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# vistas-seguimiento: …”regreso, ..cumplir, ..pudieran, ..rescatar, ..caja, ..vacaciones, ..provecho, ..despiadados, ..impedirlo”…



Vistas del seguimiento, -cuento-.


“como un desfile de banda militar china entre la eternidad y la nada”. José Lezama Lima  

   Era larga la ruta por delante. En una noche de invierno salí hacia el mar. Me había ocupado de revisar detalles: nafta y aceite abastecidos, bidones de respuesto. Iba así sin paradas a un lugar de la costa. No quería detenerme ni confiar en nadie hasta llegar a mi destino.

   Durante las primeras horas, nada había para ver en los otros autos que circulaban. Mantenía mi atención en la máquina; y a ratos tragaba algo de café. Pocas nubes altas dejaban ver una noche oscura y estrellada. Crucereaba; y alistaba mi mente para contestar cualquier interrogatorio por parte de algún caminero curioso. Ya me había inventado un repertorio de explicaciones convincentes, acerca de los bidones de combustible y las herramientas en el baúl.

   Cerca de la medianoche paré el auto en una calle colectora y encendí la radio. Me había apartado de la autopista en un pueblo quieto; amontonado con algunas casas alrededor de una estación de servicio: nadie a la vista. Quería sincronizar mi tiempo con las horas naturales; para poder ásí realizar bien mis planes. Precisamente la ceremonia de medianoche en esta partida, correspondía a esa breve caminata sobre la grava. Estirando las piernas, dirigiéndome hacia los ligustros de ese cerco.

   La noche estaba viva fuera de la cabina del auto. La frescura del aire húmedo me devolvía nostalgias, las de sentir a mi compañera conmigo. Quizá lo que recordé pudiera ser el salir de una reunión de amigos, caminar luego sobre losas entre el cesped para llegar a la calle, mirarnos entre nosotros antes de darnos vuelta y despedirnos del anfitrión. Tuve un desgarrón casi optimista por unos segundos, por mi figuración de historia compartida, mientras completaba mi caminata. Volvía oteando la noche, a la burbuja iluminada de mi vehículo. Miré, levantando la cabeza, a los eucaliptos forestados alrededor; y encendí nuevamente la máquina de mi viaje.

   Dos horas después, salía de la autopista para entrar en la ruta sencilla, donde había ya más soledad, quebrada de tanto en tanto por algún camión con la luz de la cabina encendida. Las rayas del medio de la carretera se me iban hacia atrás. Yo me iba quedando solo en la madrugada del camino, con mi tiempo desvelado y mi cansancio.

"No quería detenerme ni confiar en nadie hasta llegar a mi destino"

   “Pronto saldrá el sol”, me dije al enchufar mi cafetera en el hueco del encendedor. Abrí la calefacción. Hasta entonces no había sentido frío; pero ya lo empezaba a notar. Comencé a mirar con algo de luz los campos junto a la ruta. Y el mismo paisaje hostil del páramo me devolvió recuerdos de otros viajes por ahí. Detenciones en el medio del campo; encuentros con osamentas de animales. Me puse a rememorar rostros; y me junté con aquella sed de vida, años atrás, en tiempos de estudiante.

   Cuando el sol salió, despues de mis casi ocho horas de andar, percibí la cercanía de la costa. El desierto comenzaba a cambiar por las sierras boscosas. Alcancé a distinguir desde lejos la casa pintada de amarillo, la que me señalaba la entrada al camino de tierra. Por ahí tenía que tomar para cruzar las serranías por el paso de atajo; y llegar al lugar final.

   Los primeros kilómetros del camino polvoriento, decurrieron suavemente, por entre los altos árboles de los faldeos. El andar se fue apretando en curvas y desniveles; así que fui aflojando la velocidad. Pero en breve estaba bajando la sierra del lado del mar. Pasé por entre las casas dormidas de una villa, asentada en el faldeo nuboso y marítimo de las montañas.

   Hasta entonces había sentido la ligera euforia de la aventura. Pero al llegar sobre los acantilados comenzaba a sentir algo distinto. Y eso que sentí, bien podría llamarse miedo. Quizá algo me asustaba del haber pasado por propiedades privadas; quizá me asusté por lo precario de mi tentativa redentora. Me agarré fuerte del volante y retrocedí hasta el camino mejorado. Tendido sinuoso sobre la línea de los acantilados: y ahí bordeando me encaminé con toda la velocidad de ese inocente acero.

   Llegué al punto en que debía de dejar el auto y seguir a pie. Confiando en mis sensaciones; yo buscaba un lugar protegido en donde estacionar el auto; y poder sacar el equipo de cavar. Encontré el lugar entre unos pinos jóvenes al pie de una escarpa. Bajé el vidrio de la ventanilla y respiré tranquilo. Desde donde estaba podía ver el camino; y no quedaba expuesto, porque había matojos y un desnivel favorable. Descansar me hacía falta.

   Cuando desperté, el sol pasaba apenas por entre nubes cerradas; ya era casi el mediodía. Al mirar el camino, vi que un andarín con mochila había pasado por el lugar; y estaba en su marcha, alejándose de mi, como a unos 200 metros. Primera presencia humana que notaba en ese día. Me pareció que debía de enterarme de cómo andaba el mundo; y encendí la radio mientras me afeitaba.

   Mirándome en el espejito, tuve noticias, de que un bando acusaba al otro en Saleria, por romper una tregua. Me anoticié también del destino de los desperdicios nucleares, que estaban planeados de ser enviados en cohetes basureros a la Luna. Apagué la radio. Comencé a ocuparme de aprovisionar mi máquina; tenerla lista para el regreso. Tenía un tiempo haciendo esto cuando escuché el trueno acercándose: y me di cuenta que a mi trabajo tendría que hacerlo bajo el agua. Inevitable superponerse del trabajo y la lluvia; me resigné a una posible caladura. Yo disponía de lo suficiente como para cumplir mi tarea eficientemente. Así que me cubrí; y comencé a caminar con las herramientas, por un senderito ripioso que bajaba las cuestas hacia las playas.

   Hacía veinte años de aquellos sucesos conocidos por mi solamente. Así se dio por mi buena costumbre de entonces: elegir las horas del alba para pasear y contemplar la mar. Fue entonces, que en una trasnoche de verano, yo andaba por la ribera; habiendo salido silenciosamente de la casa, en donde tomaba vacaciones con toda la familia. No había nada de luz diurna aún; cuando desde la playa pude ver una silueta acercándose en las aguas. Una embarcación con algunos hombres a bordo llegaba sorpresivamente a la costa. Me sobresaltó esa presencia furtiva; y me resguardé entre unas rocas, para no dejarme ver por los extraños. El ruido de un motor fuera de borda llegaba distinguiéndose entre los golpes de viento, sobre el sonido de la marejada. Llegaron a tierra desde la bahía, haciendo costa en la playa, los que conté eran cuatro hombres.

   La luz incierta me permitió que pudiera ver, como descargaban del bote una caja voluminosa; alejándose del agua con la carga hacia las paredes rocosas que limitan la playa. Se dirigieron ahí, en donde la escarpa permite el ascenso sin dificultades. Esos hombres treparon con el cajón a cuestas, para meterse con el en uno de los agujeros, como grutas naturalmente cavadas en la roca. Por esos huecos yo me aventuraba en mis recorridos de muchachito. Y a veces encontraba una alegría en la oscuridad de esas cuevas. Disfrutaba de ese alto contraste; porque la mar luminosa se ve diferentemente desde ahí adentro.

   Cuando los hombres se me colocaron a suficiente altura y distancia, como para que ya no pudieran verme en la playa, entonces eché a correr distanciandome de esa cercanía con su bote. Sino, la claridad que despuntaba me iba a hacer notorio en mi escondite rocoso.

   Había vuelto a la casa; y me acosté silencioso en la cama. Ahí pude pensar serenamente en lo que había visto: “Los del bote bajaron de una embarcación mayor seguramente”. “Escondieron esa caja para luego pasar a buscarla”, pensaba yo entonces: “O quizá esa caja es un contrabando; y luego vendrán otros desde tierra y se lo llevarán”. suposiciones y suposiciones en mi edad, sobre el sino y el contenido de esa caja. ¿Qué querrían lograr esos uniformados con ella?. Dándole vueltas de un lado y otro al misterio de los hombres del bote y a su orígen . Pero en mis meditaciones, había decidido calladamente, en mi niñez, volver al sitio; y descubrir que había detrás de ello.

   A nadie dije nada entonces. Luego también callé; porque la había encontrado. Y pude trasladar poco a poco, desde la cueva a otro lugar, la caja y su contenido. Ese secreto estuvo conmigo hasta estos días, en que volvía para rescatar a la luz del día, aquellas piezas ocultas. Bastante trabajo me costó en su momento encontrar la caja, aquella primera vez. Como los hombres del bote no la habían dejado a la vista; esto me hizo entrar y buscar en muchas grutas, en aquel mismo día de hace tanto tiempo.

   Habían cavado un pozo dentro de una cueva, en el piso suelto de piedras y arena, para colocar la caja adentro y luego cubrirla. Pero no lo hicieron tan cuidadosamente como para que un conocedor no notase el piso removido. Así que yo pude sacar las cosas el mismo día. Y las llevé a otro pozo en otra gruta, donde nadie –y bien seguro-, nadie más que yo sabría hallarlas.

   Mas tarde, en el trascurso del tiempo, entendí los motivos de aquellos hombres para actuar ocultamente. El subrepticio desembarco estaba relacionado con los desastres de la Guerra Apátrida. Unos combatientes afectados en la turbulencia de esos tiempos, de una de las facciones, bien pudieron pensar en la tranquilidad de estas costas, que cabían en la Zona Neutralizada; para esconder la preciada caja. Esos tiempos corrían paralelos a las vacaciones familiares de ese año, que me quedaron señaladas por la aventura.

   Veinte años corridos con mi secreto. Había llegado el momento de utilizar para algún provecho, aquello propio que las circunstancias me habían hecho conocer. La lluvia caía en ráfagas indolentes que no me llegaban a molestar. Andaba cuesta abajo hacia la arena. Algo me hizo desatender al sendero y detenerme levantando la cabeza. Había alguna gente junto al mar. Me pareció que no habían notado mi presencia. Así que me disimulé entre unas matas que había al costado de la senda. Pude notar que se trataba de tres hombres. Estaban de pie en la pequeña playa. Los tres se enfrentaban como si estuvieran conversando. Iban vestidos de negro neoprene; y cargaban pistoleras junto a sus piernas. Estuvieron así, hablándose algunos minutos; hasta que cambiaron de comportamiento. Y empezaron a distanciarse, lentamente, y mirando alrededor. En ese mismo instante se les sumó un nuevo personaje, que agitaba los brazos indicándoles una dirección. Desde mi posición escondida en lo alto, pude ver que los extraños seguían al hombre de las indicaciones; para meterse entre los acantilados, fuera de mi vista.

   Yo empezaba a suponer ya cuales serían los acontecimientos. Y mis suposiciones cobraron tamaño de sospechas ciertas, cuando, al avanzar algo más por el sendero, llegué a descubrir con la mirada, que sobre la arena había un bote. Un bote inflable, al que antes me ocultaban unas peñas. Tenía este bote motor fuera de borda. Muy parecido al del primer desembarco que presencié. Otra vez ahí uno de estos botes. Casi inmediatamente tuve que volver a ocultarme todavía más; porque los hombres volvían a verse. Esta vez era uno de ellos, que se dirigía hasta el bote, y se instaló, apoyado de pie junto a un alto peñazco. Tal personaje iba a estar ahí, como consignado en alerta contra posibles curiosos. Empecé a estar cierto de que esa gente, a pesar de la tranquilidad con que se movía, no quería ser interrumpida en su acción. Y debían de venir por la caja.

   En los hechos, desde pocos meses atrás, se habían empezado a difundir las noticias, de un resurgimiento de los prosecutores de la Guerra Apátrida. Algunos de entre los principales de esos movimientos, tenían acreditadas facultades paranormales. Y esa mañana debió venir alguno de esos hechiceros. Allí pudo estribar la causa para que esos despiadados hayan dado con mi escondite oculto en el acantilado. Porque al poco tiempo, para mi desgracia, veo que los hombres restantes traen la caja hacia el bote. La misma que antes yo había cambiado de lugar, la que quise rescatar para mi con ese viaje invernal. Dentro de aquellas fuertes maderas maquinadas se me iba alejando la posibilidad de ejercer algún cambio en mi vivir. Se me alejaba el poder soltar mi vuelo, fortalecerme y olvidar lo adverso. Se iban también mi posibilidad de justicia y mi necesidad de desquite. Los cuatro hombres ponían coordinadamente la carga dentro del bote. Luego pasaban por la calma rompiente cercana remando en su bote; montados en el. Y se dirigieron desde ahí, motorizados, hacia el horizonte de la bahía.

   Yo me quedé un buen rato debajo de la lluvia, entre las plantas, sobre la cornisa costera. Me quedé mirando a aquellos hombres, hasta que desaparecieron en la distancia. Volví al camino. Recomencé cansadamente las maniobras de mi viaje. Tomé por la carretera hacia la zona turística. Me iba decidiendo por tomar un cuarto en un hotel. Paseos, unos días de lectura, …quizá hasta me encontraría con viejos amigos que en la costa andaban…

   Nunca nadie más que yo supo que cosas encerradas pude conocer. Nadie sabrá tampoco las transformaciones importantes, las que yo pudiera haber causado. Que se me había arrancado de mi suerte un futuro afortunado sin que yo pudiera hacer ni un gesto para impedirlo. Que ese sería otro invierno por el que yo iba a pasar con la esperanza apagada, pero para todos inadvertidamente.

El cuento había estado emitido (2007-09) en una localización previa,
es traspuesto aquí en Julio de 2009. SEM

Arriba, al comienzo de la Página, S U B I R .

“Poner comentarios aquí es algo edificador y sin mayores secretos, altamente seguro, y muy ventajoso para aclararnos la experiencia”, dijo el BigSpacer.

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