Hipersalenas


# Novella Medio Telon: ..”broma, :palmaditas, :perdurar, :regresión, :conspirar, :modelador, :sublimado, :aguantar, :inasible”..


Vas por aquí a la Portada del Blog.


Medio Telón -Sergio Edgardo Malfé-


Atribución-CompartirIgual 3.0 Unported (CC BY-SA 3.0).
Contenido adulto.

dibujo_telonero1

..//(observaciones entre barras y paréntesis)//…

Tramo 1:

…//( Recuperé una historia, iniciada hace varios años, y después olvidada en un mueble fuera de uso. El mueble, la habitación húmeda plagada de olor a gatos. Otro factor determinante fue la bronca; porque me habían tomado de punto para su broma, las patronas de los gatos. Y yo con bastante culpa; porque se jodiesen así a través de mi bello corazón. Entonces me largué a enhebrar, esta subrogancia con mi narración, una previa. Y a intercalarle observaciones desde la actualidad. Estas observaciones van colocadas entre barras y paréntesis así: //(…….)//. En el camino de volver a ver; puede que los personajes todavía vayan y vengan. Porque a los personajes ahora me los figuro cambiados; señal de que siguen vivos. Y quizá para quien los lea…)//…

   Había recibido Bruno, la carta postal de un amigo, que lo invitaba a trabajar, en un hotel de turismo entre montañas. Pero, habiendo decidido ir; y al llegar a ese Hotel recién inaugurado, y dirigido por el amigo; Bruno se encontró con la noticia de la súbita muerte de su padre. Y tomó un pasaje para volver a la Capital.

   Bruno atraviesa, ya en la Ciudad, a la secuenciación de escenas normales relacionadas con las buenas costumbres funerarias. Despide en su hondura al padre que se ha ido; y hace los transitos rituales, por el cementerio, con la familia. Luego iba a instalarse en la casa materna. Había bajado forzado a la Ciudad matriz.

   En los siguientes días de esa transición, descubría a esa mujer, la que caminaba por el barrio, llevando a un niño de la mano. ¿Cómo es el andar despacioso que impresiona a Bruno?: -Como si volase la muchacha con su par de sandalias, que parecen aladas, despegando en sus pasos-. El día de su duelo en que la descubrió, cuando la ha seguido unos metros observándola, lo terminaba Bruno, con la escucha de un oratorio de Boccherini, bebiendo mucho tilo, y después una doble dosis de valium. Duerme luego con el fármaco dieciseis horas sin parar.

   Al disponer de fondos, que atesoraba su madre, pero que ha dejado su padre para él, Bruno iba a adoptar la ocupación del Comercio, por fuera de su profesión de hombre de leyes. Va a instalar una Farmacia en el barrio de Los Médanos, con el impulso de una anterior conocida suya farmacéutica. Junto a la cual así habilitados y asociados se emprendía el nuevo rubro.

   LLegaban juntos en mañanas de Invierno, para levantar la cortina. Y entre la venta de remedios y el sacarse de bufandas, iba creciendo una amistad aún mayor con Elena.

…//( Muchas cosas se cuentan. Pero estos personajes delineados y silenciosos… Ellos debían de tener sus diálogos. Y es tan breve la referencia a la muerte del padre de Bruno… Pero aquí hubo algo sin aclarar, en cuanto al amigo de las montañas… Ese viaje al Hotel: ¿a colaborar en qué?. Pareciera que sólo se trasladasen del original, unos bocetos subrayados previamente. ¿Será un procedimiento adecuado?. Vamos a ver. )//…

   Pasaban los días de turnos completos, entre mateadas interminables. Y Bruno se daba maña, para dar palmaditas en el ánimo de las vecinas enfermas; mientras barría prolijamente detrás del mostrador. Elena comenzó a hacerse construir una casa, en una calle de tierra, pero bien urbana la calle, en la Capital. Pasaje con recuerdo de carros y caballos.

   Fue entonces cuando Bruno decide interrumpir el futuro que se le mostraba. Porque, si bien la quiere mucho a Elena, la siente más como una amiga confiable, que como a su pareja de refugiarse, y el hogar en la calle de tierra. Le vende a su amiga la parte de la Farmacia en Los Médanos. Se muda a pocas cuadras de su madre, a un departamento que compra cerca del Parque Largo. Y retoma como abogado, su papel de asesor legal, para el cuidado de los asuntos de una editorial.

   En su nuevo departamento, aprende a gozar de su propia compañía. Cuida sus maceteros, lee poesía, escucha música clasicista. Son como píldoras amortiguadoras, con raíces vegetales y simbólicas, que equilibran la vida solitaria de Bruno. Soledad que se rompe ocasionalmente, con invitaciones y salidas.

   …En una de esas salidas, Bruno pasa el día de fiesta de año nuevo, en la quinta de fin de semana de una italiana excéntrica. Lugar donde conoce, y se le arma una conversación, con un psiquiatra, que reniega de las ortodoxias. Con él se reconocen en un mismo código, al mencionar la reciente visita del Profesor Paul D. Thomas. Y la conversación deriva hacia gustos y cuestiones más personales. Por un par de horas continúan hablando, sobre el cesped de la quinta; mientras las chicas les iban acercando bebidas y alimentos. Bruno le decía al Dr• Chico Durán:

…//( Voces de la historia, que comienzan a manifestarse contenidas y recuperadoras. En un intercambio asistido por esas cuasi-enfermeras, que acercaban caritativamente vituallas, para que los muchachos trenzaran insustanciales resoluciones simbólicas. Que sin embargo ellas, las asistentas, intuyen que les concernerían a ellas mismas. Bruno le decía a Durán: )//…

   –Me refugio en mi trabajo; en el esfuerzo de todos los días por vencerme. Porque si tomo lo fácil, lo que se me da por suerte, o por la ubicación de clase; si lo tomase; y por ejemplo, si me hubiese casado con ello; igual continuaría escuchando mi voz interior descontenta. Y quiero que mi exterior, mi circunstancia, no luche con mi parte interna. Quiero una correspondencia, una armonía entre dento y fuera–.

   –Puede ser que tengas miedo a dejarte llevar, a abandonarte aflojándote a tus necesidades de recibir. Y entonces te podés ocultar en tus argumentos. Podrías encortezarte y ahogar lo medular; dejar simplemente todo en atisbo. Cosa que me parece tampoco te va a contentar–, le respondía Durán.

   Ellos dos sentados en el cesped, instalados en medio del tránsito de la fiesta, obligando gratamente a todos a desviar los pasos alrededor. Todos que los observan divertidos, en como se avituallan y beben y conversan.

–Vos no me vas a decir que sabés quien soy por unas pocas palabras que te he dicho a medias–, repone Bruno algo irritado, por ese discurrir teñido de profesionalidad sugerente, que ya escuchó suficientemente.

   Pocos de los participantes se les habían ido acercando, para pescar algunas palabras, tanto como para saber de los progresos y abatimientos. Pero enseguida se han vuelto a ocupar por estar en la fiesta de noche vieja, con otros que simplemente quieren pasarla bien, sin truculencias.

   –Conozco bastante gente que es prototípica de esta cultura; y vos no te escapás por mucho a los moldes; aún con tu inconformismo; o quizá también por tu compulsión a luchar, precisamente por eso–, dice conciliadora la voz de Durán: …—Sos un ego más de esta cultura. Y estamos en familia. Vos, el inconformista. Yo, el pariente que querría que aflojes tu fijeza. Pero sólo veo el lado clínico de la cuestión. No te podés hacer ideas porque no hay nada personal. Ningún otro interés. Mirá sino cómo iba a estar tranquilo entre locos como estos–.

…//( Bruno iba a decir algo. Hace tantos años lo dijo. Pero entonces yo, que lo rescaté en estos días espesos, puedo ya hacerlo entrar en un murmullo; y decir yo al lector, evitándole a Bruno la fatiga… Que Iliana Brescionni, antes la señora de Haller, admite en su ámbito beneficioso, solamente a aquellos que, como ella, oscilan desde la sublimación muy destilada, a la concretización más desparramada; aunque cualquier desmesura siempre a tono, como es la de decir con corazón. Bruno iba a decir, que toda esa gente reunida en la fiesta –aunque otras veces alrededor de Iliana algunos siempre con cualquier motivo o sin él–, que esa gente elige alambicarse desde retazos del tipo de un grano de arroz, o desde la vivienda de la culebra, o desde las quijadas de la mantis religiosa. Que esa gente decide desparramarse concretamente, frente a asuntos tales como la retórica quintiliana, ó lo del viajero de Langevin. Y despiojar a una extraterrestre. Toda la circunstancia, me pregunto: ¿Bruno la sabía, cuando comenzó a conversar con Chico durán?. ¿O era víctima de su ingenuidad inocente?; que pronto iría a perder, la inocencia. La ingenuidad en cambio se las arreglaría para perdurar. )//…

   –Es cierto. En nuestra terapia también funcionamos así como decís de Iliana y sus amigos. Aunque yo mantengo una distancia científica necesaria-, comenta Durán: -Casi todos se atienden conmigo–.

   –No creo que yo me pueda llegar a conocer realmente nunca-, le responde Bruno a Durán, retomando la esgrima sobre el tema central: -Es real que mi estabilidad es poca. Elena te lo debe haber dicho probablemente… Porque rajé de la Farmacia donde trabajábamos. Se me estaban introduciendo demasiados filtros entre las cosas y yo. Eso pasaba. Estaba acallándose la realidad que soy. Todo se me estaba amortiguando. Ahora, la vida que estoy haciendo es más solitaria. Creo que eso es lo que preocupa a Elena. Estoy más lejos de ella que cuando estaba en la Farmacia. Creo que por eso me trae a esta reunión; me pone así a hablar con vos, como si fuera una casualidad… Es hábil–…

   –Yo creo que si seguís por esa pista, vos sí que no llegarás a conocerte. Me voy dando cuenta de un real asiento, para tu paulatina mayor separación de los demás. Creo que también te vas separando de tu memoria. ¡Vale!; si de esta manera te querés separar de lo inauténtico. Pero hay que recordar. Hay que hacer un esfuerzo para recordar. En nuestros grupos podemos pensar de una manera diferente. Todos los de una Clave, no nos demoramos con palabras. Vamos hondo, esforzándonos en cada sesión de la Clave. Yo trabajo lo más que puedo para dar a luz la gente real que está escondida en quienes precisen mi ayuda para esto que es como renacer. No te negués, Bruno. Hacé una sesión en Clave con nosotros para probar. Después ya vas a notar–… Durán seguía hablando; preveía la necesidad quizá de psicofármacos, para acentuar la regresión.

   El tema de las píldoras avivó livianamente el interés de Bruno, que se había estado despegando del posiblemente evolucionado discurso que Durán acumulaba. Que Durán hablaba, guiando sutilmente la mentalización de Bruno hacia un punto, que él como terapeuta no conocía más que formalmente. Pero que Bruno sí conocía, en todos sus contenidos y apariencias. Así cuando se llegó al tema de las píldoras, Bruno casi no atendía ni quería atender a: “esta perorata divagante. Adonde querrá llegar este tipo”. Pero lo que él sí estaba reviviendo, eran las horas del Cementerio -cuando imaginaba sin poder sentir, al momento final-. Mientras, en el cesped de la quinta, se le producían las escenas fugaces de ese momento final; y recordaba Bruno como había pensado sin pensarlo ese final, en el Cementerio. Como si cuando el entierro sucediera, su mente hubiese estado funcionando, aunque asemejándose en este funcionar, a una función teatral detrás de los telones cerrados. En el cesped de la quinta, la cuestión de la química, que en el discurso embalado del médico, terminaba de conectar a Bruno consigo mismo; con un cierto sabor salado en el fondo de la garganta. El recuerdo de saber de no saber. “Entonces nuevamente; todo tan suspendido, tan provisional; nuevamente esto”. La atención hacia Durán que lo estaba mirando con nuevos ojos; sabiendo Bruno que su propia expresión estaba cambiada. Que por eso Chico Durán lo mira con esa mirada distinta.

…//( ¿Qué intentaba producir esta escritura, en medio de tanta fiesta?. Probablemente en alternativas; una óptica y otra; para llegar a un convencimiento sin tensión. Era así.

La Gran Tipa se acercaba. En el jardín, en tanto, sobre un sillón Elena descansaba en la noche, sin dejar de mirar tiernamente a Durán y a Bruno que hablaban.
)//…

   Se acerca Iliana, la dueña de casa, al dúo de conversadores. Y les dice:

   –Me hicieron pensar que estaba viendo a un par de bateristas haciendo contrapuntos improvisados… Pero justo llego en un coro de silencio… ¡Ellos tenían sus diálogos!… Pero las chicas, ..¡..les hemos alcanzado lo necesario!–.

   ¿Para qué estaría dispuesto el Dr• Durán, ante la humorada de Iliana?. Bruno si estaba dispuesto, para echarse de espaldas sobre el cesped. Quedó acostado; mientras Iliana constelaba bucólica, con un tercer vértice, en la dialógica figura. Durán le contestó a Iliana, de cómo él había disfrutado, las remesas de medialunitas rellenas… “Muy ricas”, ya está; silencio. Iliana se puso a mirar a Bruno, que echado en el cesped, la miraba divertido. Ostentosamente en silencio Bruno, con el querer prolongar para sí, un serio reencuentro -el que se ha dado con sus sentimientos y recuerdos-. Bruno oye como Iliana trepa en su voz, aclarándosela desde el paladar, para aconsejarle:

   –No te ablandes a la vergüenza, Bruno. Si es cierto que te puedes aflojar, será porque Durán te ha podido acertar. No te entregues a la vergüenza y hablanos. Y no te preocupés; que este es un santo…. Te estuve viendo tan apretado todo el tiempo; y ahora se te ve bien–.

   –Atendeme hermosura-, dice chico Durán: -Que todavía no me han canonizado–.

   –¡Aah!… Chico para arriba; a la didáctica; que te vean–, se ríe Iliana.

   –Precisamente; ahora es muy cierto-. Bruno que se llevaba las manos bajo la nuca, decía: -Que en uno de tus grupos; ¿podré ir?. Quizá pueda seguirme la pista así; reconocerme; es verdad–.

…//( Este asunto es sencillo. Es como una progresión de cajas chinas transparentes. La caja más pequeña adentro es la historia, cuando a los personajes les pasaba, en un tiempo ubicado, de años 65/68. La caja siguiente es la primera narración, que compuse en febrero de 1977. La otra envoltura, ya algo más distante y velada de aquella llamita central, son los imaginarios que vuelven, en una concretización. Confieso que se están callando circunstancias redundantes. Los imaginarios enmudecen repeticiones; se comportan un poco de otra manera; abordan una “realidad” distinta, rica y desquiciada. Y a esas tres cajas previas, las incluye esta otra cubierta, de las voces y de las referencias a hoy en día: -Mi interpretación de mí mismo, que creo estar, y de los textos que voy encontrando, como en un sonambulismo-. Pero hay otra pared más de cristal alrededor. Y es la lectura futura que haces, Lector, ó yo mismo, ó un Copista Robótico. Y quizá entonces se agreguen otras voces,
quizá otras llamitas, entre más paredes transparentes…
)//…

   –Martes a las nueve de la noche-, convino Durán: -Y ahora olvida cómo suenan los despertadores. Estate en la Fiesta–.

   –Si querés algún bocado ó unos caramelos, recordame. Y acercate, zonzorón… –, decía la señora Brescionni, al ver que Bruno echaba a andar, alejándose.

   En la quinta, entre el montón de invitados y el asco del olor a yerba. Con la mirada que se va llevando, de un grupito de tres chicas muy hermosas; Bruno salta y vuela desde el trampolín de la pileta al agua. Saltar le da una rara felicidad.

…//( A esta altura ya está dicho, por sí, por tal vez, ó por no; y así señalado también, lo principal.

Al final…, no podemos pretender estar siempre bien, felices y contentos.

Aunque ya se sabe que algunos….
)//…

   Una fotografía dentro de una carta; sin salir a la calle; mirar la foto leyendo la carta; así por dos días de un fín de semana, releyendo y volviendo a mirar. Al fín Bruno escribe una contestación… “Me ata a esta ciudad, la obligación que siento de tener ahí a Elena tranquila. ¿Por qué hacerle evidente otra voluntad?, apareciéndome, como ustedes dicen, en las montañas; cuando ella está bien decidida, para que conmigo ya no”…

   Bruno remonta una cuesta angustiante. Y luego de escribir el sobre, sale al calor del pleno día, para llegarse hasta el Correo. Va caminando por la sombra pensando… “Promesas, promesas, un gran globo lleno de promesas; al fín eso es este planeta; y yo trato de evitar el atosigamiento de mis pasos y mantenerme en la cuerda, en este circuito chicaneado. Vamos, vamos: que despachando mendrugos siempre está dios atento. ¿Qué voy a hacer con tanto tango de suelas gastadas?”.

   A dos cuadras del Correo está parada como esperando, tan notable para Bruno, en la puerta de un edificio; está aquella vecina, andarina bailante de sandalias aladas. Bruno deja de pensar, no sabe; sólo que se detiene; y es una motorización la que le hace girar su cabeza y producir unas palabras sin prisa; y hasta sorprendido por su propia voz, le dice: “Hola, hola; vuelvo a verte; ¿cómo estás?”. Danzarina suavemente lo mira sin nombre y lo interroga algo desafiante: “¿Qué te pasa?”. Se da vuelta lista a entrar, en un corredor abismal –devorador lo siente Bruno-, como en un gaznate deglutidor sin ninguna luz en su fondo. Vientre del block de edificios, de donde ella saldría después, siendo probablemente otra, y después quizá nunca para él. Ella que tuerce en interminable movimiento su cuerpo, busca en su bolso las llaves para abrir la puerta. Bruno combativo y conocedor muchacho, que ya no piensa ni pretende nada. Que sólo desde su garganta sin quererlo, surge sin huecos un pedido: “No te vayas”.

   Ella frena su escape alado, vuelve la cabeza y sonríe. Bruno se siente lleno de sonrisas, con un interior completo de voluminosas naranjas enteras sonrientes (*).

…//( ¿Para qué abrir este dramatismo?; cuando ya se había completado una circunferencia al relatar el insight de Bruno junto a su inserción en los grupos de la Clave. Había de ser para llevar la pequeña historia hacia una novelística, eso parece resaltar claro: una tremenda ofuscación y empacamiento obsesionado. ¿Y cuál medida de esta responsabilidad es mi propia culpa?. ¿O acaso reñiremos a Bruno por ser tamaño muñeco?. Se acabó la primera parte…

(*) Esta imagen: naranjas y sonrisas ligadas, después de haberla escrito yo, reaparece ante mí, cuando leo a Hölderlin, en su “Hyperión”. La versión de que “ya está todo hecho”, pudiera desanimarme. Aunque, por andar inadvertidamente en alguna huella de buenos creadores, se me corroboraría así, como una pertinencia de continuidad…   
Podría ser.
)//…

dibujo_telonero2

..un poco mejor..


Tramo 2:

   LLegan a una Plaza cercana, poca gente, el sopor de una tarde. LLegan sorteando el Carnaval, que crece adventicio, con su impuesto peliagudo, que la ley de la calle en rosca quiere arrojarles. “Está bien”, y repite ella: “está bien”, a cada rato. Ella, que se llama Gabriela Sircanti. ¿Qué va haciendo cada uno; qué buscan?: -¿que les crean quienes quieran?-. Se adecúan en algo así como enfocarse en su arreglo. “¿Tenemos mundo?”, se preguntan. Quizá al menos respirar, inspirar y convertir. Bruno recuerda que él antes conspiraba; y ahora querría convertir en aliento, lo poco que ella le dice, para entender si hay un conspirar. Y no, parece que no. No hay objetivos establecidos. Aparecería que están viviendo como una magia. Gabriela también se da cuenta del puro presente, después de las primeras palabras breves. Y sus silencios se van haciendo sentimiento. Pero también lo que ella dice…

   –…como que estaba todo velado… tétrico. Lo mismo estar allá que en mi lugar. Ahora un poco mejor, más despejada. Paseo con mis sobrinos–. Cuenta que había estado trabajando allá, en el negocio de alfombras de unos parientes, en El Rosario:

   “La forma de estar sola era distinta, diferente mi desencaje; allá tenía ese trabajo; los parientes tan floridos y amables, tan distintos. Me cansé de sólo acompañarlos por no hacerles daño, de cumplido… Inauguraciones, cenas, clubes”…

   –… quería reencontrarme con mi lugar, mi propio centro en las condiciones. Mientras tanto paseo con mis sobrinos. Antes de irme casi no nos dábamos bolilla. Parece que fuera una novedad para los chicos, y a mí me gusta caminar con ellos, casi como un aprendizaje para encontrarme–.

   –Pero… ¿Cuánto tiempo estuviste en Rosario?–.

   La tarde alrededor de ellos iba creciendo en animación. Las bombitas de agua estallaban. El sol se preparaba para sus rayos dorados.

   –No todo el tiempo. Vine en ómnibus los fines de semana. Pero hice once meses trabajando allá. No es tanto tiempo. Aprendí que la gente allá es más frontal, igual no me gusta. En poco tiempo, pero conviviendo, te das mejor cuenta de lo que busca la mentalidad de un lugar, a través de su gente–, dijo Gabriela.

   Distraídamente algo afuera, que disipaba un poco la atención de Bruno. Pero una nota precisa que hacía sonar la chica: “Esta piba lleva una cruz de curiosidad humanística. Ahora sí que vamos a ver”, pensó Bruno. Desde el rincón de la Plaza podía ver como se sumaban a los paseantes un par de policías.

   –La ley de la calle–, murmuró Bruno. Se sentía muy nervioso; con las visceras fuera de control. Horrible y contradictorio momento para el muchacho.

   –¿Cómo?. No te entiendo. ¿Qué me estabas diciendo?–.

   –Te aseguro que mi vida va a ser otra, después de haberte visto–, respondió Bruno. “¿Tendrá algo que ver esta chica con la policía?”, pensaba él.

   –Te aseguro que mi vida va a ser otra, después de haberte visto–. Bruno tenía preparadas estas palabras, y las gatillaba a pesar de sí mismo; se levantaba suavemente de las piedras. El dolor de estómago podía más que su interés en Gabriela.

   –¿Pero que haces; por qué te rajas; qué pasa?–. Ella se levantaba al mismo tiempo, y lo tomó de la muñeca.

…//( Sé a que Plaza quise dirigirlos. De vuelta en estos días, cuando reviso con cuidado aquellos momentos; y a lo que quise decir; de vuelta estoy en estos días una tarde en el rincón construído con piedras. Hay gente cantando en la Plaza del Parlamento. Están un poco más lejos en este crepúsculo; para que no pueda entender yo claramente qué palabras dicen. Supongo que podría acercarme y entender mejor su música. Quizá si me acercara a ellos, me invitarían a sumarme al grupo y a su canto. Luego, en el silencio entre canciones, un par de ellos se podría interesar en mi novelística. Me reconocen. Esta pareja que se ha interesado en mí, me plantea una invitación; me llevarán a un club, a un baile de Carnaval.
El baile recién comienza, y entre la gente que va llegando alcanzaré a reconocer a Gabriela y Bruno, que acompañan a una bicicleta disfrazada, que intervendrá en la comparsa. Yo intuyo el dramatismo de un encuentro asombroso; y no me quiero quedar para ello. Además, las costumbres actorales de las bicicletas llegan a ser tan carnales, que seguramente me desagradarán, como habitualmente me sucede con sus danzas. entonces me decido a irme.
Por las consecuencias adelantadas, mejor escurrirme del baile; no ir al baile; mejor quedarme en el rincón de piedra deshaciendo la historia; inventando una verdad futura, donde no otro Bruno, no otra Gabriela, ni esa su bicicleta. Mejor el texto, en el que se incluyen anónimos sencillos desolados, a miles de kilómetros desparramados, sin bailes de Carnaval.

Grisáceamente, encapsulado en mi juego secreto, he vuelto de la Plaza. Es cierto que había estado en precisos lugares iniciáticos, hipercríticos, consagrados que están para mi juego modelador hacia los personujos. En el rincón de la Plaza, ya no el mismo rincón, pude rever a través de los cambios, recordando los rostros de Gabriela y Bruno. Ahora de retorno en mi casucha asfáltica de la azotea, para tratar de abordar nuevamente la narración, ampliamente subrayada con lápiz rojo, con tachaduras, cruces, llaves, flechas, anotaciones en el márgen… Y estoy recordando que Gabriela estimulaba con palabras…
)//…

   –¿Pero que haces; por qué te rajas; qué pasa?–. Ella se levantaba al mismo tiempo, y lo tomó de la muñeca.

   Por eso de tal manera Bruno así, que quería arrancar de la Plaza igualmente; si ella no tenía problemas, en acompañarlo al Correo. El con menos inquietud, pero esa incomodidad incierta; aunque el contacto momentáneo de pieles le había resultado grato. Y ella no tenía ningún apuro; podía acompañarlo: “¿Pero cómo al Correo; que hoy es domingo?”. En la marcha él le va diciendo: “Te explico”, Bruno cauto por esa sensación de fatalidad… “Sucede que hay guardias los fines de semana, en las oficinas del puerto”.

   No demoró mucho ella en decirle, que debía de ser para que los marineros escriban a sus casas. Cautamente Bruno fue retomando el tema del Rosario, el trabajo allá, las diferencias.

   –¿Y no te hiciste de alguna relación importante en esos once meses?–.

   –¿Cómo; quién te dijo que no?. Me conecté realmente con unos primos que no conocía. Andábamos mucho juntos, con el más cercano a mí, en una motoneta. Salíamos a las quintas. A veces el me dejó que la usara sola. Yo me iba hasta el río, hablaba con los pescadores–…

   Una banda de chicos chillones salió carnavalesca de una calle cortada con casas viejas. enseguida las bombitas de agua, que a algunos de los chicos les salían enteras. “Ahí lo tenemos a mi primo”, dijo Gabriela después del bombazo de agua. Y señalaba con el pulgar por sobre el hombro, a los chicos que refluían. “Seguramente”, pensó Bruno, “para concurrir a nuestra charla con más agua, con baldes tal vez”.

   –Corramos, tomemos ese colectivo–, dijo Bruno.

   Y a pocos metros no había ningún policía, pero sí el colectivo. Y nadie los detuvo ni ninguna otra cuestiòn. Solamente a ver si las monedas alcanzaban para la máquina. “No te alcanza, no te alcanza”, pensaba jocosamente el colectivero. Situación algo ridícula; la de un cangrejo solo comportándose sobre un fino lienzo blanco inclinado. Que se estaban escapando de una bandita de pibes. De todos modos instalándose en la marcha sobre esos barrocos asientos plásticos.

   –Y claro; mi primo, que es más chico, seguramente debe haber terminado por comerse algo. a pesar de su club, la novia… Pasábamos mucho tiempo juntos, como si ya estuviera todo hecho, con suma tranquilidad. Yo en realidad me volví sin ningún problema. Y mirá que tampoco ningún muchacho de Rosario… Gente cordial y bastante sincera, pero tan ocupada en su mundo personal–…

…//( Se habían alejado del Carnaval ácueo, que ocurría en las vecindades del Pasaje Laprida. No hay registros de si Bruno lo mencionase así para Gabriela, cuando el incidente y la corrida. Con el Pasaje hice igual que con el rincón de piedra en la Plaza. Yo me arrimé ahí, para cotejar la narración de entonces con los escenarios de hoy. Han demolido, y dejado en ruinas baldías, la esquina de la callecita, sobre la Avenida. Hasta mitad de la cuadra, por el Pasaje, todas las casas de un lado echadas abajo. Las que permanecen en la vereda de enfrente, pasaron por cambios: portones de hierro, rejas, pintura adusta; gente distinta seguramente.
Son simpáticos estos dos conociéndose; ¿no?. Tan ocupados en su mutuo enfocarse, que no se ponían a pensar que significaba la muchedumbre arremolinada en la Plaza. Lógicamente las ruinas, sucedieron a esa desaforada candidez. Al menos eso me parece desde mi visita actual. Como si la multitud arremolinada, fueran artesanos o no, hubiera producido también las ruinas, creando un vórtice de tormenta histórica; y ellos, Gabriela y Bruno, hubieran sido los causantes principales, por no detenerse ahí. Porque las casas estaban en píe, y ellos fueron señalados con bombazos de agua acusatorios.
)//…

   Bruno asentía escuchante, a la continuación del relato de Gabriela; y hasta le hizo un par de pequeñas preguntas, relacionadas curiosamente con los arreglos del mobiliario, de puertas adentro, en el Rosario. Algo para pensar, de cómo se las habrían arreglado los parientes y vecinos, en sus retiros frondosos; primas, primos con sus novias; todos escrutados por las miradas de esta criatura. Que se preparaba Gabriela para desenvolverlo, al informe confidencial, en el contacto con su ciudad, con Bruno interesado, preparado él para conectar las mentes, a la realidad de piedra, que la Capital y sus leyes no escritas, y sus reglamentos y códigos almacenados.

   Ella parecía encantada, y diferenciaba antes, con los libros de la diferenciación, que había ido leyendo entre otra gente. Diferenciarlo eso, del tiempo en una misma categoría de imágenes ideales, con alguien dispuesto, parecía, a compartir espacios plenos de sentido. Ya habría ocasión, con un Bruno tan serio.

   Después habían llegado al Correo. Y Gabriela, que viva, ya venía sabiendo de como podía Bruno escuchar. Y ella, como invitando a desenvolver otras tantas palabras; porque entonces él le iba diciendo, ya con alguna prisa, de los grupos de Clave. Bruno contó también el reinicio de su trabajo entre contratos, correspondencias entre palabras legalizadas, derechos de autoría, y porcentajes de ganancias. De alguna manera ella, que viva, como apurándose algo más, detrás de lo que Bruno decía sobre los grupos; siguiendo aparentemente Gabriela la prisa sin perderse. Y sin embargo, eso raro ahí, esa traba que al continuar, hacía que Bruno al sentirla, quisiera dar un primer paso decidido, ya no exploratorio, sino consecutivo, dentro de la claridad de un entronque bien acordonado.

…//( Ahí estábamos otra vez, detrás de una verdad. Pensando como nos hacían pensar, es cierto; pero de entre todas las mentiras, aparecían líneas necesarias. Algo que se quiere vivir, algo que se quiere saber: transporte desde lo condicionado hacia lo verdadero. )//…

   Las instancias que se iban a suceder dentro del Correo, un poco más movilizadas, porque todo debía de ser “expreso” ó “correo simple”. Esto con los dedos del empleado que se detenían antes de alcanzar el sobre en la ventanilla. Pero entonces; ¿qué fue eso que tomó la carta para las montañas?. -Quizá una sombra-.

   El Correo con Gabriela y su vestido amarillo, que le hacía recordar a Bruno una esquina en otro anochecer pleno y dorado. Gabriela y su vestido amarillo: -probablemente por eso, los dedos que nunca llegaban a tomar el sobre-. Y al salir, ella lo iba a taponar un poco, para que no pudiera seguir él con una caminata fácil. Bruno permanecía en su voluntad comunicativa. Aunque ese resabio de malestar, esa traba que todavía ahí. Y Bruno debía escuchar:

   “¿No me querrías contar para quién es esa carta?”, se lo dice con ruiditos. Bruno entiende que la situación empieza a pesar. Entonces; ¿con que le respondería?; ¿con sus sueños de manjares y tortas?. Le dirá: “Me hice de algunos amigos, antes de conocerte. Fueron trabajos y los cambios… Sin embargo, algo permaneció: algo como una ecuación que abre un diseño. Y Elena está en el planteo. Fue socia mía. Está allá en las montañas con Brando”.

   –¿Por dónde están?. ¿En Sierra de la Ventana?–, con ruiditos, pero de resignación.

   –Están en la línea; pero son las montañas más interiores de la Sierra–, respondió Bruno, sumarizando así una geografía fantásmal y heterodoxa.

   Ya al andar en la calle, Bruno reseñaba del “Celestial”, el proyecto de Brando para los turistas. Entonces ya fué hora de entrar en un espacio vivificante. El discurrir los llevó al restaurante dietético naturista, sobre Las Barrancas. Allí se ubican entre las hiedras del fondo, en una mesa cerca de la puerta lateral. Bruno continúa cierto, haciéndole saber a ella sobre las ganas de partir que él tuvo, y como las había tenido que derrotar, poco tiempo atrás. Pero también le refiere de mucho más antes, cuando Brando había empezado con un cine. Las películas que veían con la barra de amigos…

   …Así el encuadre, con los apetitos conducentes, y los pulsos de arranque que daba Bruno; y se sumaban las figuraciones atesoradas y las novedades al recordar. En eso estaban. Y se entremezclaban las funciones en alerta, con los tiempos sumados sobre las ganas mutuas; y con la voluntad de entender de los dos.

   …En esa transición mixta, el protagonista debía de caminar cuesta arriba con un solo zapato. Así llegaba al entierro de su padre. La historia más real. Imágenes que se les iban presentando. Mientras el camino de empalmarse se les iba señalando con algo como guiños y connotaciones. Subiendo trabajosamente la cuesta con un solo zapato; aunque el otro zapato está. Seguramente alguien lo tiró por error. Y luego quiso, restituyéndolo, que el protagonista recordase algo, a pesar de la resistencia. Aunque quizá Bruno podría recordar el entierro, con tanta gente que hubo. Y estaban los vecinos de al lado, esos hoteleros asociados. Ahí donde entrar con esta chica –“papá, que lo enterramos”–. Y tendrán que caminar esos pasillos revestidos con cerámicos hasta el techo.

   “Hay que comer algo, Gabriela”, –aunque no lo hagas bien del todo–. Después quizá entrarían por los pasillos de las casas, entre la gente apresurada porque comienza la película. Y cuando él, antes, en un breve momento; cuando tuvo que levantarse; y que al volver estuvo como celoso. -Sospechaba que se me hacían insinuaciones-, piensa Gabriela. Ya en el cuarto dejarían pasar un buen rato silenciosos. Entonces escucharían que hay alguien bañándose en el cuarto de baño. Sin embargo comiendo las tortas de chocolate. Y Bruno entraría al cuarto de baño para encontrar a su papá; que después entre las sábanas hermoso. –No papá; vos no estás muerto. Estás en el cuarto con nosotros-. Después del entierro; con el sexo aniquilado; pero en la película es así: Hay alguien bañándose en el cuarto de baño cuando ellos entran en la casa antigua.

   Estaban un poco en el restaurante. Escucharon, o creyeron escuchar, desde una mesa vecina: “Es una más de las indiferenciaciones, hasta que empiecen los militares de la masturbación una vez, dos veces; hasta que empiecen con la masturbación, tres. Y también con los asesinos de punta”. Ya salían del restaurante. “Que sería mejor conocernos más hoy”. Lógicamente ya salían, era necesario. “Fantástico, si tu departamento cerca del Parque Largo, fantástico”.

   Iban de acuerdo por las calles oscuras, rodeando manzanas amplias. Cuando quizá fue la prisa instalándose nuevamente. Eso quizá los llevó a meterse en un bar, ver de tomar algo. Con despojada y seca cortesía otra vez Bruno en un encierro frágil con su propia persona. Igualmente queriendo estar, pero como cumpliendo un deber al estar con alguien, esta vez con Gabriela. Ella piensa que quizás él estuviese herido por algo; y entonces esperan, hablando poco.

   Comentan del lugar bohemio en que se han metido: afiches de viejas películas en las paredes, algo como una plataforma o escenario, quizá un café-concert, pero eso debe ser más tarde. “¿Viste que nombre?: -El Bar del Loco Neutro-“.

   En la mesa de un rincón, un pequeño grupo variado de gente muy jóven charlaba. Alguien rasgueaba en una guitarra fría. Otros se apartaban para volver enseguida. Ellos dos se dispusieron concertadamente, a observar sin evidencias al grupo. Estaban en eso; y Gabriela revisó en su bolso buscando un cigarrillo. Inadvertidamente habrá torcido mucho la boca del bolso. Porque se desparramaron las cosas por el suelo. Bruno se sobresaltó de extrañado; Gabriela algo más tomada por el suceso. Quedaban al descubierto sobre el piso, varias docenas de minúsculos anteojitos para el sol, como para muñecas. Pero muy cumplidos y terminados anteojitos para el sol desparramados del bolso en el piso del bar.

   Desde el grupo miraban imperturbables al despliegue sobre los mosaicos. Entre ellos dos se ayudaban discreta y lentamente para volver a embolsar los anteojitos. En esa tarea, Gabriela y Bruno, se murmuraban preguntas y respuestas, que a ellos dos los iban aclarando y facilitando. Enseguida completaron el reembolso y se sentaron tranquilos. Se quedaban unos minutos más. Los del grupo los vieron levantarse. El llevaba un dinero al mostrador. Después en el bar, alguien hizo un comentario sobre el color de los pantalones del “tipo”. Y una muchacha dijo algo sobre la linda sonrisa bemba de Gabriela. Pero nadie dijo nada nunca ahí sobre el suceso de los anteojitos.

…//( Y bueno; mi propia gente, a la que estuve mostrando mis papeles de antes, y al traslado que estoy haciendo en estos días, se puso a comentarme. Bárbara, mi prima la menor, me sugirió que pensare yo, en hacer otra cosa. Parece que la molestó la escena medio fílmica con el espectro del padre de Bruno. Lástima, porque no nos quedará espacio para seguir comentando con ella. Se fue muy disgustada de la casucha alquitranada en la azotea. La escuché escaleras abajo, acusarme con mi madre, de que yo la había manoseado. Entiendo esto último como un rasgo de bondad por parte de Bárbara. Seguro que no quiso darle a saber a mi madre el motivo real de la discusión, la naturaleza algo catártica de mis escritos. ¿Por qué se me habrá ocurrido mostrárselos a ella?.

Otra cosa fue con mi tío el del Centro. El se mostró encantado con la idea y con los papeles originales. Me dijo que esa escena encriptaba necrofilia, y que inquietaba bien. Que a él le provocaba reminiscencias vegetales; que se iría a ver los árboles del Botánico. Me agradeció mucho; sugiriéndome que trascribiera todo sin modificarle contenidos. Pero después, ya en las habitaciones de la casa, abajo, poco antes de irse; cuando conversábamos junto con mamá y mi otro tío, el más grande, sobre tasas de interés, bancos donde hacer depósitos, tiempos de reinvertir o retirar; ahí fué que mi tío el del centro, me miró de una forma que aparentaba ser cómplice. Pero yo le percibí un brillo protervo. En estos días ese resplandor maligno en su mirada. ¿Y cómo no iba yo a saber ahora de tantos motivos falsos de rencor, que se pudieran tener en contra mía?. Y quizá las ganas tuvo de arruinarme la moral. Y ahora también, aumentadas con el resentimiento. Porque quizá creyó mi tío las acusaciones de su sobrina, la pérfida Bárbara. Luego, de vuelta en la casucha, reflexioné en la escena redactada con el Padre. Quizá solamente esté escrita debido a mi característica aquiescencia, y por ella haya como una revancha reactiva. Quizá quiera llevar la escena, a descubrir y adjudicarle a Bruno unas manipulaciones que parecerían obscenas. Manejos viciados a los que Bruno se entregaría demencialmente. Así que, sería de agradecerle a mi tío el del Centro, por revelar en su mirada esa conflictiva y esos posesionamientos. Me ayudó sin darse cuenta. Hay que ver el lado positivo de las cosas.

Suprimiendo saludablemente, junto al olor que nos evocan las yerbas medicinales, que Bruno se guardó en el departamento, provenientes de la Farmacia. Suprimiendo tantos párrafos que debo reemplazar con indicaciones resumidas…
)//…

   …Fué esa primera noche; y después dos noches especialmente dedicadas. Después de huir de un concierto nocturno en el Parque Largo; donde a los golpazos orquestales se terminaba con una Sinfonía de Beethoven. Más tarde Gabriela, se divirtió mucho en el lugar de Bruno, con la mesa, los libros, la imágen de San Jorge. Iba ella silbando por los ambientes; lo que hacía que Bruno se retorciera de la risa. –Como cada vez que se ríe, Bruno esa vez también se reforzaba con vitamina C. Resumiendo…–:

   …Hacen un viaje, a Ribavera, a Ribavera. En el viaje llueve, llueve. Encuentran habitación en un viejo chalet. Pasan las tardes, por el Pinar. Completan, completan muchas ceremonias, ceremonias exitosas.

   Al volver, en el camino; se pusieron de acuerdo en el tema de las mermeladas preferidas. Bruno tomó entonces decidida inspiración. La coincidencia de gustos lo animó para largar un asunto sublimado: el del manejo de las llaves. Porque, como ya se da un resultado promisorio y provisional, resuelve Bruno hacer una mudanza a la casa de su madre, a pocas cuadras para el lado de Streethorse. El departamento de reciente adquisición, quedaría reservado solamente para Gabriela y él. Entonces: cada uno tendría su juego de llaves. Usarían el departamento ellos dos, solamente para ellos y estar juntos.

   Cuando llegaron a la Capital, ya en el transporte vecinal, delimitan el pago de una factura de Aguas. Naturalmente va a ir ella a cumplir el trámite, comenzando a llegar al ensayo hogareño. Las llaves colgando del cuello, después del cerrajero y de dejar las cosas, ella se dirige por la Avenida Central hacia las transversales. Y simultáneamente, va él en el transporte público, en dulce acuerdo con aquello, va hacia la Editorial… Sin que nadie les impida el paso a ninguno de los dos, en los últimos días del verano…

…//( Prevengo sobre una omisión importante: De las páginas primeras, originales; me falta una. Se ha perdido o se ha quedado en aquellos cajones de las patronas. Vengo a darme cuenta ahora en la casucha, porque un número faltante señala la interrupción de la continuidad. Pero no quiero pensar en ir a buscarla allá, por los gatos. No vaya a ser que vuelvan a atacarme.
Después de la página ausente, el párrafo siguiente dice: “El grupo al que Bruno se integra, es un lugar fraterno, donde conversar y afianzarse en su búsqueda”. Como que así no tenemos indicios de las primeras reuniones, que hubieran de estar narradas en la correspondiente envoltura, de este juego de cajas chinas. Para aquel martes, el de la primera especificación, el de la cita que Durán indicase para Bruno. Al verificar más adelante encontré que: “Las reuniones de los martes a la noche en la casa de Durán, se reaunudan luego de las vacaciones”. Vamos a tener que suponer, de esta terapia, que es algo sin un principio definido. Así parecería, que los participantes iban inmersionando inadvertidamente desde tierra firme, a un barrial, una orilla pantanosa, el cenagal; y de repente se recordaran en medio de una laguna, nadando entre las gallaretas terapéuticas. Este grupo especial, había cumplido con una tarea indicada por Durán. Esto estaba registrado: La misión fué soltar globos, en un domingo de aquel verano. Transportado iba el grupo, en una lenta circulación, por la Avenida Central.
)//…

   …Las reuniones de los martes a la noche en la casa de Durán, se reaunudan luego de las vacaciones. Hubo referencias al veraneo, adonde había ido cada uno… “Todo tan bien arregladito”… De tanto en tanto, Chico Durán hacía sus detenciones reflexivas, estableciendo paralelos, como para aclarar las historias. Al interrumpir la corriente de la conversación, Durán efectúa un desbloqueo, para llegar a la historia de cada persona, la historia real, detrás de la que se muestra. “Pero todo tan bien arregladito”, pensaba Bruno. Es cierto que se alejaban las distorsiones que algunos tenían para percibirse. Cierto que dejaban algunos convencimientos propios sobre la importancia de sus propios puntos de enfoque y ocupaciones enmascaradoras. Que entonces llegaban a saber algo de sí mismos. Esto al contar con las interrupciones, las de interpretar los estilos y enmascaramientos, para ver los mensajes profundos y más reales. Entonces después, Chico indicaría los ejercicios Clave. Todos candorosos, ojiabiertos, viéndose con relativa frescura, llegarían a olvidarse un poco de sus estupores arrogantes. Se entramaban desde sus organismos, con los ejercicios relacionantes. En la Clave de acordonarse entre sí, con los ejercicios, se desplegaban y achicaban en sus verdaderas dimensiones relativas, como personas más auténticas.

   Olvidándose de las impresiones que sentía, actuando de acuerdo con su ley, Bruno en su propia batalla; nada dijo de su importante encuentro con Gabriela. Estuvo en la reunión observándose a si mismo, habiendo aprendido a pensar sobre si mismo de otra manera, eso sí. Pero tomaba distancias de la conformidad del grupo con existir así tal cual. Bruno usaba sus propias reglas dentro de esta nueva batalla. Porque todo estaba demasiado aceptable, nada que hiciera un grumo ni que incomodase, ningún punto desde donde poder colarse hacia el reverso. Ni era posible desde esa otra perspectiva así cerrada ni resistir o contrariar ó transformarse. Pero Bruno podía seguír discurriendo sólo para si, del vínculo nuevo con Gabriela; como tomando así distancia con la conformidad del grupo, que parecía pensar en lo que se le decía que pensase. Decidiendo Bruno que ya iría a abandonar las sesiones; pero no todavía. No diría nada acerca de estas ideas sobre estar perdiendo el tiempo ahí; no todavía. Iba a esperar, porque en una de esas surgirían nuevos aportes. No era cuestión de lastimar a nadie, ni de que lo malentendieran y se dispusieran mal con él. Toda esa cálida gente con quienes entrenaba. Quizá, esperaba Bruno, alguien traiga un cambio más verdadero. Quizá algo se revertiese en la reunión siguiente…

dibujo_telonero3

..revisar lo leído para atrás rápidamente..


Tramo 3:

   Después de varias semanas, llegó una carta para Bruno desde la Sierra. No necesariamente le iban a contestar; pero Brando y Elena se estaban llevando bien, y lo trasudaban. Casi habían ido a ver una película, estuvieron por ir. Brando decía textualmente:

   …”Hacía como cuatro años, antes de venirme a las montañas, que fui por última vez a un cine. Elena una tarde me insiste”: -Vamos y venimos en el Fiat-. “Bruno, vos sabés que ir a Villa Argentina desde ‘Celestial’, significa mucho muy hermosamente, pero yendo a pié por los senderos. Igualmente yo le dije sí, al viaje en el autito. Entonces Elena larga la verdad de que la Peli no se puede perder: ‘El Acorazado Potiomkim’. Yo, encantado de volver a verla otra vez. Me figuraba rampante ya en el camino, al acorazado Fiat yendo y viniendo sin ser atacado, que atraviesa el bloqueo de los camiones, que en un entusiasmo los camioneros solidarios, …esas asociaciones. Ya se hacía de noche. Había la lámpara del mostrador, junto a la puerta, que estaba encendida; ¿qué fue lo que pasó?”.

   “Soy Elena; prosigo yo: ‘¿qué fue lo que pasó?’. Nunca está de temporada el ‘Celestial’. Esta vez, de nuevo vacío. Yo, que había estado en la Villa el día anterior, que había podido ver los anuncios del Cine, tenía ya tu carta del Correo. También me demoré entre la gente del pueblo, que estaban en bailes de Carnaval. Pero me había armado con la determinación de ver esa Peli”.

   “Soy Brando”. –Firmeza de decisión a la que nadie comentó ni cuestionó-. “Simplemente que Elena se volvió al silloncito, se zampó un largo trago del whisky que había dejado por la mitad, se estiró en su silloncito como una gata, se quedó ahí”…

   Al revisar lo leído para atrás rápidamente, Bruno luego, al volver a las primeras palabras, y hojear la carta con más cuidado, asimiló que habían hecho un trámite de párrafos propios y alternados, una carta al alimón. Elena y Brando, que a la vez que se dirigían a él, hablaban entre ellos. Un expediente sencillo, para proseguir atendiéndolo…

   …”Vos sabés hermano que yo siempre creí que a esta chica las razones se le iban de a ratos; uno nunca sabe cuando. Entonces esperé en el mostrador, revisando el registro del Hotel a la luz de la lámpara”. –Ahí fue cuando me empezaste a decir de los campos de lavanda-, Elena. “Y el resto de la noche fue una sucesión de fenómenos casi en el terreno de la física. Estábamos sujetos a leyes permanentes, Bruno. Así fué como para que yo abriera una caja con vinos de Agrelo, me acercara al silloncito, abriera la primera botella. Y Elena, que me estaba diciendo sobre las plantaciones de lavanda: …atenderlas varios años antes de la primera cosecha…; que atinó en mí plenamente entonces, diciéndome también: ¿Cómo es eso de no traer los vasos?”.

   “Elena”: -¡Eso es falso!-. “Yo no estaba hablando de ninguna manera. Sucedía que había tomado tu carta de sobre la mesita, Bruno, tu carta que ya habíamos leído cada uno. Y la estaba releyendo en voz alta”. -Así que el que estaba diciendo algo era Bruno. Y no me señales a mí con responsabilidades infundadas-. “Lo que sí fue cierto es mi referencia a los vasos. Y vos, Bruno, que seguías diciéndonos de la Lavanda Inglesa, de Tudor, y de la Lavanda Francesa, de la distancia necesaria entre las plantas, …vos no tenías culpa por la falta de los vasos. Claro que entonces le tenemos que contestar ya, le dije a Brando cuando volvía a la mesita. Yo también me había movido hasta el bargueño para traer algo sencillito de cenar: unos ajíes y batatas, que asamos al mediodía, junto a quesillos y pan del horno. Así que nos pusimos a escribirte, y ahora estamos en plena cena de escritura. Y la verdad que el vino está buenísimo”.

…//( ¿No te parece esta construcción una muestra de barroquismo insustancial?. ¿No se está encubriendo constantemente con estas remitencias, a una imposibilidad típicamente decadente?. La de no poder, no poder, leyente, no poder. Insistentemente te renuevo, que estas actuales inquisiciones, acaso solamente arañarían al sentimiento justo, apenas una muestra de lo real. Pero aquello de los amigos en el hotel solitario de las montañas, acusa con nitidez el ocultamiento de una verdad. ¿Omisión de qué conocimientos; de qué sucesos; de qué?. Una indicación de respuesta sigue:
En torno de una posible paz, el sujeto de este organismo, muy aficionado a la escritura, se encontraba por entonces con un tipo desmedido de adversarios. Pero con nacionalidad todavía, este portavoces, pretendía mejorar en lo posible. Entonces sí estuve en esa “Villa Argentina”, a la que se referían Brando y Elena. Por ese tiempo los monstruos; a cada dos tres pasos, que te abaten árboles, moles de carne dañina que no conocen otra más que la de perjudicar al prójimo. Yo no te puedo contar lo que pasó. Te diría que todavía, “eso”, se escuda en su simulación de humanidad; desde su carne envenenada acecha con crueldad. Te digo que en estos días mis amigos están viendo, parece; y me recomiendan muy insistentemente que pare, que me cuide.
)//…

   Leía la carta Bruno en la madrugada. Recién había llegado a casa después de mucho caminar. Desde que saliera de lo de Durán, había sumado mucha caminata nocturna, dándole vueltas a su planteo interior, el de pronto abandonar los grupos. Anduvo en barruntos, mascullándose y rumiando su decisión, mientras andaba barrios, plazas y parques. Al amanecer salía nuevamente a las calles. Se echó esa carta con dos escrituras en un bolsillo, y la leyó un poco más en el coche, que tomó hacia el Centro.

   La mañana rompía llena de camiones, cuando Bruno dejó el coche, cerca del Park Stadium. Enfrentaba la hora incierta; y más caminata. Recién pasaba los treinta años. Disponía además de la necesaria salud y de la economía de un sustento. Y contaba con el bienestar en su trabajo. Tenía como para no preocuparse por posibles fallas, las inevitables secuelas del desvelo; y omisiones postergaciones fatigadas previsibles, para el día que empezaba.

…//( Esta narración sigue entretelonándose hoy, aunque ni yo mismo lo pueda creer. Pero es así; siguen ahí afuera, en otras casas y en otras calles de esta Capital ubícua. Siguen las situaciones y personajes, …para los cuales podría llegar hoy, la misma solución o desventura, de hace tantos y variados años. )//….

   Después después, cuando las deliberaciones interiores se habían, como sedimentado en Bruno, que ya ya estaba cerca de la Oficina, por las recovas del Boulevard; fué que se detuvo. Volvió sobre el camino hecho. No iba a quedarse para merodear la Editorial en los bares. No iba a esperar a que la abran la Oficina. Poder entrar, retirar la lista de direcciones, combinar pagos, discutir la mejor forma de arreglar con autores, institutos –los arreglos que se coordinan con Cecilia Faquaddri, la Directora de Proyectos Editoriales-, que realmente es la hija del presidente de la Empresa.

   Además, lo que realmente contaba: no iba a alterar su decisión sedimentada con tanto andar, no la iba a alterar con las inevitables bebidas, que se le iban a hacer necesarias para sustentar la vigilia y las esperas. En cambio, iría a ver las vidrieras por la Peatonal Orlando, en procura de mejorar su vestuario. Y se podría arrimar a un cine abierto las 24 horas, quizás entrara.

   Las grandes tiendas con casi todo apagado; un amanecer agrisado con repartidores y limpiezas; un kiosco de revistas con las luces encendidas en una esquina. Alguien a quien reconoce ahí. Bruno se acercó al kiosco aparentando total imprevisión y casualidad. Ahí estaba Hugo Mercolli, hermano de Javier, el que había sido compañero de Bruno en horas gimnásticas de un Club. Con Hugo, se había reencontrado Bruno, más o menos hacía poco, en las reuniones de Iliana Brescionni. Estaba ahí Hugo, delante de las revistas, mirándolas con un tamborcito bajo el brazo.

   Así como Bruno estaba configurándose, subrepticio y conspirativo, …-¿de qué otra manera se le pudiera hablar a alguien, que llevaba en la city un tamborcito africano bajo el brazo?-, Hugo Mercolli adoptó también esa modalidad cómplice.

   …–Me conseguí una amiga por aquí en el Centro-, contaba Hugo después de los saludos en voz baja: -Justamente ahora voy para mi nueva casa.Me voy a instalar ahí–.

   …–Las cosas conmigo no son así tan felices-, dijo Bruno. –Pero no por las relaciones. Es con el tratamiento en donde me estoy poniendo longi; aunque con afecto, pero distanciándome–.

   …–¡Es cierto!. Vos estás en los grupos con Durán. Javier también, que ahora está internado. El iba también a los tratamientos de grupo con Durán. No te sea ninguna sentencia ni pronóstico-, definía Hugo: -Javier estaba muchísimo más malo que vos, ya antes de los grupos con Chico–.

   …–¿Dónde está internado?-, preguntó Bruno. Noticias de alguien que tanto tiempo hacía que él no veía, …Javier Mercolli. –¿Yo podría ir a visitarlo?–.

   …–Naturalmente que se va a poner muy bien viéndote. Yo lo visito, pero no ayudo mucho. Acontece que llevo hacia él un doble perspectiva. Además de ser mi hermano, …yo lo ví en medio de cuando hacía locuras, cuando sus últimas crisis de fracaso. Imaginate que eso también lo deprime algo. Con vos, él recibiría alguien distinto, renovador–, dijo Hugo Mercolli.

   Se pusieron a conversar. Supo donde ir a visitar a Javier; que sala, que número de cama. Y ahora ni Bruno ni nadie se acuerdan cómo, pero de pronto estaban hablando acaloradamente, casi discutiendo con Hugo, acerca del tema de las bananas, de cómo sería de hacerlas, a las buenas preparaciones con bananas. Se largaron a andar en busca de una frutería que ya abriera. Se habían decidido a enfrentar un plato con bananas, y listo. Hugo, generosamente, decía que, de inmediato Bruno iría con él a la casa de su amiga, su nueva casa. Hugo se entusiasmó suficientemente como para llevarlo consigo al inicio de su nueva vida; y a preparar este desayuno; porque Bruno le habló de una receta con puré de bananas:

   Mezclar con jugo de pomelos, con miel, coco rallado, un poco de cocimiento de harina de arroz integral. Bañar todo con crema, con cobertura de chocolate.

   Entonces estuvieron así en la frutería eligiendo las bananas a punto. Pero. Y contentos arribaban para preparar las bananas. Ahí estaban cuando Hugo, pero, fué que se decidió a sacarle la cáscara a una –realmente sin ninguna otra intención más que sacarle la cáscara-. Y entonces el gran pero: encontrar que la banana tiene otra segunda cáscara debajo de la externa. La segunda piel de la banana encuadra exactamente como si fuese la primera cáscara pelada. Pero.

   Así fue como nos lo contó Bruno más tarde ese día, cuando ya preparábamos el momento de la visita a Javier. Estábamos con Gabriela, viendo algunos de sus dibujos. Uno quería decirle a Gabriela lo que sentía frente a esos humanos esponjosos, que ella los dibuja entre flores y relámpagos y escaleras, que parecen hechas con algas. Pero Bruno nos contó apremiante lo de sus decisiones y su encuentro. Y nos encerró de alguna forma en su ensalada mental de bananas con bananas.

…//( ¿Quién es?. En este último párrafo este relator que se suma ahí, mirando los dibujos con Gabriela Sircanti. Abrupto, pesaroso, parece fastidiado, ante la imposición por parte de Bruno para que se escuche esa cosa estentórea. Discurso con tanta preñez sobre el encuentro, con el multiplicador de los delirios frutales. Bruno abundando, y la enigmática sorpresa de otro “relator”, el que soporta ese discurso encerrador. ¿Cómo?.
Con una relectura, así pudo apersonárseme develada la identidad del “relator intruso”. El es la intermediación cómplice con un placer espectral, “eso”, que nunca llega. “Eso”, la fatalidad que Bruno atisbaba en el rincón de la Plaza del Parlamento. Las intrigas mamíferas con “eso”. La manipulación del otro con y para “eso”, fuente supuesta de los deleites. Pero claro que también, un cuerpo fatal fantasioso, que juquetea con los que quieren más de “Eso”. Tercera persona fantasmática; “eso” que jamás se alcanza. Posición que está asentada interpuesta, como si no se podría ya jamás modificarla. Y en este relato, “Eso” interpuesto, referencia móvil cronificada, se aparece con esa voz intrusa. Con razones de uso, “eso” destructivo en su indiferencia, se sustenta en la desgracia de los condenados. Es una idea mutante que se asienta, entre y cerca de las ansias. Un vínculo con una tercera persona fantasiosa. Tal es la identidad del “relator intruso”.
)//…

   Después de toparse con la información de esa banana desviada, habían determinado con Hugo Mercolli, que era de postergarlo al festín frutívoro. Una vez que se hubieron sosegado, en el lugar de la chica de Hugo, se habían conformado con tomar unos mates. Y tenían colocadas las bananas en un barreño, que la chica dispuso en el centro de una mesita de chapa pintada de un solo color. A partír de eso, los tres se habían quedado absortos, mateando y observando las bananas. Hasta que Bruno se tuvo que ir para el trabajo. La chica, encantadora, le había dicho: “Te esperamos, pasá por casa cuando quieras”.

   En la Editorial había discutido con Cecilia Faquaddri, una probable distribución de la Colección Psicoanalítica en ciudades iberoamericanas. En eso estaba, cuando el deseo de volver a mirar sus fotografías guardadas, se había instalado dentro de Bruno. Llamó a Gabriela. Algo le adelantó por el teléfono. Combinaron; y se encontraban para el mediodía, para hacer almuerzo en el departamento. La puso al tanto de sus determinaciones, del encuentro con Hugo Mercolli, de los planes para Iberoamérica. Y de los frutos insólitos también la puso al tanto. Finalmente él se sentía liberado de una carga, que había arrastrado consigo; en la noche insomne y caminada, en la coicidencia con el hermano de Javier, después en la oficina. Libre de pesares, iba a dejar los grupos. Le venían reminiscencias por las imágenes lábiles en los dibujos de Gabriela. Pensaba en las fotos guardadas.

   Un poco más tarde, Bruno se preparaba un baño satisfecho. El día había sido fatídico y al fín estaba cerrándose. Del bolsillo de la camisa sacó el sobre con la carta de Elena y Brando. Entrando en el agua tibia de la bañera, Bruno recuperaba para sí la historia de ese día. Con la carta sostenida lejos del agua, recordó el deseo de volver a mirar sus fotografías guardadas. Las fotos con las que solía encerrarse en días solitarios de contemplación ceremoniosa; con algo encendido dentro, y compasivo.

   En ese momento quería reconectarse con los argumentos de Elena y Brando, los campos de lavanda. Se distendió en la mansedumbre laxa del agua tibia. La carta de las montañas…

…//( Estuve pensando para imponerme de hacer actuar actualmente otro encuadre para los asuntos de esta gente, que me parece se ha quedado dentro del texto un poco atascada, detenida, enfríada. Porque en estos momentos yo estoy yendo hacia el futuro de ellos, antes, en mis viejos papeles. Porque al futuro de ellos ahora, ya podría hacerlo yo algo distinto, hoy en día; distinto al de aquellos años, al programado paa ellos por entonces, ¿O acaso esos planes de antes, con esa voz entrometida, pudieran ser los que ahora me derivan?. Los planes ellos mismos los que me obliguen a buscarme en las viejas páginas.

Entonces quizá ya estase la intención latente, la de que yo hoy me encuentre buscando, hecho hoy un personaje de mí mismo, y hasta quizá de ellos. Ellos que hubieron de tener una vida algo oculta, como detrás de telones. En su realidad por la que yo antes había estado arando y sembrando. Ahora están completando su crecimiento, estas experiencias, que interactúan conmigo. Me hacen enfrentar aquellos dilemas. Hacen los personajes que me sienta conminado yo a respetar lo dicho. No cambiarles mucho los pasos que den actualmente.

Tengo que revisar ahora, sumar explicaciones, dar lugar a cierta razón para aquellos días en estos. Y yo entrar con cuidado, agregando este tiempo, sin desbaratar aquellos momentos, proyectados seguramente alrededor, tan frágiles, tan frágiles.
)//…

   En la carta de las montañas, Elena estaba diciendo:

   …”Y la verdad, que el vino está buenísimo”.

   “Aquí Brando: Ya comenzó el espectáculo. Te hemos puesto una copa servida en la mesita, como si estarías con nosotros; con la intención de que vayas entrando en la civilización. Para que vayas volviendo a manejar el código de las costumbres más humanas. Para que dejes al fín esa vida cavernícola en la Capital. Vos vas a estar seguro aquí”…

   Tocó en la puerta y abrió suavemente Gabriela; queriendo entrar al agua templada; preguntó con un gesto. Bruno asintió.

   –¿Qué leés?–, preguntó ella.

   –Bueno… En realidad esto es una carta conversada. Elena y Brando que me contestan desde el “Celestial”. Esos amigos de que te hablé, los de las montañas. El día en que te conocí y fuimos al Correo; ¿te acordás?… Bueno; me contestaron–, dijo Bruno. -Recién ahora la puedo leer–.

   –¿No la querés leer para mí también?–. La chica no estaba para retroceder tampoco en sus necesidades.

   Bruno sonrió friamente y le dijo:

   –Está bien. El agua va a seguir limpia. Entrá que la voy a seguir leyendo para vos también. Después te la doy para que la retomes, desde el comienzo–.

   La muchacha y Bruno se esforzaron delicadamente en el agua, hasta que lograron acomodarse enfrentados. Uno de los pies del abogado graciosamente hollaba al pastito. Bruno continuó en voz alta leyendo:

   …”Vos vas a estar seguro aquí; cuando tengas necesariamente una respiración honda; y te levantes de la mesita; después de darte un riego con este noble producto de la tierra. Caballerosamente diciéndonos diciéndote: Que se te ha hecho tarde. Que deberás de podar los rosales al día siguiente temprano. O que en esta misma noche tendrás que probar el equipo de iluminación, para las carpidas nocturnas en el zapallar, donde nos presta el terreno la viuda Braccario”.

   “Claro; vos querés dejarnos en el silloncito. Para que el vino de Agrelo, Lutoslawsky con sus ‘Juegos Venecianos’ en el grabador; para que estas cosas se ocupen de nosotros. Para que vos puedas enseguida, leyendo nuestra carta, poder entrar a mordisquearte el dedo, satisfecho”.

   “Aquí Elena: No vayas a creer que me apuro para agregar esto. Dejé pasar un momento y esperé. Pero como no decías nada, te pregunto: ¿Por qué te mordisquearías el dedo satisfecho?. ¿Quizá porque lograste al fín que Faquaddri publique algún buen libro?. Tendremos que esperar tu próxima carta para saberlo. Brando y yo acordamos que, tu plan con la lavanda, es posible. Avisanos cuando sepas sobre las semillas; así nos pondríamos a roturar el campito. Mientras tanto, aquí terminamos de descubrir que vamos a poder estar ocupados. Y te digo que por primera vez, me parece sentir que no me he subido a otra calesita. En cuanto podamos asomarnos normalmente por estos silvestres exteriores serranos, lo primero que haremos será despacharte esta misiva en el Correo. Cuidate y está Bien”.

   –¿Qué quieren decir con eso de “la calesita”?–. Con todo el cabello espumoso de shampoo en reposo, Gabriela preguntaba.

   Pasó tanto tiempo con ellos dentro del agua. Bruno le contestaría, con distintas entonaciones, sumando otros o los mismos dichos.

…//( Se me hizo necesaria una interrupción. En la noche intermedia, soñé mi sueño profundo de hojas impresas. Eran quizá libros ó pliegos de libros, que se superponían, creaban transparencias. Signos de una hoja sobre signos de la otra. Una hoja escrita se colocaba junto a la vecina. Las letras desbordantes, pletóricas; se sentían muy bien en mis operativos de escritura. Que quizá solamente resulten en palabras; un engendro discursivo; vaya a saber.
Al fín algo resignado al despertar, antes de volver a escribir en la mañana, resignado a seguir, después de mi ducha.
)//..

   …Bruno le contestaría, con distintas entonaciones, sumando otros o los mismos dichos, en tres o más Secuencias a elegir; o no elegir ninguna. Pasó tanto tiempo con ellos dentro del baño…


Secuencia 1.          

   Y, y, y alguien que subía las escaleras del edificio con pasos sonoros, bastante rápidamente. También la sonoridad del agua: insistente y repetida sonoridad de esa gota que cae del grifo dentro de la bañera.

   –Disculpame. Me parece que hay alguien–. Se calza las sandalias de plástico y sale del cuarto de baño. Gabriela se hundió en el agua, despejando la espuma de su cabeza.

   –Ahora vengo. Esperá que me voy a vestir-. Bruno estaba hablando, de este lado de la puerta del departamento, hacia quien ha llegado a lo alto de la subida, bastante rápidamente. Y ese alguien espera, algo impacientemente, del otro lado.

   –Estaba bañándome. Me pareció escuchar el timbre. Pero con la puerta de la cocina cerrada, el timbre casi no se oye desde adentro. Y sos vos que estabas tocando la puerta. Pasá–. Bruno con salida de baño de toalla, está hablando con una señora que viste un impermeable.

   Aclimatada en el agua de la bañera, la chica Sircanti, se desvive por entender de que se trata en la habitación principal. ¿Quién será que ha llegado?. No deja por eso de frotarse los dientes con el dedo índice de su mano derecha, que ha embadurnado con dentífrico. Y escuchó que la puerta de salida ha dejado pasar a alguien y se ha cerrado. Una voz madura de mujer, dentro del departamento, está hablando:

   –Me pareció que entrabas anoche en casa; y que volviste a salir. Como no aparecías llamé a la Editorial; y me dijeron que habías pasado por ahí; ya te habías ido. Algo te debía de pasar, me pareció. Por eso vine. Y aproveché para traer unas masitas-. Bruno aceptó el paquete de manos de su madre. –Pero veo que estás perfectamente; así que me voy. Y más tarde; si tenés que contarme algo, hablaremos en casa–.

   –Está bien. Decime: ¿Saliste con el impermeable arriba, como cada vez que vas a la confitería?-, preguntaba Bruno; como para que Gabriela lo escuchase.

   –Bueno; mirá… Estando a tan pocas cuadras de casa; no me quería cambiar. Y además: ¿A vos que te importa?-. La señora aprieta las dos mejillas de Bruno con la mano abierta. –Chau querido. Comete las masitas con el té-. Daba un paso hacia la puerta, la abrió. Y desde el hall, la espigada señora actuó teatralmente; así como si indagara cómicamente por alguien más.

   –Mamá; decidí si te quedás o te vas. No nos quedemos a hablar en el pasillo–, le dice Bruno.

   La longínea señora va a hacer otro gesto, como de pregunta con la cabeza; y sin esperar a la respuesta de Bruno, añade: -¿Vos te diste cuenta del olor que hay en tu departamento?. Tenés que tirar la basura alguna vez. Chau querido–.

   Al retroceder hacia la habitación principal, Bruno abre la ventana; evidentemente con la intención de aventar esos malos olores. Asomando la cabeza dentro del cuarto de baño , pregunta: “Gaby, querida; ¿está buena el agua todavía?”. Como no encuentra respuesta, Bruno pasa dentro del cuarto; y sigue sin ver a nadie al llegarse hasta la bañera. Corre la cortina plástica para enfrentarse con la loza repleta de una mezcla rojiza, de algo como sangre y agua. Concretamente nadie más que él dentro del baño, dentro del departamento. Habría de pensar que tal persona, y sus tejidos vivos, sus huesos, estaba licuada, disuelta en esa cosa carmín.

   Retrocediendo hasta la habitación y la cocina, coloca Bruno en el fuego una tetera con agua. Y siente que se despejan los malos olores. Hay ahora un olor pícrico, calmante, como el de aquella anestesia que le aplicaron cuando tuvo la fractura en el servicio. Reinaba este olor en ráfagas fugaces en el departamento. Este olor en su percepción; mientras él se dispone para un nuevo ciclo de alimentación; abriendo cuidadosamente el paquete de masas, aprontándose a empaparlas en té con leche dentro de su esófago, en pocos instantes más.

   Una vez que se determina, frente a qué hacer en los próximos momentos; lo que iría a hacer; de pronto a solas; Bruno vuelve al cuarto de baño. Y arremangándose destapa el fondo del líquido hematósico. Giró a mirar, para controlar si había corrido el agua en el water-closet. Efectivamente, en el sanitario no hay ya muestras de uso. Se mira y se escudriña delante del espejo. Piensa que ya es tiempo para afeitarse otra vez. Gira nuevamente para observar como los últimos restos carmín se van por la cañería. El fondo y las paredes de la tina resplandecen blancos y sin manchas.

   “¡Hey, hey!; cosa extraña”, se dijo. “Podría jurar que estaba acompañado hoy aquí”. El silbido de la tetera está llamándolo desde la cocina.


Secuencia 2.          

   –¿Qué quieren decir con eso de “la calesita”?–. Con todo el cabello espumoso de shampoo en reposo, Gabriela preguntaba.

   Sumando otros o los mismos dichos, en dos secuencias a elegir; o no elegir ninguna; Bruno alcanzándole la carta respondía:

   –¿Viste que hay veces, cuando estás con alguien; o en una situaciòn, digamos, cuando te das cuenta que la diferencia en lo que conocés del otro y por estar con ese otro, que a veces no te va necesariamente bien ese conocer. Y generalmente en estos casos, cuando no te va bien; tenés que hacer otra cosa, conducirte y cambiar de temas; quizá hasta cambiar la relación. Son tácticas múltiples y flexibles para la evitación y diversificarte, para no sentirte mal. Desgraciadamente no siempre es así. ¡Ojo!; no me mojés la carta. Ponela en el banquito para cuando la quieras leer–.

   Plegado prudentemente el mensaje, era colocado sobre el banquito, de hierro colado pintado de blanco, lejos del agua, a la distancia de un brazo. Gabriela Sircanti luego se había sumergido; y bajo el agua se esponjaba el cabello, para sacarse el shampoo, Su cabeza reapareció brillante, con todo el cabello echado para atrás. La había ayudado Bruno sosteniéndole las piernas.

   El grácil entrevero de piernas bajo el agua pasaba a una nueva fase consistente. Gabriela se mostraba seria y divertida; y le sacaba enfática la lengua. Bruno entonces sumergió la cabeza; y mientras burbujeaba sonoridades al soplar sus borbotones, extendía una mano en asimetría, hasta contactar con la verdad primera, la sustancialidad tapizada, la puerta del parquecito con su pasto subacuático, desde donde poder resbalar. El seguía con sus burbujas, sumergido entre sus borboteos en la bañera, como un buzo autónomo. La investigación hasta esa profundidad propia de los moluscos. La morada sonrosada para observar; prolongar y prologar reconocimientos; y los sondeos participativos de un naturalista vocacional. Y ya se estaba quedando sin burbujas, sin restos de aire.

   –Está bien; está todo bien–. Las palmas de las manos de Gabriela lo alzaron suavemente fuera del agua. –Seguime contando de las tácticas de la calesita–. Y Gabriela le colocó en los labios, un importante beso, de trompita comunicativa.

   Yo me quedé a mirar, aunque mis ojitos sean pequeños. Igualmente agarro algo con ellos. Y me quedé a escuchar también. No sé que habrían puesto en el agua, porque había fragancias ahí cuando ese baño. Mientras Bruno recomenzaba a hablar, yo relajaba mis tensiones con la práctica de apretar con las manos al rollo de papel higiénico.

   –Hhmmn… Te decía; creo que aclarándome; de cómo las cosas a veces no van bien con la otredad; ¿es así?… Okey… Entonces no van bien las cosas y uno sale a revisar las tomateras, o se va a ver una Peli. Pero desgraciadamente, la estupidez predomina a veces; y no esa estupidez desmedida y conciente con que se niega cerradamente a la realidad del otro ó del órden de cosas. Lo que se instala otras tantas veces, Gaby, es la estupidez de querer negarse lo que uno propiamente conoce: sus sentimientos, su experiencia, su saber. En ese momento puede suceder, que uno se suba a la calesita de pretender estar bien con una otredad, que para uno no es eficaz. Uno se dice: “quizá la próxima vez que mi caballito vaya para arriba, podré sacar la sortija, y me encontraré bien aquí con este otro”.

   –Como cruzar y volver a cruzar un puente…–, dijo ella.

   –Claro. Algo que queda suspendido. Y uno se engancha con las circunstancias; se eslabona con lo otro; yendo y viniendo en ese puente que vos imaginás. Así que de pronto te confrontás con tu sentimiento y con lo otro de nuevo. Y generalmente esa contrariedad sigue en tu interior. O esta vez quizás el otro advierte que algo no está funcionando. Ahí puede amenazar una podrida, si hay temor. Hay que entender; dar un final a la situación. ¡Qué se yo!. ¿Se puede hacer alguna vez algo completo?. Pueda ser que la inteligencia gane; y entonces, a otra cosa. Depende de la gravedad de la estupidez. A muchos generalmente se les da por subirse a otra vuelta de calesita; a otro deambular por tu puente. A veces con entusiasmo, alegremente, la otredad se sube con uno, para trepar hasta tu destrucción. O hasta la concreta desaparición de todo otro; a la destrucción mutua… Si es que ninguna de las partes se atreve a cambiar su posición previa; para ponerse a pensar de otra manera, menos pegado el pensar a la corriente de lo que sucede–.

   –Creo que se te empezó a desenrrollar otra cassette. Con lo de la calesita en el puente ibas lo más bien–, habló tenuemente Gabriela.

   –Te enrrollás, te desenrrollás. Así es como nombran modernamente, a las tácticas. Te enrrollás cuando trepás a la calesita. Te desenrrollás cuando saltás del puente, alejándote en el techo del avión que pasa–.

   –Predicosa momórdiga–, dijo Gabriela tomándose del entumecimiento: –¿Cuántas veces te hiciste la paja?–.

   –¡Yo no me hice la paja!. Nada, que me he masturbado alguna vez–, la corrigió Bruno.

   –¡Cómo te desdeño por eso!. Vos y yo vamos a hacer el catorce–, añadió Sircanti.

   –¡No seas bruja!–.

   Yo me puse cerca de sus ojos pintados. Ella dispuso rápidamente unas toallas en el suelo del baño; mientras yo le decía, sin poder saber si me escuchaba ó no: “Sí… Soy yo… Esperame”. Se lo decía con mi propia voz. Gaby volvía a preguntar a Bruno:

   –¿Cuántas veces te masturbaste; inmiscuyéndote dentro de ti mismo?. ¿Dos veces, tres veces?–.

   Ella enfrentaba a Bruno exhibiéndole sus pechos. Le dijo:

   –Que nos vaya bien–.

   –Esperame: ahora vuelvo–, dijo Bruno. Y salió hacia la habitación chorreando agua.

   Esta vez, sabía que estaba por dar un buen primer paso. Iba a solucionar dentro de la solución un misterio. Y siendo así, flor de misterio, era mucho mucho más real que cualquier órden empírico. Se dedicó a buscar las fotografías. Quizá otra vez cuando las mirare, después de encontrar y descartar la maquinita para lignificar; quizá otra vez, pero en serio: el primer buen paso.

   –La misma y vieja cara a nuevo de una avenida Dixieland-.

   Eso era lo que dijo Bruno al volver. La chica filosa se ha vuelto a meter en el agua del baño, intensamente deseada por mi mismo. El volvió medio vestido con un sobretodo, adonde ella se baña. Es evidente que al revisar las fotografías, Bruno se hubo dado cuenta momentáneamente, de un aura relacionada con el sobretodo. Y ha vuelto para presentar a la chica, cierta alegoría, agregaría yo.

   –Es un militar dentro de un Servicio. Lleva un bastidor envuelto bajo el brazo-, murmura Gabriela levantándose del agua.

   Es entonces cuando me da un beso que me despierta fuera de mi juego con el rollo de papel higiénico. Gabriela dice algo más:

   –Ha saludado a la cautiva, el asesino de punta–.

   Con algún temor, del que Bruno se puede dar cuenta, porque ella entró en una clase de silencio tenso, con sus gestos indicándole desde el piso como quería esa penetración:

   Puesta de rodillas, la muchacha mostraba su dorso a Bruno; y apoyada sobre una mano, con el otro brazo quería una enmienda: Porque me rodeaba una pierna, y descansaba su cara, pegándola a mis rodillas.

   De rodillas detrás de Gabriela, no parecía tener ninguna dificultad Bruno. Ella estaba mirándome y su boca firmemente cerrada. Con gestos me indicó que me agache. Ya me daba cuenta. Me senté de rodillas sobre mis talones. Bruno había tomado con las manos las caderas de Gabriela. Exteriormente ella nada indicaba, soportándose ya sobre los dos brazos, las caderas cimbreantes; y se ocupó de mi. A intervalos descansaba en mi falda. Y también Bruno interrumpía su dinamismo.

   En una detención tomamos agua los tres. Bruno se ocupaba de llenar el vaso y hacerlo circular. En las ocasiones detenidas, nos quedábamos en silencio todavía, cada uno consigo mismo. Yo sentía profundamente cuanto de animales humanos con el disfrute podemos llegar a ser.

…//( Los personajes y “eso”, dentro de ese departamento-baño. Manifiesta algo de conciencia colectiva el entrometido, al considerar con alguna gentileza a los placeres,en el final de la secuencia. El “relator intruso”, sería como una vacuna, de la que cíclicamente se repiten dosificaciones con su presentación. Para que así podamos vivir una temporalidad inmune a las fluorescencias. Pero esto siempre al contar con remisiones postales.
Por otro lado, todavía resta finalizar la escena higiénica. Y queda otra Secuencia más de aquellas. Que provienen de una etapa juvenil,marcada por un intrincado vivencialismo con los entes. Se encaja adecuadamente mi memoria, por esta relectura: la que me trae el reflejo más preciso, de que por aquellos días, yo tomaba la influencia del nouveau-roman. Un amigo mío también había vuelto de sus viajes por Marienbad; y contaba cosas. Lo más acertado sería aceptar que de estas influencias provienen las variaciones secuenciales. Con estas maneras, yo me planteaba un futuro lábil. Creía poder desarrollar una inmunidad propia hacia las fluorescencias y repeticiones. Pero esto siempre al contar con remisiones postales.
)//…

   Pero cualquier vecino instalado, que no lo había, en el interior del departamento; hubiera podido al cabo de un rato, comentar consigo mismo, de cómo se demoraban tanto esos dos en el cuarto de baño. Vería el vecino entonces, como las cortinas de tela cuadrillée se agitaban un poco con el movimiento del aire, producido por la puerta del baño, que al abrirse lo deja pasar a Bruno rápido,encaminándose al dormitorio y a la cama, adonde se tiende.

   Cualquier vecino, pero no lo hay, observaría, en caso de entrar al cuarto de baño, cómo la tubería puede deglutir un agua rojiza perfumada coloreada, con sales de baño, a la frutilla. Y cómo la amiga de Bruno, Gabriela Sircanti, estaba levantando toallas, ponía la cortina de la bañera en su lugar, dejaba todo en perfecto órden sin una gota de agua. Ante el espejo se arreglaba el cabello, con la piel y la mirada brillantes. Y luego cerraba la puerta, entraba al departamento y al dormitorio.

   En el corto intervalo, Bruno se había ingeniado para entrar en un dormir profundo, así como hoja de pangue verde ó como gunnera cerca del lago quieto. Ella también se echó a dormir.

   Bruno ocupado en un sueño con viajes en subte, publicidad conmutativa de shampooes, bebidas a grueso beber –imitación de la propaganda en que toman dos litros de shampoo cada uno de los pasajeros-, al cambiar en los andenes, donde se van asimilando al conocimiento mutuo, felizmente integrados y promisorios. Bruno y la pasajera compañera, que se duerme en el siguiente tren. Como Gabriela se echó a dormir también.

   –Sacudimos las últimas gotas y nos levantamos para secarnos–, decía Bruno en el sueño, en donde Gabriela entraba a poco de acostarse.

   Gabriela se oía a sí misma, en quejidos y pregonando placer dentro de sí misma, dentro del sueño que soñaba. Donde el agua coloreada perfumada de frutillas, huía hacia la cañería formando un remolino: Pequeño mäelstrom rojizo que contaba con la deleitosa observación por parte de ambos, que esperaban para cambiar el agua. Iban a rellenar la bañera con agua caliente vaporosa nítidamente transparente. La tina se rellenaba dentro de sus sueños. Gabriela y su trayecto interior hasta donde coincidir con las palabras valederas para todos:

   –Estuvimos mucho tiempo en el agua; se enfrió–, decía él.

   El verticalismo de la gravedad se ahondaba en ella. Así que dejó de lado la liviandad horizontal de la tensión superficial. Decidía tocar el verdadero tema; no así tocar con el dedo a la pared mojada:

   –Estamos juntos porque es importante. Es nuestra humanidad que toma realidad y se relaciona más verdaderamente con todo a partir de que estemos juntos. ¿No es cierto?–. Así decía ella en el sueño de Gabriela.

   –Cariño; estamos juntos para el cuerpo. ¿No ves que ahora podemos dormir?. Por suerte podemos entrar con el cuerpo y fundamentalmente con el corazón, hasta el abismo de las tinieblas. Y regresar oscuros, húmedos, frescos; para enseguida poder volver a dormir. Despertar juntos un rato. Conocernos; volver a dormir–. La contestación de Bruno estaba en una combinación de palabras habladas, golpes oscuros de tambor, y prolongados deletreos alcanzados en cartones, uno a uno hasta el final; cuando ella se despertó.

   Al lado de Gabriela, con la mirada clavada contemplando el ambiente apenas iluminado en el anochecer, Bruno también se dio cuenta de que ella también despertaba de la siesta. Dijo mirándola:

   –Tomemos el té con las masitas antes de que se pudran–.

   Gabriela asintió sonriente. Entonces prepararon la mesa. Después charlaron y programaron salidas para el fin de semana que ya se acercaba. Extrañamente, esa vez no se contaban los sueños; sino que se dijeron de la necesidad que Bruno tenía de seguir durmiendo, de completar más descanso en esa noche. Lo iban a hacer en camas distintas. Ella debía de dar cierta presencia con su familia.

   La carta de Elena y Brando volvió a interesar a Gabriela nuevamente. Fué a buscarla; y terminó de leerla. Convinieron en la forma de reencontrarse. Gabriela se fue vistiendo, con movimientos cortantes. Fué dejando la sensualidad atrás. Y salió del departamento, con la agresividad apropiada para las calles. Recorrió Gabriela los pasillos del edificio con el dinero para pagar el auto en la mano. Bruno se ocupó rápidamente de tazas y platos. Al poco tiempo apagó un radio que había quedado encendido.

   Nos habíamos quedado solos. Y se metió a la cama. Pronto se quedó dormido. Entonces yo también me fui.

   Iba a despertar en el amanecer Bruno. Comprendió que estaba rodeado de la ciudad silenciosa; y que despertaba a solas. Pensó: “Buen momento señalado y nítido, como para arrancar”. Al levantarse notó que había dormido bastantes horas. Fue preparándose para partir. Y hacerlo entre las calles graves del amanecer; cuando todo iba a estar descansado y recomenzando. No iba a tomar un tren a las pampas. Porque tenía que ocuparse de hacer preparativos y solicitudes completas ante la Aduana. Y los permisos de exportación tramitarlos en la Secretaría de Industria y Comercio. Agarrar a los impostores de la estafa, cuando pretenderían cobrar paralelamente los mensajes, que nunca habían sido envíados. Aunque tendría todo el día por delante; todo eso le iba a ser difícil.

…//( Buenos momentos, convivencias hondas de esos al soñar juntos. “Eso”, que renueva su presencia, que invoca su testimoniar ahí, pero que quizá esté con ellos, porque esos dos lo pudieran haber invocado. Y estoy obligado a decir, que un atavismo medular inocultamente latente en toda relación plena, pudiera ser el agente evocador, para que el “relator intruso” se nos haga presente. Y que lo hace con un paternalismo exánime. Digo esto porque es evidente que la persistencia de una figura intrusa en la amante relación Gabriela-Bruno, proviene de una ligazón con la reciente muerte del papá de Bruno. Porque primeramente fue un ensueño en el relato; cuando comían en el restaurante fílmico dietético de Las Barrancas. Luego “eso” ingresaba en el espacio-tiempo de la historia, para hacerse de esta dimensión como algo también propio. ¿No será un crecimiento degenerativo?. ¿Un patriarcalismo filicida que podría terminar devorando a las criaturas de esta historia?.

Estoy obligado entonces a ponerlo bajo control. “Eso”, como portavoz de un estilo de vida sin razón histórica, aunque “lógicamente” esté incluído en toda su descendencia. “Relator intruso” innominable, que vorazmente se alimenta con el lamentable descuido ingenuo del alerta, casi ineludible en la relación amorosa: -Te voy a tener controlado de ahora en más. No te reprimiré; pero te voy a vigilar para que no te metas en lo que no te importa-.
)//…


Secuencia 3.           

   Con todo el cabello espumoso de shampoo en reposo, Gabriela preguntaba:

   –¿Qué quieren decir con eso de “la calesita”?–.

   Sumando otros o los mismos dichos, en dos secuencias a elegir; o no elegir ninguna; Bruno alcanzándole la carta respondía:

   –No quiero tener que hablarlo todo. Es mejor que leas entera la carta. Y te voy a explicar–.

   –¿Sabés por qué me intriga la carta?. Te digo, por lo de “calesita”. Es algo que se me vincula con los molinetes, los tornados, todos los giros. ¿Te acordás del remolino de manifestantes; del día en que te presentaste; de la Plaza, cuando aparecieron esos policías?… Te sentiste tan mal-. Gabriela indagaba, y al mismo tiempo daba a conocer algo: -Yo quiero saber si lo que nombran en la carta es algo parecido. Porque si hay agitaciones también ahí; que creo, y no lo estoy inventando ahora, que las llaman “calesitas”, los modernadores, aunque los más serios prefieran seguirlas llamando “Vórtices Innovadores”. Esto entonces querría decir, Bruno, que podríamos llegar a saber algo juntos. Porque yo también los he visto girar en el Rosario–.

   El timbre de la puerta de abajo interrumpe las pulsaciones cardio-parlantes, que se van dando con rítmica amortiguada, por el regulador volúmen de agua en donde están. Gabriela sumerge su cabeza espumosa para enjuagarse. Ya está utilizando toda la bañera; por que Bruno se levanta, arrebujándose en una salida de baño.

   –¡Por favor!. ¿Quién vendrá?-. Bruno se le expresa inquieto y gravemente: -Tenés que seguir hablándome de esto; no te desconectés del asunto-. Se calza unos chanclos plásticos; precipitándose en la inquietud interior, hacia el timbre que vuelve a sonar; diciendo: -¿A qué es Hugo Mercolli?. Habrá descubierto algo de tanto fichar fijo las bananas. ¿Nos vendrá a contar el secreto del filamento grosso?–.

   Gabriela desespumada, comenta con murmullos sonrientes las puntadas de ingeniosidad, con que Bruno entona y desagrava nuevamente al cardio-parlamento. Algo más tranquilo; él se acerca al intercomunicador.

   –Hola. ¿Quién va?–.

   –Hijo; ¿estás bien?–.

   –Pero; ¿qué hacés, mamá?. Pasá, subí–.

   En la puerta de calle, bajo el claroscuro de los paraísos sombreando las veredas; hay una señora incongruentemente guarnecida bajo un impermeable, que insiste en hablar por el chapín del intercomunicador:

   –Me pareció que entrabas anoche en casa; y que volviste a salir. Como no aparecías llamé a la Editorial; y me dijeron que habías pasado por ahí; ya te habías ido. Algo te debía de pasar, me pareció. Por eso vine. Y no te quiero molestar–…

   –Estoy perfectamente. Si no querés pasar; hablamos más tarde en casa–.

   –Bueno; pero abrime que te pongo un paquete de masas en el ascensor de adelante–.

   –¡Qué bueno!. Pero no te hubieras molestado… Ahí te abro–.

   –Hasta luego Bruno. Y venís más tarde a casa–.

   –Chau mamá. Esperá que va a chicharrear–.

   Y se escuchó “ese” sonido.

   La señora empujó la puerta chicharreante. Llegaba hasta los ascensores; llamó al de adelante. Cuando lo tuvo abajo, abrió las puertas, y colocó en el piso de madera del ascensor, un prolijito paquete embandejado. El paquetito solo y encintado subió al instante en que Bruno pulsó desde su nivel. La señora comprobó que el coche subía hasta el piso de Bruno. Y se volvió para caminar unas pocas cuadras hasta la casa; donde hay otro amigo, un perrito vocinglero, cercano a estos personajes; que en un descanso está, sobre el piso de mosaicos del hall, con el hocico pegado al vientito fresco que se cuela por debajo de la puerta.

…//( Tenía que ir a consultar con alguien. Puse todos los escritos dentro de un portafolio’; y lo aseguré al portaequipajes de mi bicicleta desatenta. Siempre algo distraída, no le da importancia al tráfago de la ciudad, no se entromete con nadie; una bicicleta muy sana.Y se sabe hacer respetar con los gatos.

Con mi decisión de presentar a alguien el trabajo rescatado, buscaba la posibilidad de llegar a publicarlo, o al menos una orientación de alguien que me viese. Por el sencillo hecho de presentarlo, ya pensaba que con ello yo encontraría una satisfacción. Detrás de la búsqueda de orientación, se subtendían las ganas de que se produjesen nuevas líneas, en la simultaneidad tipo “matrushka” del relato. En los momentos del decurso ya narrado, en su reaparición de estos días; y en las anotaciones comentarias y autocríticas –cosas que mi comedimiento literario parece producir con arrojo contenido-, nuevas líneas de agregar en los momentos encajados en otros, etcétera…

No sabía ciertamente a quien dirigirme, ni cuando habrían de venir incertidumbres graves, honduras de sufrimiento insondable, largos llantos contenidos dentro de las habitaciones, para que nadie los oiga. La vergüenza y la desgracia en sordos intercambios en los lugares públicos casi desiertos. Porque a pesar de mi intención de no hacerle evidente a nadie que la realización de lo funesto acomete y va a ser. -Ello será cuando algunos, tentativamente, intensamente, van a querer olvidar al brote de desgracias-. No sería posible dirigirse a alguien para un intercambio personal más o menos comprometido y algo lúcido. No sería posible intimar, sin que el temor dilate la mirada, las palabras se aborten, los corazones se sobresalten; es un decir –tomando por ejemplo la gravedad del entrecejo fruncido caminante, del estrés o surmenage, etcétera-…

Entre estos pensamientos había llegado a la salida con mi bicicleta en vilo y sin hacerme notar de nadie. Cuando abrí la puerta de calle ya sabía que debía de ir primeramente en una búsqueda de lugares, a los que tenía más que nada en los recuerdos –con gente que alguna vez estuvo-. Pero después de los tristes sucesos; ¿a quién podría encontrar?…

“Se te puede caer el portafolio’, arrepentido”, me dije; “y nadie te avisará”. Cierto, la obra iría insegura, tambaleante. El portafolio’ podría ser abierto por alguna mano de uñas largas cerúleas también así, para que hoja por hoja mi dedicación no pueda llegar a relatar nada a nadie. Y se vaya perdiendo hoja por hoja, desperdigada, desperdiciada, perdida, suelta. ¿Cómo reconstruir?. Porque una vez que se rompiera en cuatro pedazos el trabajito; una vez que la parva de papeles rotos fuese abandonada junto a la pared del cementerio para que nadie… Yo, ¿cómo iría a hacer?. “No; mejor atarme el portafolio’ a la espalda en bandolera”. Y afirmarlo con espiras de la soga que era del portaequipajes. Así lo hice. Ahora bien ceñida alrededorcito de mis costillas, apretando la soga el cuero del viejo portafolio’. “Así no debería de haber pérdida”, pensaba yo. Ahí había terminado de prepararme, en el zaguan de la casa.

–¡Qué tal!. ¿Cómo está el Señor Osado?–, me dijo el vecino, que atiende el comercio de granos, venta de leña y carbón, libros para reconocer el celaje de los mariscos, comprimidos para aves de corral. -El local “Marrapodi” tiene gatos, y está al lado de casa-.
Como en todos los días en que Marcelo Chone atiende el negocio, él desde la puerta me saludaba. No le es posible evitar el nombrarme incorrectamente; un caso especial de dislexia. Pero buenazo y seguidor, siempre con un comentario amable. Le hice un breve saludo con la mano y me le acerqué. Quería estar seguro yo, de que él me viera claramente al partir. ¿Iba yo a poder volver más tarde; o no?. Por eso conversé con él unas pocas palabras. Me era imponderablemente necesario que se me registrara nítidamente con el cartapacio atado y montando en la bicicleta. Algo para abrirle la percepción tuve que decirle a Chone:&nbsp

–¡Qué tranquilidad para esta hora!. Las doce y media en punto–.

Marcelo enarcó un poco las cejas, abriendo más los ojos; y asintió con algunos lentos movimientos de cabeza. Entonces supe que era el momento para comenzar mi itinerario. En busca de las líneas de corrección, de edición, por otras apariciones, como la de Marcelo en mi texto; monté en mi recatada bicicleta. Y entré a pedalear.
)//…


Secuencia 3, variación.          

   …Presuroso por los pasillos, …con su bata de toalla, casi totalmente mojado, …volvía al departamento …Que la mesita, que en la cocina, …sobre ella asentó Bruno la bandeja.

   Por sobre la mesita, con un estilizado cortador, hizo afiladas maniobras de abajo arriba diagonalmente, con la hoja en su borde filoso contra las cintas del paquete. Y logró poner al descubierto el bloque de masitas, repentinamente desempaquetado. Continuó; sin morder nada, sin llevarse nada a la boca. Continuó hacia Gabriela Sircanti, sita en el hidratante detenido baño relajador; para darle un breve resúmen de las novedades. Desde la bañera, la otra parte en la ceremonia, no le dió oportunidad de contar nada. Fué despalabrado Bruno, por ella que le pedía:

   –Cielito; ¿podrías alcanzarme la cartera?–.

   El muchacho, sin decir una palabra, volvió a las habitaciones. Divisó el equipaje. Y fué al poner la mano en el correaje del bolso para alzarlo, cuando comenzó en uno de sus detenimientos; y se echó a pensar:

   “No tiene porque ser un inicio espectacular. El momento señalado, tiene que marcar una diferencia con todo lo anterior; y apuntar a lo que vendrá. Pero no es necesario que nadie más que uno se dé cuenta. ¿Por qué va a tener que ser expansivo, como un big-bang en cada uno?. Quizá ni yo mismo me dé cuenta de que algo pasa, hasta bien tarde; cuando esté viviendo en el nuevo camino, ya acostumbrado al aire puro, sin ninguna molestia. -‘Cielito’-, me dijo”…

   –Recibimos vituallas. ¿Para qué querés la cartera?–, decía Bruno alcanzándosela.

   –Quiero sacar La Biblia. ¿Qué decís de que avituallamiento?–.

   –Es un paquete de masitas. Mi madre que se preocupó, porque yo entré y salí de casa en la madrugada. ¿Qué habrá pensado?–.

   Explícitamente dispuesta saldría la aclaración: Que no, que no había subido la mamá; ¿y cómo no leíste la carta?, tan interesada como estabas, ¿ó sólo me lo decías?. ¿Cómo?; que sí la estuve mirando, pero está bien llena de palabras para mucha cuca. Hay una cosa acá en La Biblia que quiero leerte.

   “Es bastante claro”, siguió pensando Bruno: “Cada momento en que me descubro es EL nuevo momento para percibirme. Y es siempre un primer momento de descubrimiento. Porque desde esto que estoy siendo me doy cuenta actualmente de que soy… ¡Cómo querría que fuera total y eterno cuando me descubra totalmente!”…

   Toma Bruno un poco de distancia; va separado hasta el dormitorio, dejando abierta la puerta, porque quiere escuchar lo que diga esta evengelista. Parece que ya encontró Gabriela lo que buscaba, está leyendo:

   “Humana cosa digo, por la flaqueza de vuestra carne: que como para iniquidad presentasteis vuestros miembros a servir a la inmundicia y a la iniquidad, así ahora para santidad presenteís vuestros miembros a servir a la Justicia”. (: Romanos, 6, 19).

   Como Bruno pregunta: ¿Qué tendrá que ver?; Gabriela le desmadeja y asegura algo elaborado:

   –¡Tá, tá!. ¡Esto es así!. Porque las personas que se redimen, con transformaciones en sus sentidos vitales; desde los Vórtices, comienzan a ejecutar una revelación de Justicia-, sigue Gabriela con definiciones: -Porque en realidad, cada vuelta de los agrupamientos, significa un día preparado. Y los ritmos surgen de nosotras mismas. Y las que van más cerca del centro, están más altas en la jerarquía. Te digo, ya vas a ver, de esos varones que nos rodean: Están para protegernos, como un frontón, pero nosotras somos las que decidimos. Tomamos las decisiones con un código, que aunque te lo explique, vos no lo vas a entender…–.

   “Pero; ¿será posible?”, piensa Bruno. “Mejor por ahora sobrevolarlo, dejarlo así; pero después se lo voy a hacer definir de nuevo. ¡Por favor!”. Las últimas palabras le salen en voz alta a él, que se está echando encima ropa y zapatillas, frente a Gabriela, quien ya se acercó desde el baño prolongado, todavía sin ropa y llevando La Biblia en la mano.

   –…Y como antes casi todas, sin ninguna jerarquía de justicia; igual administrábamos el placer y la vida en común. Pero fué antes de los vórtices. Entonces era casi solamente para los individuos mundanos. Luego, cuando renovadas por la fe y la justicia, establecidas por la Salvación… ¡Cuánto mejor y apropiadamente ejercemos ahora!-… (que él se dé cuenta). –La distribución real de vida, de goces… Porque dentro del Vórtice, la suma del placer humano de una región, está condensada. Y nosotras, apropiada cada una de partes equitativas–….

   Bruno escuchaba, con una zapatilla puesta y otra en las manos; y contemplaba, medio divertido por la fuerza de esa imaginación, medio en estupor consternado por la fuerza de esta supuesta revelación:

   –… Partes ajustadas a la realidad del clivaje orgánico-, así dice Gabriela, sin querer entrar ella en la zona diferente que había anunciado, inentendible para cualquier varón. Continúa: -… Partes que podemos distribuir sanamente, para cada una de nuestras relaciones. Para cada hermano, hijo, amantes, maridos… Cada monto de placer, conocimientos de la vida, fuerzas de los alimentos–…

   –Pero escuchame; ¡me dejas azorado!. Tienes que repetírmelo todo esto; y aclarármelo…–, Bruno interrumpía así, algo turbado.

   –Claro, amor. Se hizo demasiado para ti; tan de golpe–. Y Gabriela dice esto acercándose a Bruno sentado; para que él la abrazase por las rodillas, y reclinase la cabeza sobre su barriguita. Y ella le hace esa caricia en el pelo, que hacen las mujeres; algo entre cuidadoso y distante: Ese tipo de cosas para las vías, que hace un mecánico de locomotoras, dándole el último toque a la máquina, que enseguida partirá lejos.

   –Casi me olvido-, dice Bruno. –Menos mal que no te secaste del todo. Así podés volver a la bañera, si quieres. Unas sales para baño que compré. Tenés que probarlas. Le ponemos más agua caliente al baño; y con las sales… Mientras tanto te bañas, voy preparando un té para las masitas–.

   De cierto modo, parece que está bien para ella, que entonces, mientras Bruno dispone el recambio del agua; y en un momentito ya ha de estar lista y caliente, porque él dice:

   –Voy a buscar las sales; pero puedes ir metiéndote–.

   Y entretanto Gabriela volvía a entrar en el agua caliente; él giró sobre sus talones, desapareciendo hacia las habitaciones, sintiéndose la locomotora 5271. Pero vuelve muy pronto; cuando la mujer en el agua descansaba, relajada, etcétera. Bruno entonces levanta por sobre el agua y su ocupanta, a la bandeja de la confitería; la inclina suficientemente. Y va dejando caer, entre unos suaves chapoteos, a todas las masitas dispuestas ordenadamente en la bandeja. Finalmente cae también dentro del agua la bandejita gastronómica de las nutriciones; deglucionalmente al agua caliente, flotando, mojándose envase y productos glaceados coloridos.

   –Son sales brasileras. ¿No es algo hermoso?–, dijo él. Y le alcanzó un envoltorio, con ilustraciones en blanco y negro.

   Los dos estaban detenidos un momento, cautivados por el espectáculo del agua, que enseguida se había teñido de rojo. Y la muchacha se quedó sola también; contemplando el agua roja, las tarteletas de frutilla que se iban deshaciendo. Porque Bruno, dando un portazo, salía del departamento decidido a averiguar por sí mismo de qué se trataba. O si lo de Gabriela era una broma, broma gigantesca, de esas que no se hacen.

dibujo_telonero_4

..//(estas partes descontroladas, demasiado autónomas)//..


 Tramo 4:

…//( Mi andanza en bicicleta no resultó en ninguna nueva andadura para “Medio Telón”. La humedad insidiosa de la Capital no me dejaba pasar adelante. Anduve por parques, cafés y plazas; sin encontrar nada más que alguna gente cumpliendo obligaciones. No sé bien cuales fueron los pasos previos en mi crucerear; pero de pronto me encontré transitando sobre las piedras del pavimento de Torres, el Barrio. Cumplidamente me acerqué a la casona de la Calle Trinidad. Al menos ahí me recibió alguien. Tuve que golpear una puerta, es cierto; pero en esa casa que antes de los acontecimientos fuese un centro de trabajo cultural.
El lugar está ciertamente desmantelado ahora. Me recibió el doctor Tusmoza -quien fuera antes coordinador en los talleres literarios-. El está ahora ocupándose en cerrar y encaminar con otros profesionales a sus seguidores -los de la otra faceta más asistencial-, para partir luego definidamente hacia Venecia, ocuparse ahí del psicoanálisis. Yo le dije que aquello también está saturado de humedad malsana y de vapores riesgosos. Pero él afirmó que por fín podría hacer coincidir su profesión médica con un ambiente propicio para su literatura. Que la humedad de Venecia tendría mala fama; pero la amalgama con el psicoanálisis en Venecia…
Tusmoza tan cordialmente atendió a mi inesperada visita. Me guió hasta una habitación aún disponible para que conversáramos. Recordaba especialmente mi trabajo: “Alternativas para un piedra”; del tiempo aquel cuando él coordinaba los talleres.
La tarde comenzaba a cerrar; y yo le empecé a leer “Medio Telón”, aprovechando la luz de una ventana al patio. A poco de leer algunas páginas, la tarde decrecía oscuramente. Poco podía ver yo de Tusmoza; que a merced de la oscuridad, el también con su piel oscura… se mezclaba, …se me ocultaba, …mimético con la llegada de la noche. Yo sentí que estaba a solas en el cuarto. me acerqué en las sombras al supuesto oyente. Dormía. Con su barba cana y su cabeza inclinada, asentado en su piel oscura, dormía.
Luego, ya bien de noche, habiendo dejado calladamente a Tusmoza durmiendo, volví y me encontré con esta producción casi anónima. Son cinco páginas orondas, que debieron de accionarse cuando yo no estuve; aquí, en el interior de mi casucha en la azotea. Ante el hecho, decidí enfrentarme duramente con estas aventuras. Era algo de las circunstancias privadas, que hubieran dado por si mismas una orientación, aquella que yo salí a buscar; y decididamente habían arriesgado que ellas y la máquina, con páginas de mi pseudo autoría, siguieran adelante.
Siendo así que la máquina siguió escribiendo mientras yo casi me fui. Menos mal que regresé, a tiempo para cortar este desórden. Yo veía al llegar, la luz encendida en mi casucha alquitranada; las comisuras rectilíneas que dejaban pasar estas rendijas de luz. Cuando pude arrimarme sin temor y entrar, me encontré con estas hogazas escritas velozmente. Y yo que venía de buscar orientaciones…
Hubiera podido llegar a ponerme autoritario; y obligar a que se sometan estas partes descontroladas, demasiado autónomas; que se habían precipitado a producir más cotejos, nuevas líneas. En lugar de eso, me asenté, para que se calmase la máquina… Y a poner en órden, venga, …en una sucinta hilera, …sus palabras, producidas como panojas.
¿Cuál sería la realidad después de las tres y pico de secuencias?. La necesidad de que sea una de ellas la más coherente para la narración, puede hacer que, artificiosamente, nos limitemos por el hecho de elegir. Esto debido a que esa preferencia no surgiría desde el espacio y los días de los personajes. Sino que se ejecutaría así una determinación meramente subjetiva. Atención; que no estamos indagando acerca de la verosimilitud de lo narrado. Ni tampoco sobre una categoría que se esté proponiendo, y que nos iría a servir para arreglar lo nuestro de todos los días, o para olvidarlo. No; a lo que apuntaríamos como lo más valedero para considerar, es al tono visceral. Aquel que las secuencias hayan relativamente logrado, o no, con sus ritmos, para cada lector-e-lector; el tono emocional, para cada personaje, también.
Por esto; la decisión ya no está librada a una arrogancia particular: …“esta me gusta, me llegó más; la lógica de los dichos es más constructiva, por lo tanto”… Yo creo que no es así. Supongo que la totalidad de los tres pasos y pico coincide escandalosamente, en señalar los sucesos como propios de un decurso y de una historia narrada. Otros pasos, como acontecimientos, son propios de la psicología de los personajes. Y la suma global de lo acontecido en las secuencias, es propio de la novela como objeto. El resultado cambiante es propio también, de las autorías del lector y del escritor.
Pero más importante en conjunto que el engaste de las secuencias, es la forma en que Gabriela -chapoteando alegremente, desparramando agua con fuertes bajadas de brazos-, la forma en que ella, inmersa en nuestra potencialidad visceral… Que ella elija. Aún en contra de nuestras razones y deseos. Y que la engarze, la monte, la afianze, a su secuencia. Parecería así, que la revelación que comovió a Bruno, también alcanzara a retemblar a nosotros. Que Gabriela –símil de abeja reina en enjambrazón de secuencias-, ella bajo nuestra piel, pueda creer, que unas cosas son más reales y convenientes que las otras. Y podríamos comparar benéficamente la sugerencia, con la facilidad para adentrársenos, que tiene cualquier perversión orate. ¿Cómo no vamos a dejar que la Gabriela Sircanti se nos haga genuina como piedra imán; y señale ella la realidad desde dentro nuestro?.
Seguiremos adelante, con un viaje de la pareja. Esto ocurre -no todo es ciento por ciento saltarín-, cuando van a visitar a Javier Mercolli en su internación. Necesitarán mucha buena suerte
)//…

   El tío de Bruno recordaba a Javier. Lo tenía en mente, de haberlo conocido en el Club, de haberlo visto siempre en andanzas con Bruno, años atrás. Le había ido a pedir el auto a su tío, un bioquímico, que atendía un laboratorio impecable para análisis clínicos. Bruno encontraba a la máquina muy perfecta, completamente fiel a las maniobras, sin un ruido. “El auto de Jorge tenía que ser como él”, pensaba Bruno ya conduciéndolo. Un tío impecable, que con mucha eficiencia y generosidad le prestaba el Falcon azul. “Pero; ¿por qué tendrá que ser tan lujosamente perfecto?”. Bruno se tenía que acomodar con refunfuños a esa pulcritud; a la corrección pulida de la máquina que se le había hecho necesaria. El auto se encargaba de dar un tono casi oficial, para la visita a Javier.

   El lugar donde Javier estaba internado era una clínica recientemente abierta por la administración de salud provincial, pero a tres kilómetros de tierra de la localidad de Pakampén. Ni pensar en acceder por intermitentes e irregulares líneas de colectivos. Entonces en camino estaba Bruno, para buscar a Gabriela con ese auto, en esa mañana de sábado. En camino con esa pulcritud azul. Conspicuamente estacionando y a esperar un poco. Porque Gabriela enseguida va a salir de esa casa donde vive con su familia.

   “Todo este asunto está demasiado entretejido con mi familia, y ahora con Gabriela. Y yo no me le puedo aparecer a Javier, colocándole a ella adelante. Tanto hace que no lo veo. No le puedo imponer a su problema, que además de alguien repentino y que cambió, como yo; que encima le haga hablar con gente desconocida, como Gabriela. Mejor va a ser que yo sepa primero si él la quiere recibir. Ya se me va a ocurrir algo”. El silente monólogo de Bruno termina, porque aparece Gabriela cerrando tras de sí, la enorme puerta con aldabones de esa casa, donde en distintos departamentos viven hermanas, primos, tías y tíos; toda un parentela.

   Alguien que pasara por ahí los vería tan nítidamente en clase: dos citadinos normales en ascenso, arios europoides y seguramente católicos; él un profesional, quizá un abogado –y la acertaría, nunca supo ése pasando por ahí qué gran acierto-. Ella quizá una ocupación dando clases de esmaltado en cobre, algo así; ¿o porque es tan delgada, tendrá algo que ver con danzas o gimnasia? –no andaría lejos-. Estaban los dos aclimatándose y conversando dentro del auto. Y tenían adoptado un aspecto claramente delineado, como de gente respetable, sin ningún atorrantismo; ¿quién lo iba a decir?.

   –Pero podríamos haber ido en micro hasta ese lugar, “Pakampén”; y después un taxi hasta la Clínica–. Gabriela demostraba estar algo molesta.

   –Está bien. ¿Pero cómo haríamos para volver?. La clínica es nuevísima; forma parte de un Proyecto Piloto-, dice Bruno. –Todavía ni siquiera le han colocado el teléfono–.

   –¿Y conocés el camino para llegar?–.

   –No es lejos. Es el Partido “Querandíes”. Algo apartado nada más. Pero con el auto llegamos rápido. Tenemos que tomar la Avenida Casares en la Provincia, hasta el cruce con Libres del Sur. Por esta seguimos derecho hasta atravesar el pueblo; y sin cruzar el puente, doblar a la izquierda los tres kilómetros–.

   –Arranquemos; dale–.

   –El viaje no es largo. Pero me vas a poder decir algo mejor, contarme bien cómo es el yeite con los remolinos, como vos con los giros–…

   –Está bien. ¿No vas a arrancar?–.

   Después de las maniobras para entrar al tráfico, un conspícuo conducir de clase media alta, cualquiera diría: “Señora, señor; probablemente van a descansar a su quinta. Allí los esperarán sus hijos desde días atrás. Claro; como todavía no empiezan las clases, los dejarán toda la semana a que se tiendan en la hierba, a que jueguen. Estarán con alguien de la familia, la abuela probablemente. Es un auto tan nuevito, impecable. ¿Qué porquería habrán hecho para poder comprarlo?”. En eso estaría “cualquiera”, diciendo cualquier cosa de alguna gente que anda por ahí. Seguramente es más tranquilizador para hacer una buena digestión, llegar a un juicio rápido, rotundo y que no permita grietas; como para que las dudas no entren a multiplicarse. Pero si “cualquiera” así pudiera llegar a conocer, entonces sabría los reales pensamientos de alguien, …como los de Bruno, …que sigue con sus intraloquios:

   “Hmhmn, hmhmn, hmhmn. Hace rato que arrancamos, Gaby, y vos que estás en esos giros conspirativos tan irritantes. Yo, que me siento atorar con esos malestares, por tu calesitear y tu conspiración quizá. Pero desde que tuve que volver, cuando lo de papá, yo estuve queriendo desatorarme de este anillo constrictor, que me surge en un momento, cuando el momento está ahí, para que lo implosione con un gesto, o sino con una barra de tiza, o sino un cotejo urgente, con una vaquita de San Antonio y las hebras del pasto; porque sino el momento se vuelca indiferente, para ya no ser lo que antes podía ser de independiente. Hmhmn, hmhmn, hmhmn. Si el momento pudiera establecerse antes como independiente, hoy la diferencia se establece sobre la actual dependencia. Esta dependencia que me lleva a recortar fuertemente, los pocos momentos cuando me desembarazo de mi propia limitación, que es mi empaternar-me y empantanar-me superyoicamente en el molde de hierro, donde me obligo a pensar convenciones. La independencia se figura sobre ese fondo avasallador, adocenado, menoscabante, en mi acatamiento a lo que se supone que yo haga. Hmhmn, hmhmn. La breve independencia brilla; y yo, atorado por la subordinación, me precipito ansioso a tratar de rescatar un brillo. Quizá brilla así tanto para mi, porque debo estar muy metido en oscuridades. Quizá por tanto manoteo en la oscuridad, no le permito a mi independencia que siga iluminándome. Este momento no es uno de esos momentos. Igualmente me parece que he llegado a algo: Si podría establecerlo como contínuidad, a este destrabarme contínuo, hasta que venga otro momento a encontrar la contínuidad y a uno mismo destrabado y establecido; entonces sí sobrepasar. Aunque estas razones se parecen demasiado a un curso de mecánica… Habría que esperar un poquito”.

   –Está un poco misteriosa esta clínica donde vamos-. Dice Gabriela, la señora acompañante con el señor del auto azul. -¿Y tu amigo seguro que no sabe nada de que vamos?–.

   –Hugo Mercolli está detrás de las dos cosas. Y vamos por partes. ¿Hablamos de la Clínica?–.

   –Sí; de la Clínica–.

   –Cuando lo internaron a Javier, las tías lo hicieron sin mucho cuidado. Hasta que por suerte rápidamente, Hugo lo supo; y habló con Chico Durán. Como estaban enterados del Proyecto Piloto en Querandíes, presionaron justamente para que lo trasladaran ahí. Porque los Mercolli son de Ramos Mejía; y siguen domiciliados en la casa familiar. Aunque últimamente nadie vive ahí, salvo la tía, que fue la nodriza de Javier y Hugo. Yo la conocí; porque la casa de mis abuelos queda cerca–.

   –¡Hablábamos de la Clínica!–.

   –Es cierto. Bueno… Hugo me contó: El lugar era una vieja quinta que estaba bastante abandonada, y que se llamó ”Los Talares”. El terreno ya no es muy grande; y da por la parte de atrás al Río Chehet, que allí corre entre barrancas a pique. Llegar al río igual no es fácil, porque están los montes de talas que le daban el nombre a la quinta; antes que la Provincia, con el nuevo gobierno, expropiase y construyera los pabellones para el Proyecto Piloto. Mirá; ya estamos en la Avenida Casares-, dice el conductor del Falcon azul. –Ahora tenemos que seguirla derecho. Enseguida llegamos–.

   –¿Y cuál es el tratamiento?. ¿Por qué va a estar mejor en la Clínica que en el neuropsquiátrico?–.

   –Cualquier lugar donde te atiendan algo; va a ser mejor que en el neuropsiquiátrico, donde no te pueden atender. Además, está Chico Durán de por medio. Y aunque yo con él últimamente no quiera saber mucho, por lo menos está en la onda de una psiquiatría no represiva. Te hace pensar y elaborar un poco, como para que la persona pueda volver a ser protagonista de su vida, en lugar de ser un paciente subordinado–.

   Bruno agregaba una serie de palabrerío defensivo, previendo una probable entrada por parte de ella, al terreno de su decisión de abandonar su grupo. Pero con esas palabras dijo, además, que no conocía precisamente cuales eran las técnicas que usaban los profesionales en la Clínica. Pero que el lugar era novísimo; y como en un experimento.


(Después del oprobio y el llanto, la Clínica dejó de existir. Y el lugar fue transformado en un “Sanatorio del dolor”. Adolfo Bioy Casares, “Otra esperanza”, en “El Héroe de las Mujeres”, Seix Barral, Barcelona, 1985).   

   –El tema de la antipsiquiatría es interesante de veras-, ajustaba Gabriela estas palabras junto al discurso estimulado a nafta del conductor: -Aunque vos sabés que la gente que vuelve de Europa, donde prendieron muy bien esas ideas; cuenta que en algunas ciudades hay gente muy disparatada, que molesta, y deteriorada, sucia, que vaga por las calles… Como los manicomios se volvieron de puertas abiertas, la gente que está muy mal sale; pasa eso. Pero; ¿qué pasa con tu amigo?. ¿Sabe que nosotros venimos a verlo?–.

   –Claro; venía Hugo ayer. Ellos seguramente le avisaron al hermano. Si es que no se ha dado aquí ayer una de esas revueltas enmudecedoras en que estás metida–. Bruno tomaba una curva en la rotonda del cruce de Casares con la Avenida Libres del Sur.

   Había unas pocas casas de ladrillos alrededor, muchos terrenos baldíos, pocos árboles salpicados. Anticipo aislado de la pampa dentro del suburbio.

   –Decime. ¿Vos no sentís que a veces las palabras no nombran nada?-, cuestionaba Gabriela; -…Así como ahora aquí, …que estamos en medio del campo–.

   Bruno la miró divertido.

   –Claro, aquí, en medio del campo. Que en cualquier momento los araucanos cazando ñandúes… Más allá una toldería… ¡Dale!–.

   –Vos entendés lo que digo, que aquí hay horizonte. Conozco que un poco más afuera está Poltrera, que ni se puede caminar de gente. ¡Y no me cargués!… Con esa obsesión por poseer los términos que tienen los escribas; como si el idioma les perteneciera. Vos entendés que yo nombro a la llanura, aunque habitada, con esta aridez; esta hondura espinosa que no es necesario poner en palabras. Si con un gesto se puede interpretar el estado de ánimo–.

   Gabriela colocó frente a si su brazo, prolongado en los cuatro dedos palmares abiertos y tensos. Movió el gesto en un arco horizontal, como presentando. Se inquietó la expresión de ella; porque él empezó a dar golpes en el volante con la palma de la mano.

   –¡Estados de ánimo!. Ya me parecía que detrás de tus calesiteos, giros y revueltas, tenía que haber algo animalesco. ¿Vos vas a modificar tu comportamiento como los animales; porque el día esté húmedo y la presión en milibares baja; ó continuás civilizadamente sin darle importancia a los estados de ánimo?-. Bruno remarcaba sus palabras sacudiendo con palmadas el volante del auto: -¡No puedo creer!; ¡que no quieras poner tu voluntad y tu corazón, para estar junto a los hombres y la historia!–.

   –Oime, Bruno: ¿Adonde nos ha llevado la decisión de muchos hombres en la historia; que jerarquizaron su voluntad lógica más que los vínculos?. ¿O me vas a decir que está todo bien?–.

   –¡Qué bien!. Fijate que las transmisiones lógicas dentro de la cultura, nos ponen, por ejemplo, acá en este auto yendo a conocer un proyecto terapéutico nuevo–.

   –En un auto prestado; yendo a ver a un muchacho internado por la fuerza, que necesita rehabilitación–.

   –¡Qué piola!. Vos sólo querés ver el aspecto negativo.¡La contra!. Estás subordinando la cultura por la masificación orgánica–.

   –Estamos dinamizando una contra-cultura. Para que surja después una real cultura sin hipocresías. Cada evolución de un vórtice pone un gesto, una conducta que hay que saber interpretar. Quienes pueden, asumen justamente el sentimiento emergente; que las va llevando hacia adentro y arriba en la jerarquía. Tienen que recorrer menos distancia. Y no atender sino a lo que se les mueve adentro–.

   –¡Aha!. Mejor cerrar las ventanillas para que no entre el polvo. Ya vamos a entrar en la tierra–.

   –¿Cómo?; …¿ya pasamos por Pakampen?–.

   –Por el centro del pueblo; sí. Todavía no salimos del poblado. Estabas tan ocupada con tu interpretación de los tiempos; que ni viste los caballos atados en la puerta del almacén. Es una lástima. Estás tan inmersa en tus códigos corporales simiescos; que no puedes ver ni saber lo que hace y como vive la gente común–.

   –Pará un poquito. ¿O te crees que nosotras no somos también gente común?. A ver si te pensás que tenemos alguna relación con esos institutos decadentes de técnicas corporales. No queremos tener nada que ver con la decadencia de élites podridas–.

   –No sé. Esos también menosprecian-, acota Bruno, -a las personas que no pactan con sus maneras orgánicas. Menosprecian a quienes cumplen con pensar más histórica y socialmente–.

   –No; nosotros no. Pero vos lo dijiste. Esos están con lo establecido y orgánico. En cambio nuestra acción concreta, reformando las disposiciones para comunicarnos-, hablaba Gabriela: …-en todos los acontecimientos de nuestros vórtices… ¿Sabés a qué apuntamos?: A hacer perder realidad a los mediocres que pregonan un “cierto sentido”. A desenmascarar la hipocresía. Señalamos a los malditos. Hay una ley entre nosotras: apartarlo al maldito, al condenado, apartarlo de compartir nuestro amor. Si alguna lo hace, ella será también desposeída, maldita y afuera, también condenada–.

   –Por ahí quizá me la van a pegar entonces. ¡Qué pena!; ¡eh?. Porque en cuanto a hipócritas y mediocres, yo no podría arrojar la primera piedra-, decía Bruno. Y un poco más alegremente agregó: -Agarrate que ahora vamos a volar un poco. Ahí viene un lomo de burro–.

   Y el brillante automóvil azul se despegó por unos metros del camino de tierra.

   –¡Yahoo!–, vivó Gabriela.

   –¿Qué dijiste?–.

   –Yahoo; como decir ¡hurraah!-, le explicó Gabriela a un Bruno, que repentinamente se había vuelto sombrío. –¿Por qué?–. (**)


(**) En obras como la de Jonathan Swift (“Los Viajes de Gulliver”), y en Jorge Luis Borges (“El Informe de Brodie”), se dan referencias inquietantes sobre las costumbres, etc’, de los “yahoo”…   

   Disimuló el ensombrecimiento que lo embargaba Bruno. Y se animó para responder:

   –Una palabra rara; ¿no?. Me pareció un idioma extranjero. Mirá; aquello donde están las casuarinas y después los eucaliptus, debe ser la Clínica–.

   Saliendo del camino de tierra, atravesaron una tranquera donde había una portería. Por encima de la entrada un cartel anunciaba: “Centro Provincial de Salud Doctor O. Martorani”. Caminos interiores, señalados con letreros y flechas, conducían desde una bifurcación, hacia los “Pabellones, 1, 2, y 3”; ó hacia la “Administración y Consultorios Externos”. Estacionaron el auto junto a otros muchos, en un lugar con pedregullo binder, rodeado de casuarinas. Abriendo la puerta para descender Bruno, interiormente atado por la reserva y las dudas, pero pudo actuar algo así como un entusiasmo y decir:

   –No vayas a creer que la discusión queda cerrada ahí. Esto lo tenemos por favor que aclarar. Pero sería mejor dejarlo estar para el camino de vuelta; ¿eh?–.

   –De acuerdo–.

   –Va a ser mejor que vos me esperes por acá un ratito. ¿Sabés que pasa?. Me acabo de dar cuenta que no sabemos si está permitido para Javier, recibir más de una visita al mismo tiempo–.

   –¡Qué grande!. Vos Bruno sí que pensás todo. Mirá si me hiciste acompañarte nada más que para conocer el camino. Y para lo más importante, para lo que me preparé, que no lo pueda hacer. Libros que estuve consultando–. Gabriela sacó de su cartera unos libros para que Bruno viera los títulos: “Grandes casos del psicoanálisis”; “Antropología de lo anormal”; “Comunicación, la matriz social de la psiquiatría”.

   –Disculpá… Mejor vení… No podés hacerle daño; si vos sabés, …te preparaste-, reconocía Bruno en tono bajo. –Cualquier problema reglamentario, …vos lo podés hablar con los doctores–.

   –Pero ahora andá; averiguá. Que mi presencia no lo vaya a envenenar. Yo me quedo por acá. Me voy a tomar algo al kiosco aquel–, agregó Gabriela.

   Detrás de un pequeño gentío en guardapolvos blancos, un stand al aire libre solucionaba situaciones. Las amistosas conversaciones de los profesionales, las normales, y las enmarcadas por los tratamientos… Comparaciones que la Clínica entera podía hacer allí, bajo los árboles, en el tiempo de reponerse con las ingestas… Y hacia el puesto bajo los eucaliptus, se encaminó Gabriela calladamente; y a Bruno le parecía verle una satisfacción.

…//( Gente curtidora esta, a la que le gustaba conversar y conocerse. Primero yo hubiera querido decir algo en torno a la indagación de Bruno tras la trascendencia. Pero ya tenían comenzado el viaje para llegar a la “Clínica”. Preferí dejarlos llegar como los únicos protagonistas. Y de decir sobre la indagación, opté en quedarme con las dudas.
Dudas que se instalaron. Porque él se había puesto a hablar de los abuelos y de Ramos Mejía. Buena oportunidad para mostrar sus conflictos interiores y comentarlos. No quise interrumpir. Y las dudas instaladas me llevaron a asumir un silencio como el de las sogas en los campanarios. Ya me parece que moderaré mis intervenciones, para que la historia fluya sin tantas obsesiones.
Quiero decir sólo un comentario acerca de la discusión que tienen Bruno y Gabriela, por la validez de la analogía o de la cifra, la imagen o las palabras, la corporeidad ó sus mensajes. Esta discusión expresa en una dialéctica -a la que quizá ni ellos ni yo le encontremos una síntesis práctica-, una batalla que se está dando entre dos mecanismos ritualizados: Por un lado la “racionalización”, que la asume Gaby, para justificar acciones. Por otro lado, la “intelectualización”, con la que sofoca Bruno a ciertos elementos emocionales. Y esta discusión es como un debate a pérdida, en el que no cabrán soluciones, mientras esté entablada entre dos mecanismos, y no entre dos personas.
Por último, quise revelar que estuve espiando por dentro de resquicios abiertos en la tipografía. Y pude ver que dentro de la cartera, Gabriela llevaba otros libros gordos. Pero todas estas cosas son de tiempo atrás; antes que la malasangre nos atacase a todos; cuando Gaby y Bruno pudieron andar juntos por ahí
)//…

dibujo telonero n+1

..andando su recorrido..


Tramo 5:

   Hasta el stand entre los eucaliptus fueron viniendo Bruno con el Flaco Javier. Gabriela los veía sonrientes. El muchacho gigantón desgarbaba pasos sobre el pedregullo al andar. Javier, que al darle la mano y saludarla, le preguntaba si además de a él, iba a ver a otros pacientes. Bruno hacía guiños. Gabriela contuvo su sorpresa y enojo. Le respondió al Flaco que no se preocupase ahora por otros internados, porque no era el caso de ir más allá de lo permitido. Que aún ella no tenía la habilitación ministerial. Bruno le aclaró aún más tensa la tensión, cuando dijo para Javier:

   –No; todavía no va a poder trabajar acá. Pero cuando se la ve como baila de bien; ahí uno se explica que pueda dar la Expresión Corporal así de buena como lo hace–.

   –¿No me quiere mostrar unos pasos, doctora?–, dijo Javier desde entre su barbilla.

   Gabriela tuvo que hacer esta vez un enorme esfuerzo, para no saltar sobre Bruno y darle golpes. Adoptó una sonrisa de mármol y pudo reponer:

   –Vamos a hacer una cosa. Aquí es muy lindo y podemos caminar. ¿Qué le parece, Javier?. Ustedes dos me van a seguir; sin copiarme los pasos, pero acompañando como yo camine–.

   –Bueníiisimo-, dijo Bruno; a la vez que Javier asentía sonriendo.

   –Pero no se queden muy atrás–. Y Gabriela decía esto, al tiempo que se cruzaba en banderola su bolso. Para que especialmente Bruno enseguida viese cerrar y abrir las manos de Gabriela en un entonamiento.

   “Mhmn, mhmn, mhmn: está preparandosé como para aplaudir mucho, pero sobre mí; ay, ay”, pensó Bruno.

   –¿Empezamos?-, preguntó Gabriela.

   Javier volvió a asentir con su sonrisa seria; y esta vez Bruno hizo lo mismo.

   Sobre la grama del parque, avanzaban los dos amigos detrás y juntos con la guía de ella, la recién nombrada promotora silvestre del andar curativo. La marcha era sencilla y con aderezos de formación, que los varones prontamente asimilaron. Para así combinar entre ellos una respuesta al andar de su vanguardia. Tanteaba Gabriela con cada pié por delante, antes de afirmarlo. Ellos dieron por levantar hacia atrás los talones, en el momento previo al tanteo que imitaban. Manos y brazos de ella, se abrían, cerraban y giraban desde hombros abajo. Ante esto; ellos optaron por levantar los hombros, pero no en cada paso, como si fuesen diciendo: ¿qué me importa?. Tan propicios el sitio y la hora del día para estos ejercicios de psicópteros…

   –Listo; aquí estamos–, los instruyó Gabriela, tras observarlos, con intuición deportiva, en un aparte que hizo.

   Estaba bueno. Se habían dado una propia manera compartida, bien particular, para sentir al terreno; y sentir como moverse, descubriéndolo y descubriéndose. Gabriela se les unió; y siguieron andando su recorrido por el predio del Proyecto “Martorani”.

   –Me estuvo contando Javier como todo le dolía–. Bruno así daba cara al problema de salud. Y quería que Javier les intentase dar a conocer aquello, por lo que sólo él había pasado.

   Fué Javier saliendo con esa experiencia: Toda persona, toda palabra, cualquier soplo del viento, la misma luz del día –les pudo contar de su crisis-, le producían entonces dolores indecibles. Respirar, estar de pié o sentado, ver a su tía que trataba de calmarlo; todo le machacaba dolor sobre dolor. Gritaba; y el grito se le sumaba a la espiral creciente del dolor.

   La tía hizo lo que pudo; y con unos vecinos consiguió guiarlo a Javier, para envolverlo en una alfombra. Después intervinieron los médicos, sedantes, los enfermeros, la guardia, el día siguiente, tratamientos hipotérmicos, la llegada de Hugo con Chico Durán al Hospital: Entonces fuè la clave del susurro que Durán le instiló en los oídos; y con eso algo de calma. Y lo habían traído al “Martorani”. Pronto iba a poder salir. No quería volver allá donde todo dolía.

   “La mitad”, le había dicho Chico. Que pensase en estar la mitad de mal de cómo estaba. Sobre este amenguamiento poco a poco había seguido pensando Javier en cada día sobre cada cosa. Darle la mitad de importancia al momento malo. Y los huecos de las reducciones, ya se le estaban rellenando, pero con cosas buenas.

   Después… de algunos minutos más –no era cuestión de entregarse sin moderación al deleite de conocer aquello intransferible-, se les instalaba a Gabriela y a Bruno, la urgencia por seguir, con su historia. Iban a seguir conectados, por Hugo y Chico, con Javier. Para ir solucionando situaciones, previendo la pronta externación del muchacho.

   Terminada la visita; ya de vuelta en sus lugares tapizados, dentro de la pulcritud del auto azul; no parecía haber en la incidencia, aquel paralelismo entre el auto y los ocupantes. Se notaban la aspereza y la agresividad.

   –Me vas a dejar en Pakampén-, decía Gabriela con su voz suave y sonriente, pero con su firmeza de mármol: -Por favor Bruno; que no quiero tener que pasar por más avivadas tuyas–.

   –¿Qué pasó?. ¿Te sentiste un poco descolocada; porque yo quise animarle la visita, con esos datitos inventados?–.

   –¿Cómo me iba a sentir?. Dejame en el pueblo. Me hiciste un abuso con tu jugarreta–.

   –¿Cómo me he estado sintiendo yo, por los manejos espirituales de tus remolinos?. Si vos te acordás-… Bruno dialogaba también, sin levantar la voz: – …Cuando en la Plaza del Parlamento yo me tenía que alejar; que después fuimos al Correo; …cuando me presentaste los giros, me decías del asunto que era demasiada novedad para mí–…

   –Bueno; está bien. Vamos a seguirlo discutiendo. Es muy raro que te puedas poner mal por los giros. Si los pasos nuestros son para concitar energías. De los astrales del microcosmos en lo alto. Las potencias divinas del cielo y de la tierra. Los vórtices me dan la jerarquía. Por eso te puedo asegurar lo que te digo. Los agrupamientos me han investido como gran chamana obispa. Ya lo sabés–.

   –Ahá; te felicito. Gran chamana, sacerdotisa, obispa o papisa, lo que sea; pero el estómago se me daba vuelta; la piel se me volvía de arpillera; el cuerpo sin tono, fuera de control–.

   –Pudiera ser que te dio miedo. Para algunas personas la transformación se les hace demasiado–… Gabriela al hablar, destinaba sus miradas a las casas de Pakampén.

   Por dentro de ella había crecido la certeza, de tener que ocultar algo más los asuntos, en adelante para Bruno. Si él se resentía así por el resultado de los giros; esto podría significar que una gran resistencia y hasta antagonismo lo dominaban.

   –Y sí; puede ser algo de miedo; como cuando un exámen–, aceptaba Bruno. Pero pensaba que al miedo no se lo debe reprimir, porque no es zonzo. Debería de cuidar el decirle mucho a Gabriela sobre su búsqueda de los momentos.

   Terminado el viaje; ya de vuelta en la Capital; el reciente enfriamiento interno de ellos dos, con sus zonas nuevas herméticas, los devolvía en el pulcro auto, a la correspondencia típica de clase: A las hermeticidades de género características, de las personas más normalmente sistematizadas, en una sociedad fungiente por presunciones, suposiciones y apariencias.

…//( Una breve intercalación; y rápida reflexión actual acerca de estos temas transcriptos. (Parece que me contagié de Bruno, que allá en el Martorani, se había puesto a mirar reiteradamente en su reloj pulsera).

Se me figuran estas gentes, ese clima, su historia; como que hubieran estacionado, para seguir con vida dentro de mi frasco hecho con papeles. Estacionados en una nave biológica terraria. Hasta que hoy se nos desparraman nuevamente, se mezclan entre sí y con nosotros, como gustos distintos de helados coloridos. Se funden desde sus bolos servidos sobre esta media fuente plana. Salen de su esfera conservada y fría para entremezclarse. Quizá para, …sentir nuevamente.
)//…

   Se siguieron las amenidades de los días a lo largo de varios meses. Bruno estuvo muy interesado en resolver concordialmente su apartarse del grupo terapéutico de los martes. Había varias razones para que su acción no llegase a significar una ruptura ni un abandono. Pero la más importante razón para él, para que quedara armonizado con las Claves de Chico Durán, se le representaba como una condición. Y surgía de un nuevo proyecto suyo. Contar en sus planes con la asesoría del Doctor Durán, no sólo sería una vía didáctica, sino que le podría dar el respaldo de un prestigio y una eventual supervisión en lo que quería llevar adelante.

   Gabriela compartía las amenidades con su novio del diálogo, del juridismo, del Derecho. El discipulado vertiginoso iba creciendo. Si bien dentro de una inasibilidad, casi en lo oculto; las actitudes producidas en los vórtices, levantaban incidencias especiales en la gente, por la calle y en cada reunión. La gran chamana del Vórtice Microcentral, casi refulgía con Bruno; y también iba pletórica en los lugares públicos, aunque más veladamente.

   Lo que Bruno quiso hacer, le llevó algún tiempo de preparación. Luego de los desvelos y de utilizar bastante del fondo de la Editorial; pudo llegar a aplicarlo. Y no quedó muy distanciada la práctica del proyecto construído.

   De su entrevero permanente con la importancia de las palabras y los momentos; de su formación en la Filosofía del Derecho; y del corto pero denso cruce con los consultorios de psicoterapia; Bruno había tomado las puntas. Y las trenzó concienzudamente. El resultado fue bien tomado por Durán, quien le dio apoyo. También sus colegas abogados lo consideraron adecuado al proyecto; en especial para un “temperamento artístico” como el de Bruno. La inquietud consistía en una “Mediación Legal Armonizadora”. Consistía en que a los conflictos entre personas reales; no solamente se los podía abordar en mediación sobre las legitimidades y legalidades; sino que Bruno quiso hacer ver las luchas, despojadas de presunciones, inscriptas en el deseo de cada persona. Considerar a las divergencias como historias reales y ficcionales dentro de un debate. Pensó que habría Claves de concepto y sentido; que desarmarían las querellas que el podría asistir. De tal modo poner una nueva verdad en funcionamiento; nueva realidad modelada según las Claves; y moderada con nuevos límites y clivajes.

   Se estaban produciendo cortes de electricidad. Los apagones anunciaban quizá las tremendas desgracias que luego acontecerían. Augurios de las cosechas funestas. Tiempo desde las cuales en el que se podría decir que apenas sobrevivimos. La plétora y el entusiasmo se veían, se sentían, se pensaban en aparte. Pero muy muy tristes en el fondo todos sabían.

   Javier, estaba reiniciando su vivir, como si fuese un recién llegado de países con otra lengua y muy muy lejanos. Se había mudado a un cuarto en un hotel, del entorno más cercano y familiar para Bruno. Desde el departamento, la pareja podía ver los patios traseros del hotel, en paralelo opuesto, dentro del mismo bloque de edificaciones. El recién llegado era el que aportaba otras amenidades. Javier daba, entre la gente cercana, una mirada renovadora, fresca; a la que no cabía dcepcionar. Llevaba consigo un contentamiento con el sólo y sencillo vivir, que despejaba de sus prójimos malquerencias, ilusiones y soberbias. Su hermano y Bruno le estaban solventando el cuarto del hotel. Javier había comenzado a ganar algo con la venta ambulante de bolsas para residuos. Chico Durán conversaba con él cada tantas semanas, y le controlaba que tomase algunos remedios.

…//( La pasión esta de intercalar sí que merecería algún remedio. Es como una fiebre. Una ambición de absoluto que arrebata. Sospecho que es una respuesta simétrica que la máquina le da a los escritos rescatados. La máquina así se agita ante las páginas, porque éstas parecen plagadas de garrapatas omnipotentes. Pero quizá hayan hecho esto las páginas para espantar a los gatos. Seguramente los garrapateos proliferaron, por hacer bulla, con esos pseudoprofesionalismos catastróficos de la terapia letrada. Y que los gatos de las patronas, así no se les acercaran, por el ruido garrapateado. Pobres páginas desoladas de olvido.
El tono de ese afecto por los gatos me infecta los nervios con sólo oirlo. Y es desesperante; porque nada puedo hacer. Mi madre está asociada con las otras patronas: Apasionadas ellas en esos cuchicheos incoloros; ante los cuales no puedo articular ni un comentario. Y los gatos iban amarronando mis páginas, y seguirán enfrentándome desde sus saltos sobre mis pantalones. Se cruzan en mis pasos; y yo sin querer, piso en los peroles donde están sus alimentos. Es oscuro. Tampoco puedo hacer más que aguantar. Porque ya se sabe, mis dichos y mis hechos son de colores. Al hablar se nota. No son colores impactantes. Hay que fijarse para distinguir los tintes. Se dá que cuando hay los gatos y los cuchicheos, cuando piso los abrevaderos; no me pueden salir ahí en lo oscuro, ni palabras ni acciones, por mis colores más bien neutros. Con otra gente sería distinto. Hay quienes hablan en fuchsia, ó en ese ocre naranja azafranado tan oriental. Pero esto sería con otra gente. -En los desembarcados tiempos tenebrosos sólo se hacen notar los destellos de odio y las estridencias-. Y este ñato va a hacer algo como la gente ahora, para evitar otras fiebres. Va a cerrar la intercalación. Va a terminar de transcribir la novela…
Y antes o después, diciendo algo habrá Alguien
)//…

   Las cosas estaban en su camino, normalmente dispuestas sobre la ladera del volcán erosionante. Ocupaciones y amenidades sostenían día tras día a las voluntades; para ocuparse y gentilmente convivir, en ocupaciones y convivencia amenas, día tras día. Así estaban; cuando llega otra carta de las montañas. Elena anuncia que va a pasar por la Capital.

   “Bruno: Tendrías que acercarte por favor a casa.Voy a estar arreglando algunos trámites. ¿Llevarías las semillas a mi casita del Pasaje?. Al campito ya lo tenemos roturado y en barbecho. Vas a ver algunas fotos que tomamos. No vas a poder oir al agua del arroyo; ni podrás olfatear el perfume de las hierbas. Pero con Bruno pensamos en mostrarte con las fotos todo lo que pudimos desde acá”…

   Gabriela al ver las fotos, se puso de mil colores shamánicos. Estuvieron por estallar las cosas; pero todavía no.

   –Es naturaleza-, alegaba Bruno al compartir las imágenes: -Elena está infusa en el espíritu de la Tierra, el mismo que tu vórtice interpreta–.

   –La voy a tener que reventar-, sentenció Gabriela: -Ella y tu amigo, lo que quieren, es que interpretes vos un trío sonata con ellos–.

   –No te enojes, mi vida. Pero mirá; yo creo más bien que la partitura no me incluye; sino al pececito que sostiene ella. Después lo devolvieron al arroyo. Lo cuentan en la carta; que con una red lo habían prendido, como los monjes–.

   Por suerte llegaba Javier; y se interrumpió la plática que Bruno conducía al terreno de la música ictícola gregoriana. En breve disposición, pronto los tres estuvieron tomando una sopa vespertina. Javier naturalmente quiso ver las fotos serranas. Bruno le comentó de la incerteza que los amigos del Hotel “Celestial” tenían, sobre el pececillo; de si fuese una grucia ó no. Pero Javier no estuvo preparado para el contexto de la indagación específica en la fauna. El tampoco pudo precisar de que pececito se trataba. Y con notorios tragos de sentirse escarnecido; fue pasando la vista sobre las otras fotos de arroyos, Elena, peñascos, hierbas, Elena y arbustos; toda una galería de naturaleza mostrada generosamente.

   –Hay víboras allá–, apeló Javier al terminar de ver las fotos. Gabriela desde la cocina, agregó cantarina que eran “víboras venenosísimas”.

dibujo_telonero_x+n

..una nota sobre la mesa..


Tramo 6.

   Habían pasado unas horitas. Bruno en la Editorial recibe al día siguiente la llamada de Elena: “Que ya está en la casita de la calle de tierra. Que lleve las semillas. Que lo espera. Pero que por favor lleve velas; porque tiene la luz cortada”. Los juegos del vudú estaban muy de moda por los cortes de corriente.

   No era este el caso; ya que Elena tenía cortada la luz porque las facturas no se pagaban, la casita deshabitada. Pero dentro de lo que se estaba dando, al anochecer llegaba Bruno con las cosas, al hogar capitalino de la farmacéutica. Hablaron mucho tiempo.

   Elena no exponía su naturaleza como en las fotos. Francamente lo que más quería era seguir allá junta con Brando; y las originalidades eran tiernas, pero nada más que originalidades.

   Bruno dijo que habría que cenar; ir a un restaurante. “Pero no; fijate querido como está la calle”. Ya todo se mostraba oscuro; el corte era general. Se tenían que arreglar en la casita, con el vino de Agrelo que Elena había traído, algo de pan y unas bananas, compras recien hechas. Siguieron conversando:

   Tendrían que pasar algunos años, para que las plantas dieren un buen rinde. Brando debía de saberlo; pero Bruno asesoró a Elena en cuanto a formar plántulas; y recién para el verano ponerlas en el campito. La previno, de no poner las semillas bajo la vegetación putrefacta que él había podido ver, en las fotos, del campito en barbecho. La luz afuera no venía. Siguieron conversando:

   Bruno llevaba consigo una foto de Gabriela. La observó Elena, junto a las llamitas de las velas. “¡Ah!; pero es muy linda chica”. Hablaron mucho tiempo. Los giros de los cuerpos en los vórtices estuvieron presentes; pero sólo en las miradas que sobreentendían al asunto. Elena le tenía una mirada de sentido duro, le pareció a Bruno. Pero quizá fuese, después pensó, por la inhabitualidad de la iluminación, que la obligaba a enfatizar más esa demostración ocular a Elena, en entendimiento y apreciación distantes. Hablaron mucho tiempo.

   Elena buscó en su equipaje, y puso en la mano de Bruno una reliquia colonial, que traía de las Sierras, le dijo, especialmente para él. Bruno miró al crucifijo y se lo puso al cuello. “Te va a proteger”, decía Elena. El crucifijo de madera de nogal, con un cordón de lana, quedó bajo la camisa de él. Las calles seguían como boca de lobo. Siguieron conversando.

   Las intercesiones letradas armonizadoras, captaron muchísimo a la pescadera – granjera – farmaceútica – y posadera celestialense, en su afán científico y progresista. Bruno le explicaba su punto de vista, sobre como las actitudes en el Derecho, estaban infectas de mitos y marcaciones, inventos y justificaciones, que no dejaban llegar a la verdad de una convivencia legal y curadora. Elena aconsejó: “Suena bien, Bruno; le vas a poder dar un buen sentido”; tutoría suave como de hermana mayor. Las sombras en las paredes. Y que se tenía que quedar a dormir, sin originalidades, en el sofá del living. Con las luces antiguas como sólo foco, en una madrugada hosca y general: Habían hablado mucho tiempo.

   En cuanto despertó en el día, y recordó su sueño; en cuanto meditó sobre la vida y la muerte, y se vistió y salió; Bruno también recordó que era otro día de trabajo. Primero iría por casita, llegarse al departamento, ver si Gabriela estaba, ducharse y arrancar.

   …Llegarse al departamento estallado, …porque ella ya no estaba. El volcán había arrojado su fuego en una nota sobre la mesa:


 “Bruno: Olvidaste lo que te concierne ó te quisiste olvidar. Siempre como por encima; siempre desafiando a lo que sienten los otros; pero siempre diciendo como nos querés. Siempre negando como somos. ¡Chantún!”.


 “¿Cómo te sentirías en mi lugar?. Esperándote sin luz toda la noche. Mejor que no viniste. Así no tengo que verte. Me llevo mis cosas. Y no me busqués. Ya me dí cuenta que estás con tu amiga farmacéutica. pero no es eso. Fijate en tus fotos naturistas. Miralas. Pensá si son correctas para mostrárselas sin aviso a un convaleciente como Javier. Porque de él se trata. Le dio fuerte, animal, una depresión de no moverse. No quiso salir del cuarto. Me avisó Hugo. Durán ya le cambió los remedios. ¿No te diste cuenta de los esfuerzos que hizo Javi para aguantar tus obscenidades?. Planchó por eso; fijate. Como si nos burláramos de él; vos provocándolo; dándole tamaño conflicto. No quiero que mañana yo tenga que pasar más indefensa por más heridas tuyas como ésta. Ojalá reflexiones, sólo por tu futuro. Gabriela Sircanti”.

   Había puesto la firma completa. “Tengo que comer algo; sino el jugo gástrico me va a hacer otro agujero”, pensó Bruno. Un agua le corría por los pómulos mientras masticaba el queso. Habrá sido la humedad insidiosa de la Capital, que se le condensaba en un goteo incesante. “Es curioso”, seguía rumiando queso y comentarios: “Tanto que dice detestar las formas verbales; y cuando me tiene que largar el rollo, que lo haga por escrito”. No la iba a buscar. Más aún: iba a dejar también él el departamento. “Pero está celosa. Lo de Javier es una excusa. Igual voy a averiguar que le pasa al flaco. Mi samana debió creer, que anoche curtimos sexo con Elena. ¡Ta’ digo; también yo!, que al hablar con una mujer me olvido de todo”.

   Era mucha carga para ir a trabajar. No iba a ir a la Editorial. De todas maneras iba a darse una ducha. Al sacarse la ropa se encontró con la cruz tallada que pendía de su cuello. La tomó y estuvo contemplándola. “Estas cosas de mis amores”, pensó: “Pero el de éste sí que fue Amor por todos. Y aún debemos esa muerte”. Sí que iba a ir al trabajo.

   Después, …después, …después: Entre ellos dos nada que hablar. Cada uno en sus cosas; y todas las cosas despidiéndose de a poco con intermitencias y apagones. Y con investiduras solemnes y funestas, las andanzas fatales, seguían demandando más y más acatamiento. El flaco Javier no había estado tan mal. Con los revestimientos farmacológicos cambiadas, al cabo de pocas semanas, estuvo hecho un avión, y caminando con sus bolsas.

   Fueron la actividad empresaria gastronómica y un otoño seco, las variables que iban a posibilitar un reencuentro; el día en que Bruno estaba cruzando el Parque de Las Barrancas. Allí una nube de polvo se levantaba y le llamó la atención. Se acercó para ver lo que era. “Es un vórtice en sus giros”.

   Era el Vórtice Microcentral, que sin pausa laboraba sus evoluciones, para ese sentido inasible. Un sentido que se ha ido acreciendo, al mismo tiempo que el desarrollo masivo de las nostalgias en la gente. Bruno retomó sus pasos.

   Bruno no se quiere detener, porque está entreviendo a Gabriela. No es por el frontón de grandotes, como porteros de Club. El motivo por el que sigue andando, está en la ternura que siente al divisarla, una emoción con mucha melancolía. Esto puede darle sed. Quizá no consiga agua. Y no quiere quedarse con la boca abierta a esperar que llueva. El otoño está muy seco.

   Por suerte Gabriela lo ha visto. Sale de los giros y lo alcanza. Quizá el sentido despierto e intuitivo en la profundidad de esos ojos negros que lo miran bien, antes de que esa voz le hable:

   –¿Qué hacés; mi chantún; adonde vas?–.

   –Hola, mi amor. Iba al negocio de Pizza–.

   Esos ojos negros chispearon. Baja en su preocupación él, y apoya el portafolio’ en un banco; dice: –Javier anda bien. Le cambiaron los remedios–…

   –Eso no sirve-, ella lo interrumpe: -Le debe haber venido bien dejar de verme cerca de tí. Nuestra relación lo debía excitar. Pero; contame un poco: ¿a qué pizza vas?. ¿Qué llevás ahí?–.

   Apartados del sendero del parque; ella lo indaga, fijándose en la cruz colgante de su cuello, que Bruno lleva.

   –Me la dejó Elena; antes de volverse a la sierra con las semillas–.

   –Ah; bueno. No se llevó semillas de enfermedad entonces. Pero te preguntaba por el portafolios–.

   –Es por el primer artefacto mediador que se pone a andar. Ya concluimos. Los de la Pizza “Canchero”–…

   –¡Ah!; si los conozco– …Con esa sonrisa ella.

   –…Son dos matrimonios; ¿sabías?; de las hijas del fundador-. Gabiela lo mira con ojitos movedizos. el prosigue: –El problema fué porque una de las partes se volvió vegetariana. Quería dejarlo de vender con jamón al famoso producto. Iban a juicio; casi cierran por el conflicto. Les propuse separar la empresa; y acordaron no quebrar ni la tradición ni el nombre. Y obtuvimos más presencia. Ahora tienen dos Pizzerías separadas a una cuadra. Una es “Canchero Gol”; la del jamón. La otra es “Canchero Campeón”, la no-cárnica. Mantienen la identidad del producto que los hizo famosos. En un local lo sirven con aceitunas, pero sin jamón, los “Campeón”. El otro local lo hace con jamón, pero no las aceitunas, los del “Gol”. Y se solucionó. Así siguen conviviendo armónicamente. Los dos matrimonios viven en el mismo edificio–.

   –Está buenísimo…Y es un trabajo aperitivo–. Gabriela no tiene ahora rostro de mármol.

   –Podríamos ir a comer; y ver si nos ponemos un parche, shamanita. Pagarme no me pagan estos “Canchero”, pero; tenemos tenedor libre por un mes–. Ahí Bruno recibe en la trompa un primer beso.

   –Vamos primero a lo del “Campeón”-. Gabriela abriga con su mano al trozo de madera tallada, cordón de lana. Y continúa: -Esa Señora del “Canchero”, es amiga mía. Fue por el Vórtice que se volvió vegetariana–.

   –¡Ah! …Claro está. Pero después podríamos ir al local del “Gol”. ¿No es cierto que comés anchoas?–. Bruno tiene el rostro, de un fruto mango con su cáscara.

   –Segura de que como pescadito-. Con su abrazo, dice Gabriela, al oído del rostro-mango, que mira al cielo: -Y es una loca hermosa tu amiga–.

   Quizá puedan intentar juntos; el ponerse ese parche del sentido; sin tantas vueltas al final.


…//(-final-)//…


La Novella Medio Telón vino a Hipersalenas·WordPress·Com en abril de 2009; última revisión de la página en 2014/11/17.

      Comentar o contactar, esto se consigue por el formulario de comentarios,
ó a través de la página de Contacto. SEM

Anuncios

1 comentario so far
Deja un comentario

[…] NovellaMedioTelon […]

Me gusta

Pingback por post9medtel-fragm « Hipersalenas’s Blog




Son importantes para las Hipersalenas los comentarios, puntos de vista, propuestas; la conversación nos hará bien; usted tranquilamente dígame; bienvenid@.

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s



A %d blogueros les gusta esto: