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# risita-maldita: …”dibujar, ..meditar, ..estarse, ..cumplir, ..novela, ..negocio, ..onza, ..bulto, ..bocacalle, ..duende”…

La Risita – La Maldita -.


Narración en dos módulos ó capítulos que el lector puede secuenciar con su propio ordenamiento.


-Cualquier semejanza de los personajes y/o situaciones en esta ficción, con hechos y/o personas reales es mera coincidencia-.
El contenido en esta página es para adultos.

   Módulo

   …Entró el Sol por la claraboya del taller. Luisa usa este amplio ambiente iluminado para dibujar, modelar y colorear sus objetos. Estuve de visita anoche. Y nos dijimos todo lo que teníamos que decirnos. Nos sentimos uno al otro desde lo querido a lo sensible. Y también entró el contacto, hasta ese núcleo-hondura de cada uno, hacia el pensamiento y sentimientos más hondos. Unimos nuestros ritmos, llegamos a nuestro futuro compartido.

   Generalmente yo estoy en la casa dentro de mi estudio, puerta por medio con el taller de Luisa. También prefiero que durmamos en el dormitorio. Esa cama es amplia; y no este lecho de procusto que ella acomodó en el taller para meditar y descansar: una tarima cuadrada con un colchón de juncos encima. Pero además de la pequeñez de esta cómica cama feliz de anoche, están los gatos de Luisa, que a mí decididamente me molestan hasta llevarme al límite. Los animalejos conviven con ella; y pueden salir por la puerta abierta del taller al jardín. Lo que tienen bajo prohibición estricta es el resto de la casa. Así que las puertas de comunicación quedan permanentemente cerradas. Puedo estar más calmado así cuando trabajo, estudio, pienso. Ya que los felinos me atormentaron un buen tiempo al principio, cuando Luisa y yo nos decidimos a probar de vivir juntos. Fue que al cabo de unos cuantos sobresaltos míos, por los gatejos, convinimos en que ellos no podían pasar de ciertas fronteras.

...para estarse iluminada por velas...

...para estarse iluminada por velas...

   En cuanto a que esta mañana desperté en el ámbito permitido de los gatos; esto fue excepcional. Los dos nos habíamos quedado trabajando hasta bien tarde. Cuando yo no pude más con mi texto, me fui hasta el taller y encontré a Luisa, que parecía haber terminado en completud su día, suficiente tiempo atrás, como para estarse iluminada por velas. Me mostró el dibujo completado, el que había comenzado al mediodía. Las líneas de tinta, meticulosamente daban cuenta de una enorme mosca, en comparación con la cabeza y el torso de una persona, sobre la que se posaba el insecto. Fue que sentí maravilla con algo de autobajón, por la celeridad y definición del trabajo de Luisa. No pude evitar sentirme disminuído, por una soterrada voluntad de dominar que me existe, nutrida por nuestro cotejo de ingeniosidades. En la hora y la penumbra me sentí conmover, ante lo que se me planteó como una competencia de cerebros; que se me podía escapar de las manos, por mi disritmia de enroscamiento.


   Y ya es tiempo de que me presente. Mi nombre es Coulf Klink. Publiqué tres libros de poemas. Trato de nombrar y echar luz sobre todos y sobre mí mismo. Me restrinjo a un territorio, del cual me siento “el señor”. Es un territorio de entes secretos, que voy desmenuzando desde adentro; para cumplir así con la inteligencia de las cosas y de los seres vivos. Entonces me encierro en diálogos interminables, con los árboles de alrededor de la casa, con los trabajos que fabrica Luisa, con los mensajes que veo venir desde la gente, cuando ellos me hablan de cualquier otra cosa. Hasta ayer trabajaba bien para una novela, con generales históricos sublevados, en las colinas de la provincia; que cuenta con encuentros de actas, pactos traicionados, batallas, hogueras de las horas de guerra. Pero así trabajaba hasta ayer, cuando ya no pude resistir, por mi flanco débil, por el “golpe” que me dió Luisa estando yo sin defensas, entregado en mi acostumbramiento hogareño, a una conversación desprevenida, desarmada.

   Tal fue el viraje que sentí; …porque Luisa pudiese con señalar un predominio en delinear nuestos ensueños, que decidí enroscarme en el asunto, bucear hasta el fondo de la cuestión, presionando sobre mi debilidad y la de ella. Y desde mis entresijos produje, con mi puño que abrí frente a Luisa, algo que hasta ese momentito estaba en mi bolsillo. Pasé a hacer sonreír ante los ojos de Luisa, con brillo de “foil” de aluminio, un paquetito que ella tomó; con miradas a la encubridora sonrisa que desplegué, en el halo de luz blanda de las velas. Un producto secundario, un trocito de resina, un “obsequio” callejero; que me venía a servir para estribarme y poder remontar el lapsus en que me me encontraba. Porque yo entendía que Luisa olvidaba su organizada meseta de serenidad, de logro, de definición en nuestra convivencia. Por lo cual mejor nos debíamos conllevar al otro ensueño de la alucinación, la hiperestesia, la quebradura de lo aparente, la multitud de personitas que nos vendrían a visitar; cáusticos, sonrientes, críticos duendecillos reanimados por nuestra alteración. Luisa y yo les ponemos nombres y los honramos en distintos momentos del día. Y fue dado que mi Luisa se alzó, buscó en sus gavetas de creativa; y volvió con un chilóm torneado de quebracho blanco y lo preparó. Y desde que el resinoso vapor pasase por nuestras gargantas; que fue como si un absoluto de respiración, se entubara por nuestros anhelos; con Luisa completa y especialmente activa, en una alegría desenfadada, sedienta. Desde ahí sucedió lo de otros deliquios delirantes, aunque yo me contenía desdoblado en esa tregua, con la idea de reconstruir mi posición lúcida y fuerte:


   Desde que me pudiese poner a redactar me reasumiría… Así que no concebí la misma euforia, ni la misma hondura y velocidad asociativa, que en otros viajes; porque me mantuve en la fijeza de reposicionarme, en todo el tiempo de nuestra conversación fusionada. Conversación que vista de afuera, tal como entonces en parte se me presentaba, podría parecer aterradoramente incoherente, complicada, cómplice y conspirativa; en una intriga contra todo y todos. Pero así nosotros solamente disfrutamos de un diálogo con ello, cuando jugamos a descubrir nuevos resultados, desde resortes que logramos activar, por los que nos asombramos y celebramos resplandores… Hasta que más tarde, fueron anoche los cuerpos, después el sueño.. Que el Sol me interrumpió, cuando entró por la claraboya del taller… Y yo veía al incorporarme en la tarima juncal de Luisa, como uno de los gatitos alzó una pata delantera, muy muy prolongada patita hasta el picaporte de la puerta que dá a mi estudio, que el gato destrabó del cierre: …Un truco de pata muy interesante, que no quiero detenerme a considerar.
Y yo voy al estudio a consolidarme en mi redacción. Luisa queda durmiendo en una intimidad de puro reposo: increíble alcance interior, distensión total de su salvaje belleza. Al cerrar la puerta del estudio me pongo alguna ropa. Puedo rezar mis homenajes a Kalutén, el duende de las mañanas. Las oraciones las hago de pié, con las manos tomadas en la espalda, ya que Kalutén es el Intangible… Y sin demorar más me dedico a completar los sucesos que hacen falta en mi novela histórica. Así abandono faltas y angustias, me voy revistiendo de las resonancias, de todos los ecos que me pertenecen; voy despertando mi entero soporte que sentí amenazado.

...Y sale ella al jardín...

...Y sale ella al jardín...

   Estoy trabajando desde hace 40 minutos, en consulta de los ficheros que llevé preparando, después enseguida metiéndome en mis ensueños,que animan a los personajes y los lugares que evoco; luego hago palabras del ensueño, que se van sucediendo dentro de un trabajo que fluye… Hasta que la oleada se interrumpe, cuando Luisa pasa al estudio a saludarme y traerme el desayuno. Me hace unas caricias y planta frente a mí un plato de frutas, yogur y nueces. El gesto me suena como un acuerdo, con mi reasumida conducción en la casa. Pero el estilo que supuse se disolvió, se volvió insobrellevable mi interpretación de principal; ya que Luisa se puso a reir en una aceleración rítmica. Una risa de completo abandono de sí misma. Risa leve, de una persona debilitada. Así que paso de mi satisfacción a otro compadecerme, porque pareciese que Luisa se burlara de sí misma. Y sale ella al jardín, desde donde escucho a la risa, que torna a ser un grito fragmentado, como un sollozo exhilarante, algo más semejante a una descarga motriz que a una expresión humana. Porque estos ululeados de Luisa, parecen más de animal trastornado, que pertenecientes a ella. Desde el estudio, donde quedé detenido un buen momento, oigo voces, y veo a Luisa errabunda entre los arbolitos. Pongo mi vista sobre el desayuno, el tiempo suficiente como para sentir de mí, el asco necesario y una vergüenza en aumento. Acceden a mis oídos Luisa y el cantar habitual de los pájaros, que percibo más sonoramente que nunca antes. Me levanto del escritorio, voy por la cocina y me alzo con la botella de whisky. Pongo en mi cuerpo una buena dosis de “Base & Base”, mientras salgo al calvero para llegarme a ella. Sigo bebiendo mientras le digo que saldremos, que por favor no siga con eso, enseguida iremos al pueblo para reponer nuestro abastecimiento. Otro trago más. Yo prefiero, le digo, que cuando yo haga el negocio, ella quede en el volante del auto. Más bebida ambarina por mi faringe. Y Luisa me mira algo consternada, en una tensión atenta, pero en su sobresalto ya no grita, su humanidad recobrada. Le doy un fuerte abrazo. Ella mueve los labios, y en un susurro me dice que está todo bien, que me quiere, que no me haga problemas. “Yo me voy a bañar”, le digo, “y enseguida iríamos a conseguir la nuestra”. Luisa me dice que por fin ahora llega a comprenderme. Y yo me vuelvo hacia la casa, para que no vea mis lágrimas. Me apuro a darme el baño, no sin antes despedirme del whisky, y dejar la botella en el escritorio, junto al desayuno, que resplandece unos segundos. Puesto que me detengo un instante a contemplar la luminosidad, ese desayuno destella, en un relámpago de entendimiento y aprobación para lo que hago. Me vuelvo a despedir del whisky… Y voy hacia esa ducha.

...miro el piso del baño...

...miro el piso del baño...

   Al desvestirme miro el piso del baño, piso de mosaico fabricado con piedras aglomeradas; allí adivino dos hombres con armas de puño que me mandan quedarme quieto. Están reduciéndome para permitir que su jefe revise la casa. Luisa quiere huir; pero le impide la carrera un cojo de rostro mutilado que dá las órdenes. Ya le arrancaron la ropa a mi compañera, que no puede resistir más. Detrás de la mampara vidriada de la bañera, Luisa ya está entrando a dar las voces animalescas. Entonces yo levanto la mirada de la gravedad en que estoy cayendo sobre este piso. Muevo el cerramiento de la ducha. Tengo que hacer que el agua se lleve los demonios. Caliente y fría, caliente y fría. Escucho como el automático del tanque de agua echa a andar el bombeador. Termino con mi ducha y paso al dormitorio; adopto un mejor aspecto; y busco a Luisa para partir.

   La encuentro en su taller y hallo que habla con no sé quien. Meto la cabeza por la abertura de la puerta entornada. Luisa viene sola desde el fondo de la habitación; y hace como que guiara a un grupo de turísticos visitantes, les dá explicaciones sobre los desniveles del ambiente. Observa sonriente que yo me asomo a ver que pasa; y me dice: “Vamos Coulf, acércate y agrega algo que se me pueda olvidar”. Y continúa con la visita guíada, en la que dice medidas de los volúmenes y saliencias de la arquitectura impar, con sus elevaciones, rampas, entradas de luz baja. Acompaña las referencias con una presentación, de las obras propias de ella, que abundan digresivas sobre estantes, en nichos, o aplicadas a los muros. Yo me pliego divertido a la presentación falaz con que juega Luisa. Digo medidas de los despejes del suelo, de distintos planos y niveles. Y agrego una “Inauguración” a nuestro discurrir: saldremos al jardín, cortando las “cintas azules” de la Inauguración Hacia Afuera.

   Las cintas se nos habrían mostrado particularmente resistentes y tramadas dentro del marco de la puerta. Luisa y yo “tijereteamos” concentradamente todo el vano a traspasar, en algo como una lucha con esta red festiva, que nos indica algo, discontínuo desconocido, que nos espera… Que, gracias a esta ceremonia iniciada por Luisa, ya se nos pintaría como algo encadenado, menos abrupto, más natural. El “corte de las cintas”, nos lleva tres minutos de lucha; y salimos al automovilito.

   La transportación al pueblo es bastante breve. Aquí siempre maneja Luisa a nuestro utilitario sin pretensiones. Noto que ella se impone derrotar a su intranquilidad. Conduciendo se va serenando, adopta una luciente máscara, para todos quienes la miren; porque bastantes personajes del tránsito observan detenidamente, ojeando quién es ella, qué estaremos haciendo. En medio de esta civilizada organización, de automóviles entronizados, con gente ubicada que duerme bien, que siempre llega a los postres en las comidas.

   Fin de Módulo

La Risita – La Maldita -.


Narración en dos módulos ó capítulos que el lector puede secuenciar con su propio ordenamiento.

   Módulo

...autopista para alcanzar Villa Argentina...

...autopista para alcanzar Villa Argentina...

   …En un momento descongestionado, sin dejar de mirar al tránsito; Luisa mete la mano en el bolsillo del frente de su chaquetita azul, saca de allí una pequeña cosa oscura y nítida; me alcanza la Berretta 6.35, una pistola. La reviso, compruebo el cargador completo, recámara vacía, seguro puesto. “En estos negocios”, me dice ella, “ya no podemos ir desprevenidos”. Saco el seguro, muevo la corredera y guardo la preciosura, en mi campera con bolsillos espaciosos al frente. No nos queda más tiempo, ni necesitamos más. Ya dejamos la autopista para alcanzar Villa Argentina, por la breve ruta arbolada, muy linda.

   …Es angustiante dejar la cáscara del automovilito, y caminar hasta la cafetería restaurante anodino, en que convení encontrarme con ellos. Son una pareja; que se acercaron a mí en una moto, dos días atrás; para abruptamente ofrecerme un negocio instantáneo. Me dieron una muestra. Y entonces me dijeron que me esperarían en este Bar Córdoba, de la Avenida Aldao; que yo les caía bien, llevarían una libra, me iba a costar 160 Sollars…


   …Es angustiante sobrellevar un encuentro, con algo tan diferente, tan otro y desconocido; pero doy los pasos necesarios. La Casa de Comidas está casi completa de gente, en la pausa de sus ocupaciones. Y en una mesa amplia de una esquina, está la muchacha del dúo; sola y mirando una guía de teléfonos. Parece que no me ve, cuando yo entro al ambiente rutinario del restaurante, me acerco a su mesa, levanta la mirada de la guía. Y en un solo movimiento se para, me da un beso de salutación tipo de gran amistad, alcanza la guía al mostrador cercano, me dice que me siente; y se ubica tan serena, seria y radiante, detrás de unos lentes como de profesora… Me mira con calma y me dice operativamente, que tenemos que conversar un rato, para no llamar la atención.


   Lo que entiendo es que debo distenderme, e improvisar un personaje rutinario, para hacer de lo más corriente nuestro encuentro, ante las caras de todos los comensales y empleados del lugar. Veo que sobre la mesa, hay una bolsa de compras de un supermercado. La muchacha se refiere a mi observación y me dice, que la libra está ahí, que es de muy buena calidad, que en realidad me están haciendo un favor, porque en la Capital ellos, lo podrían vender al doble de lo que yo voy a pagar. Y de pagar hablando; que si traje el dinero; ya se lo puedo pasar por debajo de la mesa. No puedo hacer más que confiar en ella, que me dice se llama Marlene, mientras toma los Sollars, y los echa en su bolso de mano, en el asiento a su lado, sin levantar la mano ni mirar lo que le doy.

   Marlene me pregunta como me llamo, a qué me dedico. Cuando le digo solamente mi primer nombre, Coulf, ella se entretiene en adivinar de dónde vendré. Así tanteando, dice que ya les había parecido a los dos, junto a Romo, su “socio”, que yo era un extraño en la Villa. Pero que no me haga problemas, porque se nota que voy “bastante bien con todo”. Cuando le resumo de lo que hago, con algo de verdad, mentándole que vivo en una casa rodante en las colinas; a la muchacha le interesa mi supuesta condición de nómade, para proponerme que haga yo ventas, de a onza en la Capital. Le digo que lo voy a pensar. Y ella repone que puede ser buen negocio, para ellos como para mí, que soy una “persona inteligente”; cree que voy a poder “zafar de cualquier choque”, porque siempre surgen crisis “en un negocio”. Y desprevenida, casualmente, toma de la bolsa de compras una cosa que desliza hacia mí jovialmente, por encima de la mesa. “No vayas a tomar mucho té, que no vas a poder dormir”, me dice en un tono más alto, que cualquiera puede entender como un irónico comentario amistoso, a propósito de cualquier cosa.

La Casa de Comidas está...

La Casa de Comidas está...

   La caja de cartón, de té común en saquitos, perfectamente cerrada y envuelta en su celofán; deberá reposar en la mesa sin que yo le demuestre mayor interés, entiendo. El mozo se acerca a nuetra mesa y yo le pido unos canelones, anunciados en un letrero, más una cerveza. Marlene va a seguir tomando otra ViPeridina. El mozo se va; yo levanto un poco, como mecánicamente, la caja de té en saquitos. Y efectivamente, hay algo bien compactado adentro, una libra hermética.

   Como que ni pienso enroscarme en las transacciones del otro lado, que me propone Marlene; pero para mantener la conversación, y poder reponer el abastecimiento en el futuro; le pregunto cómo podré verlos, por cualquier decisión que tome sobre el asunto de la Capital. Ya viene el mozo con las bebidas. Rápidamente, Marlene cubre el bache silencioso que se pudo producir, hablando en una simulación, de una “granalla”, que supuestamente entregó en un “taller de orfebre”. Se amplía ella describiéndome las maravillas que el tal señor produce, con nombres y señas.

   …“Acercate acá al mediodía, o al otro bar de enfrente. Si algún día no estamos, insistí; ó a la semana siguiente… ¿Y qué tal te pareció lo del otro día?; ¿buena cosa, no?”.

   El mozo nos había dejado con las bebidas, y Marlene buscaba aparententemente en mí, las congratulaciones que me consolidasen como su cliente. “Uuh; no sé cómo será…”, invento yo: “Lo llevé a una casa de visita; y charla que te charla quedó abierto en una mesa. Cuando con mis amigos nos dimos cuenta, se lo habían comido sus gatos”. Marlene me clava la mirada y yo me conmuevo. Sé, en mi disimulo, por como me observa rápida y profundamente; que piensa de lo que digo que es una macana. “Qué cagada”, comenta; a la vez que yo me escondo detrás del vaso de cerveza. Traen los canelones. Mientras tomo los cubiertos, para jugar la escena hasta el final, pienso que deberé tener la mirada bastante alterada; tanto por la piedra que se quemó anoche, como por la pinta de whisky zampada esta mañana. “No tenés que comerte todo, Coulf”, me dice la muchacha muy risueña, en tono bajo, íntimo y contenido. Se la ve satisfecha cuando bebe ViPeridina de su alto vaso, echando la mirada por sobre todo, dando a compartir su presencia en el bar. Y vuelve a la carga con la cosa: me invita a ir hoy mismo con Romo y ella, “a quemarla en unas hermosas pipas de plata individuales”, con las que enfatiza y subraya así unos brillos, insospechados para mí: “Vas a entender lo que es…”.

   “Mirá, no puedo, ya tendría que haberme ido”, le digo. “¡Ah!, sos casado”, manifiesta ella desencantada. Como yo le indico que en realidad tengo a mi compañera, insiste entonces Marlene, para que traiga más tarde a Luisa, que ya la enteré de su nombre. La muchacha opta por proponer una reunión: “Armamos un cuarteto, una cuadrilla, como vos quieras”.


   Por ahora, ya afortunadamente ocupado con una parte de canelón en la boca, puedo pensar un momentito que responder. Así que llego a soltarle otra pepa inventada: “Luisa tiene que cuidar al bebé, cumple cinco meses recién; y nos tiene bastante ocupados; mucho más Luisa, que está todo el tiempo al trote con el pecho. Otra vez será”. Y continúo con los canelones. Pero entonces ella quiere, que le dé precisiones de donde tenemos la casa rodante. Sugiere que ellos se pueden acercar, adonde estemos parando. Tomo el final de la cerveza, y le respondo; que se imagine toda la serenidad incontaminada que buscamos Luisa y yo con el bebé: “Tan violenta sería una alteración de la Naturaleza donde nos refugiamos; con esa motocicleta irrumpiendo en la calma y el silencio que elegimos. Y además, yo no tengo mucho tiempo para reuniones, así como están las cosas”, concluyo ceñudo; “que me paso los días fabricando carteras, trabajando en cueros; que mucho nos cuesta sostener lo que elegimos”…


   Luego Marlene resigna: “Hoy no digo una palabra más en este bar”. Pero agrega: “Si estás listo; es mejor salir juntos”. Por lo que yo manoteo sin mucho control al paquete de té. La Marlene se echa atrás en su silla; y medio como que me definiese con una risita musitada y una mirada jerárquica. Yo me imagino estar mirando en la vereda del otro lado del ventanal…

...ubicación imaginada... Miro lo que me sucede ...

...ubicación imaginada... Miro lo que me sucede ...

   Desde la vereda puedo ver traslocado, como Marlene me habla a mí ahí sentado frente a ella. Veo que le estoy contestando, que llamo al mozo y pagamos la cuenta. En mi ubicación imaginada, sé que le estoy contestando a Marlene en la mesa: “Ya estoy listo para salir… De la puerta del bar caminaré hacia la izquierda”. Esta conversación que observo desde afuera me interesa; apoyo la mano como visera en el cristal del ventanal y me acerco, para poder ver mejor lo que pasa. Al tocar el vidrio la siento a mi mano mojada, pegajosa. Miro lo que me sucede y resulta que estoy ensangrentado, la mano empapada en sangre que chorrea. Y uso la otra mano para darme cuenta de que tengo un horrible tajo en el brazo, un poco por debajo del hombro. Busco como me vino esto que me sucede; miro hacia la calle y allí, en la vereda, la tengo a Marlene con alguien más. Este otro es una cara rígida, un tipo que me dice ser ‘policía’. Marlene procede entonces a mostrarme en un gesto finalizador, como en convalidación de lo que yo pueda hacer ó decir; me muestra la navaja manchada con mi sangre, que pliega y guarda en un bolsillo del ‘policía’. “¿Tiene documentos?”, me pregunta él. Yo contesto que sí con la cabeza, alzo la mano hasta el bolsillo de la campera y empuño la automática ya lista: UN, DOS, TRES; al bulto de tan cerca que estamos; giro y la busco a Marlene; pero para alcanzarla tengo que entrar de nuevo al bar y llegar a la mesa. Atravieso por entre las mesas, con gente apavorada que se levanta en un silencio oprimente, tenso, de sillas que se caen, platos y copas que se rompen. Y otra vez: UN, DOS, TRES, sobre el cuerpo de Marlene. El bar estalla ahora en gritos. Yo tomo el paquete de té que está sobre la mesa; y busco salir rápido del lugar, con la automática arriba, abriéndome camino…

   “Ya, …¡Ya!; ¿andas con sueño tú?”, me dice la muchacha. Andamos, yo detrás de ella, de vuelta del traspaso imaginario. Llegamos a la puerta y a la calle y es una breve detención para darnos un respiro. “Que sigas bien”, me dice ella. Yo, ya de vuelta de la figuración alterada que imaginé, puedo mover los labios, para preguntarle si no tendríamos que darnos un beso…
Y la muchacha oprime una mejilla tibia sobre la mía. Retrocede y me mira sonriente antes de girar, como yo también giro. Voy caminando rápido hasta el auto a pocos metros, abro la puertita, entro y me siento junto a Luisa, que surte una expresión de alivio y conformidad junto a un suspiro. Y los dos miramos como la muchacha es alcanzada allí por Romo, a unos pasos de la salida del bar, en la misma Avenida Aldao. Yo lo he visto salir del bar de enfrente. Ellos se toman los cuerpos y siguen caminando enlazados sin mirar atrás.

   “Nos vamos”, le digo a Luisa, que abre el contacto del automovilito, echa para atrás un poco hasta la bocacalle, completa la maniobra para volver en sentido contrario, sin seguir a la otra pareja. Puedo ir diciéndole al irnos alejando todo lo que pasó; hago que veo la caja de té. Y ella enseguida me urge a que busque en su cartera los papeles. Pero a mí me parece muy complicado, muy desprolijo. Añado que ya es posible, por la hora, que hagamos otra cosa: la evocación para Kalumán, nuestro duende de la tarde. Luisa asiente, mientras el auto rueda ya por la autopista. Y los dos ofrecemos nuestra oración, ayudándonos a recordarla:

“Oh, señor kalumán, que piensas las estrellas,
no dejes de sostener al sol ahora.
Piensa también en nosotros con paciencia.
Ilumina con tu plétora las tardes y las noches.
Piensa en el Sol, kalumán; no dejes que
se caiga ni apague. Y cosas bellas haremos
en la luz, para que tú las sientas y las veas”.

   Todo esto que conté fue lo más importante de hoy… Luego, sin ulterioridades llegamos a la casa; pudimos revisar el paquete de “té”. Encontramos casi todo como supusimos que debía ser. Y sin demora Luisa comenzó a hacer sus rodillitos tan delgados, como a ella le gustan. Y sin dramas yo también, me puse a contarles lo de hoy, como muestra de un modo de andar en este país. Ya se hizo de noche. Mañana le mando esta historia por correo postal al editor. Ahora me voy a llegar al taller de Luisa. Vamos bien tarde a ver como terminamos el día.

   Fin de Módulo


“La Risita – La Maldita” había sido publicada en agosto de 2006, en un Blog cuyo sitio ha cerrado; la narración es reubicada en hipersalenas.wordpress.com desde Morón, Bs. As., Argentina, en abril de 2009. SM



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4 comentarios so far
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Un momento, un instante , cuando hombre y mujer se miran a los ojos no importa si tiene gatos,lo que importa es que los dos digan la misma oración con sus cuerpos, con sus manos, con sus miradas en su encuentro.

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Comentario por Maria Eugenia Alcántara

Es bello lo que dice María Eugenia, y es valedero e importante para personas más sanas que esos dos; porque tanto Luisa como Coulf están todo el tiempo haciendo una práctica dramática, tan poseidítos por sus roles alucinados, que su salud como personas se les hace humo.

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Comentario por Sergio Edgardo Malfé




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