una.. novia.. que tuve–…

–Cuidado con quién te metés porque te rompo la boca–.

…—Delia: ¿No tendrías un ovillo gra..a..ande de piolín?–…

17

   En la calle una lluvia ligera, liviana, leve. Confusamente empecé a notar que el vecindario se arremolinaba en grupos, que discutían gravemente. Los sucesos políticos debían de haberse precipitado, en las horas anteriores de la tarde.

   Las personas estaban respondiendo cada vez más a los estados de ánimo que les dirigía un autoritarismo orgánico. Pocos individuos pensantes pudimos tejer la red, sin embargo, que en un futuro de pocos años iría a levantar la liberación. Pero en aquella jornada, seguían ganadas las calles, con pocos resquicios para respirar, por los informantes, por los “comisarios”; por todos los “organizados” en fín, que no vivían ni dejaban vivir.

   …Tanta plenitud que llevaba conmigo en la recuperación de mis dimensiones finalmente… Me sentía sano, con un reencuentro feliz. “¿Por qué me miran tanto?”. Yo no quería saber, en la calle, lo que había pasado. Presentía que algo muy malo podría llegar a sucederme, de continuar sorteando yo grupos sordos, que apenas me dejaban paso para andar. Y debía de pegarme a las paredes para caminar. -¿Qué kinoto iba a hacer?-.

   “Seguirme acercando a Bolívar, malamente ominoso”. -¡Flash!; meacordé-: “Me-acordé del kiosco con rueditas neumáticas; del kiosco quiba estar plaza di maio, veril de la calesita. Tengo este momento”. Salí a paso vivo, corriendo, al trotecito, alejándome del entorno depresivo.

   Ya no se cerraban a mi paso; no obstaculizaban casi totalmente mi vuelta al departamento. Me seguían mirando al pasar; y mi espíritu se iba minando con galerías sinuosas, por donde iban y venían monstruos oscuros, que provocaban carcoma, colocando más socavones. Se me miraba por sobre el hombro. Y las conversaciones cambiaban hacia un ronco y grave murmullo por mi paso rápido, mojado bajo la lluvia. Fué entonces cuando me surgió una sensación de indagación, en la frente. “Este pequeño cristal que abre su ojo soy yo”; pensé. “Este grano de sal”. Me aferré a esta pista, la fui ahondando, la caminé sin perder huella, adentro-afuera. Marchaba ahora a encontrar la respuesta. E iba flojo, sin tensión, la farolita encendida; mi lóbulo temporal izquierdo como proa.

   No tuve nada que preguntar. “Esta gente arruina todo, viejo”. El kiosco rodante lucía con todas sus revistas, con las puertas levantadas; estacionado en un lateral de la Plaza. El muchacho, que llevaba el kiosco de un lado a otro, ahí estaba a la escucha de una radio, pegada a su oreja. Era el mismo que yo había visto por la mañana. Me dice: “esta gente arruina todo”; para enseguida manifestarme su reconocimiento… Cambiando de tono agrega: “Vos querías un libro hoy temprano. Y se vé que no sabés nada, sino no vendrías tan fresco ahora. Escuchá”. Y sube el volúmen de la radio:

   …estado de emergencia. Y los habitantes sin distinción de nacionalidad permanecerán en los términos de sus lugares de vivienda ó trabajo. Cualquier traslado a más de cincuenta kilómetros de sus ambientes actuales pertinentes, sólo podrá efectuarse por solicitud aprobada; y con el acompañamiento de un asesor del Ministerio de Organización. Para lo cual los ciudadanos deberán presentarse…

   –Un montón de delirantes, se pasearon perfumados lujosamente, en lugares donde nadie los esperaba-. El vendedor de libros se detenía en contarme lo que pasaba; y prosiguió: -En realidad, las cosas no están nada bien; yo no sé que pensarás; pero que hay descontento no se puede negar. Por eso que se llegue a discutir, en cualquier lenguaje contrariante; hasta tiene elegancia como protesta alternativa. Pero este delirio: …Viajar hacia cualquier parte, centenares de kilómetros, para pasearse perfumados entre la gente establecida y los guardias; es algo irritante para todos. Y usando el numerario del pueblo… Es un extremo; que no puede convenir a nadie ni un ápice. Eh, Eh; ¿qué te parece?–.

   Con estos pocos datos pude configurarme en lo que estaba sucediendo: “una parodia deslumbrante de los divos”, suponía yo con fundamento. Y también supuse con quienes, de entre los miembros de la oposición, se había engendrado el disparate caro. Sin evidenciar mi certeza, contesté al librero:

   –¿Qué tenemos que ver nosotros con lo que decidan los tan poderosos?. Mejor hacer nuestra vida; y dejar de atender a lo que se quiere imponer. Esto de los viajes perfumados, al menos, nos hace pensar un poco–.

   –Se vé que no sabés nada. También están guardando a la gente que ven un poco rara. Los interrogan detenidos para largar algunos. Y vos llegaste acá porque un ángel te ayuda. Y ahora nos pueden estar mirando, vigilándonos. Mejor hacemos una actuación, y rápido, con la mercadería–.

   Yo naturalmente le hice caso y señalé un libro cualquiera. El se acercó a mirar; y con el dedo me hizo señales negativas. Me alcanzó otro, y por pocos segundos lo tuve en las manos; ya que lo volvió a poner en el anaquel.

   –Tenés que volver otro día, cuando esté todo más tranquilo. Ahora rápido: Es este libro–, me dijo; poniendo enseguida un tomito a mi alcance.

   Con las dilaciones de una naturalidad deliberada, cerré la compra. Y me fui llevando aquel título algo raro: “Erik-A-Rubicundare”. No era nada seguro que fuera lo bueno hablar con aquel hombre, pero volvería, se me ocurrió; como una obligación de mejor persona.

   A las pocas cuadras estaba el departamento.

   Estuve demorándome unos segundos, dándome una pausa hasta “sentirme bien”. Así entré y me largué arriba por las escaleras, ni pensar en el ascensor; sólo dos pisos. Y llegué a la puerta. LLaves; y entrar con los sentidos atentos.

18

   Ruido del agua repletando la bañera. Las sillas sobre las paredes, como es costumbre, una junto a la otra. Las luces todas encendidas: angustia; y yo con voz agotada diciendo:

   –Ya te vas a reir cuando te cuente lo que esté pasando–.

   –Te rompieron la cabeza, por lo menos-. Me llegaban las palabras de la chiquita por la puerta entreabierta del baño. –Me dejaste olvidada; aquí encerrada todo el día–.

   –Buen momento para que hablemos con confianza–, repliqué.

   Y fuí aligerándome de las compras. Impensadamente me encontré recomponiendo la cama de la chiquita. Aún estaba tibia. La hora: Ya habían pasado de las cinco de la tarde.

   –La próxima vez va a ser mejor que no me repitas el abandono-. Flosie seguía quejándose. -Me desperté y no sabía donde estaba. Se me mezclaron mi sueño y tu departamento. Estuve temblando y sudando un rato hasta que me dí cuenta que ya no soñaba más y en donde estaba–.

   Se detuvo el ruido del agua llenando la bañera. Esmeradamente comencé a historiar los acontecimientos públicos que me habían demorado en parte. Conté todo aquello que ella podía saber sin riesgo. También le dije de las compras, la comida, su nuevo pijama.

   –Vení acá, Lucero; así no tenemos que seguir gritando–.

   –(¿Cómo?). Pero estás en el baño–.

   –Que estoy vestida: vení igual–.

   Flosie adentro de la bañera con su vestidito celeste. Vestida y tomando un baño caliente. Yo llegué a pensar, con la decisión de no darle mayor importancia, que quería deslumbrarme y subyugarme como a todos en su familia. “Voy a dejar que sigas sintiéndote una titiritera, sólo por un ratito más. De vez en cuando se encuentra una Fruta-Delia, con la que te tendrás que alimentar, quieras o no. La voy a empujar adentro de tu cabeza”, puntualizaba yo en silencio, para mí mismo. Y estuvimos callados un par de minutos.

   –Estuve soñando que ya era adulta-. Recomenzó Flosie: -Ya tenía mi casa, mi trabajo, todo formado…–.

   La chiquita desgranaba lentamente, pero con énfasis, el relato de su sueño.

   Yo iba descifrando el misterio de tantas personas sueltas, sustentadas por las mismas ideas, sin ellas saberlo. Mentalmente me iba uniendo con lo pasado y el presente: los Haiwell, Delia, la chiquita Flosie Petris… Y todos ellos, en una búsqueda y con un obrar, suponía, en la misma dirección. Se iba dibujando una estrella de humanidad. Yo sentía que estaba entrando a descubrir las puntas de un dibujo oculto en el tejido. Debía de estar en calma. Ningún detalle se me fuere a escurrir. Tendría que fijarme bien.

   –Lo que a mí en el sueño me sorprendía, es que cada vez iba llegando más jefa normal con mis trabajos–, Flosie continuaba: –Cada vez más gente me obedecía para las tareas normales. Por eso, cada jugadita que yo hiciera, lo hacía sabiendo más, moviendo más gente, pero para nada; y así frenando más todo lo odioso. Yo iba subiendo más; y mis asuntos encubiertos, cada vez detenían más. Cada ascenso era una sorpresa grande; y tenía que preocuparme otra vez por organizar mis sabotajes y como cubrirlos. Y otro ascenso: la sorpresa fue tan grande que me desperté–.

   Esta piba, …esta piba.

   –Si te ponés a pensar; podrías encontrar que los triunfadores materiales, los que ostentosamente se enseñorean de las riquezas, lo hacen sobre alguna vileza encubierta. Sobre alguna mentira, quizás mentira social, que de tan repetida y aceptada, nadie toma en cuenta como cosa falsa–. Estaba claro, …yo quería, …colocar a la chica, …conceptualmente. Continué: –Son errores de base, que todos tenemos parcialmente soterrados, como dientes de dragón, que después crecen de semilla y nos enfrentan con ilusiones sobre esta realidad. Fierezas que nos llevan a hacer girar la noria frustrante del sometimiento; porque esos errores se nos han metido como ritmos, ciclos que repetimos. Como el soberbio error del individualismo, social de mercado ó como quieran llamarlo. Cantos de sirena, cuentos de segunda. Y los que oscuramente lucran con estas mentiras atractivas: ellos dan premios, estimulitos que refuerzan a sus adeptos para que se peguen al error. Habría que desenmascar tanta percha sin vida, a esos maniquies que curran a los inocentes. Habría que darse cuenta de esos errores; y de los errores que crecen de ellos. Por eso tu sueño lo delinéa con precisión; y simula a lo que pasa en realidad. Ellos te ascendían, aunque sin saber bien porque. Es porque vos ilusionabas con éxito; dando a creer de sus importancias, haciéndoles volver a creer en la efectividad de sus mentiras; con tus trámites y trámites inconducentes, tan semejantes a los de ellos–.

   –¿Y por qué me desperté asustada; si todo iba creciendo tan bien; por qué me sorprendí tanto?–.

   –El asunto es que los poderosos engañadores también son humanos. Luego hay algo en ellos que los va llevando a querer librarse de las propias condiciones que ellos imponen. Pero cuando se dan cuenta de que sus personalidades truchas peligran; y que sus posiciones de prestigio entran a tambalear, ¡ahí se enojan!. Y pueden llegar a reventarte, lenta ó rápidamente. Pero lo más viable ahora, es que te hibernen el alma sepultándotela con basura de colores. Esto es lo que te aterrorizó como posible en tu sueño. A mi también me aterroriza. Te pueden encajar en una vida química y de plástico, una farsa con la que te tuercen, te dopan, te aplican su real terror humillante–. Así terminaba de decir, sabiendo yo que había hablado por demás, para una chica de esa edad. Pero quizá fuese probable que no hubiera traición, eso quería esperar.

   Flosie se entretuvo chapoteando mientras yo me había levantado para mostrarme los dientes frente al espejo. Pero en sus juegos acuáticos ella se entretuvo pensando suspensivamente. Ya que interrumpió mi contemplación dental con una reflexión:

   –Se parece al caso del Abuelo Alberto. El conoce casi todo de los billetes falsos. Pero finge que no sabe. “Así se puede entretener toda la familia”, dice. Pero ahora que vos lo sabés, no se lo decís a nadie–.

   De donde venía aquella mirada brillosa, aquel humor irónico; entraba yo a descubrir entonces; de donde venía la satisfacción que le irradiaba internamente a Don Alberto durante la fiesta la noche anterior.


Paisajes Costeros

«..eran dias enteros continuados de brillo permanente..»


19

   A continuación, sentado yo en la banqueta, quise contarle el resto de las novedades, suavemente, como si se las presentase a mi hermanita sabia:

   –“¿Qué harás si yo te cuento un secreto?”–.

   –A nadie, a nadie–, me contestó, cabeza rotando de lado a lado.

   –“Me encontré con una chica, que se va a venir a vivir acá”–.

   –¡Ah!, …la gente de Causarya–, comentó Flosie bajando su tono. Ella presuponía muchas cosas, quizá erradamente; quizá estaba en lo cierto de alguna manera. Pero seguía tan irritante, con su suficiencia. Como yo había llevado dentro de su balneario, al libro del kioskero y camioneta; empecé a mirarlo distraídamente.

   –“¿Sabés que también traje un montón de víveres. Nos tenemos que hacer un banquete”–. Había sumado esta propuesta, molesto por ese tono desencantado, y me estaba dedicando a mover las páginas, aparentando interés en aquel libro.

   –Bueno; enseguida vamos a comer. Pero contame con quien te encontraste-, ella subsanaba.

   Y yo, cerrando el libro en una mano, le hablé de la montaña, cuando yo estaba más jóven. De las impresiones cuando conocí a Delia: Como eran dias enteros continuados de brillo permanente. Le hablé de cuando nos despertábamos con el sol temprano brillando fuertemente, para bañarnos en los arroyos con sus aguas eregiales, donde mi amiga, hija del sol, me impulsaba a refrescarme, sirena Koñilafken. Para luego correr subiendo al día. Deslizarnos por los cerros. Y de cuando, después, volvíamos a encontrarnos. riendo por esas pequeñas heridas de los otros sobre nuestros cueros tan juntos, de bronce, de fuego y crepitar de leña. Fui puntualizando tantas cosas pequeñas pero importantes; hasta que vi a Flosie en cómo comprendía consigo ese relato. Y que su propio futuro amplio y su independencia, su propia genialidad, también eran tan grandes y tan pequeños, como las cosas de estos otros que iba conociendo. Vi como comprendía que su propio ser tenía pertinencia en todos los que la apreciábamos. Yo intuía que se daba cuenta que nosotros, los otros, entrábamos en su vivir, tanto como ella en los nuestros. Y le seguí contando del momento reciente, en el ambiente de Delia, tan cargado de consignas tejidas para el mañana; que todavía tenían algo que hacer en muchos años, tanto que desarrollar, decir, cambiar.

   Ya estaba dispuesto yo para ocuparme de las cosas que me llamaban desde la sala, con su “guárdame, ordéname, cómeme, límpiame”. Ya me estaba por disparar para las tareas; cuando la niña Petris se levantó de las aguas. Y me habló del tiempo que pasaron, con el “Gato” Petris y Nilda, la mamá: “Cantando y haciendo cosas del campo”. Y las mariposas, el ruido del molino, sus amigas, la chacra y las zanahorias –las papas que hacen soniditos al cosecharlas–. “Algunas noches, grandes y chicos, nos sentábamos a estar. Los grandes nos enseñaron a estar tranquilos. Todos sentados alrededor del fuego nos quedábamos como meditando, pensando, imaginábamos”. Yo la escuchaba al voltear las páginas del libro de extraño nombre: “Erik-A-Rubicundare”.

   Voy mirando las páginas del libro que me compré. Con tantos libros para leer, tenía que ser justamente este libro. Que alguien tratando de escribirlo va pensando en como continuar escribiendo. Lo dice porque quiere contar, parece; mientras me detengo en esta página; de una estadía en Punta Badero, de los vecinos de Margariño, de un señor al que nombra como “Bébe Clemente”. Y yo, al escuchar a esta niña chorreando agua, iría pensando en cómo podríamos vivir todos en un linaje feliz: Delia, nosotros en este barrio, Bébe en Punta Badero o en Margariño, y viajando a Causarya. O quizá posiblemente todos nosotros viviendo en todos los lugares al mismo tiempo. En un ir y venir, ocupados entre la Granja y las casas. Pero voy dándome cuenta, que ese libro que iría a escribir yo, cuando Nilda esté cercana, es este mismo libro que acabo de traer, el que voy mirando ya como una guía, cada vez más interesado. Porque es algo que Delia produce. Siendo que vuelvo a la sala, mientras sigue Flosie, esta pequeña, hablandome fuerte desde su bañera. Tengo tanto que hacer, y aquí.

20
Suplemento Conjunto

   Tiempo después, desde el barco, el marinero citadino hubo de pasar a la Residencia estudiantil en Rotondo. El no era estudiante, sino un hombre de otras tierras, con inquietudes que habían interesado a los delegados estudiantiles que lo conocieron, todavía cuando él estaba en el barco.

   Se había quedado solo en la casa de tantas habitaciones, justamente en el tiempo de las vacaciones. Por ciertas búsquedas en común, los estudiantes lo invitaron a quedarse convaleciente, pasar el verano en la casa de la costa.

   El matrimonio encargado de cuidar la Residencia, se alejó por unos días, en camino a la Rectoría de Argo. A los estudiantes les había interesado el navegante; y decidieron ofrecerle que descansase ahí unos días, por la brillante espina, porque le vendrían muy bien para ponerse más fuerte. Quedaba solo, era el tiempo de las vacaciones.

   Y entonces ese pequeño accidente con un calefón incomprensible. Lo tuvieron que atender de las quemaduras. Poco tiempo en la guardia del hospital; y cuando sale, comienza a buscar el libro que antes lo había impresionado tanto. Andar en Rotondo no era nada fácil.

   El “Tirolés Blanco”, viento implacable, volaba por las calles en esos dias de tormentas de arena, sin posibilidad de detenerlo los edificios. Cuando de vuelta en la casa, un lugar apartado y además donde es difícil entrar, quiso poder volver a mirar por las librerías de Rotondo.

   El marinero citadino se iba a quedar horas y horas en un cuarto de los altos en la casa universitaria. Allí se sentaría, cerca de la ventana abierta, durante los buenos días, para simplemente sentir el viento leve y escuchar el oleaje en la playa cercana.

   Aquellos días placenteros fueron de meditación tranquila. Cuando esos días estuvieron en su plenitud, Arueta recordaba en algunas tardes ante la ventana el haber conocido un libro. Bordeaba entonces el vértigo de dirigirse a la biblioteca de la Residencia. También buscar las calles y el libro por las librerías de Rotondo.

   Ulteriormente se quedaba quieto, con la imaginación de sus propios pasos y la elección de algún volúmen. Pero cuando comenzaban a cantar los grillos del crepúsculo, él olvidaba este impulso, y contemplaba obstinadamente la oscuridad. Hasta que el cuarto se hacía sólido con su atmósfera infundida por las horas iguales e impenetrables. Dentro y fuera la misma densidad nocturna.

   Un día le quiso llegar al parque de las iglesias en Rotondo antes de que todos estuvieran durmiendo. Hace sus ruegos ahí en oración, para encontrar el compromiso de cumplir. Entonces ya surgirían cotas de potentes concreciones, caminos transformados, con árboles ya caídos. Hacer y hacer nuevamente el trabajo. Y de nuevo con más cuidado, parado con pies firmes en pulverulenta arena.

   Lejos de ahí, dentro de sus envases, alguna gente se ha acogotado por tanto no querer ni dormir. Y se hacía el despertar nocturno de la avenida en la ciudad. ¿O no es tiempo del paseo todavía?. Parecería que la sugerencia indiscutible es felizmente bien recibida. Por cierto, ..entre quienes con aquella embarcación navegan las albas y las recuerdan.

   Sus momentos finales; que la tarea ya es algo al fín visible; sus momentos primeros; que en efecto aquello se va a hacer. En su andar él marcha; y cuando está por llegar a la casa sola, alguien se le acerca, dichosa persona que lo reconoce como un antiguo aprendiz. Están tan lejos de sus tierras; y aquello que el marinero quiere encontrar, alcanza a provocar una llamada despierta en el corazón de ella, que le promete que volverán a navegar sin olvidarse de nada. “Sin olvidarnos de nada”, remarca él brumosamente, y ya de lo suyo aparta ese regreso a la Residencia. Pronto entrarían a esta nave lista.

 


 Enlaces Relacionados:
 
Una niña cuenta algo para un público, ..que dé algunas precisiones.

  https://hipersalenas.wordpress.com/2009/08/08/40-articula_larvario/

«El cambio estaba en la oportunidad del arribo al paradero..»

  https://hipersalenas.wordpress.com/2009/08/28/46-mustgrip2/

«..es deprimente el barro, la travesía, la zona inundada, las ausencias, lo que retiene..» En ‘b): Las letras de eso ocultadas’

  https://hipersalenas.wordpress.com/narras-breves-14/

La nave fue y volvió

  http://tallerliterariorg.blogspot.com/

«..y quisiera terminar de ponerse de una vez el pulóver..»
En ‘No se culpe a nadie’

  http://www.juliocortazar.com.ar/cuentos/nosecul.htm

El 17 de mayo es Día Mundial de las Telecomunicaciones y de la Sociedad de la Información
  http://www.itu.int/wtisd/index-es.html

  http://www.itu.int/es/pages/default.aspx#1
 

  Página Reeditada en mayo de 2011.    


Sergio Edgardo Malfé

Morón, Prov. Bs. Aires, Argentina.   


7 comentarios so far
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[Enlazando con ALGO EN MARCHA aquí..] # Novela-Partidas-Lucero..: En una digresión oída, ..voces que se cruzan, ..cordialidad de mis amigas, en nuestra perenne compañía ósea y cantante, ..y, poniéndome la máscara, me acerqué, ..una charla que me dejó sin aire.[V. AlgoEnMarcha]

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[Notificando desde el hilo de entradas del Blog..] ..La reedición de esta novella PartidasDeLuceroArueta.. [Puede verse la Página Frontal actual desde aquí: https://hipersalenas.wordpress.com/]

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Se hace la necesidad de usar las menos mascaras, cansa, agobia,cuando te das cuenta que vas de una a otra, sólo para convencer de algo…Ir por la vida sin tratar de convencer a nadie da Paz…Mirar al espejo continuo, algo así como cuando miramos a otros y en ellos nos reconocemos…Pareciera Despertamos de Sueños y de Necesidades…Libros que orientan, mas sólo en la generalidad, la particularidad sera encontrada a solas.

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Comentario por Mari,Mari ,Maru

A solas surgen entonces las mejores transformaciones, y entonces las navegaciones se hacen mas ligeras y podremos llevar invitados…Mirando con mirada limpia como el azul del Mar.Como limpio el Ser…Sin sobresaltos subiremos a la Nave ..

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Comentario por Mari,Mari ,Maru

Y .. algunas navegaciones no son posibles de hacer a solas, la vuelta de Lucero es una de ellas, cierto es que resulta de una soledad, aunque en gran medida “la soledad” es un mito, y no siempre es generadora. Hay viajes que deben hacerse colectivamente, mirá sino al viaje de la Estación Espacial y el Endeavour: http://www.youtube.com/user/iss2012 . Por casi otro lado, pongamos un ejemplo contrario sobre las navegaciones solitarias: los pilotos de los cazabombarderos van solos, sí, los que provocan “daños colaterales”, como 14 civiles muertos por “error diagnóstico” en Afganistán, hace horas, 12 de los cuales eran niños.

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Comentario por Sergio Edgardo Malfé

[Desde esta Página…] # novela-partidas-lucero: ..”:contrito, :ciudad, :vertiginosa, :imponer, :carteles, :bil… […“transitamos diagonales que ya están viables”, hacia y desde Te Inunda]

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