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# señales…caminos: …”columna, ..Capital, ..deslinde, ..Parque, ..cejijuntos, ..sesiones, ..desconcertarte, ..adelante, ..hábitos, ..pelucas, ..raid”…  

Señales adecuadas a los caminos.


Esta página con “Señales Adecuadas…”, contiene la narración reeditada.   
Había sido publicada en 5 posts sucesivos,   
para finales del mes de mayo del 2006,   
en un sitio de Weblogs que ha cerrado. SEM   


   Sobre la pared en el comedor descansabas con toda la espalda pegada al muro, decidiéndote acerca de cual mesa tomarías. La noche no te había sido muy grata, falta de costumbre para este lugar distinto en que te ofrecieron descanso: la “Clínica Deportológica Jouvé”. Algunos ruidos de conversación venían del hall y las escaleras.

   Un minuto reposando así sobre la pared, hasta que elegiste una mesa pequeña junto a una columna… Se acercó a tu mesa una camarera; muchacha menuda con silvestres nidos del viento, dorados rulos de cabellos agrestes; muy concertada la chica con este suburbio marítimo donde está la Clínica. En un ratito ya tomabas tu jugo de naranjas, café con leche, tostadas con mantequilla y mermelada de uva.

   La delegación de deportistas, que ya te habían anunciado vos ibas a conocer, se demoraba en conversaciones, en asomos por la puerta frontera. La puerta que al abrirse dejaba entrar el aire de los pinos, el canto de las torcazas.

   Andanzas por la puerta, del equipo que te habían anunciado; como si les importara mucho más que a vos, tomarse su buen tiempo para ambientarse en el día y el lugar.

   Podemos recordar, Rufo, mientras te dedicas al desayuno… Llevabas caminando por la carretera un buen par de horas; poquísimo tránsito fuera de temporada en la ruta de la costa. Cuando sobrepasabas el borde de una lomada en el camino; al seguir las curvas, subidas y depresiones; allí te viste la kombibus en la banquina. Dos muchachos de tu edad se encontraban echados sobre el talud, cómodos y estirados, así como en tumbonas. Y un hombre mayor, cabello cano, robusto, dedicado en meterle las manos al motor… De los dos más jóvenes surgió el comentario, el aviso casi cantado, sin ningún problema:

   -Apareció alguien-.

   Ya te veía el hombre mayor que se dió vuelta a mirar: vos en tus borceguíes, la bolsa marinera al hombro… Te sentiste amistoso con esa gente. Preguntaste sobre el desperfecto:

   -¿Qué le pudo haber pasado?-.

   -Ya lo terminé-, aseguró el hombre canoso. -Un problemita de encendido; sólo que le faltaba aceite al eje del distribuidor-. Completó el comentario un poco inclinado, limpiándose las manos con la estopa de la caja de herramientas.

   Ahí sobre el final de la tarea, se acercó uno de los muchachos y le murmuró en la oreja, cubriéndose con la mano; algo secreteado al hombre mayor. Vos no tomaste mucho tiempo para recomenzar la marcha, porque el cuchicheo te había incomodado. Así que echabas a andar, cuando el viejote te dice sonriendo:

   -Si querés te acercamos a la Capital; si vas para allá… Justo al Centro no llegamos. Hasta Parque Maciel-.

   -Uuh; claro; Parque Maciel es una linda playa tranquila. Y no es lejos del Centro. Ya estuve por aquí una vez antes-. Vos te pusiste a conversar. Y no cayó mal. -Claro que me viene muy bien si me llevan-.

   -Ahí vamos-, comentó el otro muchacho, que se levantó de su reposo.

   -¿Cuanto hace que no venías por acá? Mirá si podés acomodar la bolsa acá atrás-, te lo decía el susurrante levantando la portezuela trasera. -Porque lo que decís de la serenidad de Parque Maciel, no tiene mucha vigencia que digamos-, añadió.

   Se fueron instalando en los lugares desde donde para seguir con el tránsito. Todavía debían andar una distancia “táctica”. La tarde pintaba muy bien, si te acordás; aunque más adelante lloviznaba.

   La gente se te presentó. El doctor Elías Jouvé, sus dos hijos, que son mellizos: Vicente y Juan María. Y cuando esta familia se enteró que te llamás Rufo Potach, comenzó una breve conversación sobre etimologías, cuestiones étnicas, que vos despejaste enseguida cuando referiste el trastoque, anagrama impuesto a tus abuelos por algún funcionario de migraciones. A los Jouvé no les caía muy bien, te voy a decir, esa costumbre tuya de lanzar escupitazos, por las ventanillas de la kombibus a cada rato. Pero se fueron acostumbrando. Se fueron poniendo los cuatro en disposición de comunicarse; aún mejor socialmente con la parada que hicieron para tomar un café.

   El papá fué resultándote un rubicundo vitalista, que con toda su animación empujaba contínuamente para adelante, con movimientos y conversación: un tipo que se hacía querer. Tu intención de tener distancias la sostuviste todo el tiempo del viaje. También cuando les fuiste contando de tus arreglos en comprar y vender cosas artísticas. Pero igualmente les interesó tu onda. Y está bien que no quieras tomar mayores compromisos; te reconstruís. Por todas partes vas como un caminante, conociendo. Y con tu distancia no contaminás ni te abismás en nada.

   La jornada en la tarde sobre la ruta de la costa, tornó a ponerse lluviosa. No faltaban ni 25 kms. para el deslinde de la Zona Capitalina. Gracias a la lluvia te fuiste enterando de lo que hace uno de los mellizos Jouvé. Vicente congratuló a la lluvia, porque así se regaban los bosques.

   -Yo sigo la costumbre médica de la familia-, comentaba el muchacho: -Pero con la medicina más natural. Ando por el bosque y levanto las hierbas sanadoras; me viene mejor que lo otro-.

   Jouvé, el padre, que manejaba la camioneta, no te dió tiempo a preguntar qué yuyos se sacaban de los bosques, porque señaló:

   -Vicente ha tomado esta costumbre de alejarse de los compromisos. Anda como un ermitaño, ocupado con las plantas. Así se mantiene como en un colchón elevado; como si pusiera colchones también entre la gente y él. Pero él las vende las hierbas-. El doctor Jouvé gesticulaba en dirección tuya; para así poner validez sobre lo que el hijo hacía; y continuó: -El está en su sistema desapasionado, desde la alfombra mágica, donde no se busca el progreso-.

   El muchacho a tu lado sonreía plácidamente ante el cariz de las disyuntivas que sugería el padre. El doctor señalaba reflexivo:

   -Frente a estas conmociones que estamos viviendo, lo mejor sería crecer y organizarse entre las gentes, lograr objetivos comunes. Yo desde siempre pensé así. Allí está la Clínica con el resto del Personal, todos los asistentes y clientes que se agregan. También Juan María trabaja conmigo-.

   Desde el asiento delantero, el otro mellizo te dedicó una mirada y unas pocas palabras:

   -Sigo Medicina. Voy a hacer Deportología como él. Por la Clínica me orienté a lo que me gusta. Para mi es seguir con eso-.

   -Tendrías que conocer lo que hacemos-. Elías Jouvé te proponía una visita: -Venite a cenar con nosotros. Te podés quedar a descansar. Después mañana nos mostrás qué cosas raras tenés. Algo para embellecer la Clínica quizá te podamos comprar-.

   -¡Oh sí! Claro. Normalmente que acepto su invitación. Gracias. Está bravo llegar a la Capital así, de noche y con la lluvia-. Vos te rendías a las circunstancias, pero no te ilusionabas demasiado con esta gente. Ganas de no comprometerte mucho con nadie hasta volverte a casa en Punta Badero. Y pensabas que a la invitación no la corresponderías con ningún regalo. “Si el Doctor llega a querer alguna de las tallas o de los cuadros miniatura; se las cobro”. Agregaste la búsqueda de un consenso:

   -No sé si a los muchachos les vendrá bien. Puedo arreglármelas. Aquí ya hay bastante tránsito… Me meto en una parada refugio, cazo un ómnibus…

   -Dejá de joder; dale che-, se disgustó apaciblemente Juan María por tu indagación–.

   -Venite, venite. ¿No querés conocer vos?. La Clínica te vá a dar lo qué pensar en Punta Badero, cuando te acuerdes dentro de un tiempo–. Vicente también estaba con su suave acuerdo…

   -Claro que vas a vivir experiencias especiales. A pesar de todos los problemas que hay yo sigo adelante-, remarcó Jouvé. -Ya vas a ver lo que es nuestro trabajo…Viene un plantel entre hoy y mañana, distintos deportistas, para hacer un tratamiento. Bueno; mirá Rufo; ya entramos a Parque Maciel-.


   Se alejaron del camino de la costa por un camino vecinal rodeado de bosques cerrados, directamente hacia la mar. Ya estaban en las calles del Parque. Entraron por un acceso de autos; y dejaron la kombibus bajo un tinglado. Jouvé le indicó algo a Juan María, quien te pidió lo acompañaras, que te llevaría a un dormitorio.

   Entraron al edificio; viste la amplitud del comedor; al lado una sala con sillones dispersos puestos en rueda. Subieron las escaleras hasta la habitación pulcra con camas gemelas. Juan María te invitó a que volvieras con ellos, una vez que hubieses dejado allí el bolso marinero. Iban con el hermano, a buscar algo de comer. Jouvé se iba a quedar.

   -Tiene que preparar las reuniones de mañana-, te dijeron los muchachos, cuando ya andaban en busca de una casa de comidas.

   Lo que aconteció esa noche comenzó a darse, cuando al volver los muchachos y vos con la comida, el padre no aparecía por ningún lado. Vos los ayudaste a recorrer dormitorios, gabinetes, consultorios… Todo vacío; se había borrado el doctor… Los Jouvé Juniors se pusieron muy alterados.

   Vicente te dijo que sería mejor bajases tu bolso marinero. Y que después de comer algo te fueses. Vos cumpliste y los veías muy pálidos.

   Comieron unos canelones tibios los tres. Vos pensando en lo que te esperaba; la de zarpar, derivar hasta encontrar una cabinita vacía en donde meterte. O quizá algún antiguo hotel yendo más al centro de Maciel. Los mellizos te miraban de soslayo y duramente. Te serviste un poco más de vino. Parecía que todo se había puesto complicado y hostil. Te levantaste en el ambiente tenso de la cocina grande; cucharones y sartenes colgados de barras alrededor de las estufas; mucho acero inoxidable y cobre bruñido. Los mellizos sólo te hicieron unos gestos cuando saludaste al irte. Cruzaste el comedor en penumbras hacia la puerta. Y sentiste como los dos muchachos te iban siguiendo más lentamente, quizá para controlar que efectivamente dejabas la Clínica. Saliste a la noche.

   Los dos hermanos tenían agarrada la puerta, cejijuntos, cuando giraste para cerrarla. Bajo el alero de la salida, el doctor Jouvé observaba jovial la noche fresca y limpia, junto a una lámpara aplicada.

   -¿Qué les parece? ¿No es bueno que haya dejado de llover? -No hay ningún problema-, agregó. -El no tiene porque irse-.

   -Mejor; así puede conocer el campito de fútbol-, decía Juan María.

   -Y lo que le va a gustar la pista de obstáculos-, propuso Vicente.

   -Las situaciones imprevistas hacen cambiar los hábitos mentales de la gente-. Jouvé se palmeaba rítmicamente las piernas. -Rufo… No tenés que preocuparte. Podés estar tranquilo y confiar en nosotros. Volvamos a la casa mejor-.

   Así como estabas: tan atónito frente a lo que sucedía; que suponías oscuramente un complot; pero no te sentías atacado; y con serenidad interior, plena vivencia de que todo estaba bien… Lo seguiste al doctor Jouvé. Hasta otro dormitorio, donde te indicó que podrías entonces mismo echarte a descansar.

   Después tuviste que levantarte para ir al baño. Medio dormido como estabas, te volvías a la cama…

   -¡Hola! ¿Te encontrás bien?-. No te alarmó al saludarte, Elías Jouvé desde la cama gemela.

   Seguía vestido de calle. Te metiste en la cama, algo sentado respaldándote en la cabecera, para mirar a este sorprendente médico.

   -¿Qué artículo viene a hacerme doctor?-. Estabas entre sorprendido y disgustado. Jouvé se había echado sobre la otra cama, respaldado en el armazón de los pies.

   -A vos te parece Rufo-. Te dijo esto de tal manera que te hizo sentir culpa. Continuó: -Quise prepararte en algo por la venida de los deportistas; para que puedas venir a las sesiones. Ya vas a ver que yo trabajo con sugestiones. ¿No pensás vos un poco que ya anda todo en la región bastante descalabrado y corrupto desde hace tiempo?. No estaríamos para desconcertarte justamente-.

   La pregunta calmada hizo que te allanaras: Ante la mención de las arideces en una historia que es tan opresiva, tan injusta… Llegaste a señalar la traición de los dirigentes, de como quieren imponer mermas a la realidad de la gente.

   -Los vamos a joder. Toda la muchachada que viene a trabajar conmigo, piensa como vos. Vamos a poner en trance a todo un grupo para una acción creativa. Gracias a dios que yo me pude quedar con las botas puestas, con la suficiente fuerza como para dirigir la Clínica. Y detrás de la Clínica puedo promover cambios frente a toda esta caterva que nos quiere ahogar-.

   -¿Qué pasa doc? Que tenemos a esa gente impuesta encima nuestro, con sólo la ganancia como orientación. Y así vamos doc… Pero atienda que yo estoy acá como visitante. Tendré que volver a Punta Badero. Por más simpatía que me merezca su proyecto, no debo involucrarme en asuntos nacionales-.

   -No mi amigo. Igual no sería posible que entres totalmente en esto. Porque no tuvimos el trabajo hipnótico preparatorio, que sí lo tengo hecho con el Grupo de la Acción. Pero; ¿no vas a querer ver lo que pase?-.

   -Claro; ver lo que pase; como no-.

   -Entonces vas a seguir de cerca al grupo en la bicicleta que te vamos a dar. Pero también podés ayudar; en caso de que alguien se trabe. Yo voy a estar en el centro de todo, para atender al tono emocional del grupo, colocar a la gente totalmente en el presente. Le vamos a meter al Sistema tanto ruido, como para darles en qué pensar por un buen tiempo. Vos estarías en esto como un observador participante-.

   La puerta del dormitorio sonó con unos golpecitos; y vos encantado con el Proyecto, aprobaste que pasase quien fuera. Se trataba de Juan María, el mellizo que más seguía los pasos de papá Jouvé. Murmuró algo suavemente, tranquilizó todavía más el ambiente. Se apoltronó en la cabecera de la cama donde estaba el padre. Juan María comentó que veía como estabas vos puesto en línea. Lo viste sin ninguna máscara. El rostro pleno de una candidez recia, seria. Preguntó:

   -¿Seguro que no sos amigo de la “maldita”?-. Miró hacia Jouvé. Sonrío el padre inmediatamente muy seguro. Y te estaba mirando. Supiste que tenías que dar una respuesta intensa. Entrechocaste chasqueando las manos varias veces, al estilo carioca. Y afirmaste:

   -Hace pilas de años que no me meto al enemigo adentro-.

   El momento entraba a desvanecerse. Jouvé se levantó y dijo:

   -Nosotros gozamos de nuestra vida. No de nuestra desaparición-.

   -Así es-.

   -Vamos Juami, tenemos que dormir-. El doctor te señaló con el índice al retirarse, y agregó: -Los vamos a joder-.

   -Así es-, repusiste nuevamente-.

   Y es al día siguiente, cuando en el inicio nos encontrábamos, y estás terminando de desayunar en el comedor. Las personas ya comienzan a abundar variadas alrededor. Todos de ánimo juvenil, mezclados entre ellos los Jouvé juniors.

   Todos con ropa de gimnasia gris. Se van repartiendo en las mesas. Casi todos varones. Ves sólo dos muchachas.

   La camarera y los muchachos Jouvé reparten el desayuno. En la mesa donde estás, tenés como compañía a una enorme musculatura morocha; algo más jóven que vos, es un atleta negro con el cabello casi rapado. Te mira alegremente y engulle con dedicación una ensalada de frutas, pan integral y su cerveza.

   La muchacha gimnástica terminó de conversar de pie, con gente de otra mesa; y ha venido a sentarse con el de piel negra y contigo. Te cae muy bien esta chica: Firmeza y ternura al mismo tiempo; y una cuota de dolor, como en toda persona auténtica, en un lindo rostro. La serena animación con la que viene, la lleva a continuar conversando familiarmente del tema con que venía:

   -Va a buscarme enebro y pasionaria Vicente por el bosque-. Y se toma de un solo golpe toda su taza de café. -Dice que esos remedios me van a sacar de la depresión-.

   Miró al morocho fijamente, quien desparramaba su humanidad en la silla con una fría tranquilidad. Ella entonces habló nuevamente, casi especialmente para darse a conocer contigo:

   -Entro en tremendos apagones cada tanto… Sin fuerzas para entrenar… Puede ser que con las plantas del Vicente recupere energías-.

   -Los bajones no son necesariamente algo malo. Podemos mirar el asunto desde otra perspectiva-. Ahí estás tan encantado, Rufo, de poder decirle algo a la gimnasta. Y recordás ésto que te habló Jouvé ayer, que conversaban de malestares nerviosos:

   -Si manejás y se te empantana el auto; no salís impulsando solamente hacia adelante. De esta forma te encajás más en el atascadero. Hacés hamacar el coche; para atrás un poco, marcha adelante, atrás. adelante otra vez… Usás de la inercia que proviene del retroceso, para vencer el atascamiento. Podés aceptar la depresión como un retroceder necesario, para salir del pantano hacia adelante-.

   -Sabés una cosa hombre. A mi señora, le puede servir esto que dices-. El morocho entonces corroboraba, ya dejó de engullir: -Es algo tan psicológico, pero puede servir-.

   La pareja estaba como confrontando sus semblantes sonrientes.

   -Es cosa de poner también la mente en juego. Desde que trabajamos con Jouvé en grupo, nos fuimos haciendo más abiertos para estas novedades-.

   -Jouvé no es la única persona que fortifica la psiquis de la gente-. Tuviste que querer impresionar a la pareja, y ahora querés poder salir de la posición falsa adonde llegaste.

   -¿Eres tú psicólogo o algo así? ¿Cual es tu disciplina?-, te pregunta el atleta negro.

   -Yo sólo soy un nómade-, te serenás también diciéndoles tu extranjería: -Mientras voy y vengo, voy conociendo, para que las personas alteren un poco sus hábitos al conocerme. Para nuevos entendimientos. Una persona puede descubrir algo que ya sabía pero que lo tenía oculto. Para estas cosas cargo una neutralidad que me cuesta trabajo. ¿A esto podríamos llamar una disciplina?-

   El atleta no te dice nada. Te está mirando con detenimiento. Le aprieta de su manaza con cariño un hombro a la gimnasta; y se levanta para ir hacia el Doctor Jouvé, que se mete al comedor en un aura triunfal.

   -Sí, por suerte-, te dice la muchacha.

   Jouvé saluda al atleta, que responde con gran efusividad, en gestos animatorios. La totalidad de la gente en el comedor participa de la salutación. Ya hay quienes campanillean los vasos con las cucharitas; otros levantan unidas las dos manos. La gimnasta y vos tienden a ponerse de pie. Pero es Jouvé quien se te acerca y te pide que lo acompañes. Entonces el gigante de piel negra te estrecha la mano.

   -Nos vemos enseguidísima-, te dicen las palabras de él y la sonrisa de ella.

   Se van Jouvé y vos que lo seguís, hacia un pequeño sector de oficinas. El jefe de la clínica saca de unos cajones en un placard, un equipo de gimnasia gris, como el que llevan todos. Que subirás a cambiarte y luego a sumarte al grupo. Pero con una ácida sonrisa, el doctor añade que quiere mostrarte algo allí mismo. Y te descubre, cuando abre otros placares, un muestrario de pelucas puestas en bochas de madera. Son un centenar, te asegura, de toda medida, todo tipo y color de cabello. Deslizarte en el repertorio, de crespos a lacios, de colorados a negros azabache. Te quedás mirando a una muestra de cabellos en especial. Pero Jouvé dá un patadón en el piso, y se replanta con ese modo de arranque, en una suerte de puntapié inicial; para la salida de las acciones. Entonces enseguida vas a bajar, te dice; para que los mellizos te acerquen a lo que será mejor que vayas haciendo, paso a paso.

   Cinco minutos después ahí baja Rufo ya cambiado. Y al irse acercando a la sala, una suave música lo pone atento a que ya está en marcha la experiencia. Porque se puede escuchar distintivamente un concierto de cítaras indostánicas, bien cadencioso.

   La sala está en semi-penumbra, allí donde están los sillones. Rufo puede ver que todos los deportistas participantes están ahí. Tienen prendida la vista a una bujía parpadeante que está en el techo. Y al habituar sus ojos a la semioscuridad, Rufo puede ver el cambio de aspecto de la gente: Todos han trucado su apariencia con las pelucas que viste antes.

   Se acerca a Rufo uno de los Jouvé juniors; le avisa que mejor no siga las instrucciones ni mire la lucecita. El Doctor Jouvé está dando indicaciones para que todo el grupo respire al unísono. Encubierto con una peluca como un casquete azabache, parejamente cortada todo alrededor, también Jouvé con un tocado que le va extrañísimo, con un flequillo hasta la mitad de la frente. Le dice al grupo el doctor, que bajen los párpados. Rufo inclinándose ante la sugestión.

   Y al quedar a oscuras; la música toma ahora para vos arrebatadora importancia: La música de cítaras dibuja imágenes para tus ojos cerrados. Ves intrincadas y cambiantes geometrías luminosas, que ruedan en cada compás en giros y renovaciones de color, de nuevas formas barrocas, en otras filigranas simétricas. Te invade un placer que es un conocimiento; descubriste algo que se reaviva en tu interior…

   Te toman del brazo. Es Vicente quien te habla claro en tu oído:

   -Vos no sigás las órdenes; que te nos podés perder por ahí-.

   Reponés tu atención en lo de afuera. Se te repite que no tuviste sesiones previas; que vas a ser más útil en estado normal. Se te explica que correrías riesgo de trauma, porque todo se intensifica, se amplifica, para quienes acceden a este trance. Vicente añade que: “Si te dejás inducir, Rufo, algunas de las indicaciones complejas se te van a escapar”:

   -Se nos puede atravesar la Acción. Así que mejor mantenete despierto si querés participar-.

   Volvés a lo que pasa en la sala. Jouvé se ha puesto a caminar pausadamente por el interior de la rueda. Habla muy lenta y monótonamente. Pero para vos su letanía es una jerigonza: …”olvidar consciente”, “recordar inconciente…Recordar mente inconciente. Olvidar mente conciente… Recordar parte conciente, olvidar parte inconciente”:

   -En algún momento vamos a entrar en trance. Inhalar profundamente-. Jouvé hace una pausa en sus palabras lentas. Cuando recomienza a hablar, para vos son ruidos, que cierren con la inducción, que se espire completamente el aire. Otra pausa para que la gente inhale:

   -Están renovando completamente su aire y pueden entrar en trance-.

   Se les ha hecho presente el restante hijo del doctor: Juan María, que cruza una señal con el padre. Vicente y vos atienden el susurro del otro mellizo:

   -Saqué las bicicletas del depósito. Ya están todas infladas, paraditas-.

   Jouvé murmura y camina: -Cada uno puede entregar todo de sí al grupo… Nos une buena energía… Nos tenemos total confianza… Estamos seguros de que se nos comprende, se nos cuida… Nuestros cuerpos completamente relajados, distendidos… Nuestra mente única, concentrada, lista…

   Todos los que están en los sillones alrededor, tienen la cabeza caída, la barbilla en el pecho, las manos sobre las rodillas. Jouvé susurra sugerencias para cada individuo. Por ahí arranca de nuevo con palabras confusionales:

   “…experiencia pertinente; acción contingente; datos inherentes; inherencia de acción, datos contingentes, experiencia inherente”… -Tro ven ciclus daín gegté seilo dorialté…Jo pramán alaró guaisú camódula pular…-

   Te confirma Juan María: -Vamos afuera que la inducción será completa pronto-.

   Salieron a la amplitud del parque. Junto con el día luminoso, un cesped interminable: el paisaje de un calvero con algunos arbolitos. Dan la vuelta al edificio y se encuentran con una veintena de bicicletas formadas sobre el camino de coches.

   -Para vos tenemos esta bici naranja-, te dice Juami: -No está tan mal: cuadro de carbono, cinco velocidades…-

   -Vaya y pase-, dice el Rufo.

   -Bueno, atendé-, te indica: -Vos no te alejés de la formación. Si alguno se detiene o se aleja, lo vas a poder alcanzar y le decís: “Volvé con Doc”. Y no vá a haber problema. Vicente va a estar cerca con la camioneta. Si algo pasa venís conmigo y me avisás. ¿O.K.?-. Juan María no toma tiempo para ver como asentís. Sale disparado para abrir el portón.

Otra bicicleteada histórica es la que capturó Remedios Varo en su pintura "Bordando"

Otra bicicleteada histórica es la que capturó Remedios Varo en su pintura "Bordando"

-Podés ir subiendo y bajando la formación-, te aconseja Vicente: -Alternás posiciones con mi hermano adelante. Te podés poner a distancia atrás y ver qué pasa-. Gira con sus trancos hacia la camioneta.

Ahí vienen; ya van saliendo animados los deportistas. Se encaraman en los sillines y esperan… Aparece el conductor con su peluca como del Príncipe Valiente; sube a una bicicleta roja. Se echan todos a rodar. Cada integrante fue con eficacia a su bicicleta señalada; ninguna conversación, ni comentario ni discusión. Se te hace evidente también, que todos en el “equipo alterado”, están viendo con una mirada distinta a lo común. “Una percepción desafectada”, pensás. Ya vas pedaleando sin fatigarte, Rufo, al mismo ritmo de todos.

La formación endereza, con seguridad inmutable, hacia el centro de la capital. En su tránsito no se dirigen por el camino principal, reemplazándolo por calles interiores de Parque Maciel, por caminos entre los barrios y el bosque de la ribera. Así van, cerca del mediodía.

…Van por caminos vecinales. Cruzan zonas cada vez más densas de edificios y gente. Suma la marcha como 5 kms’; desde Parque Maciel hasta el centro comercial, con sus altos edificios de oficinas, zona bancaria, calles peatonales.

Se internan entre los hábitos del hormiguero de la city, parecidos a una procesión adelantada desde otro mundo. Rufo oscilante en todo el trayecto, desde la vanguardia a las posiciones traseras. Viendo que todos en el centro de la tarea, los del equipo ciclìstico, colocados sin dispersarse. Nadie conversaba. Ni tampoco ninguno de ellos puso atención en las voces y gestos de algunos andantes y conductores, que entre sorprendidos y conmovidos, optaban ya por la broma, ya por el aplauso hacia algún raid que se imaginarían. ¿Viste que algunas señoras se llevaban la mano al rostro con preocupación?

“Aparecen”… Entre la rutina de las especulaciones, los afanes de contadurías, las finanzas de rédito inmediato; ahí el desusado tiempo y calma de la formación, que levanta estupor entre la multitud. Rufo observador de esa parálisis para muchos, compenetrados en sus roles de personajes decisorios.

Aquí Jouvé desata uno de los puntos de sus inducciones: hace sonar una campanita que traía disimulada. De inmediato da varias voces a distintas alturas de la formación: -Shig=Samten=Nort=Padma=Nynda=Rinchen=Dorje=Ugyan-, y las reitera. Esto parece hacer que el equipo, unánimemente, se ponga a producir charlas y risas. Charlas de descarga por donde salen las vivencias de cada miembro del equipo. Y las risas de los ciclistas son como estallidos exhilarantes que se elevan… Y van alternando de interlocutor, risas y voces.

   La bicicleteada continúa circulando, sin dejar casi ningún rincón de la city sin su presencia. Y entre el movimiento, las risas y la charla descomunales, Rufo Potach dándose cuenta: Que al frente del equipo cuando avanza, se forma como un bolsón intuitivo de silencio, que parece como si planchara a los espectadores. Y cuando pasa la formación, a sus lados ve Rufo mucha tensión incrédula, revestida de suficiencia. Pero detrás, cuando ya pasó el equipo, Rufo ve que se evidencia la tristeza, melancolía de cabezas gachas y pasos que se retoman más lentos.

   Atraviesan así el Paseo de compras por la Avenida Central. Y hay flashes de fotografía, gente con cámaras y vídeos. Y unos cuantos aplausos de un grupo, que es como si hubiera estado a la espera. Así siguen por la Avenida, en el mismo estado de conversación y risotadas. Entonces ya es el momento cuando la agrupación empieza a virar en el cruce del camino periférico, hacia la ruta de salida; y Jouvé indica que se interrumpa la expansión de vocablos y carcajadas. Y, con otros campanillazos y expresiones, retoman todos el pedaleo centrado, armónico y silencioso. Así otros cinco kms’ de vuelta hasta Parque Maciel. Muchas más personas esta vez, que contemplan junto al camino.

   Llegando a la clínica, Jouvé los lleva a todos sobre el campito. Le hace gestos al Rufo para que se sume al grupo. Se trata de terminar el trabajo físico con ejercicios precisos, que son guiados por la voz monótona del deportólogo. Luego, la sugerente lentitud de las palabras los conducirá, inducidos, hacia la sala de los sillones.

   Como vos te habías quedado pensando en lo que debieses hacer; Jouvé te señala con un gesto que no sigas al grupo. Mientras ellos se van para el edificio, el doctor se sienta en el cesped cerca tuyo.

   -Ya mismo tengo que dedicarme a evaluar con el equipo lo que pasó. Primero que todos volvamos a la vigilia. Ahora es cuestión de esperar-, dice Jouvé, con voz y palabras normales: -Es tal como si hubiéramos plantado una semilla hoy. Después pasar a otra cosa pronto. Ya saldrá del letargo la semilla; así como los voy a sacar a ellos del trance-.

   -¿Siempre con palabras?-.

   -Sí; con palabras y toda la disposición inteligente de ellos. Así hoy llegamos a un grado 25 en la escala de Davis y Husband–.

   -…”¿Escala de Davis y Husband?”…-.

   -…¿Doctor Jouvé? ¿Y esos camarógrafos en la Avenida Central? ¿Cómo supieron?-.

   -Yo envié una circular a algunos medios, avisándoles de la Acción. Es un recurso táctico normal. Después de la evaluación acercate, a la oficina abajo. Así conversamos sobre como nos sentimos vos y yo aparte en este trabajo…También podés traer algunos de tus “objetos de arte”. Así elegimos algo lindo para poner en el comedor y como un recuerdo de tu visita-.

   -Está bien; ¿dentro de una hora más o menos?-.

   -Cuarenta y cinco minutos. El equipo también tiene que bajar el esfuerzo con esa ducha caliente. Seguro que tanto como vos la esperan-.

   Jouvé incorporándose va caminando hacia el edificio. Por la mitad se vuelve hacia vos; y cuidadosamente se saca la peluca, elevándola sobre su cabeza. Una detención breve de despedida y transición. Y ya entra por la puerta grande bajo el alero.

   “Cualquier cosa que me compre”, está pensando Rufo: “se la voy a dejar al costo”.


   [Refiero a la obra de Milton Erickson, acerca de las capacidades naturales en cada persona.]

 [Otra referencia haré, al Bardho Thodol en la edición Oxford U. Press, solicitando indulgencias por mi empleo silvestre del Idioma Tibetano (“ngon shen”).]


            FIN


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